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“Murió por mi culpa, porque no supe qué hacer…”

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Por desgracia son varias las personas que me han hecho este comentario en los años que llevo dando cursos de RCP básica y desfibrilación, y talleres de emergencias por los coles.

La mayoría de estas personas han recibido el curso o taller muy nerviosas ante la descripción de la muerte súbita; atentísimas pero sin atreverse casi a realizar las prácticas. Y al terminar, cuando el resto de alumnos se iban marchando, se me han acercado y con lágrimas en los ojos me han dicho esa angustiada frase.

 

-Mi madre se desplomó delante de mi. Si hubiera sabido que le estaba pasando eso, si hubiera sabido qué hacer, tal vez no habría muerto. Pero no supe qué hacer, no hice nada, y cuando llegaron los médicos ya no hubo nada que hacer…

-Estábamos durmiendo y mi marido empezó a hacer ruidos muy extraños con la garganta. Le miré y vi que algo pasaba. Llamé al 112 y me dijeron que empezara RCP mientras llegaba la ayuda, pero yo no sabía. Hice lo que pude, pero no sabía hacerlo. Siempre me quedará la duda de si se habría salvado de haber sabido qué hacer…

-Yo era el entrenador del chaval que murió en el partido de fútbol. Se desmayó, vi que parecía tener convulsiones, que respiraba de una forma extraña. Pero no supe identificar que se le estaba parando el corazón. Si hubiera sabido lo que es el gasping, si hubiera empezado antes la RCP…tal vez…

-Yo fui quien llamé al 112 porque un hombre se estaba atragantado, con los nervios sólo les dije que mandaran ya la ambulancia, y colgué…si hubiera sabido para qué eran las preguntas, si hubiese esperado a que me dieran instrucciones…a lo mejor…

 

“A lo mejor”. “Tal vez”. Son frases que nunca dejarán curar la herida.

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Cuando ocurre esto, siento que los cursos y talleres, en lugar de enseñar unas maniobras que pueden salvar vidas, se convierten en una acusación velada, en la prueba que confirma que “murió porque yo no supe actuar”.

Esta sensación es horrible. Es la emoción más destructiva que se puede sufrir y que, como sanitario o “profesor”, se puede percibir.

 

Es una situación muy dura para esa persona. El sentimiento de culpa que arrastra, a veces desde hace muchos años, es atroz.

Es tremendamente injusto que una persona, que tuvo la mala suerte de ser el testigo de una muerte súbita, y que trató de sobreponerse al terror y hacer lo que buenamente pudo, encima tenga que vivir ahogado por este sentimiento de culpa.

Y además de injusto, no es verdad.

 

culpables“Culpable”, según la RAE, es “aquella persona que, sabiendo que con su acto u omisión va a causar sin género de dudas daño o perjuicio a otra persona, y estando en su mano el evitarlo, lo causa de todos modos con premeditación y deseo de dañar”.

 

Nada más lejos de lo que desea el testigo de una emergencia.

 

TODAS las personas que presencian un accidente, un desmayo, una crisis, una muerte súbita, y se acercan al paciente con intención de ayudar, tienen un mérito enorme. Tienen el valor de vencer sus reparos, sus temores, sus bloqueos, y tratar de hacer algo para ayudar.

TODOS sin excepción tratan de hacer lo que creen de buena fe que puede ayudar más. Sea llamar al 112, o llamar primero a un familiar en cuyos consejos confía; sea intentar sacar del lugar a la persona como pueda; sea intentar que respire, que no se trague la lengua o que no se la muerda; sea un intento de RCP “como Dios le da a entender”; sea esperar a los sanitarios para no empeorar más la situación…

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Personalmente, yo nunca, jamás, tendré para esos testigos otro sentimiento que gratitud y admiración.

Gratitud porque quien hizo algo así por un desconocido, seguramente lo habría hecho por mí o por mis hijos en la misma situación.

Admiración porque la mayoría de las veces dichos testigos son padres, hijos, hermanos, novios, amigos del paciente. Y no todo el mundo podría romper el bloqueo que el terror provoca. Ni siquiera los sanitarios.

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A cuántos sanitarios he visto perder los papeles y el sentido común cuando era su familiar quien sufría la emergencia.

