Si entendieras de verdad las consecuencias que tu imprudencia pudo tener…

Ayer, mientras entrábamos en el coche, aparcado en una céntrica avenida de cuatro carriles (dos en cada sentido), fuimos testigos de una de esas imprudencias que a veces hacemos las personas sin saber muy bien por qué. Pero que, cuando la presenciamos, nos hace llevarnos las manos a la cabeza y pensar: “está claro que hoy no la tenía ahí, porque si no…”.

Un grupo de chavales de unos 16 años caminaba por la acera. Llegaron a un punto a unos 300 metros del paso de cebra más cercano, con evidente intención de cruzar por allí. Los semáforos estaban abiertos para los coches, por lo que todos se pararon al borde de la acera.

Todos menos uno. Uno de los chicos, que iba escuchando música con unos auriculares, continuó caminando. Sin mirar ni a uno ni a otro lado de la carretera. Sin esperar (puestos a cruzar fuera de un paso de cebra) a que al menos el semáforo de arriba cerrase el paso a los vehículos. Sin variar siquiera el ritmo: ni aceleró para cruzar más deprisa, ni frenó para dejar pasar a los coches. Se limitó a seguir caminando hacia delante, con la mirada fija y moviendo la cabeza al ritmo de su música.

A su paso escuchamos una sucesión de frenazos, seguidos de pitidos de claxon y gritos e improperios a través de varias ventanillas. El chaval continuó caminando y llegó a la acera de enfrente, a nuestra altura. Se giró y saludó a sus compañeros, que aplaudieron y le jalearon desde el otro lado. Cuando los semáforos se cerraron, los amigos cruzaron a toda prisa (lejos también del paso de cebra) y le palmearon la espalda gritando: “¡Hala, tío, con un par! ¡Olé tus…!”. El chico, con una sonrisa, contestó: “Ya os dije que pararían, ¡no me iban a atropellar! ¡Se les cae el pelo, tío!”.

Ellos se alejaron y yo ya no pude oír más. Pero mi indignación era tan evidente que mis hijos (que aún son pequeños) me preguntaron:

-¿Qué pasó, mamá? ¿Por qué estás tan enfadada?

-¡Porque ese guaje acaba de cometer una imprudencia tan grande como una catedral! ¡Si lo pillo se lo explico pero bien!

-¿Ah, sí? ¿Qué le ibas a explicar, mami?

Y yo me quedé un buen rato sentada en mi asiento, sin arrancar el coche. Pensando en la pregunta. ¿Qué le explicaría yo a ese chaval si pudiese?

Si yo tuviese la oportunidad, no le explicaría nada. Le llevaría conmigo a mi trabajo.

Porque si tuviera la “suerte” (durísima, terrible, cruel “suerte”) de vivir junto a los trabajadores de emergencias algunos de los casos que atendemos, no creo que necesitara absolutamente ninguna explicación.

Si pudiera meterse en la piel del conductor que, súbitamente y sin poder evitarlo, se lo encuentra delante…Sentir el terror de la certeza de que va a atropellar a una persona…Oír el ruido del choque, que jamás abandonará su cabeza y que volverá a oír cientos de veces en sus pesadillas…Notar la angustia en la boca del estómago cuando sale del coche, pálido, tembloroso, murmurando “lo siento, lo siento, no le vi, salió de repente, no pude esquivarlo, no fue culpa mía”…La sensación de impotencia y desesperación a la vista de la sangre…La culpabilidad, acentuada por los testigos que le señalan entre el caos de gritos: “¡Qué horror, Dios mío! ¡Que alguien llame a una ambulancia! ¡No lo mováis! ¡Cielos, si es solo un niño!”…  Esa culpabilidad que le lleva a vomitar al lado de la ambulancia que trata de estabilizar al chaval; a dejarse llevar como un autómata a la comisaría, declarándose culpable sin saber muy bien si lo es; a no atreverse a mirar a los ojos de los padres o hermanos del herido; a llamar al hospital mil veces al día, suplicando al cielo que el chico esté bien, que no haya sido grave, que se recupere enseguida…Porque si no, no habrá una única familia destrozada…

Si pudiera ponerse en el lugar de sus amigos, que pasan en medio segundo de aplaudir la bravuconada a verlo volar y aterrizar en el suelo inconsciente…Ver la incredulidad en sus rostros, seguida del más absoluto terror…Oír sus voces gritando su nombre: “¡Juan, Juan, ¿estás bien? ¡Contesta, tío! ¿Estás bien? ¡No se mueve, no contesta! ¡Que alguien nos ayude! ¡Socorro!”…Presenciar el interrogatorio al que les someten la Policía y los sanitarios: “Sí, es nuestro amigo…Tiene 16 años…Cruzó sin mirar, fue una idiotez…De repente vino un coche y le vimos por el aire…cayó de cabeza…¿Cómo está? ¿Se va a poner bien? ¿Es muy grave? ¿Dónde le van a llevar? Jolín, y ahora ¿qué les decimos a sus padres?”…

