Decisiones “a ciegas” que dejan marcas eternas

Eran las cuatro de la tarde. La UVI móvil recibió una llamada del médico del Centro Coordinador:

-Os mando a un hombre de 60 años que se estaba vistiendo para acudir al centro de salud porque se encontraba mal cuando de pronto se ha desplomado.

Atravesamos la ciudad volando. Cuando llegamos al domicilio, el hombre no tenía signos de vida. La mujer, desesperada, había intentado seguir las instrucciones del médico del Centro Coordinador; pero los nervios la habían desbordado.

-Señora, mientras atendemos a su marido cuénteme qué ha pasado…

-Llevaba una semana encontrándose mal… Se quejaba del pecho, de la espalda, de los brazos… Yo le decía que fuéramos al médico, pero él no quiso… Decía que sería de los huesos, que ya se le pasaría… Hace un rato me dijo que se encontraba mucho peor, y yo llamé al centro de salud. Me insistieron en que lo llevara, que por lo menos había que hacerle un chequeo completo. Pero mientras se vestía se me ha desmayado, y ya no se ha despertado…

Lo intentamos todo durante 40 minutos. En ese tiempo el teléfono del domicilio sonó varias veces. La mujer contestó, y una de las veces le oí decir con voz temblorosa:

-Están aquí los médicos…Le están intentando despertar…

Pero nada pudimos hacer. Aquel corazón, que posiblemente llevaba toda la semana sufriendo las secuelas de un infarto no detectado,  había terminado por romperse del todo.

A las diez y media de la noche alguien llamó a la puerta de la base de la UVI móvil. Uno de mis compañeros abrió la puerta. Una chica muy joven preguntó por el médico.

-Hola, yo soy la médico que está hoy en la UVI.

-Hola. Mira, soy la médico que hoy estaba de guardia en un centro de salud. Me llamo Alicia.

Era tan joven, casi una cría, que no podía haber terminado la residencia hacía más de un par de años.

-Necesitaba preguntarte una cosa. ¿Atendisteis vosotros a un señor llamado A. esta tarde?

-Sí, fuimos nosotros.

-Y… ¿era una parada cardíaca?

-Sí.

-Y…¿salió?

-No, por desgracia no…

Alicia comenzó a llorar.

-Fue culpa mía, seguro que fue por mi culpa… Me equivoqué, ¡cómo lo siento!

Empecé a intuir lo que había ocurrido.

-A ver, cuéntamelo con calma desde el principio…

Ella intentó serenarse y comenzó a explicarse.

-La mujer de este señor me llamó sobre las 3 y media de la tarde. Me dijo que su marido llevaba una semana con dolores en los brazos y en la espalda, y a veces en el pecho. Y que ahora estaba peor. Le pregunté que si no habían ido al médico en toda la semana, y me dijo que no, que él no había querido. No es mi paciente, yo soy la médico de guardia, así que no lo conocía. Busqué su historial y no vi nada de corazón, nada de tensión alta ni de factores de riesgo de infarto; sólo vi un par de consultas por dolores musculares. Pero yo me quedaba más tranquila si le hacía un electrocardiograma, por ese dolor en el pecho que decía la mujer. Y le dije que me lo trajera. Pero no llegaban, no llegaban…

La voz le temblaba cada vez más.

-Llamé de nuevo al domicilio, y la señora me dijo que se había desmayado y que no despertaba, que llamó al 112 y que ya estaban los médicos allí intentando despertarle. Imaginé que había sufrido una parada cardíaca, y que había acudido la UVI móvil, y que estaban haciendo RCP…

Y volvió a llorar.

-Me siento tan mal… Si yo hubiera intuido que podía ser tan grave hubiera llamado de inmediato al 112 pidiendo que fuera la UVI móvil… O hubiera corrido al domicilio con la enfermera y el desfibrilador, o yo qué sé… Pero no lo parecía, tal y como lo contaba la señora no parecía que fuera tan grave… Yo hice lo que creía que era correcto, pero está claro que no lo fue…

Tras unos segundos de vacilación me hizo por fin la pregunta que le llevaba quemando toda la tarde.

