“¿Cómo va a quererme nadie siendo así? Mi vida es una mierda”

Última guardia del mes. Sobre las 10 de la noche pita el busca; y casi al mismo tiempo suena el móvil. Mi compañera del Centro Coordinador me informa del aviso: “intento de suicidio de una chica de 18 años.”

Cuando en este tipo de avisos la cifra de las decenas de la edad del paciente ni siquiera llega al 2, a todo el equipo sanitario se nos encoge el corazón un poquito más de lo normal. Cruzamos la ciudad  preparándonos para enfrentarnos a una situación que siempre es muy dura. Y no solo por la posible gravedad del cuadro (las explicaciones recibidas por el Centro Coordinador hacen pensar que la vida de la chica no parece correr peligro).

Sobre todo por las implicaciones emocionales que, inevitablemente, conlleva para toda la familia. Y más en el caso de una paciente tan joven. Seguramente estén presentes sus padres, algún hermano, tal vez los abuelos…Sentimientos al rojo vivo (nervios, preocupación, angustia, incomprensión, miedo, tristeza, y sobre todo una tremenda sensación de culpa) suelen salir disparados como dardos que se cruzan entre paciente y familiares. E, inevitablemente, nos pillan en el medio.

Llegamos al domicilio. Por fortuna la situación no reviste gravedad. La chica se ha tomado varios tranquilizantes, pero está consciente, aunque adormilada. Pero debe ser trasladada a un centro hospitalario. Y hay que hacer una historia clínica que refleje enfermedades previas, medicación habitual, intentos previos de suicidio (si los hay), hora del intento, número y tipo de pastillas…porque los tratamientos y actuaciones pueden ser diferentes en cada caso.

A nosotros, como equipo de emergencias, no nos importa el motivo que le ha llevado a intentar un acto tan límite. Nuestra misión es tratar de estabilizarla y evitar o minimizar las posibles complicaciones. Tendrá que ser valorada por un especialista en Salud Mental; será a él a quien deba explicárselo, para poder recibir la mejor ayuda posible.

Pero es necesario hacer unas mínimas preguntas delicadas. Debemos distinguir si estamos ante un brote de una enfermedad psiquiátrica, una depresión mayor crónica o un acto irreflexivo fruto de un problema que se está viviendo como irresoluble. Y es la madre quien responde de forma explosiva, sacando toda la rabia contenida hasta entonces:

-¡Que la acaba de dejar su novio! ¡Eso es lo que ha pasado! ¡Un tío que no le ha dado más que problemas, que la criticaba e insultaba, que ha amenazado con dejarla no sé cuántas veces, que le ha comido la cabeza, que la tenía obsesionada, y que por fin la ha dejado! ¡Y no sabe usted cuánto me alegro!

La chica no abre la boca. Se deja llevar a la ambulancia con la mirada perdida. Sólo durante el traslado, cuando estamos solas en el “cajón” ella, la enfermera y yo, se echa a llorar, derrotada.

-¿Quieres contarnos qué ha pasado? No tienes por qué, pero si te hace sentir mejor puedes decirnos lo que quieras – le anima la enfermera, cogiéndole de la mano.

Ella duda, y finalmente murmura:

-Es lógico que me haya dejado. Mírame. Estoy gorda, soy fea y deforme. ¿Cómo va a quererme nadie siendo así? Mi vida es una mierda.

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La enfermera va durante todo el trayecto susurrándole palabras de apoyo y comprensión, que parecen tranquilizarla en parte. Yo me limito a observarla durante los 10 minutos que dura el viaje.

Veo a una niña con unos preciosos ojos rasgados y un pelo largo y liso, con mechas doradas que le dan un aire muy dulce. Tiene 2 hoyuelos en las mejillas que se le marcan al llorar, así que seguramente tendrá una sonrisa preciosa. Tiene la cara llena de pecas (cosa que yo, secretamente, siempre había deseado tener en mi infancia, porque así dibujaban a los protagonistas en mis libros de cuentos).

Tiene unas piernas fuertes, con unos gemelos marcados; seguro que es una chica deportista (lo que, a mis ojos, le da muchos puntos positivos). Y tiene lo que yo supongo que es “el principal problema”: un ojo que bizquea y un poco de sobrepeso.