Si pudiera entrar en el Centro Coordinador y escuchar las llamadas de socorro de los testigos…”112 Asturias, ¿En qué puedo ayudarle? ¿Un atropello de un chico de 16 años? Intenten mantener la calma, no se retire, le paso con sanitarios”…”Está hablando con el SAMU, ¿cómo está el chico? ¿Está consciente, responde, se queja de algo? ¿Por dónde está sangrando? ¡Le está escuchando un médico, la UVI móvil ya va de camino, no le muevan, sólo aprieten fuerte las heridas que vean sangrar, pero no le muevan el cuello!”… Si pudiera sentir la angustia de todos los trabajadores, especialmente de los que tienen hijos de esa edad, que están repasando mentalmente “mi hijo hoy no está en Gijón,  a esta hora debe de estar en la academia, o estudiando en casa, por esa calle no tenía que pasar”…Si pudiera oír el susurro que cruza por toda la sala del Centro Coordinador: “¿Sabéis datos? ¿Sabéis el nombre? No será conocido de alguno de vosotros, ¿no?”…

Si pudiera entrar en la UVI móvil y recibir el aviso: “vais a un atropello de un chaval de unos 16 años, salió disparado varios metros, está inconsciente, sangra por la cabeza y por una pierna, tiene muy mala pinta”…Y realizar los 10 o 15 minutos de trayecto junto al equipo sanitario que va repasando: “collarín, colchón de vacío, gasas, férula, 2 vías venosas nada más llegar, analgesia y sueros a chorro…Descartar trauma craneal, trauma torácico, abdominal, pélvico, fracturas abiertas…Madre mía, vaya escenario nos espera…Por favor, por favor, que no sea nadie que conozcamos…Pobre chico, pobres padres…”

Si pudiera vivir los interminables minutos de espera…Agónicos para los amigos y para el conductor causante del atropello, interminables para los testigos que llaman una y otra vez, larguísimos para los trabajadores del Centro Coordinador, que siguen recibiendo llamadas cada vez más nerviosas, “¡que vengan ya de una vez, que este chico está muy mal! ¿Qué hacen que no vienen ya?”, y ven avanzar la UVI móvil en la pantalla, impotentes para ayudar de otra forma…

Si pudiera ponerse en el lugar de los padres que, inocentes, descuelgan el teléfono para recibir una de las peores llamadas que unos padres pueden recibir…O en el lugar de los policías que deben hacer esa llamada…que buscan un carnet o un teléfono móvil, que dan vueltas a la documentación entre sus dedos, o pasan una y otra vez sobre el nombre de los contactos, o hacen más y más preguntas a los amigos y a los testigos, preparándose para realizar una llamada difícil y durísima…

Si pudiera ver la pelea, a pie de calle primero y dentro de la UVI móvil después, por inmovilizar, estabilizar, analgesiar, explorar, tratar de saber con la mayor certeza posible qué lesiones puede tener el paciente, para poner los tratamientos iniciales más correctos y decidir a qué hospital estará más indicado trasladarle…La dureza del momento de tener que informar a los amigos y familiares que van llegando si las cosas no tienen buena pinta…La carrera contrarreloj y los nervios del traslado…

Si pudiera ser testigo  de las dificultades y el dolor del ingreso, de las pruebas y tratamientos hospitalarios, de los meses de convalecencia, de las posibles secuelas que pueden quedar…De la angustia de sus padres y seres queridos, del cambio radical en las vidas de muchas personas durante todo ese tiempo…

No. Si pudiera “ver” y “sentir” todo eso, no haría falta que nadie le explicara nada.

Igual al conductor que le atropelle “se le cae el pelo” (o no, porque la ley está cambiando; y si se demuestra que la culpa es del peatón, puede tener que pagar por ello). De cien veces que se arriesgue a repetir la hazaña, noventa y nueve conductores lograrán evitar el atropello. Pero si uno no lo logra, aunque “se le caiga el pelo”, ¿le merecerán la pena las consecuencias al chico? ¿Se merecen esas consecuencias los inocentes conductores y las familias de ambos? ¿Merece la pena demostrar así que “se tiene un par”?

Cualquier persona implicada en un atropello, cualquier familiar de cualquier implicado, se lo puede contestar sin la más mínima duda.

¿Y cómo explicarles a mis hijos que estaba enfadada, precisamente, porque yo sí he visto todo eso? ¿Muchas, muchísimas, demasiadas veces? ¿Y porque sé que muchos accidentes son inevitables; pero que algunos casos similares a este sí se hubiesen podido evitar?

Imposible explicar estas cosas. Supongo que, para entender los riesgos y las consecuencias DE VERDAD, tienes que haberlas vivido o presenciado.

Por fortuna mis hijos no han tenido que pasar por ninguna de las dos situaciones. Así que mi respuesta fue, supongo, la de todos los padres:

-Pues eso, hijo, que por poco le atropellan…Que eso que acaba de hacer es peligrosísimo…¡Que no se os ocurra a vosotros jamás hacer algo así! ¿Eh?

-No, mami, claro que no…

En el fondo deseo que jamás lo lleguen a entender por completo. Pero que, al menos, cuando llegue el momento, recuerden la cantinela: “mirad bien siempre antes de cruzar, no cometáis ninguna estupidez, no seáis temerarios, mirad que las consecuencias pueden ser muy graves…”

 

 

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