Enfermedades que todavía avergüenzan

2016-11-24-09-39-54Ayer me tocó atender un caso que, por triste, me hizo pensar.

Avisaron por un chaval que estaba teniendo alucinaciones. Cuando llegamos al domicilio, efectivamente, nos encontramos al chico agresivo, agitado, sin reconocer a su madre ni a sus hermanos, tratando de quitarse de delante “bichos” y “cosas” que sólo él veía.

A nuestras preguntas de “¿Tiene alguna enfermedad? ¿Le ha ocurrido esto más veces? ¿Toma alguna medicación? ¿Toma algún tipo de drogas??”, las respuestas fueron “no, no, no, no…”.

Dormimos al chico para quitarle su angustia y poder trasladarle. Informé a la familia: “si todo es negativo, puede tratarse de un brote psicótico que debuta ahora. Hay que trasladarlo al hospital para que sea valorado por Psiquiatría”.

Los hermanos acompañaron al resto de sanitarios y la madre me hizo una señal para que esperase. Quería hablar conmigo en privado.

Y entre lágrimas me dijo: “No quería contarlo, fue un episodio en su adolescencia y ya está cerrado…Lo creíamos cerrado, nadie sabe nada…Él tuvo problemas mentales en su adolescencia, fue visto por Psiquiatría por ataques de agresividad. Tardó mucho en salir de aquello, pero estaba muy bien. Y hace unos meses tuvo problemas sentimentales, empezó a deprimirse, empezó a descompensarse…Hoy lleva todo el día tomando pastillas porque quiere dormir y olvidarse de todo…No quiso ir al médico y yo no le obligué, no quería volver a pasar por todo aquello, ni que nadie se enterase…Y de repente ha empezado a decir cosas raras, a ver cosas raras…Esto jamás le había pasado, estoy muy asustada”.

Busqué los blisters de lo que se había tomado. Entre ellos había una pastilla concreta que me llamó la atención. Consulté el Vademécum.

“Efectos secundarios extremadamente raros: delirios, taquicardia, temblores, espasmos, piel caliente y seca…”

El diagnóstico inicial de “brote psicótico primario” pasó a ser “intoxicación aguda por XXX con brote psicótico secundario”. Algo que tiene un tratamiento concreto. Que se hubiera tardado mucho en poner, o que nunca se hubiese puesto, de no conocer su verdadera causa.

La vergüenza que sentía aquella madre porque su hijo hubiera tenido una enfermedad mental le llevó a pasar por alto los síntomas de que un nuevo episodio se estaba gestando. Y a no pedir ayuda a pesar de los obvios intentos del chico de controlar su alterado estado emocional automedicándose. Y a retrasar un diagnóstico y un tratamiento sin los cuales, tal vez, la vida de su hijo hubiese estado en serio peligro.

Tener una enfermedad mental no debería suponer ningún estigma. No debería causar vergüenza. No debería llevar a nadie a tratar de ocultarla.

Los problemas psicológicos o psiquiátricos son enfermedades igual que la diabetes, que la epilepsia, que el cáncer, que los infartos. Igual de reales, igual de “dignas”, igual de difíciles, igual de respetables. Y necesitan el mismo apoyo de los familiares y del entorno que cualquier enfermedad. A veces muchísimo más.

Pero algo seguimos haciendo mal como sociedad cuando pasan estas cosas. Cuando tener una enfermedad mental sigue suponiendo un estigma para el paciente y la familia. Cuando la vergüenza supera a la razón, y la razón no se atreve a hablar hasta que una vida corre peligro.

Toda la sociedad, empezando por los sanitarios, siguiendo por los ciudadanos y terminando por los pacientes y los familiares, deberíamos educar y educarnos mucho más en este tema.

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