Ahora. Todavía.

 Cuando en una de mis guardias muere alguien, cuando no soy capaz de retener su vida, o cuando no consigo traerle de vuelta de nuevo, siempre tengo la misma sensación. El corazón se encoge, la sensación de náusea y de angustia se agarra a la boca del estómago y se queda ahí durante horas. A veces durante días.

Soy consciente de que nadie puede dar su vida por sentada.

Llego a mi casa, me quito el traje de faena, abrazo a los míos fuertemente, elevo los ojos al cielo y doy gracias, una y otra vez, por nuestro “ahora”. Por nuestro “todavía”.

Porque nadie sabe lo que el día siguiente, lo que el minuto siguiente, puede traernos. Que se lo digan a todas aquellas personas que el día anterior, o el minuto anterior, estaban vivas. Y que de repente, sin esperarlo, a veces sin darse ni cuenta, ya no lo están.

Ahora todavía puedo abrazar a los míos, decirles que les quiero, reír y llorar junto a ellos, comerles a besos, envolverles en abrazos, aspirar su olor, disfrutar con ellos y de ellos, dormir a su lado.

“Ahora”. “Todavía”. Porque a lo mejor mañana ya no.

Nadie (salvo excepciones) conoce el cómo, el dónde ni el cuándo. Pero a todos, absolutamente a todos, nos alcanzará la Muerte. Ella, que siempre camina un pasito detrás de nosotros, un buen día se pondrá a nuestro lado y nos llevará con Ella. Sin respetar edades, momentos vitales, deseos, necesidades. Nadie tiene la vida garantizada.

En el fondo todos lo sabemos. Pero pocos lo tienen presente.

Lo tenemos presente con cierta frecuencia aquellos que trabajamos en el mundo de especialidades como la emergencia (y en algunos trabajos muy duros), y vemos cómo personas a las que se les suponían muchos años aún por vivir abandonan este mundo en un abrir y cerrar de ojos. Y aún y así la mayor parte de los días se nos olvida.

Lo tenemos presente a menudo aquellos que tenemos algún familiar con una enfermedad grave o con un riesgo de muerte súbita.  Sabemos que en cualquier momento puede ocurrir aquello que más tememos. Y aún y así nos dejamos envolver por la prisa, los enfados, las discusiones, demasiado fácilmente. Como si lo que sea que nos altera fuera más importante que ese “ahora, todavía”.

Y lo tienen presente los propios pacientes.

Pero la mayoría de las veces colocamos la idea de la Muerte en el rincón más alejado de nuestro cerebro, cerramos el compartimento con llave y nos olvidamos de ella. Solo de vez en cuando, si sale en las noticias alguna desgracia, o si le toca de cerca a algún conocido, somos conscientes de los golpes en la puerta de la celda, en forma de miedo o de ansiedad. Pero enseguida el ruido de la cotidianidad los convierte en un zumbido apagado.

Está bien tener el miedo encerrado, controlado, a raya. Porque si el miedo campara a sus anchas por nuestra alma, por nuestra mente, por nuestro corazón, seríamos incapaces de ser felices. Viviríamos a diario con tal angustia que sería insoportable. El terror a que a nosotros o a nuestros seres queridos nos pase algo irremediable nos impediría disfrutar de los maravillosos momentos de felicidad que la vida nos ofrece.

El problema es olvidarnos por completo. Olvidarnos de que en cualquier momento, en cualquier lugar, a cualquier persona de cualquier edad, la Muerte le puede salir al paso.

Porque entonces también nos olvidamos de disfrutar. De ESTAR. De VIVIR. Porque  “ahora tengo prisa”, “hoy no estoy de humor”, “hoy no me da tiempo”, “todavía tengo que terminar esto tan importante”.

Nos olvidamos de amar. Y de demostrar amor. De besarnos, de abrazarnos, de decirnos “te quiero”, “soy feliz a tu lado”. No somos capaces de pedirnos perdón tras una discusión; nos vamos a la cama o nos separamos enfadados. Porque “mañana será otro día”, “ya hablaremos”, “en un par de días se nos pasa”.

Nos olvidamos de ser sinceros con las personas a las que amamos. Total, “hay tiempo”, “ya se lo contaré mañana”, “ya se dará cuenta de lo que me pasa, de lo que pienso, de lo que siento”.

Nos olvidamos de darle prioridad a la VIDA junto a nuestros seres queridos. De atesorar momentos y recuerdos felices. Y nos dejamos envolver por las prisas del día a día, por el estrés del trabajo y de la obligaciones, por la esclavitud de los horarios.

Vivimos continuamente preocupados por el futuro. Pero ¿y si algunos de nosotros no vamos a tener ese futuro?

La vida es AHORA. TODAVÍA estamos aquí.

Pau Donés, el cantante de Jarabe de Palo, es muy consciente de que la Muerte camina junto a él. La ha visto con el rabillo del ojo más de una vez. Y ha compuesto una de las canciones más sinceras, valientes e impactantes que jamás he escuchado. Ha escrito lo que solo un hombre consciente de que viaja acompañado de la Muerte puede escribir.

“Humo”.

Es una canción que me recuerda, cada vez que las prisas y las obligaciones diarias me hacen olvidar, que la Muerte también camina junto a mi y a los míos. Que me recuerda que no deje de amar, de demostrar amor, de besar, de abrazar, de decir “te quiero”, de agradecer, de disfrutar, de compartir, de VIVIR. AQUÍ. AHORA, que TODAVÍA estoy a tiempo.

 

                           Ahora que empiezo de cero,

                           que el tiempo es humo,  que el tiempo es incierto

                           Ahora que ya no me creo que la vida sea un sueño

                           Ahora que solo el ahora es lo único que tengo

                           Ahora que solo me queda esperar a que llegue la hora.

                           Ahora que cada suspiro es un soplo de vida robada a la muerte

                           Ahora que solo respiro porque así podré volver a verte

                           Ahora que ya no me importa que la vida se vista de negro

                          Porque a nada le tengo miedo, porque a nada le tengo fe…

                          Ni miedo ni fe…

                         …

                          Abrázame fuerte, amor, te lo ruego,

                         por si esta fuera la última vez…

 

Qué estúpidos somos por esperar a vivir una situación límite para darnos cuenta de esto.

Que no nos pille desprevenidos. Sin cosas por decir, por dar, por recibir, por perdonar, por compartir, por disfrutar.

Ahora que todavía…

 

 

 

 

 

 

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