Los cuatro jugadores de un juego llamado acoso

Queridos hijos:

Solo tenéis 4, 7 y 9 años. Todavía sois pequeños. Pero ya me habéis llegado a casa contando alguna vez que en vuestro cole se han reído de una niña porque llevaba coletas, o que hay un niño de otro país que siempre está triste porque se meten mucho con él. “Pero no pasa nada, mami, eso no es nada malo, no les hacen daño ni nada de eso. ¡Es que es muy divertido!”.

Claro que es muy “divertido”. Yo fui una de las que se lo pasó en grande entre los 11 y los 14 años a costa de 2 o 3 compañeros de clase. Es cierto, ¡era divertido! Cada día ideábamos nuevas bromas, nuevos cebos, frases y canciones cada vez más ingeniosas. ¡Cómo nos reíamos cuando caían otra vez en la trampa! Y cuando se enfadaban, cuando lloriqueaban, cuando se ponían rojos de rabia y de vergüenza. Y cuando el profesor les castigaba a ellos en vez de a nosotros.

Yo no sólo lo hacía por lo bien que lo pasaba. También porque cuanto más participaba en aquellas “bromas”, más me aplaudían mis compañeros. Más apreciada e importante me sentía. Más puestos ganaba en la lista de los “guays”. Y, sobre todo, más me alejaba de la lista de los “pringados”.

Porque  yo fui una vez una de las “pringadas”. Fui alguien de quien los demás se reían, que apenas tenía amigos. Y no molaba nada. Qué mal lo pasé. Cuántas veces lloré. Con qué rabia prometí que no dejaría que aquello continuara. Y así ocurrió: en cuanto pude, me pasé al otro lado. Toda una muestra de valor y de coherencia, ¿verdad?

¿Sabéis qué? Que en el fondo es cierto que los que se metían con “los pringados” lo hacían “sin maldad”. No éramos conscientes del daño que nos hacíamos unos a otros. No éramos malos. Si nos hubieran dicho que una de las “víctimas” estaba tan destrozada que quería cambiarse de colegio, o que había pensado en quitarse la vida, unos y otros nos habríamos sentido horrorizados y culpables.

Sólo éramos ignorantes.

Tuvieron que pasar muchos años para entender el daño que nos hicimos. El dolor, el miedo, la tristeza, la rabia, la soledad, la desesperación que provocamos. Y cómo esos sentimientos influyeron, y mucho, en el adulto que somos hoy.

Tenéis que empezar a saber que esas cosas que me contáis no son solo juegos, o solo bromas.  Tened cuidado, porque podéis hacer mucho daño. Y además un daño del peor tipo que existe. El más peligroso de todos. El daño que no se ve.


Pero hay algo mucho peor que esos “juegos y bromas. Algo que marca cicatrices a fuego. Que hace tanto daño que el resultado son niños destrozados por dentro. Incluso niños muertos por suicidio.

Lo llaman bullying. Es el ACOSO con mayúsculas, insistente, constante, despiadado, de niños o jóvenes que buscan hacer daño a otra persona. Que saben que lo están “logrando”: que le están hundiendo, apartando, convirtiendo en alguien asustado y desesperado. Y que aún y así continúan haciéndolo. Y obtienen verdadero placer y satisfacción con ello.

Esto ya son palabras mayores. Esto es un delito. Un atentado contra la dignidad de otra persona. Una vileza. El problema es que a veces comienza con “juegos y bromas”. Y lo confundimos con “cosas de niños”.

Parece lógico  pensar que el bullying tiene 2 protagonistas: el niño acosado y el niño o los niños acosadores. Pero no es exactamente así. Yo creo que, en realidad, en el bullying hay 4 protagonistas diferentes.


El primer protagonista es el niño acosado.

Un niño comienza a ser acosado porque es, tiene o hace algo “diferente”.

Pero…¿qué es “diferente”? ¿Lo que no es “normal”? ¿Y quién decide lo que es normal y lo que no lo es?

No hay una definición concreta de lo “normal”. “Normal” no significa bueno ni malo, mejor ni peor. Significa “aceptado por frecuente”.  “Normalidad” es, simplemente, aquello que la mayoría de personas piensan o hacen por rutina, por costumbre. Lo que tienen apuntado en sus cerebros que es lo correcto porque así lo aprendieron.

