Al conductor que se dio a la fuga tras causar un accidente

A las pocas semanas de cumplir 16 años tuve en mis manos mi ansiado carnet de moto.

Aquel día llovía con ganas. Mi padre me dijo: “no se te ocurra salir hoy con la moto. Espera a un día soleado y la pruebas primero por las afueras antes de meterte en la ciudad”.

Dos horas después, cuando mis padres no estaban en casa, cogí la moto y me metí, por supuesto, por el centro de la ciudad. No había persona más feliz, orgullosa y excitada que yo.

Todo iba de maravilla… hasta que me tocó parar en un semáforo en rojo en una avenida de 3 carriles.

Cuando el semáforo se puso en verde, un hombre se lanzó a la carretera y la cruzó corriendo. El primer coche lo vio y pudo parar. La furgoneta de mi lado también lo consiguió: todavía recuerdo el sonido del frenazo y el del claxon.

Cuando yo vi al hombre, ya lo tenía encima. Frené en seco, pero la lluvia hizo resbalar las ruedas de mi moto y embestí al hombre de lleno. El señor salió lanzado en diagonal y golpeó con su espalda y su cabeza contra la pared.

Me quedé petrificada encima de la moto. El primer pensamiento que me vino a la cabeza (inconscientes 16 años) fue: “¡Dios mío, mi padre me mata! ¡Me quedo sin moto de por vida! ¡Con la ilusión que yo tenía por ella, y con lo que me costó sacar el carnet!”.

El segundo fue: “¿Y si lo he dejado paralítico? ¿Y si se muere por mi culpa?”.

El tercer pensamiento, tras mirar desesperadamente atrás, adelante y a ambos lados, fue: “No hay policía. Hay cuatro personas en la acera nada más. Con esta lluvia no se verá bien la matrícula de la moto. Y encima la culpa no fue mía. Fue del paisano. ¿Y si me voy? Así no se enteran en casa… Porque la que me viene encima puede ser muy gorda…”.

Fueron momentos eternos de vacilación y dudas. Las ganas de acelerar la moto y marchar corriendo eran terribles.

Pero no pude. No fui capaz. Me puse a llorar, me bajé por fin de la moto y me acerqué corriendo al señor.

-Señor, ¿está usted bien? No le vi, no pude frenar, no sabe cómo lo siento, ¿está usted bien? Lo siento muchísimo, perdón, perdón…

Los segundos de angustia que pasé sin saber si el hombre estaba bien o le había hecho mucho daño, allí sola, delante de desconocidos, sintiéndome culpable por atropellarle, culpable por desobedecer a mi padre, asustada por las consecuencias… fueron larguísimos.

Gracias a Dios, el hombre se puso de pie sin ayuda, me dijo “tranquila, chica, que estoy bien, fue culpa mía, que crucé mal, no pasa nada” y se alejó cojeando un poco.

Un señor me ayudó a arrancar la moto, porque temblaba tanto que no conseguía apretar a la vez las palancas de mano y pie.

Llegué al garaje, aparqué la moto, me senté en el suelo y me puse a llorar histérica durante media hora. Luego llamé a mi mejor amiga para contárselo. Al día siguiente compré todos los periódicos, buscando la noticia (que no aparecía). Tardé más de un mes en confesárselo a mis padres.

 

*     *     *     *     *     *     *     *

 

En mi trabajo he sido testigo de innumerables atropellos o golpes a peatones, motoristas, ciclistas. Algunos por completo accidentales. Otros debidos a un exceso de velocidad, al alcohol o a alguna imprudencia. Algunos han dejado al paciente con heridas leves. La mayoría con heridas graves. Demasiados han causado la muerte del accidentado.

Mientras hago mi trabajo con los pacientes, no puedo evitar fijarme de reojo en los conductores. La mayoría han abandonado su vehículo y están allí parados, con la cara blanca, sin saber qué hacer. Algunos se acercan para preguntar si pueden ayudar de alguna forma. Algunos ya estaban ayudando cuando nosotros llegamos, y se resisten a alejarse del paciente. Vagan por allí cerca, desorientados, nerviosos, asustados, con la atención dividida entre las preguntas del atestado policial y el estado del paciente. Muchas veces oímos detrás de nosotros un murmullo que se repite una y otra vez, como una letanía: “Lo siento, lo siento, lo siento…”.