He visto a un intensivista aterrado al confundir la gastroenteritis de su hijo con una meningitis. A una médico de urgencias que no sabía distinguir si su hermano había sufrido un simple desmayo o “algo grave”. A una pediatra preguntarme la dosis de Dalsy que debía dar a su hijo, porque con su hijo dudaba de todo. A un enfermero que no podía coger la vía a su padre porque las manos no dejaban de temblarle. A otra enfermera llorando ante su tío fallecido, incapaz de colaborar en la RCP. A un médico negarse a comprar un desfibrilador porque “sería incapaz de usarlo con su hija cardiópata”. Y podría llenar hojas…

Cuando mi hija, entonces bebé, se pilló un dedo con la puerta, corrí al hospital sin biberón, sin pañales, sin cartilla y creo que hasta sin abrocharme el cinturón. Cuando entré corriendo en urgencias, el celador tuvo que hacerme entrar en razón. “¡Pero que sólo es un dedo! ¡ Vaya médico de UVI móvil de mis narices!” . “¡Ya, pero es mi hija! ¡MI HIJA!”.

Y ese “MI” lo cambia todo.

 

¿Cómo podría nadie juzgar? Me apuesto todo el dinero que pueda ganar en mi vida a que el mayor especialista en muerte súbita del mundo, puesto en esa tesitura, se quedaría completamente en blanco.

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En los cursos y talleres enseñamos a distinguir un simple desmayo de una muerte súbita. A distinguir el gasping o respiración agónica de una respiración efectiva. A hacer la llamada más precisa y colaboradora posible al 112. A hacer PLS, RCP o Heimlich de la forma más correcta. Tratamos de convencer de que un desfibrilador salva vidas; de enseñar a usarlo y de quitar el miedo a poder hacer aún más daño al paciente.

Estos conocimientos pueden salvar vidas. Cuanto mejor los conozcamos, más correctamente podremos ayudar. Por eso deben aprenderse. Y deben aprenderse “en frío”. No en el momento de la emergencia. Esto es indiscutible; no puedo evitar remarcarlo en cada curso.

 

Pero quien no supo hacerlo en su momento no es culpable de nada.

Y se me ocurren al menos 4 argumentos para defender esta sentencia.

 

El primero y principal: CUANDO UNA PERSONA MUERE, LA CULPA LA TIENE LA ENFERMEDAD QUE LO HA MATADO O LA FATALIDAD QUE HA CAUSADO EL ACCIDENTE.

No la tienen los testigos que tratan de ayudar, lo hagan mejor o lo hagan peor. No la tiene el 112 que debe gestionar escasísimos recursos. No la tienen los sanitarios que llegan “tarde”.

Y, ateniéndonos a la verdadera definición de “culpa”, no la tienen los padres que “pasan” una alteración genética o una enfermedad a su hijo sin ser conscientes de ello ni haber podido evitarlo de ningún modo. No la tienen los familiares del paciente que se suicida vencido por una terrible enfermedad llamada depresión. Ni los familiares del paciente que fallece debido a otra terrible enfermedad llamada “adicción” o “dependencia”. No la tiene el conductor que no pudo evitar el accidente o el atropello.

 

El segundo: CUANDO ALGUIEN HACE LO MEJOR QUE SABE Y PUEDE HACER EN ESE MOMENTO SEGÚN LAS CIRCUNSTANCIAS, NADIE PUEDE CULPARLE POR EL RESULTADO. Sólo se le pueden dar las gracias.

No es culpa de un sanitario bloquearse cuando quien sufre la emergencia es un ser querido.

No es culpa de una persona no sanitaria no saber nada sobre RCP. Si hay algún culpable es la sociedad, cargo, administración, empresa, entidad…que debería haber sido capaz de formar a todos los ciudadanos en los mínimos conocimientos vitales. Y que, por motivos varios, no lo ha hecho. O no lo quiere hacer. O pone impedimentos y trabas para hacerlo.

Pero no es de quien nunca tuvo oportunidad de recibir esta formación. Faltaría más.

Si estas personas tienen esa oportunidad, si se les ofrece un curso o taller de primeros auxilios y RCP, no deberían desaprovecharla. Si lo reciben y aprenden algo, y más aún si lo repiten cada cierto tiempo y refuerzan sus conocimientos, encontrarán que tienen cada vez más recursos para responder ante una emergencia. Y que cada vez tienen más seguridad y menos dudas. Esa es la finalidad de los cursos y talleres. No el culpar, o hacer sentir aún más culpable, a quien cree que “ha fallado”.

