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Profes, padres: por qué sería recomendable tener un desfibrilador en los coles

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La respuesta, aunque dura, es sencilla.

PORQUE HAY NIÑOS Y PROFESORES QUE SUFREN UNA MUERTE SÚBITA EN LOS COLEGIOS E INSTITUTOS.

 

De acuerdo: en los profesores es más entendible. Algunos ya pasan de los 50, fuman, son hipertensos, diabéticos, tienen el colesterol alto o tienen problemas de corazón. No están libres de sufrir un infarto, por ejemplo; aunque ya sería mala suerte que les ocurriera mientras dan clase…

 

Pero…¿niños?

SÍ. HAY NIÑOS QUE MUEREN SÚBITAMENTE EN LA GUARDERÍA, EN EL COLEGIO O EN EL INSTITUTO.

Con 2 años, con 5 años, con 9 años, con 15 años, con 22 años.

 

 

Pero…¡no pueden haber sufrido un infarto! ¡Es imposible! ¡No se sufre un infarto a esas edades!

Aquí está el primer error de concepto sobre la muerte súbita.

MUERTE SÚBITA significa que una persona DE CUALQUIER EDAD, y SIN TENER SÍNTOMAS DE ALARMA previos, mientras realiza una ACTIVIDAD COTIDIANA (correr, hacer deporte, comer, hacer un examen, bailar…) DE REPENTE pierde el conocimiento y se desploma. DEJA DE RESPIRAR, PIERDE TODOS LOS SIGNOS VITALES. SUFRE UNA PARADA CARDÍACA.

 

Pero LA MUERTE SÚBITA NO ES SIEMPRE SINÓNIMO DE INFARTO.

 

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El corazón es un músculo que late continuamente. Lo logra porque tiene una “batería anacircu4recargable” que genera impulsos eléctricos (el nodo sinusal) y un “sistema de cables” que transmite esos impulsos ORDENADAMENTE por todo el músculo cardíaco (el sistema de conducción cardíaco). 

A medida que la “electricidad” avanza por los “cables” del músculo cardíaco, este se va contrayendo y bombeando sangre (sístole). Cuando pasa el efecto de la “descarga eléctrica”, el músculo cardíaco se relaja y se vuelve a llenar de sangre (diástole). Así se consiguen los LATIDOS EFICACES. Y así debe funcionar el corazón desde que somos un pequeño embrión hasta el día en el que “nos caduque la batería recargable”.

(Podéis leer la explicación más detallada  AQUÍ:   Angina. Infarto. Arritmia maligna. Muerte súbita (1).  )

 

La muerte súbita ocurre porque hay un “cortocircuito” en los “cables” que recorren el corazón.

 

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Cuando uno de esos cables sufre un cortocircuito, el corazón sufre una “tormenta eléctrica”. La corriente eléctrica corre sin control, ocasionando contracciones DESORDENADAS del músculo cardíaco.  Esto causa LATIDOS INEFICACES, que NO LOGRAN BOMBEAR SANGRE al resto del cuerpo. El corazón “tiembla”, incapaz de recuperar el orden y el ritmo de los latidos.

 

Esta “tormenta eléctrica” se llama “FIBRILACIÓN VENTRICULAR (FV)“.  Y equivale a una PARADA CARDÍACA, porque el corazón es tan incapaz de funcionar como si estuviera parado del todo. Es una arritmia maligna, potencialmente letal. 

La persona sufrirá un desmayo brusco y caerá al suelo inconsciente. Y si en ese momento se mirara el pulso, no lo tendría. Y si en ese momento se hiciera un electrocardiograma o un ecocardiograma, se vería que su corazón está “temblando”.

 

En muchos casos esta FV  se corta sola en pocos segundos. La persona  recuperará el conocimiento, y el cuadro se confundirá con un síncope “normal”. Estas personas sufrirán seguramente varios episodios de “desmayos inexplicables” desde la infancia o juventud.

Pero en algunos casos esta arritmia maligna no se parará por sí sola. Sólo cesará si alguien “la corta desde fuera”.

(Podéis leer la explicación más detallada  AQUÍ:  Muerte súbita (2). Fibrilación ventricular. Desfibrilación. )

 

La mayoría de las personas mayores de 35-40 años que sufren una muerte súbita tenían infarto2algún problema en su corazón o en sus coronarias. Aunque también otras enfermedades cardíacas pueden también desencadenar una arritmia maligna (arritmias, “desgaste del corazón”…), la  causa más frecuente de muerte súbita a estas edades es un INFARTO que tiene la mala suerte de pillar en medio “un cable eléctrico”. Cierto.

(Podéis leer la explicación más detallada  AQUÍ:   Angina. Infarto. Arritmia maligna. Muerte súbita (1).  )

 

Pero las personas menores de 35 años también pueden sufrir una muerte súbita de origen eléctrico. No por culpa de un infarto que “pille un cable”. Tampoco porque su corazón se haya ido estropeando con la edad. Sino porque tienen una CARDIOPATÍA CONGÉNITA: su corazón trae algún defecto “de fábrica”.