-¿Tú crees que fue culpa mía? ¿Que murió por mi culpa, porque yo por teléfono no supe apreciar la gravedad?

Cómo la entendí. Qué identificada me sentí con ella. Y como yo, estoy segura, todos los médicos de urgencias de Atención Primaria que tantas consultas telefónicas atienden; y todos los médicos coordinadores cuyo trabajo consiste, precisamente, en tratar de discernir la gravedad de un paciente basándose en las pocas frases que escuchan de un alertante a través del teléfono.

-Mira, Alicia, yo creo que ese que tú te haces no es el planteamiento correcto. Y te lo digo como médico del Centro Coordinador, porque llevo más de diez años viviendo situaciones parecidas y peleando con el miedo y la duda. Y también me ha ocurrido algún caso como este. Con el mismo final que este. Y me han dejado la misma angustia, el mismo temor y el mismo sentimiento de culpa que tienes tú ahora mismo.

Ella me miraba sin perderse una palabra.

-Todos los médicos que atendemos a los pacientes por teléfono corremos un gran riesgo de pasar por alto síntomas clave. Pero no sólo porque no preguntemos sobre ellos. Que normalmente sí que preguntamos. Y más de lo que recordamos, porque yo oigo muchas veces las grabaciones y resulta que hice preguntas que ni siquiera recuerdo haber hecho. Es, sobre todo, porque NO VEMOS AL PACIENTE. No vemos cosas tan importantes como su gesto, su postura, el color de su cara, la forma de respirar… Y a veces tampoco le oimos, porque no es el propio paciente quien llama. Y nos perdemos matices como la debilidad en la voz, los sonidos que emite al respirar… Y por más que preguntemos, hay detalles importantes que no nos cuentan, que tal vez les parecen hasta absurdos.

Alicia asentía con la cabeza.

-Y, como consecuencia de esto, a veces nos equivocamos. Creemos que el paciente tiene una enfermedad, o una gravedad, diferente a la que tiene en realidad. Y gracias a Dios, la mayoría de las veces nos equivocamos “por exceso”: solemos pensar que lo que tiene el paciente puede ser más serio de lo que parece. Pero alguna vez, por desgracia, nos equivocamos “por defecto”. Y eso nos ha pasado a todos los médicos del mundo. A TODOS. Sin excepción. Y quien tenga por lo menos varios años de experiencia y te diga lo contrario, te está mintiendo.

-Ya…

-Y, por fortuna, la mayoría de las veces todo se termina solucionando. Pero alguna vez, alguna maldita vez, el desenlace final es fatal. Y cada uno de nosotros tiene grabado a fuego el nombre y apellidos de esos pacientes. No los olvidaremos jamás.

-¿A ti también te ha pasado?

-Claro que me ha pasado. A todos los médicos reguladores nos ha pasado. Y cuanto más tiempo se trabaja en un Centro Coordinador, más riesgo se tiene de que pase. En cerca de mil llamadas diarias durante doce o catorce días al mes, en diez o quince años de profesión, tiene que ocurrir alguna vez. Y lo mismo entre los avisos y más avisos domiciliarios diarios de los médicos de Primaria. Es inevitable.

-Pero te sientes tan mal… Tan culpable… Yo siento ahora mismo tanta angustia pensando en ese hombre, en esa familia…

-Alicia,  si a alguien le ocurre algo como lo que te acaba de ocurrir y no siente esa angustia, no creo que esa persona sea buen médico.

-No me siento precisamente una buena médico ahora mismo. No me siento ni siquiera capaz de volver a trabajar mañana.

-Pues te equivocarías, porque este tipo de experiencias son las que, poco a poco, te van convirtiendo en mejor médico. Son lecciones durísimas de vida y de muerte, que te enseñan y te transforman mucho más que cualquier clase que nadie te pueda dar. Son lecciones que no se olvidan, y que te cambian para siempre.