Cuando etiquetamos algo como “normal”, la mayoría de nosotros lo damos por bueno; y no miramos mucho más allá. Cualquier cosa que se salga de lo “normal”, de lo comúnmente aceptado, nos hace sentir incómodos, extraños, incluso amenazados. Y esto no suele gustarnos.

Pero lo que es “normal” para un grupo de gente puede no serlo para otro grupo distinto. O en otra cultura distinta.

 Y en vez de analizar estas diferencias,  ver si son mejores o peores que nuestra “normalidad”, ver si son importantes o no, si merece la pena ser amigos a pesar de ellas…pues decidimos dejar bien claro a esa persona cómo somos aquí la mayoría, qué pensamos, cuáles son nuestras normas.

Un niño puede comenzar a ser acosado porque su cuerpo, su manera de vestir o de pensar, sus gustos, su orientación sexual, su familia, su país, sus costumbres, sus circunstancias…¡cualquier cosa!… son diferentes a los del resto de compañeros.

Y algunos de esos compañeros confunden “diferencia” con “debilidad”. Y le atacan, riéndose de él, ridiculizándole, humillándole, aislándole.

Este es el primer gran error de concepto que tienen tanto el niño diferente como aquellos que lo acosan. Creerse, o creerle, débil, sin valor, inferior.

Pues quiero que sepáis que los niños diferentes, sea cual sea la diferencia, son mucho, mucho más especiales, interesantes, fuertes y valientes que los demás. Porque tienen que enfrentarse a veces  a circunstancias muy difíciles, que tal vez ninguno de los “valientes” seríamos capaces de enfrentar. Y encima también deben enfrentarse a un entorno hostil, a la incomprensión, a la ignorancia y a las burlas.

La autoestima de estos niños tendría que estar por las nubes. Deberían saberse y sentirse mucho más dignos, capaces y valientes de lo que nadie se imagina.  Son unos guerreros, unos luchadores, unos supervivientes. Deberían caminar por el mundo con la cabeza bien alta. Deberían estar orgullosos de sí mismos y de su fuerza.

Y cuando llegan a mayores, si el acoso no daña irremediablemente su alma,  se convierten en  personas excepcionales.

Quienes no aceptan a los diferentes no son más fuertes ni mejores. En realidad son asustadizos y cobardes. Tienen miedo de que aceptar “lo diferente” les haga moverse de su zona de comodidad, o ser a su vez objeto de burla. El rechazo a los diferentes, en el fondo, significa miedo.

Pero a veces los chavales viven en un mundo al revés. Confunden valentía con cobardía. Desprecian a quienes merecerían admiración. Y aplauden a quienes solo demuestran ignorancia.

Meteos bien esto en la cabeza: ser diferente NO es un motivo de vergüenza. Ser gordo, delgado, alto, bajo, guapo, feo, homosexual, transexual, gótico, hippy, bizco, diabético, epiléptico, usar gafas, tener la nariz grande, tener los dientes separados, ser extranjero, huérfano, discapacitado, tener una familia atípica…son simplemente características o circunstancias de cada persona.

Algunas son una opción personal (¡y un aplauso por aquellos que tienen el valor de ir contracorriente en un mundo conformista!). Pero otras no se pueden elegir. Es más: nadie está libre de poder tener, en algún momento de su vida, una de esas “características diferentes” de la que tanto nos reímos hoy. Una enfermedad, un accidente, una situación familiar complicada…

¿Cómo puede alguien ser tan corto de mente como para hacer de una diferencia un motivo de burla? ¿Cómo puede un niño llegar a pensar que el acoso que sufre es culpa suya? ¿Cómo podemos llegar a entender las cosas de una forma tan equivocada?


El segundo protagonista es el niño acosador. El acosador de verdad. El que quiere hacer daño o provocar miedo. El que necesita sentirse superior, o más fuerte. El que abusa de su fuerza física o de su situación de poder. El que necesita que los demás sepan quién es “el que manda”.

Estos niños acosadores tienen en realidad un gran problema. Por alguna razón necesitan desesperadamente sentir que valen, que influyen en los demás, que son “superiores”, que son respetados. Lo necesitan para sentirse bien. Pero sólo saben conseguirlo desde el terror, el abuso, la fuerza. No saben hacerlo de otro modo.