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Algunas cardiopatías congénitas son fácilmente diagnosticables. “Se ven” en las pruebas diagnósticas: en las ecografías, en las resonancias, en los electrocardiogramas… Una parte del corazón tiene algún problema. El músculo cardíaco (hipertrofia, miocardiopatía). O una válvula cardíaca. O las aurículas; o los ventrículos. corazon_roto

Estas cardiopatías pueden traer complicaciones. Y entre las complicaciones también está el “fallo eléctrico”. Pero al verse, al conocerse, al diagnosticarse, pueden recibir tratamiento. Y puede prevenirse en gran medida ese “cortocircuito”, esa FV.

 

Pero otras cardiopatías congénitas son “invisibles” a las exploraciones y pruebas  habituales. Por ejemplo, si lo que viene “defectuoso de fábrica” es un “cable eléctrico”.electricidad


Auscultación, ecocardiograma, electrocardiograma, Holter… Puede que ninguna de las pruebas médicas detecte el problema en el cable. Pero está ahí. Está ahí desde que el niño está en el útero de la madre. Es un problema eléctrico del corazón invisible pero “potencialmente arritmogénico”.

 

1 de cada 1000 personas puede ser PORTADORA de un problema eléctrico “invisible” en el corazón.

 

Los más afortunados han sido diagnosticados porque han sufrido varios desmayos inexplicables, de los que nunca se ha sabido la causa. O porque algún familiar directo los ha sufrido, o  ha sufrido una muerte súbita siendo joven y sin enfermedad aparente. O porque, con suerte, un electrocardiograma ha mostrado una alteración extraña.

Y ante la sospecha de que pudieran tener un defecto eléctrico en el corazón, se ha buscado el origen del problema.  La MUTACIÓN, las “instrucciones equivocadas del plano” que han llevado a que ese cable del corazón se haya fabricado mal, con un trozo estropeado, ya en el vientre de la madre. A que esa persona HAYA NACIDO YA con un cable defectuoso. Las PRUEBAS GENÉTICAS.

Síndrome de Brugada, síndrome de QT largo, síndrome de QT corto, canalopatías arritmogénicas, Taquicardia Ventricular Polimórfica Catecolaminérgica, Displasia arritmogénica… Hay decenas de nombres extraños que engloban un problema similar: un cable defectuoso que podría fallar EN CUALQUIER MOMENTO. EN CUALQUIER LUGAR. EN CUALQUIER PERSONA DE CUALQUIER EDAD.

Y estas personas afortunadas pueden ser tratadas, medicadas, para que ese “fallo en los cables” no llegue a ocurrir.

 

El problema está en que la gran mayoría de las personas portadoras de una mutación peligrosa no saben que lo son. No saben que tienen un cable defectuoso que podría cortocircuitarse de repente.

Estas personas nunca han tenido síntomas que preocuparan a los médicos. Nunca se les vio nada raro en los electrocardiogramas o en las pruebas médicas. Sus padres tampoco sospechan que sus hijos tengan una mutación peligrosa.

 

Los DESENCADENANTES de arritmia maligna más conocidos en pacientes genéticamente predispuestos son los siguientes: el deporte, un esfuerzo intenso, los ruidos bruscos, el agua fría, los sustos, las actividades que implicaban un “subidón” de adrenalina (tales como montañas rusas), el estrés, las zambullidas bruscas, ciertos medicamentos, ciertas sustancias o bebidas energéticas, la deshidratación…

MUCHOS DE ESTOS FACTORES DESENCADENANTES SON HABITUALES EN LOS CENTROS ESCOLARES. Ejercicio, gimnasia, deportes varios, exámenes, estrés, nervios, discusiones…

 

Un corazón predispuesto, pero que nunca antes dio problemas, se enfrenta a uno de estos factores desencadenantes (a los que pudo ya haberse enfrentado cientos de veces en su vida). Y por motivos aún desconocidos, en un momento dado, de repente salta el cortocircuito. Y el corazón entra en una FV.

Si hay suerte, esa FV durará pocos segundos y el corazón recuperará el control por sí solo. El resultado será un síncope, o varios síncopes de repetición, que pueden ocurrir desde la infancia o la juventud, normalmente asociados a alguno de los factores desencadenantes. Pero la gente no cae en ello. Creen que se trata de síncopes “vulgares”. Y se pasa por alto el principal síntoma de alarma de que algo no va bien en los cables del corazón.

Pero en ocasiones LA PRIMERA Y ÚNICA MANIFESTACIÓN, SIN OTRO AVISO PREVIO, ES LA MUERTE SÚBITA. Un desmayo del que la persona no se recupera. Una FV prolongada, que el corazón no logra cortar por sí solo.

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1 de cada 2000 niños que están en el colegio tendrá, por probabilidades, una de estas mutaciones “potencialmente arritmógenas”. Y muy pocos, poquísimos, lo saben. Y muy pocos, por no decir ningún profesor, son conscientes de que alguno de sus niños pueden llevar dentro una pequeña “bomba de relojería”.

 

Afortunadamente, este “cortocircuito” letal no ocurre casi nunca. Miles y miles de personas andan por el mundo entero con un cable defectuoso, y jamás han sufrido ni sufrirán un cortocircuito. Jamás se enterarán siquiera de que tienen un cable “tocado”. Morirán de cualquier otra cosa cuando les llegue la hora.

 

Pero algunas personas sí sufrirán un “cortocircuito”.  Y pueden sufrirlo de niños, de adolescentes, en la juventud. Y pueden sufrirlo estando en el colegio o en el instituto. Y puede que su “cortocircuito” no se arregle solo. Y esas personas mueren.

La incidencia, afortunadamente, es muy baja. Solo 5 de cada 100000 niños.

Pero…SI LE TOCASE A MI HIJO, PARA MÍ LA INCIDENCIA SERÍA DEL 100%.

 

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En Avilés un niño de 9 años sufrió una muerte súbita mientras jugaba al fútbol en el recreo. Pudo ser reanimado porque ese colegio está justo enfrente de un centro de salud, y la ayuda sanitaria llegó a tiempo. Se le descubrió un síndrome de QT largo.

En Gijón un joven de 17 años sufrió una muerte súbita jugando al baloncesto en el patio de un colegio. Pudo ser reanimado porque su padre tenía nociones de RCP básica y porque la base de la UVI móvil estaba por detrás del colegio. Se le descubrió un síndrome de Brugada. Su hermano de 21 años, asintomático hasta la fecha, resultó ser portador del mismo síndrome.

Ninguno de ellos había tenido ni un solo síntoma previo.

En Gijón, un joven de 27 años cuyo padre había muerto joven “de no sabían muy bien qué”, sufrió una muerte súbita en la parada del autobús. Y no tuvo tanta suerte.

 

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PERO ES POSIBLE MINIMIZAR EL RIESGO DE MUERTE.

La FV debida a una cardiopatía visible o “invisible” puede tener solución. Sobre todo si se actúa en los primeros minutos.

¿Cómo arreglamos la mayoría de los fallos de la televisión, del ordenador o del móvil? Apagando el trasto y volviéndolo a encender. Reseteándolo.

¿Cómo podemos arreglar el cortocircuito del sistema eléctrico del corazón, la FV? “Reseteándolo”. Aplicando sobre el corazón una descarga eléctrica suficiente para “apagar el corazón y volverlo a encender”. DESFIBRILÁNDOLO.

Aplicándole, con un aparato llamado DESFIBRILADOR, una descarga eléctrica más potente que aquella energía eléctrica que lo recorre sin control y que lo hace temblar.

 

 

El problema es que esta descarga, esta DESFIBRILACIÓN, hay que aplicarla EN LOS PRIMEROS 5 MINUTOS DE LA FV.

Porque la “batería recargable”del corazón no se puede recargar automáticamente cuando el corazón entra en FV. La energía se gasta inútilmente. De manera que, pasados 10 minutos del inicio de la FV, el corazón ha gastado toda su energía en latidos y temblores inútiles. Los temblores son cada vez más débiles. Hasta que finalmente la energía se agota por completo y el corazón se para. Entra en ASISTOLIA.

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Y llegados a ese punto, la DESFIBRILACIÓN ya no será eficaz. Ya no habrá cortocircuito que solucionar, ni caos eléctrico que ordenar. 

El móvil se habrá quedado sin batería. Ya no podremos apagarlo y encenderlo. Se habrá apagado por completo. Y, por más que le demos al ON, no volverá a encenderse.

Los desfibriladores automáticos (DEA), que sólo funcionan cuando detectan un “temblor” en el corazón, una FV, no detectarán nada. Y ni siquiera intentarán la desfibrilación.

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Es cierto que la incidencia de muerte súbita en niños y jóvenes por cardiopatía es muy baja. Y por cardiopatía “invisible”, por culpa de un cortocircuito provocado por un cable defectuoso, más baja todavía. Por eso no parece rentable instalar desfibriladores obligatorios en guarderías, colegios e institutos.

Pero a la familia que le toca, le toca el 100%. Y su hijo puede morir. Y podría morir en el colegio.

POR UNA ARRITMIA MALIGNA QUE PODRÍA SOLUCIONARSE EN MUCHO MÁS DE LA MITAD DE LOS CASOS, SI SE INTENTA EN LOS PRIMEROS 5 MINUTOS.

 

DESFIBRILADOR AUTOMÁTICO (DEA) O SEMIAUTOMÁTICO (DESA)

Un DEA o DESA   (AED en inglés)  es un aparato tan sencillo de utilizar que hasta un niño de 7-8 años puede hacerlo. Lo único que hay que hacer es encenderlo. El aparato se pondrá a hablar, e irá dando órdenes claras y sencillas de qué se debe hacer.

Tiene 2 pegatinas que hay que saber colocar. Pero cada pegatina trae un dibujo que explica claramente dónde hay que pegarla. Solo hay que saber entender el dibujo y despegar el papel protector.

 

 Un DEA o DESA es un aparato tan inteligente, tan sensible, tan específico, que SOLO FUNCIONA SI DETECTA UNA FV. Sólo si analiza el ritmo cardíaco y detecta que el corazón está temblando, latiendo desordenadamente, SE CARGARÁ Y NOS PERMITIRÁ DESFIBRILAR, aplicar una fuerte descarga eléctrica a ese corazón. BOTÓN

Y solo si se carga comenzará a parpadear un botón que nosotros deberemos apretar para aplicar la desfibrilación. Si no se carga, si ese botón no parpadea, apretarlo no producirá una descarga.

 

 

PERO SI EL DESFIBRILADOR NO DETECTA UNA ARRITMIA MALIGNA, NO SE CARGARÁ. Y NO DESCARGARÁ ENERGÍA, POR MÁS QUE APRETEMOS EL BOTÓN DE DESCARGA.