-Eso seguro… Pero ¿cómo te quitas el sentimiento de culpa de encima?

-Yo no sé cómo hay que hacerlo. Yo puedo contarte cómo lo manejo yo. En parte intentando cambiar el concepto que todos tenemos adquirido de “culpabilidad”… Culpable, en realidad, sería el médico que, sabiendo sin género de dudas que su paciente tiene una enfermedad grave y estando en su mano tomar medidas para evitar un desenlace desgraciado, consciente y libremente decide no tomarlas. Pero este no ha sido tu caso. Tú actuaste, tal y como dicen los abogados, “según tu leal saber y entender”. Tú realmente creías que el paciente no estaba tan grave, y actuaste en consecuencia. ¿No?

-Sí…

-Este paciente nunca interpretó sus síntomas como cardíacos. No tenía por qué, porque él no era médico; pero en esto falló el sistema sanitario completo:  en la falta de educación sanitaria de este hombre en cuanto a síntomas de alarma de un ataque al corazón.  Pero tampoco consultó sus síntomas con un médico a lo largo de esta semana. Y ahí se perdió la oportunidad de oro. Además, tú no pasaste de él, no le dijiste que se relajara y se acostara y te olvidaste de todo. Decidiste que debía ser visto en un centro sanitario, y tomaste una decisión respecto a su traslado acorde con la situación clínica que tú realmente pensabas que tenía en ese momento. Es cierto que este argumento no te quita la angustia y la impotencia que sientes ahora. Y es normal. Pero lo que no debes dejar es que te ahogue la culpa.

-Ya, es fácil decirlo…

-Ya. Ya lo sé. Pero si me pides mi opinión, esta es mi opinión. Deja que esta angustia te invada y que haga su trabajo sobre tus propias emociones. Vive el duelo por el paciente, por la familia y por tí misma como mejor puedas. Aprende las lecciones que esta experiencia te haga aprender; las mías suelen ser lecciones de humildad y de prudencia.  Y luego ten el valor de seguir adelante, a pesar de ese miedo perpetuo a volverte a equivocar. Y esta experiencia tan dura te convertirá en mucho mejor médico de lo que serías de no haberla vivido.

-Pero el precio es demasiado alto.

-Ya. Pero trabajar como médico conlleva también esto. Solo que nadie nos lo cuenta en la facultad, y pocas veces nos lo enseñan en la residencia. Muchos médicos no quieren ni hablar de este tipo de experiencias; les da vergüenza o pudor compartirlas con alguien, y se encierran en una soledad emocional que a veces les termina ahogando. Pero si ahondas un poquito en las vidas de los compañeros, descubrirás que todos tienen historias parecidas que contar.

-Me lo imagino… Debería haber una asignatura en la facultad que nos enseñara a manejar este tipo de situaciones.

-Pues sí, cuánto más nos ayudaría que algunas asignaturas que yo me sé.

-Oye, muchas gracias por tus palabras, de verdad…

Me dio un abrazo que casi me asfixia.

-De nada, mujer…

*           *          *          *          *          *

Esta no es la historia de una negligencia médica. No lo es, no lo fue. Es la historia de una decisión (que, ya con todos los datos en la mano, resultó ser poco afortunada) tomada tras una simple llamada de teléfono, sin historia médica completa del paciente, sin exploración clínica, sin datos objetivos, sin seguridad ninguna. Es la historia de una joven médico de urgencias extrahospitalarias. Pero podría ser también la historia de cualquier médico que debe atender una urgencia, o de cualquier médico del Centro Coordinador.

Y sólo podemos pedir perdón, desde la pena, la angustia y el horror. Un perdón que nunca nos podrán otorgar. Sin ser realmente culpables. Porque “culpable es aquel que, sabiendo sin género de dudas…”. Y en ese punto de la definición nos desaparece el suelo bajo los pies.

9

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: