El último regalo

Tuve la ocasión de acompañar, en los días previos a su muerte,  a un paciente muy especial. Un coronel de Infantería duro y gruñón; cuya enfermedad pulmonar, insidiosa y silenciosa durante años, le atacó con fuerza de forma brusca e inesperada.

Fui testigo de su pelea por demostrar que se encontraba mejor de lo que estaba. De la creciente preocupación de los suyos al darse cuenta de que las cosas no iban bien.

De la valentía con la que se enfrentó al dolor y al miedo, a la llegada de la UVI móvil, al aluvión de mascarillas y tratamientos que intentaban mejorar su fatiga, al ingreso en Urgencias y después en la planta del hospital.

De la historia clínica detallada, con todo tipo de datos, fechas y explicaciones, que facilitó su mujer; pendiente del menor detalle que concernía a su marido.

Del empeoramiento progresivo en solo tres días; y de los informes médicos que destruyeron, implacables, las esperanzas de la familia.

De cómo fueron llegando los hijos, los nietos, el hermano,  algunos familiares desde diferentes puntos de España. Poco a poco. Discretamente. Sin darle motivo de sospecha. “Con la sola intención de acompañarle un rato”. “Ya que en Madrid es puente…”. “Ya que mañana no trabajo…”. “Ya que hace tanto que no nos vemos, qué mejor momento para visitarte que ahora, que estás aburrido en el hospital…”.

De que él, en el fondo, sabía.

De cómo la mujer repetía en el pasillo, entre lágrimas: “Fuimos tan felices estos 50 años…Me hizo tan feliz…Me quiso tanto…Le quiero tanto…Es toda mi vida…”.

De las crisis respiratorias. De la angustia del paciente por no querer que los suyos le vieran sufrir. De la angustia de los suyos por no poder soportar verle sufrir.

De las risas en los momentos de tregua. De los recuerdos compartidos. De los abrazos y besos. De los apretones de manos. De los agradecimientos. De tantas cosas que se dijeron y se adivinaron, se entendieron y se sintieron en esos tres escasos y eternos días.

De los difíciles últimos momentos, y de la dura decisión final que tomaron todos a una: “que no sufra ni un solo minuto más”.

De la espera interminable, en continua compañía. Siempre una mano sujetando la suya. Siempre un brazo tratando de confortar a la compañera que le despedía.

De tanto amor en aquella habitación.

De cómo su hermano pequeño sintió por un momento que su otro hermano ya difunto estaba allí; que había venido para acompañarle al otro lado.

Se llamaba Eugenio. Y me hizo uno de los mayores regalos que un médico de Familia como yo puede recibir. Compartir con su familia íntima el momento más trascendente de la vida de una persona. Su muerte.

“La buena muerte”, tal y como yo la entiendo. Una buena muerte que, por desgracia, no suelo tener el privilegio de presenciar en mi trabajo en la emergencia.

De todas las muertes de las que he sido testigo en estos quince años, la de Eugenio me quedará en el corazón como modelo de la muerte que yo desearía para mi y para los míos. Como ejemplo de valor y dignidad. Y como un inesperado y maravilloso regalo de amor que, en solo tres días, me ha valido por toda una vida.

Buen viaje, Coronel. Gracias.

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