Cuando el suceso ha sido un accidente real, o fue “por culpa” de la víctima, me invade la compasión por el conductor o conductora. Sé perfectamente lo que están pensando y sintiendo. Si tengo la ocasión, me acerco para tratar de tranquilizarlos, para decirles que sé que ha sido un accidente, que así lo haré constar en el informe. Cuando el accidentado fallece, me costaría decir por cuál de los dos, por cuál de las dos familias, siento más compasión. Porque el causante del accidente nunca, jamás, volverá a ser el mismo. El peso de una muerte a sus espaldas hará que tarde mucho tiempo en poder levantar cabeza. Si la llega a levantar.

Y siempre pienso: “qué valor, qué integridad, está demostrando esta persona que está aquí, dando la cara, reconociendo su culpa, sabiendo que antes o después tendrá que enfrentarse a la familia del herido. Gracias por actuar como un buen ciudadano y una buena persona. Es lo que se debe hacer; pero es difícil hacerlo, y hay que agradecerlo y valorarlo”.

*     *     *     *     *     *     *     *

Cuando el causante del accidente iba con exceso de velocidad, bebido, drogado, cometió una imprudencia… la rabia sustituye a la compasión. Los “por qués”, los reproches, las ganas de agarrarles por las solapas y de llamarles inconscientes, de gritarles que por su mala cabeza unas personas van a pagarlo muy caro, me invaden constantemente.

Pero normalmente no abro la boca. Ya habrá quien se lo haga saber, en el momento que sea oportuno. Ya pagarán, y con creces, en cuerpo (económica o judicialmente) y alma (con un remordimiento eterno) su negligencia.

Y aún y así me queda un punto de admiración hacia ellos. Porque están ahí. Porque se han quedado, han asumido su error, dan la cara ante el herido, los sanitarios y las fuerzas del orden, se abandonan en manos del sistema como una forma de comenzar a pagar por su acción. No sé si como herido, o como familiar del herido, podría perdonarles. Pero como testigo, les reconozco el mérito que tienen. Y entiendo que el sistema judicial también les reconozca la ayuda o la colaboración prestada. Y deseo sinceramente que, antes o después, cuando hayan pagado el precio correspondiente, lleguen a encontrar la paz.

*      *     *     *     *     *     *     *

Pero cuando llego a un accidente y el / la culpable se ha dado a la fuga…

Entonces les deseo muchas cosas.

Les deseo que les alcancen los mismos sentimientos que tienen en ese momento los testigos, el personal sanitario, los policías o guardias civiles que tratan de socorrer al herido. Los que tienen que tratar de buscar a sus familiares. Los que tienen que comunicarles la noticia, sin poder responder a las preguntas de qué ocurrió, cómo ocurrió, por qué ocurrió, quién ha sido el/la responsable.

Les deseo que se les claven como puñales los mismos sentimientos de los familiares que, desesperados, angustiados, se preguntan una y otra vez si su ser querido sufrió, si recibió ayuda enseguida, si estuvo acompañado, o si, en cambio, quedó allí tirado, malherido y solo mucho tiempo. Que se atormentan con las dudas sobre si algo habría cambiado de haberse quedado el conductor en el lugar, de haber pedido ayuda temprana, de haber intentado socorrerle de alguna manera. Que no pueden dejar de preguntarse qué harían si alguna vez se lo encontrasen delante. ¿Podrían hacerle preguntas? ¿Podrían entenderle? ¿Podrían perdonarle? ¿Podrían soportar verlo sin lanzarse a agredirle? Tal vez sí, tal vez no; pero, al menos, SABRÍAN. En cambio el dolor de la ignorancia les destruye toda posibilidad de cerrar el duelo. Como aquellas personas desaparecidas que se dan por fallecidas pero de las que nunca se llega a encontrar el cuerpo.