Diez minutos de traslado no dan para entender los verdaderos motivos que llevan a una persona a intentar una acción tan desesperada. Ni para conocer la historia completa de su vida y de su alma. Ni para decirle todo lo que me hubiera gustado decirle desde la perspectiva de “mujer” y “madre” (porque no estoy capacitada para tratar de ayudar desde el punto de vista psicológico-psiquiátrico). Así que no digo nada. Sólo tras dejarla en el hospital, en manos de los compañeros, me despido con un tímido “espero que todo te vaya lo mejor posible”. Sincero y sentido, pero incompleto.

Aquellas palabras, “Mírame, ¿cómo va a quererme nadie siendo así? Mi vida es una mierda”, se me han quedado grabadas. Qué tremendo dolor para unos padres ser testigos del intento de suicidio de un hijo. Y qué desesperación y frustración tan inmensas saber que el motivo ha sido éste.

¿Cómo es posible que nuestros jóvenes hayan llegado a interiorizar este tipo de ideas? ¿Qué errores estamos cometiendo los padres y la sociedad?

A ella no pude decirle nada más. Pero sí puedo decírselo a mis hijos. Al de 8 años, que cada vez que hace deporte me pregunta: “mami, ¿a que ya tengo más músculos?”. A la de 7 años, que ya me ha preguntado alguna vez, para mi espanto: “mami, ¿no tengo la barriga demasiado gorda?”. Y a la de 3 años, que sale del cole diciendo “mami, tengo novio y se llama Martín”.

A ellos sí puedo decirles lo que he ido aprendiendo y entendiendo en mis años de niñez, de juventud llena de complejos, de mujer y de madre; y en mis años de médico de emergencias que, testigo de los tremendos reveses que a veces da la vida, ha ido cambiando las prioridades y tantas “certezas” que han resultado equivocadas.

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“Mírame”.

Mi trabajo consiste, precisamente, en eso. En observar y explorar el cuerpo de los pacientes. En tratar de identificar qué problema está teniendo, comenzar a tratarlo para estabilizar al paciente o reducir su dolor, y trasladar al enfermo para que los especialistas hagan el resto y devuelvan a ese cuerpo el equilibrio y la salud perdidos.

Entiendo a la perfección lo importante que es el cuerpo. Pero el cuerpo no es la persona. Es sólo una parte. La persona es mucho más.

El cuerpo es el envoltorio que contiene al ser único y especial que somos cada uno. Es el vehículo que se nos entrega a nuestra llegada a la vida, para que podamos viajar por ella desde su inicio hasta su final.

Recibimos nuestro cuerpo en la concepción, junto con la misión de cuidarlo, protegerlo y respetarlo lo más posible hasta que la muerte nos separe. Esta es la única relación que nos durará toda nuestra vida. En la salud y en la enfermedad, en la fortuna y en la adversidad.

El cuerpo está a nuestra disposición cada segundo. Nos permite movernos, desplazarnos.  Nos permite ver, oír, oler, sentir sensaciones maravillosas. Nos permite relacionarnos, expresarnos, darnos a conocer y conocer a quien tenemos enfrente. Nos permite abrazar, besar, acariciar, y ser correspondidos.

Tengamos el cuerpo que tengamos, cuanto más lo cuidemos, más nos permitirá disfrutar de las experiencias de la vida. Y en mejores condiciones llegaremos juntos al final de nuestro viaje, dure lo que dure.

Pero no somos sólo nuestro cuerpo.

Somos lo que pensamos, lo que sentimos, lo que amamos, lo que odiamos, lo que tememos, lo que disfrutamos, lo que despreciamos. Somos lo que nos hace reír, lo que nos emociona, lo que nos duele, lo que nos enfada, lo que nos parece justo o injusto. Somos lo que deseamos, lo que soñamos, lo que nos hace vibrar, lo que “llevamos dentro”.

No es sólo nuestro cuerpo quien nos define. Nos definen nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestro modo de entender la vida. Todo aquello que no se puede ver. Aquello que nadie puede conocer, salvo que nosotros lo queramos mostrar. El cuerpo es el medio que tenemos para mostrarlo.

