Para aquellos alumnos a los que no les supe explicar…

2016-11-08-13-20-43Cuando vienen residentes de Medicina o de Enfermería a rotar en la UVI móvil, creo que todos tratamos de enseñarles, de explicarles, de permitirles historiar y explorar a los pacientes. Cada cual según su carácter y sus habilidades docentes, creo que todos lo intentamos. Igual que nuestros adjuntos hicieron con nosotros en su día.

Pero hay algo que yo no sé explicarles. Y es cómo enfrentarse a la muerte súbita, repentina, inesperada de una persona. Y cómo decirles a sus seres queridos que su familiar, que poco antes estaba lleno de vida, acaba de morir.

Porque no hay manera correcta, ni apropiada, ni sencilla, de asumir semejante final. Y tampoco de prepararse para dar semejante noticia.

Nadie está ni estará preparado para decirle a una abuela que su compañero de toda la vida acaba de fallecer. O a una madre que su bebé acaba de sufrir una muerte súbita mientras dormía en su cuna. O a un hijo que su padre parece haber tenido un infarto masivo y que no hemos logrado reanimarlo. O a una familia que su mujer, su hija, su madre, acaba de desplomarse de repente por un posible derrame cerebral y que ha dejado de respirar. O a un chaval que su novia acaba de quitarse la vida y no podemos hacer nada. O a unos padres que su hijo no ha podido superar las lesiones del terrible accidente que acaba de sufrir.

Quince años después de mi primera vez, aún no sé cuál es la manera correcta de hacerlo. Quince años después se me sigue encogiendo el corazón cuando doy la orden de suspender las maniobras de reanimación porque entiendo que ya son inútiles, que si seguimos adelante haríamos más daño que bien.

Una y otra vez trato de prepararme para dar la noticia a los familiares. Busco las palabras más exactas y menos dañinas. Busco las frases de consuelo que podrían ayudar a afrontar mejor la situación.

Odio tener que hacerlo. Quisiera estar en cualquier lugar del planeta, menos allí. Cojo aire, me levanto. Busco al familiar y lo llevo a un lugar un poco apartado.

Y una y otra vez, las únicas palabras que puedo pronunciar son: “Lo hemos intentado todo, pero no hemos podido hacer nada, su corazón se paró y no respondió a los intentos de reanimación… Lo siento muchísimo, pero acaba de fallecer”.

Y una y otra vez me atraviesan todos los sentimientos descontrolados de incredulidad, de negación, de rabia, de dolor, de los familiares. Incluso de odio hacia nosotros. Sus gritos, sus lloros, su desesperación, son imposibles de evitar y de esquivar. Por más que trate de consolarles, de razonar, de hacerles entender, en esos momentos simplemente no hay nada que hacer.

Me siento absolutamente impotente, inútil, de sobra.

Todavía hay que rellenar informes y certificados, hacer llamadas, activar protocolos. Todavía hay que permanecer en el lugar, sabiendo que no sólo no podemos ayudar, sino que nuestra presencia impide que los familiares se abandonen por completo al dolor y a las lágrimas. Tal vez por un cierto pudor, tal vez porque nuestra presencia todavía podría significar que hay una mínima esperanza, que “los médicos aún podrían intentar hacer algo”.

Sólo quiero salir de allí cuanto antes. Y sé que todos mis compañeros, médicos, enfermeros, técnicos, piensan y sienten lo mismo que yo. Pero todos nos quedamos, y tratamos de ayudar en lo poco que podemos. Con una mano en el hombro, con un abrazo, con un tranquilizante, con una llamada que los desesperados familiares no son capaces de hacer.

Y si nosotros nos sentimos impotentes, qué decir de los rotantes. Que participan de la escena, que tratan de ayudar en las maniobras, que reciben todos los sentimientos desbordados de sanitarios y de familiares. Pero que no saben qué deben hacer, qué deben decir. Ni siquiera saben muy bien qué deben sentir.

¿Y cómo se le explica todo esto a un residente, a un rotante de veintipocos años?

Yo no se lo puedo explicar. Y cuando los veo hundidos, aterrados, angustiados, derrotados después de haber vivido una experiencia semejante, tampoco me siento preparada para ayudarles mucho más.