*     *     *     *     *     *     *     *

La  madrugada del sábado una persona atropelló a Juan, de 38 años. Lo dejó tirado en el suelo,  malherido. Y se dio a la fuga.

Los padres de Juan y mis padres eran amigos de toda la vida. Yo pasé con Juan y su familia todos los veranos de mi infancia en la playa de San Juan.

Juanín, el más pequeño del grupo. El juguete de todos. El niño al que enseñamos a nadar, al que enviábamos de avanzadilla para frenar la ira de los padres ante la inminente bronca cuando liábamos alguna bien parda. Juanín, el que se perdió en la playa y nos tuvo a todos en vilo recorriéndola arriba y abajo gritando su nombre. Cómo lloraba Fernando, su hermano. Cómo lo abrazaba media hora después, cuando por fin sus padres lo encontraron asustado y acompañado de unos desconocidos.

El sábado lo encontré yo. Maldita sea, lo encontré yo.

Por lo menos pude decirles a sus padres y hermanos que todo había sido tan brutal, tan brusco, tan rápido, que había quedado inmediatamente inconsciente. Que no había sufrido en absoluto.

Les pude decir que desde el primer minuto, cuando un vigilante oyó el estruendo y se acercó a mirar, no había estado solo ni por un momento. El vigilante primero, la policía poco después, el personal sanitario de la UVI móvil en menos de 10 minutos, todos estuvimos junto a él. Le subimos a la ambulancia. Le atendimos, le cogimos de la mano, le hablamos, le tapamos. Estuvimos a su lado hasta que su corazón dejó de latir. Le acompañamos todo el tiempo que pudimos hasta dejarle en manos de los siguientes compañeros que le ofrecieron ya los últimos cuidados. Nunca, nunca, estuvo solo. Nunca, nunca, sintió dolor. No todas las familias tienen la posibilidad de saberlo con seguridad. Es lo único que yo he podido hacer por él, por ellos.

*     *     *     *     *     *     *     *

11 / 12 / 17

Las duras palabras que escribí en este blog tras darme cuenta de que el chico atropellado al que atendimos y al que no pudimos prestar otra ayuda que el acompañarle hasta el final era mi amigo de la infancia iban dirigidas al conductor o conductora ANÓNIM@ que se dio a la fuga tras el atropello, accidental o no.

Eran un desahogo de la rabia y del dolor de haber tenido que decirles a sus padres y hermanos que fui yo quien le atendí, y que no pude hacer nada por él. De haber tenido que contestar a preguntas que hubiera debido contestar el / la causante del atropello. De haber intentado brindar un mínimo consuelo donde no cabía consuelo que dar. 

Eran un intento desesperado de llegar al corazón del /de la culpable e intentar enfrentarlo con la angustia y la incertidumbre de unos familiares destrozados. De tratar de que se avergonzara de su cobardía inicial y encontrara el valor de confesar y asumir su culpa.

 

Ahora el PRESUNTO culpable tiene nombre y apellidos. Y tiene una familia que también está destrozada. Aquellas palabras, de las que no me arrepiento en absoluto, pero que iban dirigidas a una persona anónima y en un momento muy concreto, pierden ahora todo su sentido. Es más: pensando en su familia, pensando en que nadie está libre de que en su familia ocurra algo así, me siento mal viéndolas escritas. Por eso, después de darle muchas, muchas vueltas, he decidido borrarlas.

 

A la vista del giro de los acontecimientos, lo cierto es que me he quedado sin palabras. Y en esta ocasión no me atrevo a dejar que sean mis sentimientos los que hablen.

 

Aquellas palabras que escribí fueron  compartidas en periódicos y enlaces por las redes sociales. Allí, supongo, las podrá encontrar quien lo desee. Sigo suscribiendo todas y cada una de ellas, porque creo que reflejan la cara más real, dura y cruda de la EMPATÍA que tantos ciudadanos echan en cara a los sanitarios “no tener” o “no mostrar”. Sirva ese “botón” como muestra de que los sanitarios también tenemos una enorme gama de sentimientos. Soy muy consciente de que se me ha criticado por mostrarlos, justa o injustamente. Acepto las críticas, como no puede ser de otra manera, puesto que con mi escrito yo también he ejercido mi derecho a la libre opinión; y lo defiendo y lo defenderé encarecidamente. El mío y el del resto de ciudadanos.