Ni siquiera hemos podido elegir el cuerpo que nos han entregado. Pero le damos una importancia desmesurada. Lo convertimos en el centro de nuestro ser, el motivo de nuestra felicidad o de nuestra desdicha. Pero nuestra esencia y nuestra felicidad no dependen solo de nuestro cuerpo.

No dependen de su forma. Ni siquiera dependen de su correcto funcionamiento. ¿Por qué a cada uno nos gustan personas diferentes?  ¿Por qué dos personas con cuerpos parecidos son tan distintas? ¿Por qué dos personas con el mismo problema físico reaccionan y lo afrontan de manera diferente?

He conocido a muchas personas con problemas corporales y de salud de todo tipo, que son razonablemente felices.  Que exprimen al máximo las posibilidades que su cuerpo les ofrece.  Que aceptan sus dolores o limitaciones, y a pesar de ellos siguen adelante. Que se sienten completas y en paz con ellas mismas.  Que aman, que se aman, y que son amadas. Y algunas de ellas han logrado llegar mucho más lejos de lo que otras personas, con sus cuerpos “sanos y completos”, han podido siquiera imaginar.

He conocido personas con cuerpos teóricamente “perfectos” que no son felices. Su salud corporal no se corresponde con su salud mental. Sus obsesiones, sus miedos, sus complejos, sus problemas emocionales, sus dificultades de relación, son limitaciones de muchísimo más lastre que las puramente físicas.

Así que no. La felicidad no puede depender exclusivamente de nuestro cuerpo.

Y muchísimo menos puede depender sólo del aspecto externo de nuestro cuerpo.

Y debería estar prohibido que dependiera de cómo lo miden, valoran o juzgan otras personas. Aunque sean nuestros padres. Aunque sean nuestros novios.

¿Que un ojo bizco nos impide ver con claridad? Tratemos de arreglarlo. ¿Que el exceso de peso nos impide correr más, ir de monte, echar un partido, o nos terminará trayendo problemas de salud? Tratemos de ponerle remedio. Pero porque NOSOTROS queremos que nuestro cuerpo nos responda mejor. Porque NOSOTROS queremos tener mejor salud para poder disfrutar mejor de la vida. No porque  OTROS juzgan que nuestro cuerpo sería más o menos bello o aceptable si cambiáramos algo. No porque creamos que así gustaremos más a los demás.

¿Por qué llegamos a creer que otras personas tienen el poder de hacernos sentir felices o infelices con sus opiniones respecto a nuestro cuerpo?


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“Estoy gorda, soy fea y deforme”.

Cuántas personas darían todo por tener unos muslos fuertes que les permitan correr, o simplemente caminar. Un pecho grande que les permita beberse el aire a bocanadas. Una buena barriga que les permita comer lo que desean sin dolor. Unos ojos bizcos que les permitan ver algo más que sombras y borrones. Tantas y tantas partes de nuestro cuerpo que a nosotros nos parecen “defectuosas” pero que nos dan la posibilidad de vivir y de disfrutar de tantas experiencias maravillosas que sólo valoramos cuando perdemos.

¿En qué momento hemos perdido la perspectiva, la conciencia de la verdadera importancia de nuestro cuerpo?

¿Cómo nos atrevemos a utilizar nuestro cuerpo y el de los demás como simples objetos merecedores de aprobación o de desprecio?

 

“¿Cómo va a quererme nadie siendo así? Mi vida es una mierda.”

Qué tremendo error nos han transmitido y estamos transmitiendo inconscientemente de generación en generación.

No es necesario encontrar pareja o formar una familia para llegar a ser feliz. Lo demuestran los miles de personas que son felices y plenas sin pareja. Y los miles de personas que son sumamente infelices con pareja, con cónyuge, con hijos.

Tener pareja debería formar parte de la elección consciente de un modo de vida determinado. Uno más, de todos los que hay. Pero “tener pareja” no puede ser un fin en sí mismo. Y la vida no puede ser “una mierda” sólo porque no hemos encontrado pareja, o parece que no hemos encontrado “la adecuada”.

Yo creo que el problema es que equivocamos los conceptos.