No puedo decirles así, de repente: “Aprende ya cuándo dejar marchar a un paciente. Aprende ahora mismo cómo dar la noticia. Aprende cómo afrontar la avalancha de sentimientos que se te van a venir encima. El dolor, el horror, la pena, la compasión, el alivio porque no te ha ocurrido a ti ni a ninguno de los tuyos, la angustia de darte cuenta de que podría ocurrirte a ti o a alguno de los tuyos, los pensamientos obsesivos, los recuerdos indelebles”.  

Porque todo esto no se puede enseñar. Porque es algo que se va “aprendiendo” , si es que se llega a aprender, de la vida misma y a lo largo de las situaciones que esta preciosa y dura profesión que es la emergencia nos pone delante. Porque yo nunca aprendí del todo.

Así que muchas veces no digo nada. No explico nada. Me pongo la máscara de “bueno, es lo que hay, así es la vida, ya lo aprenderás”. O la de “tía dura”, a la que nada de esto le afecta ya.

Perdón, porque sé que aquel día no te pude explicar lo que tú necesitabas aprender.

Pero sí que te puedo enseñar una cosa. Una que yo sí que he aprendido a lo largo de estos 15 años.

¡Aprende a vivir! ¡Aprende a disfrutar de la vida! ¡Aprende a cambiar tus prioridades!

Porque cuando llegue este momento (y a todos nos llegará antes o después) te darás cuenta de repente de lo que malgastaste tu tiempo junto a tus seres queridos, de lo poco importantes que eran todas aquellas importantísimas cosas que te impidieron disfrutar más de la vida.

Porque en cualquier momento, en cualquier lugar, a cualquier persona de cualquier edad le puede ocurrir esto que acabas de ver.

Prepara tu mente, tu alma y tu corazón para que entiendan que la muerte es ley de vida, que antes o después seremos los que despiden, los despedidos o los testigos de una despedida. Que la muerte no sea una desconocida para ti.

Pero hasta que la muerte se acerque a saludar, recuerda esta frase de la película de “El club de los poetas muertos”, los impactantes versos de Thoreau:

“Me fui a los bosques porque quería vivir sin prisas. Quería vivir plenamente y extraerle todo el jugo a la vida. Dejar de lado todo lo que no fuera la vida. Para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido”.

Para no descubrir, en el momento de la muerte de los seres queridos, que no habíamos vivido.

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4 comentarios sobre “Para aquellos alumnos a los que no les supe explicar…

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  1. Te entiendo perfectamente compañera, pero hoy yo estoy en esta profesión y en este servicio porque el 1 de Enero de 1998 mi Padre fue atendido por la gente del entonces 061 de Madrid, y aunque el desenlace fue fatal, la calidad humana fue tal, que me sentí en deuda con ellos, hasta tal punto que cambié mi rumbo profesional e hice lo indecible para estar en este servicio. Así que, puedo decir en carne propia, que lo soléis hacer bien, llegado el momento, y que la gente lo siente. Un abrazo.

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  2. Parece que me hayas leído el pensamiento…Cada vez que salgo de una guardia vuelvo a casa con esas sensaciones, tu escala de valores se revuelve. Hay que estar hecho de una pasta especial, en nuestro trabajo se pasa del 0 al 100 en segundos y luego volver a la normalidad como si nada hubiera pasado…
    Un abrazo

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  3. Estoy de acuerdo con este post.una vez q subes a la ambulancia te crees q lo sabes todo protocolos al día,técnicas,adrenalina..pero cuando bajas y empiezas con tráficos de gente joven q acaban destrozados.bebes q fallecen en tus manos entre la desesperación de familiares q pierden su primer hijo.pacientes q se mueren en un traslado en el q minutos antes estaban diciéndote q igual no llegaban e intentas no creértelo por q a ti no se te muere nadie en la ambulancia.para esto no te preparan y te lo llevas a casa. Luego te acostumbras y vives con ello pero nadie pone ningún medio para ayudarte.sin dejar de ser un estrés postraumático laboral.y sigues siendo un número para tus superiores…en fin un agujero más de este sistema sanitario.gracias.

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  4. llevo mas de 35 años trabajando en la sanidad, he ocupado un montón de puestos, he atendido niños , adultos, ancianos, y he tenido que dar o participar en dar esa noticia mil veces, el dia que sepa como tengo que hacerlo, el dia que no me afecte la muerte de una persona sea quien sea y en las condiciones que sea, habra llegado el momento de dejar la profesion

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