Estos niños acosadores son los que tienen el auténtico problema. Y muy serio. Estos niños son en realidad los que están limitados. No tienen suficientes recursos para convivir con otras personas, o para enfrentarse a las “amenazas”. No tienen una autoestima sana, ni una escala de valores correcta.  Porque su entorno no se los ha enseñado, o porque ellos mismos no han sido capaces de aprenderlos.

A ellos es a los que más hay que ayudar. Hay que hacerles ver  que algo no marcha bien. No debemos aplaudirles, animarles, imitarles. Debemos avisarles, explicarles que tienen un problema, tratar de ayudarles.

Y sin embargo la mayoría de nosotros lo hacemos justamente al revés.

¿Por qué los niños cuando ven la película de  Karate Kid admiran al protagonista por su integridad, su valor y su lucha en soledad contra un grupo de matones sin sentimientos, y en cambio en la vida real  desprecian a los que son como  él y  admiran a los “malos”?


El tercer protagonista es el niño que solo quiere divertirse. Que no se da cuenta del daño que hace a los demás con sus palabras. Que cree que sólo está siendo gracioso, que meterse con alguien diferente solo es un juego, una pequeña broma.

Así somos, en realidad, la mayoría de nosotros. Nuestro gran problema no es la maldad, sino la ignorancia. Pero esa misma ignorancia nos hace a veces creer que un niño acosador también está “jugando”. Y le seguimos el “juego”. Sin querer en el fondo hacer daño. Pero nuestros “juegos” se suman a las ganas reales de hacer daño del acosador. Y el resultado es destructivo para el niño acosado. Y nosotros ni siquiera nos hemos dado cuenta. Nos convertimos, sin siquiera ser conscientes, en cómplices del acosador.

Esto tiene fácil solución: debemos ENTENDER. Entender que las bromas hacen daño. Entender que otra persona puede sentirse dolida. Entender que un día podemos ser nosotros los objetos de la burla, y que entonces no nos hará ninguna gracia. Entender que debemos ponernos siempre en el lugar de la otra persona, y no hacer a nadie lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros.

La mayoría de nosotros somos buenas personas. Cuando entendemos, hacemos lo correcto. Sólo tenemos que abrir los ojos. Dejar que nos expliquen, y explicar a los demás, que las bromas y risas no son un juego, que pueden hacer mucho daño, que no están bien.


El cuarto protagonista, para mí, es el peor de todos. El más peligroso. El que más daño puede hacer.

Es el niño que entiende. Que se da cuenta de que otro lo está pasando mal porque está siendo objeto de burlas “inocentes”; o, infinitamente peor, está siendo acosado de verdad. Se da cuenta de que otro niño está sufriendo, está solo, está recibiendo insultos, golpes, violencia de cualquier tipo. SABE QUE ESO ESTÁ MAL. Y a pesar de ello, calla.

Estos niños que entienden deberían ser los que dan la voz de alarma. Los que se dan cuenta de lo que ese niño está viviendo son los que deberían avisar a padres, profesores y amigos, para que aquello deje de ocurrir. Son los que podrían salvar a ese niño de un daño irreparable. Son los que tienen en sus manos el poder de terminar con una situación injusta, dañina, peligrosa. Deberían ser ellos los héroes que ayudan a ponerle fin.

Pero no lo hacen. Por vergüenza, por la idea (de nuevo equivocada) de que dando la voz de alarma se convertirán en delatores, en chivatos. O por miedo a los demás, a terminar ellos mismos aislados del grupo por apoyar a un diferente. O por miedo a los acosadores, a terminar ellos mismos siendo acosados, maltratados, agredidos.

Son empáticos. Pueden ponerse en el lugar del niño acosado, y saben que sufre. Se dan perfecta cuenta de quién es quién en este “juego” de acosadores, acosados y cómplices. Pero no se atreven a denunciar la situación.

También son cómplices del acoso. Pero cómplices CONSCIENTES. Y esto es infinitamente peor que ser cómplices ignorantes.


Hijos míos: ojalá nunca, nunca, seáis acosados. Cuánto me dolería que os hicieran sufrir.

Pero si un día sufrís acoso, quiero que sepáis que quienes os queremos haremos todo, TODO, lo que esté en nuestras manos para acabar con esa situación.

Pero para poder ayudaros, los adultos necesitamos saber lo que está ocurriendo. Y puede que prefiráis ocultarlo. Por vergüenza, por miedo a que “ellos” se enteren, por no hacernos daño, porque sentís que la culpa es vuestra.

Jamás penséis que sois los culpables del acoso que sufrís. Nunca penséis que sois cobardes por contarlo. Que los adultos responsables de vosotros lo sepamos es la ÚNICA manera de poder ayudaros.

No podréis salir solos de este tsunami que  os ha atrapado. Es demasiado complicado. Os enfrentáis a personas que tienen problemas muy, muy severos. Problemas que a vosotros os superan.

Por favor: sed valientes, más valientes aún de lo que ya estáis siendo afrontando semejante situación. Denunciadla. A vuestros padres, a profesores, a amigos. No confundáis el valor de denunciar con la “cobardía” de delatar. Ni la fuerza de buscar apoyos para enfrentaros definitivamente a una situación que os supera con la “debilidad” de reconocer que estáis siendo acosados. Cambiad esa manera de pensar, de percibir la realidad; porque es falsa, destructiva y no os ayudará.

No siempre podremos encontrar una solución de inmediato. A veces el camino será largo. Puede que el entorno,  las alternativas, los protocolos, sean terriblemente lentos, e incluso equivocados. Pero podéis recibir ayuda durante el difícil trayecto. Podéis aprender a entender y apreciar vuestra propia fuerza, vuestro propio valor. Podéis aprender recursos para evitar que os hagan aún más daño. Podéis encontrar personas afines a vosotros, apoyos cuando os parecía imposible.

Pero necesitamos que os atreváis a pedir ayuda.

Y, sobre todo, no hagáis algo irreparable. Sabed que, aunque ahora mismo os parezca imposible, todo esto pasará. Y saldréis de esta pelea transformados. Todas las personas que han optado por no dejarse hundir, que han seguido peleando por lograr una vida feliz y plena, que han tenido fe en sí mismos y en la gente buena que siempre se encuentra, y que han logrado sobrevivir a esta durísima situación, se han convertido en personas verdaderamente excepcionales. Con una empatía, con una sensibilidad, con una fuerza interna fuera de lo normal. Con una capacidad impresionante de poder ayudar a otros.

Sois mucho más valiosos de lo que os imagináis. Sois ejemplos a seguir. No os rindáis nunca. Nunca. Por favor.


Si me avisan de que estáis acosando a otro niño, el disgusto que me llevaré será terrible.

Trataré con todas mis fuerzas de haceros ver vuestro tremendo error. Trataré de hacer que os pongáis en el lugar de la otra persona. Que intentéis imaginar cómo puede sentirse; cómo os sentiríais si fueseis vosotros los acosados. Que pidáis perdón por el daño que habéis causado y que de verdad toméis la decisión de no volver a hacerlo.

Si pensabais que aquello “solo era un juego”, espero ser capaz de explicaros bien las cosas. Y en cuanto las entendáis, sé que todo cambiará.

Si sois acosadores conscientes…

Trataré de comprender qué os ha llevado a hacer algo así. Qué pensáis, qué sentís, qué os ha ocurrido que ha metido tanta intransigencia y tanto odio en vuestras almas.

Analizaré mis propias emociones, mis propios actos y los de toda nuestra familia; buscando algo que pueda haberos inducido a pensar y actuar como lo habéis hecho.

Si no lo consigo, seré yo quien pida ayuda. Porque algo andará terriblemente mal. Entenderé que tenemos un problema muy, muy serio. Vosotros y nosotros necesitaremos muchísima ayuda.


Pero nada podría entristecerme más que saber que sois cómplices conscientes y callados.

Que podríais haber ayudado a ese niño. Dando la voz de alarma, denunciando la situación, apoyándole y animándole, creando un frente común con el resto de compañeros para enfrentaros a los acosadores o para protegerle. Que podríais habérselo contado a vuestros profesores, o a los padres del niño, o a nosotros.

Que una palabra vuestra podría haber cambiado el rumbo de las cosas. Y que no lo hicisteis. Por miedo, por vergüenza, por indiferencia, por comodidad. Por lo que sea.

Si ese niño tomase una decisión irreversible…

Qué remordimientos tienen que quedar. Qué durísima lección.

Confío en vuestro valor, en vuestra integridad, en vuestro coraje. Que nunca, nunca, nunca, lleguéis, lleguemos, a esto.

 

Echad un vistazo a este rap de El Langui. Se buscan valientes de verdad.

https://www.sebuscanvalientes.com/

 

 

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