No se trata de que una persona incompleta encuentre a otra persona incompleta y ambas se completen una a la otra. Se trata de que una persona ya completa, que decide que prefiere compartir su vida con alguien, encuentre a otra persona también completa; y ambas elijan continuar el viaje de la vida juntas.

Identificamos “adulto” con “madurez”. Pero la madurez no llega de la nada, simplemente con la edad. Una persona realmente “madura”, “completa”, es el resultado del duro y consciente trabajo de toda una vida.

Una persona adulta debería ser perfecta conocedora y dueña de sí misma. Y se necesita toda una infancia, toda una adolescencia y toda una juventud para ello. Muchísimos años de formación en los que, como los atletas, se debe aprender, entrenar, esforzarse.

¿Tenemos claro los padres que esta es la meta más importante que debemos fijarnos para nuestros hijos, por encima de tantas otras? ¿Que nuestra misión es orientarles, guiarles, ayudarles, apoyarles para que lleguen a convertirse en adultos completos, maduros, independientes? ¿Y que sólo entonces estarán preparados para vivir en pareja, si así lo desean?

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Y en encontrar una pareja adecuada se puede, asimismo, tardar años.

Porque somos cuerpo, mente, corazón y alma. Físico, pensamientos, sentimientos y espiritualidad. Y debemos aprender a conectar con todos nuestros elementos, y mantenerlos en armonía. Y debemos encontrar a la persona que respete y aprecie esa armonía. Y esa persona, a su vez, deberá conocer y mantener en armonía sus propios elementos. Y deberá exigir que nosotros también los respetemos y apreciemos.

Nada menos.

Para esto es el noviazgo. Para descubrir quién es la otra persona, cómo somos y qué sentimos cuando estamos junto a ella. Para valorar si respeta y aprecia nuestra identidad y nuestros deseos. Para observar si estos sentimientos son recíprocos. Para que ambos analicemos todos y cada uno de los aspectos. Y para decidir, finalmente, si ambos queremos seguir el viaje juntos o no.

Pero no siempre tenemos claro qué es eso de “tener novi@”.

 

“Es lógico que mi novio me haya dejado”.

Claro que cada persona tiene unos gustos diferentes. Claro que cuando hablamos de gustar a una posible pareja, la parte física es importante. Pero suele ocurrir que, una vez que los adultos maduramos, apreciamos al resto de personas en su conjunto. No apreciamos solo el cuerpo. La forma de ser, el sentido del humor, los gustos y afinidades, atraen tanto o más que un físico determinado. Y si nos enamoramos, nos enamoramos de un todo. Del cuerpo, de la mente, del corazón y del alma del otro. De todo aquello que le convierte en quién es.

Y si el conjunto no gusta, si la relación no fluye sin tensión y sin dolor, debemos aceptarlo y dejarlo ir. No podemos forzar las piezas de un puzzle para que encajen. Se romperán, o el puzzle acabará mal hecho.

Nadie puede ni debe obligarnos a cambiar. No podemos ni debemos obligar a nadie a cambiar. Cada persona cambiará única y exclusivamente si ella así lo desea. Si se siente  criticada, despreciada, infravalorada, anulada, obligada a cambiar porque lo desea “el otro”, la relación jamás funcionará. Y se corre un riesgo aún mayor: perder la propia identidad, la propia autoestima, el propio valor.

 

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Mis peques: a vosotros todavía estoy a tiempo de deciros lo que me hubiera gustado decirle a ella, cuando lo único que le pude decir fue: “espero que todo te vaya lo mejor posible”.

Sois perfectos en cuerpo y alma. Tenéis una mente maravillosa y un corazón precioso. No dejéis que nadie, jamás, os haga dudar de esto. No os obsesionéis con mejorar solo una parte de vuestro ser, porque perderéis el equilibrio y dejaréis escapar la felicidad.

Tenéis toda vuestra infancia para descubrir quiénes sois y cómo sois. Elegid vuestra ropa, los colores de vuestra habitación, vuestros muñecos preferidos. Probad todo tipo de comidas y elegid cuáles os gustan más. Probad todo tipo de deportes y descubrid cuál os divierte más, y en cuál sois más hábiles. Probad todo tipo de juegos, de experiencias, de hobbies. Acariciad todo tipo de animales. Haced todo tipo de excursiones por todo tipo de escenarios. Escuchad todo tipo de músicas. Descubrid qué cosas os hacen vibrar, qué cosas os emocionan, os divierten, os aburren, os dan miedo, os dan asco. ¡CONOCEOS Y AMAOS TAL COMO SOIS!

