¡Que vuelvan los vecinos!

13-rue-01Yo crecí en un edificio de 11 plantas en el que nos conocíamos prácticamente todos.

Sabíamos los nombres de los “titulares” de las casas (aunque solo fuera de tanto leerlos en los buzones mientras esperábamos el ascensor; o por ayudar al cartero a repartir las cartas por los buzones varios; o por devolver las cartas que habían terminado en el nuestro por error). Había confianza para ir a casa de los vecinos a pedirles sal, el desatascador o el taladro. Los adultos se consultaban continuamente sobre “las cosas de la comunidad”. Se pedían prestadas las plazas de garaje para acomodar los coches de los familiares. Y los niños íbamos a jugar unos a casa de otros mientras nuestros padres “hacían recados”.

 

Aunque para comunitarios, mis veranos en el pueblo de mi padre. Aquel era un lugar sacado de los libros de historia. Los críos andábamos todo el día sueltos por la calle, entrando en las casas de unos y en las cuadras o fincas de otros. 

Cuando a alguien le pasaba algo, a la media hora (¡qué digo media hora!, ¡al medio minuto!) se había enterado todo el pueblo. Se preguntaba, se visitaba, se ayudaba. Igual daba que se tratara de quitar la nieve, de arreglar una cuadra, de mover un tractor averiado, de rescatar animales o de organizar la ayuda para un paisano enfermo. Era impensable que alguien necesitado de ayuda tuviera reparos en pedirla o pasara horas sin recibirla.

 

En aquel pueblo de alta montaña el médico, el veterinario, el practicante, el farmacéutico y el cura eran “la máxima autoridad sanitaria”. Entre los 5 atendían niños y adultos, personas y animales. Enfermedades, lesiones, operaciones, nacimientos y muertes. 

Siempre se sabía dónde estaban. Cualquiera podía ir a buscarles a sus casas, al bar, a la iglesia o a la plaza a cualquier hora del día o de la noche. Si uno de los cinco no estaba en el pueblo y  tenía que venir desde el quinto pino por la carretera nevada, los restantes iban “apañando la  cosa”. Y si ellos necesitaban de la ayuda de los paisanos, sobraban manos, pies, cuerdas, linternas, mantas, comida y bebida caliente, furgonetas de reparto, lo que hiciera falta.

La centralita de los teléfonos funcionaba con clavijas. No se había “inventado” el 112, ni había móviles; a los “5 magníficos” se les llamaba al teléfono de casa o alguien les iba a buscar corriendo.  No había (o no llegaban) ambulancias, y los traslados al hospital más cercano (a más de 130 km de distancia) se hacían en tractor, en furgonetas de reparto o en carros de vecinos voluntariosos, por unas carreteras retorcidas y estrechas donde hasta el GPS habría vomitado.

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                                                                     *      *     *     *     *

Echo muchísimo de menos todo eso. Sobre todo cuando trabajo en el Centro Coordinador de Emergencias del 112.

No dejan de sorprenderme las frecuentísimas llamadas (y no solo de madrugada, que sería más comprensible; sino a cualquier hora del día) de personas que solicitan ayuda sanitaria o de las fuerzas del orden público para levantar del suelo a un familiar  que, por estar enfermo o impedido, tiene movilidad reducida. Y que se ha caído de la cama o de la silla de ruedas, o se ha tropezado con la alfombra y se ha caído al suelo; y ellos solos no son capaces de ayudarle.

-¿Su familiar se queja de algo? ¿Puede haberse roto la cadera? ¿Se ha dado un fuerte golpe en la cabeza? ¿Está sangrando por algún lado?

-No, no, está bien, solo que estoy sola con él y no puedo levantarle. Solo necesito que alguien me ayude a meterle de nuevo en la cama.

Miro la dirección. Séptimo F. Octavo derecha. Décimo, portal B, puerta D.

-Pero ¿no hay nadie allí que le pueda ayudar? ¿Ningún conocido, ningún vecino? ¿En todo el edificio?