 

fig5_7Si detecta un LATIDO NORMAL, NO SE CARGARÁ. Así que, por más que apretemos el botón de descarga, NO DESCARGARÁ ENERGÍA. NO DESFIBRILARÁ. Por más que lo intentemos. 

 

what-is-asystole_1Si el DEA o DESA detecta una parada cardíaca completa, una ASISTOLIA, TAMPOCO SE CARGARÁ. Por más que apretemos el botón de descarga, TAMPOCO DESFIBRILARÁ. Es por eso que a veces hay un DEA en el lugar, y se utiliza correctamente; pero si la causa de la muerte súbita de esa persona no es una FV, sino una ASISTOLIA, el desfibrilador “no funcionará”. 

 

FV gruesa finaY si el corazón sufría una FV, pero han pasado más de 10 minutos, tal vez el corazón ya haya agotado toda su energía. La FV se habrá transformado en ASISTOLIA. Y el desfibrilador no detectará “temblor”. Y TAMPOCO SE CARGARÁ. TAMPOCO DESFIBRILARÁ.

 

 

JAMÁS HAREMOS DAÑO A UNA PERSONA POR COLOCARLE LOS PARCHES DE UN DESFIBRILADOR. 

 

UNA PERSONA CUYO CORAZÓN NO ESTÉ SUFRIENDO UNA ARRITMIA MALIGNA JAMÁS RECIBIRÁ UNA DESCARGA ELÉCTRICA DE UN DEA O DESA.

 

ES IMPOSIBLE “MATAR” A UNA PERSONA QUE EN REALIDAD ESTABA VIVA POR PONERLE UN DESFIBRILADOR. EL DEA O DESA NUNCA SE EQUIVOCA, NUNCA DISPARA CUANDO NO ESTÁ INDICADO.

 

EL ÚNICO DAÑO QUE PODEMOS HACERLE A UNA PERSONA VIVA CON UN DEA O DESA ES TIRÁRSELO A LA CABEZA.

 

 

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EL DESFIBRILADOR DEBE USARSE EN LOS PRIMEROS     5-10 MINUTOS DE TODA MUERTE SÚBITA.

Porque si lo que le está ocurriendo al corazón de la persona que se ha desplomado es que está sufriendo una FV, HAY QUE APLICAR UNA DESFIBRILACIÓN ANTES DE 10 MINUTOS. Preferiblemente antes de 5 minutos. Después podría ser inútil.

 

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En el entorno urbano los recursos sanitarios tardan una media de 8-10 minutos en llegar al lugar de la emergencia. Y eso si están libres. Muchas veces el recurso más cercano estará ocupado; y habrá que movilizar recursos que tardarán 15-20 minutos (o más) en llegar.

En el entorno rural el recurso sanitario más cercano puede tardar más de 15-20 minutos. Y eso si están libres…

SI HAY QUE APLICAR UNA DESFIBRILACIÓN EN MENOS DE 10 MINUTOS, NO SALEN LAS CUENTAS.

Si no hay un DEA o un DESA a menos de 5 minutos de distancia, no salen las cuentas.

 

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La RCP básica (las compresiones torácicas, el “masaje cardíaco”) mantiene el corazón latiendo “desde fuera”. Mantiene el cerebro recibiendo sangre. Es más: las compresiones continuas logran “recargar” en parte la “batería” del corazón. LA RCP BÁSICA PERMITE QUE EL DESFIBRILADOR PUEDA LLEGAR UN POCO MÁS TARDE Y AÚN Y ASÍ PUEDA APLICAR UNA DESCARGA EFICAZ QUE CORTE LA FV.

Pero no siempre. Y no demasiado tiempo.

 

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Si la causa de las muertes súbitas en niños, jóvenes y deportistas “sanos” es una arritmia maligna en más del 90% de los casos…

Si la desfibrilación es EL ÚNICO TRATAMIENTO EFICAZ PARA UNA ARRITMIA MALIGNA…

Si la desfibrilación debe aplicarse en los primeros 5-10 minutos…

Si los servicios sanitarios no llegan a tiempo…

Si un DEA o DESA son tan sencillos de utilizar que hasta un niño de 7-8 años puede usarlos…

Si son tan seguros que sólo se cargarán cuando detectan una arritmia maligna, y nunca jamás en ningún otro caso…

Si es imposible poder hacerle daño a una persona cuyo corazón esté latiendo normalmente, por muy inconsciente que esté…

Si en un colegio o instituto hay chavales haciendo deporte, enfrentándose a exámenes, emociones fuertes, momentos estresantes, todos ellos posibles desencadenantes de una muerte súbita en portadores de “bombas de relojería invisibles”… Si hay profesores con posibles factores de riesgo para un infarto, como son la hipertensión, la diabetes, el colesterol…Si entran y salen continuamente padres, tíos, abuelos, con todo tipo de condiciones físicas y patologías varias…

 

…¿CUÁLES SON LOS IMPEDIMENTOS PARA COLOCAR UN DESFIBRILADOR EN LOS CENTROS EDUCATIVOS?

 

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Un impedimento importante es económico.

Un DEA o DESA cuestan de media 1500 – 2000 euros (aunque cada vez son más baratos). Además hay que financiar los cursos de formación y de reciclaje cada 2 años que habrán de recibir las personas que quieran capacitarse en su uso. Y por último, hay que pagar el mantenimiento del aparato, las revisiones, la recarga de la batería y los parches de recambio. 

Esto, unido a la bajísima incidencia de muertes súbitas en chavales, lleva a las administraciones públicas a decidir que “de momento no compensa” poner un DEA o DESA en centros educativos. 

Tal vez tengan razón en términos económicos, en cálculos de coste-riesgo-beneficio. Pero las familias afectadas hubieran pagado 500 veces el valor de un DEA con tal de que sus hijos hubiesen tenido esa oportunidad de vivir.

Si un centro educativo tiene la oportunidad de financiarse un DEA o DESA, sea como sea…MI OPINIÓN es que debería valorarlo muy seriamente.

 

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Otro impedimento es el terror de los profesores a tener que usarlo. 

Muchos centros se niegan en rotundo a instalar un DEA o DESA, porque “si se forman para usarlo tendrán que usarlo si llega el caso. Y ellos no son médicos. No quieren asumir esa responsabilidad” (palabras textuales que la madre de dos alumnos con síndrome de QT largo, uno de esos “cables defectuosos” que pueden causar FV, escuchó de boca de la dirección del colegio. Palabras que hemos oído infinidad de veces en infinidad de centros educativos).

Es cierto que los profesores pueden (y en ciertos casos deben) negarse a administrar ciertas medicaciones crónicas o a hacerse cargo de ciertos problemas de salud.

Pero esto NO PUEDE APLICARSE EN EL CASO DE UNA EMERGENCIA VITAL. En el caso de una situación a vida o muerte. Una situación en la que, si el testigo más cercano no actúa, el niño se morirá. 

No puede aplicarse en una muerte súbita cuando un desfibrilador QUE NUNCA PUEDE CAUSAR DAÑO es el único medio que puede salvar la vida del niño. 

 

Que los profesores no se atrevan a asumir la responsabilidad que conllevaría instalar un DEA en el colegio NO EVITARÁ QUE UN NIÑO PREDISPUESTO PUEDA SUFRIR UNA MUERTE SÚBITA EN ESE COLEGIO. Lo único que ocurrirá es que NO DISPONDRÁN DEL ÚNICO DISPOSITIVO QUE PODRÍA SALVARLE LA VIDA.

Eso sí que les causará terror. Y angustia. E impotencia. Y rabia. Y un dolor insoportable.

¿No deberíamos entre todos revisar esos conceptos de “miedo”, de “responsabilidad”, de “obligación”?

 

Es más: las leyes van cambiando poco a poco. Hasta el punto de que, cada vez en más comunidades autónomas, ni siquiera es obligatorio tener el curso de RCP básica + DEA para poder usar un DEA. 

Ante una muerte súbita, utilizará el DEA un sanitario. Si no hay sanitarios presentes, lo utilizará una persona capacitada tras recibir cursos de RCP básica + DEA. Pero si tampoco hay personas capacitadas presentes, podrá usar el DEA cualquier testigo que llame al 112 y reciba las órdenes e instrucciones directas del médico del Centro Coordinador. 

Estoy segura de que esta ley “del buen samaritano” se extenderá poco a poco por todas las comunidades autónomas. Porque el DEA SALVA VIDAS. Porque el salvar una vida debe primar sobre cualquier formalidad. 

 

Los DEA o DESA son cada vez más asequibles. Y cada vez más sencillos. La ley protege a quien los use cada vez más. Cada vez hay menos motivos para tener miedo.

 

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Hace muy poco, una joven de 22 años sufrió una muerte súbita en una facultad de Málaga. El centro no disponía de desfibrilador. Para cuando llegaron los recursos sanitarios, ya era tarde para ese corazón.

Tal vez un DESA en el lugar tampoco le habría podido salvar la vida. Pero…¿y si…?

La incertidumbre se clava como un puñal de tal manera que el dolor es insufrible.

Los compañeros de la joven se están movilizando para exigir que se instalen desfibriladores en todos los centros educativos. Pero hasta entonces nadie se imaginaba que algo así pudiera ocurrir. Se concienciaron de golpe. De la peor de las maneras posibles.

EN CUALQUIER MOMENTO, EN CUALQUIER LUGAR, A CUALQUIER PERSONA DE CUALQUIER EDAD…

¿Por qué tenemos que esperar a que ocurra una desgracia para tomar conciencia de la magnitud de la muerte súbita? ¿De que también puede ocurrirles a niños, jóvenes, deportistas, alumnos y profesores?

Con toda la información al alcance de la mano, ahora sí: valoremos el balance coste-riesgo-beneficio…

 

 

 

 

 

 

 

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Los médicos también mueren

El martes por la mañana el 112-SAMU-Asturias se paralizó.

Una compañera moría de forma inesperada mientras dormía.

Nada se pudo hacer desde el Centro Coordinador. Sólo activar la UVI móvil y esperar noticias con el corazón encogido.

Nada pudo hacer la UVI móvil. Sólo llegar al lugar esperanzados para darse de bruces con la realidad. Sólo enfrentarse con angustia y dolor a la evidencia del monitor, a la familia, al informe clínico y al código 4 transmitido al Centro Coordinador. Sólo abrazarse unos a otros, impresionados e impotentes a ambos lados del teléfono.

La noticia circuló entre los compañeros a la velocidad de la luz. A las 10:40 horas mi UVI móvil, de camino a un aviso, recibió una llamada. Y se paró en seco entre Gijón y Oviedo. Todos atónitos, helados, horrorizados.

