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La impotencia de no saber, o no poder, ayudar a tener una buena muerte

Hace unos días nos avisaron por una señora de unos 75 años que se había puesto muy grave en la residencia de ancianos en la que vivía.
 
Cuando llegamos nos encontramos a una mujer tan sumamente delgada, gastada, sin color, sin movilidad, que desde la puerta nos pareció que había fallecido. Tuvimos que acercarnos a su cama para reconocer signos de vida.
 
Mientras yo leía el historial, la enfermera de la residencia nos explicó que la hija de la señora, que también vivía en la misma residencia y compartía habitación junto a su madre, había fallecido hacía unos meses. Y que desde aquel día la mujer ya no quería vivir.
 
Las fotos sobre la mesita atestiguaban que había sido una mujer feliz, con una vida feliz, rodeada del cariño de un marido, una hija, unos nietos.
 
Pero los informes médicos y las últimas analíticas evidenciaban un estado general muy precario. Los ingresos por infecciones y descompensaciones habían sido continuos en los 2 últimos meses. El cuerpo de la señora estaba diciendo “basta”. De alguna manera parecía que su voluntad de no querer vivir estaba ganando la partida.
 
El electrocardiograma que le hicimos mostró que estaba sufriendo un infarto. El corazón de la señora tampoco quería seguir adelante.
 
Si en España tuviéramos un sistema, no solo sanitario, sino social y familiar, que permitiera que un paciente, llegada su hora, pasara por ese trance de forma confortable e íntima…
 
Pero no lo tenemos. No tenemos una cultura ni una educación que abarque y acepte la muerte, y que prepare al paciente, a la familia, a los cuidadores y a los sanitarios para ella.
 
Lo que tenemos es una lucha por lograr la inmortalidad, un rechazo frontal a la idea de la muerte en este nuestro “primer mundo”, nuestro “mundo evolucionado”, que trata de elevarse sobre la humilde resignación de las gentes “de pueblo”, “primitivas”, “subdesarrolladas”. Aquellas que saben (y no pueden permitirse olvidar) que la muerte se une a la vida en el momento de la concepción, y que camina siempre un pasito por detrás.
 
En nuestro mundo un paciente no se suele morir en casa. No se debe morir en una residencia, si se puede evitar. Hay que trasladarlo. Y no se debe morir en la ambulancia. Hay que pelear por él en el hospital. Y se peleará hasta que el corazón del paciente se apague.
 
No le puse los tratamientos del infarto. Su cuerpo no los habría soportado. Únicamente traté de aliviarle un poco su dolor. Pero yo tampoco pude dejarla en la residencia. La trasladé, con todas las molestias que un viaje en ambulancia conlleva (y mucho más en su estado) a ese hospital que iba a luchar por salvarle la vida, y que iba a perder. Y ella lo sabía.
 
Yo no intenté animarla. No tenía sentido. Habría sido mentirle. Así que le dije: “No se preocupe. Pase lo que pase, no estará sola. Aquí estamos nosotros. Y allí ella le estará esperando”.
 
Se echó a llorar y me agarró la mano fuertemente todo el camino. Los 15 minutos que duró el traslado. No me la soltó hasta que llegamos al hospital. Y entonces pronunció la única palabra que le escuchamos. “Gracias”.
 
Horas después volvimos al hospital con otro paciente. Pregunté por ella. Me dijeron que estaba ingresada en estado muy grave. La siguiente vez que volví a preguntar, ya había fallecido.
 
Creo que fui la última persona con la que pudo hablar. Creo, con orgullo, que fuimos las personas que le pudieron acompañar de una forma un poco más “íntima” en sus últimos momentos.  En la “habitación privada” de la ambulancia. Ser consciente de que se está siendo testigo de esta transición es uno de los sentimientos más fuertes que se viven en nuestro trabajo. Y ese “gracias” me lo llevo de recuerdo para toda la vida.
 
Pero no tenía que haber sido yo. No teníamos que haber sido nosotros. No tenía que haber sido en la UVI móvil.
                             ——————————-
 
El otro día vi el programa de #Salvados, #LaBuenaMuerte. E inmediatamente pensé en ella.
 
Si hubiera una ley que me hubiera permitido preguntarle: “¿Quiere que lo intentemos una vez más? ¿O quiere que le ayudemos a marchar en paz con su hija?”, a lo mejor las cosas hubieran sido diferentes…
.
Si hubiera una cultura, una partida económica suficiente, una infraestructura, un personal cualificado y accesible, una ayuda domiciliaria, hospitalaria o en residencias…
 
 
Pero la realidad es que los sanitarios, en el tema de los cuidados paliativos y la buena muerte, estamos legal, económica y estructuralmente limitados. Hacemos lo que podemos, lo que sabemos, lo que nos dejan, donde nos dejan. Y es claramente insuficiente.
 
No quiero discutir sobre la eutanasia, el suicidio asistido, el derecho de las personas a poder elegir sobre su propia muerte. Sólo sé que algo falla terriblemente en esta sociedad.
 
Por alguna razón quise llevarme un recuerdo suyo. Y le “robé” una foto de su mano.  Porque ella me dio una de las mayores lecciones sobre la vida y sobre la muerte que se pueden dar.
 
Ojalá ella lo haya sabido.
foto
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