Solo lamento que, al sacar ese escrito del contexto que es este blog, algunas frases se hayan llevado todo el “peso” y se haya perdido parte del significado completo. Aún y así acepto las consecuencias que de ello se deriven, y no tengo por qué negar ni avergonzarme de lo escrito en su momento.

(Un inciso. La frase “pondrías a prueba de forma muy atroz mi juramento hipocrático” no era sinónima de “si un día necesitas de mi ayuda médica no te voy a ayudar”. Significaba, simplemente, “pondrías a prueba de forma muy atroz mi juramento hipocrático”.)

 

Si este episodio sirve para llegar al corazón de alguien que se vea involucrado en un accidente y sienta los naturales deseos de abandonar inmediatamente el lugar, si le ayuda a recapacitar y a actuar de la manera mejor y más valiente posible, sea en el momento o en las horas posteriores al comprensible shock, lo doy por bien empleado.

Descansa en paz, Juanín.

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16 comentarios sobre “Al conductor que se dio a la fuga tras causar un accidente

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  1. Cuanto lo siento, la dificultad que tuviste añadido al servicio del domingo de madrugada siendo muy conocida del accidentado,y que no acabo del mejor forma posible.
    Tus palabras aqui son tan verdaderas y de alguna forma reservo esperanzas de que el autor se entrega, siendo adulto…persona…humano.
    Tengo fé de ello pero lamentablemente nos sorprendemos a veces en estas cuestiones, ojala que no sea asi ahora.
    Abrazos en estos momentos dificiles para ti y sus familiares/amigos.

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  2. Lo siento muchisimo, por ese pobre chico que perdio la vida, por esa familia que llora sin consuelo la perdida de su hijo, de su hermano. Por ti, por que mas de un dia cuando llevaste a mi bebe en UVI demostraste lo grandes profesionales que sois, ojala se haga justicia, y la muerte de este pobre chaval no sea en vano.

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    1. Y yo entiendo y respeto que pienses así, faltaría más. Pero el deber del médico es atender a su paciente lo mejor posible, guardarle respeto y tenerle empatía. Mi paciente lamentablemente no pudo ser atendido. Pero empatía con mi paciente, toda la del mundo. Ahí se acaba mi labor como médico en este accidente en concreto

      El resto de las palabras no están escritas haciendo valer mi condición de médico, ni ponen en entredicho de ningún modo mi trabajo como profesional. Son palabras dichas desde la amistad y el dolor por MI PACIENTE Y SU FAMILIA hacia una persona sin nombre ni apellidos, con lo que ni siquiera puede darse por aludida, y que NO HA SIDO MI PACIENTE. Y están escritas fuera de mi actividad médica. Como persona creo que tengo todo el derecho del mundo a dar mi libre opinión. Que no es un juicio, lo cual corresponde, como tú bien dices, al juez. Es una opinión. Ni más ni menos ética o válida que la opinión de otro ciudadano.

      Entiendo y respeto tu postura. Pero no deja de sorprenderme el hecho llamativo de que la mayoría de las veces se acusa a los médicos de ser poco empáticos con sus pacientes. Y cuando uno de ellos muestra su empatía en toda su fuerza y crudeza, también recibe críticas.

      Críticas que, por otro lado, acepto con todo el respeto del mundo, puesto que es a lo que me expongo cuando debido escribir en un blog abierto al público

      Muchas gracias por tu aportación. Un saludo.

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  3. Estoy totalmente de acuerdo contigo en todo lo relacionado con la labor médica. Nunca pondría en entredicho vuestra labor ni la empatía que mostráis hacia vuestros pacientes.Mi crítica está realizada desde el punto de vista jurídico, pues es mi labor como abogada.