 

El tercero: a pesar de recibir un curso o taller, o 2, o 3, o 4, PROBABLEMENTE LA ACTUACIÓN TAMPOCO SERÁ 100% CORRECTA LLEGADO EL CASO. Porque  NADIE logra una actuación 100% correcta cuando se entrena en escenarios hipotéticos, pero la primera vez que presencia un caso real es, precisamente, la emergencia ante la cual debe actuar.

Los trabajadores de emergencias extrahospitalarias realizamos  con cierta frecuencia (mucho menor de la que desearíamos) simulacros de accidentes con múltiples víctimas.

Los realizamos porque, afortunadamente, son muy escasas las ocasiones reales en las que nos tenemos que enfrentar a muchos heridos graves. Pero sería el peor de los escenarios: demasiados pacientes para recursos escasos y lejanos, necesidad de identificar rápidamente a los más graves, necesidad de trasladar a distintos hospitales  separando al paciente de sus familiares…

Cada vez que hacemos un simulacro cometemos numerosos fallos. Si se remarcan dichos fallos y un segundo equipo realiza un segundo simulacro, se corrigen algunos de esos errores, pero aparecen otros nuevos. Si cambian el escenario a los pocos meses, se cometen diferentes errores. Y por más que lo practiquemos, cuando llega el momento de la verdad, NINGÚN EQUIPO INTERVINIENTE ha sentido JAMÁS la seguridad plena de que todo se hizo bien. Hay mil dudas. Se llora de impotencia porque se sabe que seguramente alguien que tal vez pudo salvarse en otras circunstancias, ese día murió. Y a todos nos queda la horrible duda de si pudimos hacer algo para que el desenlace hubiera sido diferente.

Si nos ocurre a los “expertos entrenados”, ¿cómo no va a ocurrirle a los testigos legos?

 

El cuarto: INCLUSO CUANDO TODO SE HACE BIEN, TODO TODO TODO, comprobado y anotado según el protocolo más exquisito, los pacientes mueren.

La RCP básica y la desfibrilación, incluso empezadas en el minuto cero, incluso llevadas a cabo por personal sanitario, incluso hechas dentro de la UVI móvil o en la sala de críticos del hospital, con todos los medios y medicinas habidos y por haber, solo logra resultados en menos del 50% de los casos.

Todos los que trabajamos en esto, incluso los ateos recalcitrantes, se rinden a la percepción de que hay un “destino”, una serie de “casualidades inexplicables” que se las apañan para que ciertos pacientes se salven con todas las probabilidades en contra. Y que ciertos pacientes que a priori contaban con todas las oportunidades de cara, terminen falleciendo.

 

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No: la culpa de que esa persona haya fallecido no es TUYA.  Su enfermedad, su condición genética, la fatalidad de ese día y de ese lugar “alejado”, el destino que mueve sus hilos de forma incomprensible, son los “culpables”.

Si no supiste qué hacer, no fue culpa tuya. No todos llegamos a la edad adulta sabiendo salir de un coche que cae al mar, reaccionar correctamente en caso de incendio, rodar  como Bruce Lee tras un accidente de moto, conducir si entramos por sorpresa en una carretera helada, dominar las artes marciales en caso de atraco o violación, hacer una RCP en caso de presenciar una muerte súbita.

 

Si el destino de esa persona era fallecer, ni todos los caballos del rey…Ni todos los hombres del rey…Ni todas las UVIS móviles del país aparcadas a la puerta…

 

Pero si tienes la oportunidad de aprender, entonces no la desperdicies. Porque si el destino quiere a partir de entonces que la persona a la que se le para el corazón tenga una oportunidad, entonces te utilizará a ti. Tú serás el testigo, y en esa ocasión estarás capacitado. Y cada curso realizado, cada maniobra aprendida, cada repetición hasta lograr mecanizarla, os será de enorme utilidad a ti, al paciente y a ese destino que te ha colocado precisamente a ti en ese momento y lugar.

Si la intención del destino es utilizarte como instrumento salvador, que te pille lo mejor preparado posible. Si no lo es, a ti y a los familiares del paciente os quedará la certeza de que “se hizo todo lo posible lo mejor posible”. Y esa seguridad, esa “tranquilidad”, no salva vidas; pero salva almas.

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