-Ay, no, señorita, ¿cómo voy yo a molestar a un vecino? Si casi no conozco a ninguno, solo nos vemos en el ascensor. No, no: mándeme un médico, o una ambulancia, o a la policía, que ese es su trabajo, ayudar al ciudadano…

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                                                              *      *     *     *     *

Tampoco puedo dejar de acordarme del pueblín cuando una persona cae al suelo en la vía pública y se hace un DAÑO NO DEMASIADO SEVERO QUE LE PERMITIRÍA CAMINAR CON AYUDA (una pequeña herida en la cabeza sin pérdida ninguna de conciencia, una torcedura de tobillo, una fractura de una mano o de un dedo, un sangrado por la nariz… ¡¡¡No me refiero en ningún caso a pacientes que se mareen, se desmayen o  no puedan caminar y precisen ambulancia!!!), con la mala suerte de no ser conocido por ningún transeúnte.

Hay varias llamadas al 112 avisando del percance (eso sí). Según la dirección facilitada por los alertantes, se hallan a escasos metros de un centro de salud. Y es excepcional que alguno de los viandantes se “atreva” a acompañar a la persona hasta el centro de salud.

-No, no, yo no me atrevo a moverle…Por mucho que usted, doctor, me diga que puedo moverle yo no le muevo hasta que no lleguen los médicos.

-No, no voy a acompañarle. No le conozco, y no es mi responsabilidad. Yo he llamado al 112, que es lo que tenía que hacer como buen ciudadano, y ahora la responsabilidad es suya de ustedes.

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Piden una ambulancia. Y al explicarles que tardará, porque aquello no parece tratarse de una urgencia o de una emergencia, los gritos e improperios, las críticas hacia la sanidad pública, etc etc, se pueden oír sin teléfono.

-¡Con lo que llueve! ¡Y este pobre hombre muerto de frío aquí en la calle! ¡Manden una ambulancia, que es lo que tienen que hacer! ¡Que para eso están! ¡Que no tienen vergüenza! ¡Que no tenéis corazón! 

Ay, cómo duelen esas frases.

A mucha gente le podrá parecer que esto es mentira, o una exageración; que estas cosas no ocurren en realidad. Pero todos los que trabajamos en un Centro Coordinador, en cualquier parte del país, escuchamos estas frases A DIARIO. Y varias veces en el mismo día.

                                                             *      *     *     *     *

Es cierto. Los sanitarios y las fuerzas del orden público están  (estamos) para ayudar. Y pasamos verdadera angustia pensando en que alguien puede estar pasando dolor o frío y somos incapaces de acudir en su ayuda o de mandarle la ayuda antes. Claro que tenemos corazón.

Lo que no tenemos son recursos. Ni capacidad para hacerlos aparecer de la nada.

Tal vez la gente no sepa que, al menos en mi comunidad, no existe un servicio específico para solucionar este tipo de problemas (afortunadísimas aquellas comunidades que sí lo tengan). Si la llamada se hace al teléfono 112, el SAMU tiene que movilizar sus recursos de urgencia. Es decir: médicos/enfermeros de centros de salud y/o técnicos con ambulancias pertenecientes a la red de Urgencias. Aquell@s destinad@s a accidentes, infartos, dificultades respiratorias, enfermedades o situaciones que  no permitan el traslado del paciente en vehículo particular o público, etc etc.

Y solo en contadas ocasiones y en casos muy determinados las fuerzas del orden público pueden acudir en lugar de los sanitarios  (ya que lo que se precisa en principio parece ser ayuda sanitaria).

Si los recursos fuesen ilimitados, o muy numerosos, los mandaríamos sin dilación a cualquiera que fuese la demanda. Pero no lo son. 

Tan escasísimo es el número de recursos y efectivos de los que dispone esta nuestra comunidad (y básicamente toda España), que hay que gestionarlos con lupa. Y tratar de reservarlos para los casos de absoluta necesidad, en los que no hay otra manera de atender / ayudar / trasladar a esa persona. Es decir: para las urgencias y emergencias. Sabiendo, además, que tardarán un mínimo de media hora (con mucha suerte) en quedar libres y poder ser utilizados en otro aviso.

Un infarto es una urgencia. Una parada cardiorrespiratoria es una emergencia. Un esguince de tobillo no es ni una cosa ni otra.

Un robo con violencia, una pelea con armas de por medio, un accidente de tráfico con numerosos vehículos y personas implicados, es una urgencia. Una caída de la cama sin mayores consecuencias que la imposibilidad de levantarse de nuevo no lo es.

A todos nos gustaría que las fuerzas del orden público y los recursos sanitarios llegasen volando a nuestro lado si sufrimos una urgencia o emergencia. No aceptaríamos complacientemente que nos dijeran que no pueden acudir porque están atendiendo un asunto de menor importancia…

Así que el Centro Coordinador de Urgencias y Emergencias debe restringir la activación de los recursos, medir muy bien a qué los envía, y hacerlo con absoluta prioridad de la emergencia-urgencia.