Nadie pudo hacer nada. Aunque fuera una compañera, y las normas del SAMU digan que los compañeros nunca mueren. Aunque fuera una médico de urgencias y emergencias, con tantísima experiencia que parecía saber cómo burlar la muerte. ¿Cómo pudo pasar esto? Ella, tan sumamente perfeccionista y rigurosa hasta la exageración, ¿cómo pudo saltarse así las reglas?

Nadie en el 112-SAMU se pregunta por qué. Nunca hay respuesta.

Trabajamos al lado de la Muerte. Actuamos mientras Ella calla, observa. Pero a quien quiere Ella se lleva. Y nadie cambiará su suerte. Podemos retrasar lo inevitable, pero Su decisión será inapelable.

Ya podemos luchar, suplicar clemencia, tratar de atrapar su alma en nuestras manos.  El último esfuerzo de la Ciencia será en vano. Las fechas de llegada y de partida ya las trae escritas el Libro de la Vida.

Y así ha sido. Y ya sólo nos queda llorar.

Con el llanto silencioso e incrédulo de un pequeño colectivo, de un grupo de compañeros, de un equipo, ante la súbita pérdida de uno de los suyos. Ante el vacío que deja en la UVI, en el Centro Coordinador, en las sesiones, en las comisiones, en los simulacros, en la calle, en el hospital.

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Se ha marchado la médico más inteligente, más brillante, del SAMU-Asturias.

Una  médico “de las de la UVI móvil de toda la vida”. Una “histórica” del SAMU. Un referente.

Se ha marchado quien fue mi tutora la primera vez que, siendo residente, me subí temblando a una UVI móvil, hace ya 15 años. Aquella que me transmitió tal pasión, tal ilusión por su trabajo, que hizo que me enamorase de él. La que me dijo: “si deseas trabajar aquí ¡fórmate y lánzate!”; y con esas palabras cambió el rumbo de mi vagar desorientado por la Medicina y marcó mi destino.

Se ha marchado alguien con un carácter fuerte que nos enseñó “a los nuevos” a sacar el nuestro cuando la situación lo precisaba, y a discutir con el demonio si fuera necesario.

Alguien que estudiaba tanto, que sabía tanto, que se exigía tanto, que sus compañeros jamás abrimos un libro para consultar una duda cuando ella estaba cerca.

Alguien a quien la vida no le dio tregua; y que sin embargo se cayó y se levantó, se cayó y se levantó, una y otra vez; con una dignidad y una tenacidad admirables. Y que, aún en sus peores momentos, demostró tener una capacidad de trabajo, una responsabilidad y un amor a la Medicina desbordantes.

Una gran médico de urgencias. Una excelente médico de UVI móvil y médico reguladora del Centro Coordinador. Una buena compañera, apreciada por todos los que LA CONOCÍAN en todos los lados de la Emergencia.

El martes a las 10:40 horas me vinieron a la cabeza unos versos que aprendí en la Facultad y que se me quedaron grabados de forma más profunda que las pruebas diagnósticas o las dosis de medicación. 

                                             “Los médicos también lloran.
                                               Los médicos también sienten.
                                               Los médicos también gritan.
                                               Los médicos también temen.

                                               Los médicos también huyen.
                                               Los médicos también pierden.
                                               Los médicos también sufren.
                                               Los médicos también mueren.”

Sí…

Pero algunos médicos han salvado incontables vidas antes de morir. Y han enseñado a generaciones de residentes a salvar vidas. Y cada vida que estos, a su vez, logren salvar, también será gracias a ellos. Eso, colega, no lo pueden decir todos.

Gracias por todo. Por todo lo que diste, lo que hiciste, lo que enseñaste. Por las charlas, por las risas, por las horas de guardia compartidas. Gracias.

Ha sido un honor, un privilegio, una tremenda suerte, haberte conocido y haber compartido contigo estos años.

Descansa en paz, Esther. Hasta siempre, compañera.

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¡Que vuelvan los vecinos!

13-rue-01Yo crecí en un edificio de 11 plantas en el que nos conocíamos prácticamente todos.

Sabíamos los nombres de los “titulares” de las casas (aunque solo fuera de tanto leerlos en los buzones mientras esperábamos el ascensor; o por ayudar al cartero a repartir las cartas por los buzones varios; o por devolver las cartas que habían terminado en el nuestro por error). Había confianza para ir a casa de los vecinos a pedirles sal, el desatascador o el taladro. Los adultos se consultaban continuamente sobre “las cosas de la comunidad”. Se pedían prestadas las plazas de garaje para acomodar los coches de los familiares. Y los niños íbamos a jugar unos a casa de otros mientras nuestros padres “hacían recados”.

 

Aunque para comunitarios, mis veranos en el pueblo de mi padre. Aquel era un lugar sacado de los libros de historia. Los críos andábamos todo el día sueltos por la calle, entrando en las casas de unos y en las cuadras o fincas de otros. 

Cuando a alguien le pasaba algo, a la media hora (¡qué digo media hora!, ¡al medio minuto!) se había enterado todo el pueblo. Se preguntaba, se visitaba, se ayudaba. Igual daba que se tratara de quitar la nieve, de arreglar una cuadra, de mover un tractor averiado, de rescatar animales o de organizar la ayuda para un paisano enfermo. Era impensable que alguien necesitado de ayuda tuviera reparos en pedirla o pasara horas sin recibirla.