    Juzgar en un medio público, sin conocer circunstancias, datos…considero que no es oportuno. Esa labor le corresponde a nuestros Tribunales, en un procedimiento con todas las garantías.

    Por supuesto que tienes derecho a expresarte libremente, pero nuestros derechos terminan donde empiezan los derechos de los demás. El que ha cometido el accidente (ya sea delito o no) tiene derecho a la presunción de inocencia, a ser juzgado con todas las garantías y a una defensa.

    Dejemos que actúe la Justicia y no nosotros!

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  4. No creo que mi OPINIÓN sea en absoluto vinculante, y por supuesto rectificaré y pediré disculpas públicamente y en persona, si hace falta, si me equivoco o si con mi OPINIÓN vulnero mínimamente sus derechos.

    Mientras tanto sigo defendiendo MI DERECHO a manifestar libremente MI OPINIÓN, no en nombre de ningún colectivo médico,en MI BLOG PERSONAL, que no corporativo,SIN CITAR NOMBRE NI APELLIDOS del anónimo individuo, y no como médico sino como amiga del fallecido. Creo que yo también tengo derecho a cierta libertad de opinión.

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  5. No discutáis, no tienes que pedir perdón,has hablado con el corazón y toda la razón. He visto que ha sido su mejor amigo. Que desgracia. El grupo de toda la vida se va a ver afectado para siempre. Mucha fuerza!

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  6. Creo que ella lo único que hace es opinar sobre algo que la incumbe. Personalmente creo que el mensaje que da es lo importante, que no tengamos miedo, que no huyamos y asumamos nuestros actos si nos equivocamos, que seamos valientes y que quizás con eso podemos salvar la vida de alguien al que con o sin intención hemos hecho daño. Que no huyamos.ella lo que pide es que se atienda al herido, no juzga si es o no culpable, eso ya se dirá pero sí que no se omita su ayuda, cosa que puede salvarle la vida

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  7. Vamos hombre, faltaría más , que quiere decir juzgar sin saber las circunstancias ni los datos etc, eso qué quiere decir que a esa persona la atropello un ovni , yo no entiendo de leyes porque también soy sanitaria , pero me parece que no tienes que pedir perdón por nada de lo que has expresado , has dicho una verdad como un templo. Y en cuanto a las leyes hay tantas veces que se vulneran y no pasa nada . En fin que los sanitarios parece que debemos ser como de hierro y no tener sentimientos por lo que se ve . Animo y sigue haciendo tu labor como tan bien la haces

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  8. Pues para los que no lo entiendan, es muy sencillo. Mi crítica significa que no nos podemos escudar en la “libertad de expresión” para decir cosas como:

    “Tú eres un cabrón. Un cobarde. Un miserable inmaduro… Un impotente, que no ha podido imponer su sentido del deber a sus instintos de huída. Un mierda. O sus equivalentes femeninos.”

    La diferencia entre opinar e insultar es bastante grande. Para mi, (que también tengo derecho a la libertad de opinión, por cierto) las palabras anteriores son insultos y reproches a una persona, que incluso podría llegar a ser un ilícito penal.

    Empecé diciendo que entiendo la rabia, la impotencia y la tristeza. Pero esos sentimientos nunca pueden ser la justificación del insulto, la agresión y mucho menos un juicio penal en un blog de una médico, que ya nos dejó claro que además de médico es persona. Como todos, por cierto.

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    1. Pues asumiré las consecuencias, qué le voy a hacer. Y que sirva la sentencia como escarmiento y disuasión para todo sanitario que ose a partir de entonces manifestar su OPINIÓN en un momento de enajenación mental cuando tenga que atender a un amigo al que han arrebatado la vida.

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  9. A todo lo anterior quiero añadir, que todo procedimiento penal se llega a alargar días, meses e incluso años.

    Sin embargo, muchas publicaciones y comentarios ya han condenado a una persona en un par de días. Así que supongo, que si algún día, estáis implicados en un proceso penal, os dará igual que os juzguen en un momento, en dos días por ejemplo. Y si la sentencia la comentamos todos en un blog mejor…

    Anda ya! Dejemos tanta hipocresía por favor.

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