Lo cual significa que las cosas (a priori) menos graves tendrán que esperar. Y tal vez esperar aún más. Y si el día se tuerce, tendrán que seguir esperando…

                                                      *      *     *     *     *

Yo veo estas cosas muy claramente cuando estoy en el Centro Coordinador. Pero si me ocurrieran a mí,  o fuera testigo de algo similar “yendo vestida de persona”, seguro que otro gallo me cantaría a mí también…

Todavía quedan lugares (que seguramente ni salen en Google Maps) en los que perdura el espíritu de “comunidad” de antaño. Pero en las grandes ciudades va a ser que no. O, si lo hay, le cuesta salir del ascensor.

La vida moderna ha traído muchos adelantos, muchas comodidades. Pero también ha traído prisas, desconfianza, recelo. Yo creo que esta sociedad actual, tan avanzada en tantas cosas,  se tiene que hacer mirar esto del “TDAH + I”, este Déficit de Atención (al vecino o desconocido) e Hiperactividad + Impaciencia (no podemos esperar ni un minuto) que padece cada vez en mayor grado. Como dicen los mayores, “eso en mis tiempos no existía”…

Ya no conocemos a nuestros vecinos; se diría que vivimos en edificios llenos de “vecinos fantasmas”. Ya no nos atrevemos fácilmente a acercarnos a un desconocido en la calle.

Ojalá “volvieran los vecinos” de los bloques de 11 pisos y 4 puertas. Y perdiésemos la vergüenza de pedirles ayuda en un momento de apuro. Y asumiéramos como “normal”, “humano”, “correcto”, llámese como se quiera, el acudir en ayuda de cualquier vecino de cualquier puerta o casa. 

Ojalá volvieran los “paisanos de manta y carreta”, aquellos que llevaban a la persona herida o enferma hasta un hospital que estaba al otro lado del mundo a pesar de la lluvia, la nieve y los caminos de cabras.

Ojalá pudiésemos superar los reparos cuando se trata de acercar a un desconocido al centro sanitario que está al otro lado de la calle, o de tratar de buscar entre todos el mayor confort y la mejor ayuda posible para él, incluso cuando los recursos sanitarios o las fuerzas del orden público no están disponibles.

¿Cuánto tiempo de espera, de dolor, de angustia, de incomodidad, de frío, podríamos ahorrar a mucha gente?

Aunque solo fuera por egoísmo: porque un buen día podríamos ser nosotros, o nuestros padres, o nuestros cónyuges, los caídos en el suelo de la habitación o en la calle bajo la lluvia…

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Y si no, al menos,  ¡tengamos un poco de paciencia y de comprensión con esta lamentable carencia de recursos de que adolece nuestro país! ¡No carguemos contra el 112, mero gestor de las “4 ambulancias mal contadas” que le dan para gestionar! ¡Ni contra los trabajadores sanitarios, que ni tienen la culpa de lo que le ha ocurrido al paciente ni pueden multiplicarse ni dividirse para estar en varios sitios a la vez!

De verdad, muchas veces en el Centro Coordinador echo de menos poder disponer del recurso “vecinos” y poder activarlo inmediatamente ante algunas llamadas que no son urgencias, pero que demandan ayuda por soledad e impotencia. La mejor ayuda posible llegaría en menos que canta un gallo, y pondría fin a una desesperación que también vivimos con pena y angustia al otro lado del teléfono.

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Un comentario sobre “¡Que vuelvan los vecinos!

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  1. De acuerdo pero ese no es el caso de la comunidad de Madrid, en ella no hay escasez de recursos, pero sobran buenos gestores para la politica del gobierno en cuestion, sobran ejemplos de personal en ILT de hasta varios meses, que no se quieren cubrir, sobran ejemplos de dias en que a los de la prolongacion de jornada se les recoge tarde o muy tarde, generando no solo el perjuicio al trabajador, si no tambien a eso tan manido que ellos llaman el dinero publico,esos tiempos se abonan por no hacer nada, mejor dicho por aguantar pacientem,ente la ineficacia y el desinteres por lo publico cde los >Sres, Re Cortes, seguiria escribiendo pero me voy a incorpora a mi trabajo en el día de hoy

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