 

En aquel pueblo de alta montaña el médico, el veterinario, el practicante, el farmacéutico y el cura eran “la máxima autoridad sanitaria”. Entre los 5 atendían niños y adultos, personas y animales. Enfermedades, lesiones, operaciones, nacimientos y muertes. 

Siempre se sabía dónde estaban. Cualquiera podía ir a buscarles a sus casas, al bar, a la iglesia o a la plaza a cualquier hora del día o de la noche. Si uno de los cinco no estaba en el pueblo y  tenía que venir desde el quinto pino por la carretera nevada, los restantes iban “apañando la  cosa”. Y si ellos necesitaban de la ayuda de los paisanos, sobraban manos, pies, cuerdas, linternas, mantas, comida y bebida caliente, furgonetas de reparto, lo que hiciera falta.

La centralita de los teléfonos funcionaba con clavijas. No se había “inventado” el 112, ni había móviles; a los “5 magníficos” se les llamaba al teléfono de casa o alguien les iba a buscar corriendo.  No había (o no llegaban) ambulancias, y los traslados al hospital más cercano (a más de 130 km de distancia) se hacían en tractor, en furgonetas de reparto o en carros de vecinos voluntariosos, por unas carreteras retorcidas y estrechas donde hasta el GPS habría vomitado.

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Echo muchísimo de menos todo eso. Sobre todo cuando trabajo en el Centro Coordinador de Emergencias del 112.

No dejan de sorprenderme las frecuentísimas llamadas (y no solo de madrugada, que sería más comprensible; sino a cualquier hora del día) de personas que solicitan ayuda sanitaria o de las fuerzas del orden público para levantar del suelo a un familiar  que, por estar enfermo o impedido, tiene movilidad reducida. Y que se ha caído de la cama o de la silla de ruedas, o se ha tropezado con la alfombra y se ha caído al suelo; y ellos solos no son capaces de ayudarle.

-¿Su familiar se queja de algo? ¿Puede haberse roto la cadera? ¿Se ha dado un fuerte golpe en la cabeza? ¿Está sangrando por algún lado?

-No, no, está bien, solo que estoy sola con él y no puedo levantarle. Solo necesito que alguien me ayude a meterle de nuevo en la cama.

Miro la dirección. Séptimo F. Octavo derecha. Décimo, portal B, puerta D.

-Pero ¿no hay nadie allí que le pueda ayudar? ¿Ningún conocido, ningún vecino? ¿En todo el edificio?

-Ay, no, señorita, ¿cómo voy yo a molestar a un vecino? Si casi no conozco a ninguno, solo nos vemos en el ascensor. No, no: mándeme un médico, o una ambulancia, o a la policía, que ese es su trabajo, ayudar al ciudadano…

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Tampoco puedo dejar de acordarme del pueblín cuando una persona cae al suelo en la vía pública y se hace un DAÑO NO DEMASIADO SEVERO QUE LE PERMITIRÍA CAMINAR CON AYUDA (una pequeña herida en la cabeza sin pérdida ninguna de conciencia, una torcedura de tobillo, una fractura de una mano o de un dedo, un sangrado por la nariz… ¡¡¡No me refiero en ningún caso a pacientes que se mareen, se desmayen o  no puedan caminar y precisen ambulancia!!!), con la mala suerte de no ser conocido por ningún transeúnte.

Hay varias llamadas al 112 avisando del percance (eso sí). Según la dirección facilitada por los alertantes, se hallan a escasos metros de un centro de salud. Y es excepcional que alguno de los viandantes se “atreva” a acompañar a la persona hasta el centro de salud.

-No, no, yo no me atrevo a moverle…Por mucho que usted, doctor, me diga que puedo moverle yo no le muevo hasta que no lleguen los médicos.

-No, no voy a acompañarle. No le conozco, y no es mi responsabilidad. Yo he llamado al 112, que es lo que tenía que hacer como buen ciudadano, y ahora la responsabilidad es suya de ustedes.

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Piden una ambulancia. Y al explicarles que tardará, porque aquello no parece tratarse de una urgencia o de una emergencia, los gritos e improperios, las críticas hacia la sanidad pública, etc etc, se pueden oír sin teléfono.

-¡Con lo que llueve! ¡Y este pobre hombre muerto de frío aquí en la calle! ¡Manden una ambulancia, que es lo que tienen que hacer! ¡Que para eso están! ¡Que no tienen vergüenza! ¡Que no tenéis corazón! 

Ay, cómo duelen esas frases.

A mucha gente le podrá parecer que esto es mentira, o una exageración; que estas cosas no ocurren en realidad. Pero todos los que trabajamos en un Centro Coordinador, en cualquier parte del país, escuchamos estas frases A DIARIO. Y varias veces en el mismo día.

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Es cierto. Los sanitarios y las fuerzas del orden público están  (estamos) para ayudar. Y pasamos verdadera angustia pensando en que alguien puede estar pasando dolor o frío y somos incapaces de acudir en su ayuda o de mandarle la ayuda antes. Claro que tenemos corazón.

Lo que no tenemos son recursos. Ni capacidad para hacerlos aparecer de la nada.