Conoced y relacionaos con todo tipo de personas. Aprended quiénes os hacen sentir bien, cómodos, a gusto; y quiénes os hacen sentir incómodos, extraños, nerviosos. Seleccionad a vuestros amigos no por lo guapos, fuertes, listos o importantes que son, no por la familia que tienen o el lugar de donde vienen, sino por lo bien que os hagan sentir cuando estáis junto a ellos. Aprended a diferenciar qué personas quieren estar a vuestro lado por algún tipo de interés y quiénes, en cambio, son realmente felices en vuestra compañía.

No deis jamás el título de “amigo” a una persona junto a la cual no os sintáis cómodos, libres de ser como deseéis ser y de hacer lo que deseéis hacer.

Y tendréis toda vuestra juventud para explorar el complicado y aterrador mundo de las relaciones y del sexo. Estad muy atentos a las señales  que os mandan vuestro cuerpo, vuestra mente, vuestro corazón y vuestro espíritu. Son las 4 partes fundamentales de vuestro ser; son igualmente importantes, y ninguna puede ser ignorada.

No deis jamás el título de “pareja” a quien no os haga sentir que fluís en total libertad y armonía con vosotros mismos y con el mundo que os rodea.

Si deseáis tener pareja, debéis buscarla entre aquellas que logren que todos vuestros elementos aprueben lo que sienten y vibren al unísono. Si una de estas partes grita “¡no, no me siento bien, no me siento seguro, no me siento libre!”, esperad. Analizad vuestra elección con muchísimo cuidado antes de dar un paso definitivo.

Y si os dais cuenta de que algo va mal, tened la sinceridad de admitirlo, el valor de decirlo y el coraje de abandonar la relación. Y seguid adelante, con un inmenso amor a vosotros mismos, disfrutando de vuestra propia compañía y de las oportunidades y personas que la vida os vaya ofreciendo. Dueños por completo de vuestro destino.

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Los sentimientos correctos, las decisiones correctas, están en vuestro interior. Sois amos y señores de vosotros mismos. Nadie puede decidir qué es bueno para vosotros mejor que vosotros.

Pero para llegar a esta certeza debéis conoceros, aceptaros y amaros con todas vuestras fuerzas. Incondicionalmente. Y esto lleva muchísimos años de trabajo y atención. A veces toda una vida. Pero es imprescindible para alcanzar la felicidad.

 

Porque, si no sabéis con toda exactitud quiénes sois, ¿cómo se lo vais a mostrar a los demás?

Si no sabéis lo que deseáis, ¿cómo vais a encontrarlo ahí fuera?

Si no tenéis el valor de mostrarle al mundo vuestro verdadero ser, ¿cómo vais a atraer a vuestra vida a personas, amigos, parejas que os amen por quiénes sois en realidad?

Si no sabéis qué tipo de personas hacen saltar vuestras alarmas de disconfort, malestar o peligro, ¿cómo podréis protegeros o alejaros?

Si no aprendéis a respetaros y valoraros a vosotros mismos y a vuestros deseos, ¿cómo podréis exigir a otros que lo hagan?

Si no sabéis que nadie tiene el poder de haceros felices o infelices, ¿cómo vais a ser conscientes de que la llave de la felicidad la tenéis solo vosotros?

 

Una pareja no es la persona que os da lo que vosotros no tenéis. No es la que os valora más de lo que vosotros mismos os valoráis. No es quien da sentido a vuestra vida. Y no es quien destruye el sentido de vuestra vida si desaparece.

A vuestra vida solo le darán sentido las personas y las cosas que vosotros queráis que se lo den.

Sois los dueños exclusivos de vuestra felicidad. No le deis a nadie la posibilidad de arrebatárosla.  No dejéis que nadie os impida galopar.

 

 

Espero que todo te vaya lo mejor posible. De corazón.

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