Tal vez la gente no sepa que, al menos en mi comunidad, no existe un servicio específico para solucionar este tipo de problemas (afortunadísimas aquellas comunidades que sí lo tengan). Si la llamada se hace al teléfono 112, el SAMU tiene que movilizar sus recursos de urgencia. Es decir: médicos/enfermeros de centros de salud y/o técnicos con ambulancias pertenecientes a la red de Urgencias. Aquell@s destinad@s a accidentes, infartos, dificultades respiratorias, enfermedades o situaciones que  no permitan el traslado del paciente en vehículo particular o público, etc etc.

Y solo en contadas ocasiones y en casos muy determinados las fuerzas del orden público pueden acudir en lugar de los sanitarios  (ya que lo que se precisa en principio parece ser ayuda sanitaria).

Si los recursos fuesen ilimitados, o muy numerosos, los mandaríamos sin dilación a cualquiera que fuese la demanda. Pero no lo son. 

Tan escasísimo es el número de recursos y efectivos de los que dispone esta nuestra comunidad (y básicamente toda España), que hay que gestionarlos con lupa. Y tratar de reservarlos para los casos de absoluta necesidad, en los que no hay otra manera de atender / ayudar / trasladar a esa persona. Es decir: para las urgencias y emergencias. Sabiendo, además, que tardarán un mínimo de media hora (con mucha suerte) en quedar libres y poder ser utilizados en otro aviso.

Un infarto es una urgencia. Una parada cardiorrespiratoria es una emergencia. Un esguince de tobillo no es ni una cosa ni otra.

Un robo con violencia, una pelea con armas de por medio, un accidente de tráfico con numerosos vehículos y personas implicados, es una urgencia. Una caída de la cama sin mayores consecuencias que la imposibilidad de levantarse de nuevo no lo es.

A todos nos gustaría que las fuerzas del orden público y los recursos sanitarios llegasen volando a nuestro lado si sufrimos una urgencia o emergencia. No aceptaríamos complacientemente que nos dijeran que no pueden acudir porque están atendiendo un asunto de menor importancia…

Así que el Centro Coordinador de Urgencias y Emergencias debe restringir la activación de los recursos, medir muy bien a qué los envía, y hacerlo con absoluta prioridad de la emergencia-urgencia.

Lo cual significa que las cosas (a priori) menos graves tendrán que esperar. Y tal vez esperar aún más. Y si el día se tuerce, tendrán que seguir esperando…

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Yo veo estas cosas muy claramente cuando estoy en el Centro Coordinador. Pero si me ocurrieran a mí,  o fuera testigo de algo similar “yendo vestida de persona”, seguro que otro gallo me cantaría a mí también…

Todavía quedan lugares (que seguramente ni salen en Google Maps) en los que perdura el espíritu de “comunidad” de antaño. Pero en las grandes ciudades va a ser que no. O, si lo hay, le cuesta salir del ascensor.

La vida moderna ha traído muchos adelantos, muchas comodidades. Pero también ha traído prisas, desconfianza, recelo. Yo creo que esta sociedad actual, tan avanzada en tantas cosas,  se tiene que hacer mirar esto del “TDAH + I”, este Déficit de Atención (al vecino o desconocido) e Hiperactividad + Impaciencia (no podemos esperar ni un minuto) que padece cada vez en mayor grado. Como dicen los mayores, “eso en mis tiempos no existía”…

Ya no conocemos a nuestros vecinos; se diría que vivimos en edificios llenos de “vecinos fantasmas”. Ya no nos atrevemos fácilmente a acercarnos a un desconocido en la calle.

Ojalá “volvieran los vecinos” de los bloques de 11 pisos y 4 puertas. Y perdiésemos la vergüenza de pedirles ayuda en un momento de apuro. Y asumiéramos como “normal”, “humano”, “correcto”, llámese como se quiera, el acudir en ayuda de cualquier vecino de cualquier puerta o casa. 

Ojalá volvieran los “paisanos de manta y carreta”, aquellos que llevaban a la persona herida o enferma hasta un hospital que estaba al otro lado del mundo a pesar de la lluvia, la nieve y los caminos de cabras.

Ojalá pudiésemos superar los reparos cuando se trata de acercar a un desconocido al centro sanitario que está al otro lado de la calle, o de tratar de buscar entre todos el mayor confort y la mejor ayuda posible para él, incluso cuando los recursos sanitarios o las fuerzas del orden público no están disponibles.

¿Cuánto tiempo de espera, de dolor, de angustia, de incomodidad, de frío, podríamos ahorrar a mucha gente?

Aunque solo fuera por egoísmo: porque un buen día podríamos ser nosotros, o nuestros padres, o nuestros cónyuges, los caídos en el suelo de la habitación o en la calle bajo la lluvia…

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Y si no, al menos,  ¡tengamos un poco de paciencia y de comprensión con esta lamentable carencia de recursos de que adolece nuestro país! ¡No carguemos contra el 112, mero gestor de las “4 ambulancias mal contadas” que le dan para gestionar! ¡Ni contra los trabajadores sanitarios, que ni tienen la culpa de lo que le ha ocurrido al paciente ni pueden multiplicarse ni dividirse para estar en varios sitios a la vez!

De verdad, muchas veces en el Centro Coordinador echo de menos poder disponer del recurso “vecinos” y poder activarlo inmediatamente ante algunas llamadas que no son urgencias, pero que demandan ayuda por soledad e impotencia. La mejor ayuda posible llegaría en menos que canta un gallo, y pondría fin a una desesperación que también vivimos con pena y angustia al otro lado del teléfono.

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