Lo más bonito de la maternidad es ser madre.

 

(Esta entrada NO se refiere a los casos de “violencia obstétrica”, que desgraciadamente los hay. Y tenemos que luchar para cambiar eso con todas nuestras fuerzas.

Este post está dirigido a aquellas futuras madres que sueñan con un parto natural y con una lactancia materna, pero que deberían estar abiertas a la posibilidad de que podrían aparecer situaciones de riesgo real; y el criterio médico podría concluir que será necesario un parto instrumental)

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En el Día de la Madre me gustaría romper una lanza a favor de esos equipos ginecológicos que a veces nos rompen en mil pedazos nuestros sueños de un parto lo más natural posible.
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La mayoría de futuras madres deseamos un parto vaginal. Algunas firmamos la epidural desde que el test de embarazo nos da positivo. Otras prefieren intentar el parto sin epidural. Algunas madres se preparan para dar a luz en casa.

Casi todas visualizamos el momento como una experiencia de éxtasis, triunfo y amor, que culminará con el bebé mamando en nuestros brazos (las que deseen dar lactancia materna) mientras nosotras esperamos el alumbramiento de la placenta. Cansadas y doloridas, pero felices y rodeadas de los nuestros, que grabarán o fotografiarán el milagro de la vida. Y nos quedará el recuerdo más bello del mundo.

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Pero a veces nos topamos con algún tipo de contratiempo. Y escuchamos las palabras “hay un problema”,  “puede haber riesgo de infección”, “hay desproporción”, “hay pérdida de líquido amniótico”, “parece haber sufrimiento fetal”, “el parto no progresa”, “el niño no está bien colocado”…

Sea cual sea el motivo, el final del discurso se nos clava como un puñal. “PODRÍA HABER COMPLICACIONES PARA EL BEBÉ O PARA TI. HAY QUE INDUCIR EL PARTO. HAY QUE USAR FÓRCEPS O VENTOSA. HAY QUE HACERTE UNA CESÁREA.”
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Y todas nuestras ilusiones y nuestras expectativas se rompen de golpe. Y el parto se nos presenta como una experiencia traumática, dolorosa, aterradora, fría y solitaria por más personal sanitario que nos rodee.
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Muchas veces dirigimos nuestra frustración hacia l@s ginecólog@s. “No tienen en cuenta los deseos de la madre. Van en contra de la naturaleza, que es sabia. No respetan sus tiempos, se adelantan, fuerzan las cosas. Instrumentalizan los partos en exceso. Hay un número exagerado de cesáreas que luego se demuestran innecesarias. Sin la más mínima empatía, destrozan el momento más importante para una madre y la someten a un estrés tan elevado que es imposible crear un vínculo de apego tranquilo y sano con su bebé. Qué inhumanos pueden llegar a ser”.
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Entiendo perfectamente esos sentimientos. Los he vivido no una, sino 3 veces. 3 partos provocados que, a pesar de mis deseos, de mis lágrimas, de mis súplicas, de mis sueños rotos, terminaron en cesárea y en lactancia artificial

Y por supuesto estoy en contra de todo tipo de violencia obstétrica si se puede demostrar que es / será / sería innecesaria.

Pero creo que a veces analizamos las cosas desde un único punto de vista: el nuestro. Y se nos escapan otras partes del proceso. E ignoramos muchas de las complicaciones que pueden existir. Nos falta el punto de vista de la parte sanitaria.
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¿Se nos ha ocurrido pensar que la mayoría del personal sanitario ginecológico (médicos, enfermeros, matrones, auxiliares, anestesistas…) son también padres?

Puede que algunos sean unos cardos borriqueros. Puede que algunos no tengan la más mínima empatía. Hay de todo en la viña del Señor. Pero la mayoría de ellos son seres humanos, con la suficiente empatía para saber que esa madre lo está pasando muy mal. Y aún y así están convencidos de que la opción que le ofrecen es la mejor, la más segura para todos

Nos los imaginamos alegres porque van a apuntarse un tanto más en forma de cesárea. O cobardes porque quieren ir sobre seguro, y no se atreven a enfrentarse a un parto natural que se salga de las líneas marcadas.

Pero no escuchamos los diálogos con sus equipos. No vemos sus dudas, su miedo a que algo vaya mal, sus esfuerzos por respetar un parto natural (aunque sea en el hospital) hasta el ultimo minuto de lo que consideran como seguro.
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La mayoría de mujeres queremos esperar a ponernos de parto de forma natural. Aunque estemos pasadas de semanas. Aunque nos recomienden que comencemos a pensar en la inducción.

Aunque sabemos que un parto puede tener complicaciones, decimos que asumimos los riesgos. Que si algo va mal llamaremos a la ambulancia, que acudirá en dos minutos; y que llegaremos corriendo al hospital antes de la siguiente contracción.
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Pero no se nos ocurre pensar que a veces no da tiempo a correr al hospital.
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No pensamos en que cuando llegue el momento las ambulancias pueden estar ocupadas (porque hay muchísimas menos de lo que la población se imagina). O tener su base muy lejos (aunque pensemos que hay una ambulancia en cada esquina y en cada pueblo). Y que podrían tardar 20 minutos o más en llegar.

Y que puede que el recurso más apropiado (la UVI móvil) esté ocupada, y nos tengan que enviar un recurso más básico, con menos medios.

Y que si el parto se complica, estar en un entorno con varios pediatras, anestesistas, cirujanos, UCI, UCI neonatal… puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Mejor dicho, entre las vidas y las muertes. La de la madre y la del hijo.

Que en un desprendimiento de placenta, o en una rotura de útero, o en una eclampsia (emergencia por subida de tensión), o en tantas otras emergencias, los equipos extrahospitalarios, por pronto que lleguen y rápido que actúen, están muy limitados. Y jamás tendrán la experiencia en partos complicados que tiene un equipo ginecológico.

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Si el parto va bien, atenderlo en casa es una de las experiencias más bonitas que se pueden tener como sanitario de extrahospitalaria.

Pero quien haya sido activado por un parto en curso, haya llegado a un domicilio y se haya encontrado a la madre gritando en un charco de sangre, o haya tenido que asistir un parto de nalgas en la cama o en el suelo de una casa (sin ser ginecólogo, como ocurre en la mayoría de casos), o se haya encontrado al bebé ya fallecido, o haya tenido que volar al hospital rezando para que al menos la madre llegara viva, o haya tenido que atender a la madre en parada cardíaca…

Y cuando te dicen que el embarazo parecía de riesgo, y que la madre decidió correr ese riesgo…
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Y no pensamos que no es lo mismo un parto más o menos programado, vigilado, monitorizado, con las complicaciones previstas, que un parto de emergencia con complicaciones añadidas a las ya esperadas, con la madre sangrando, con el bebé que parece no latir o no moverse, con los nervios de paciente, familiares y sanitarios.

Y que a veces los partos de urgencias pillan los quirófanos ocupados o a los equipos sanitarios con otra urgencia

Quien haya sido testigo de las carreras, las prisas, la angustia de los sanitarios del hospital (desde los celadores hasta el ginecólogo) cuando entra por la puerta una mujer con una emergencia durante el parto… La búsqueda frenética de quirófano libre, la limpieza a contrarreloj del quirófano liberado, la llamada desesperada al anestesista y al pediatra (rezando para que no estén atendiendo otra urgencia y puedan salir volando), la petición de sangre, la preparación del material quirúrgico casi sin tiempo a contarlo, la monitorización de la madre y del bebé buscando latido y tensión por los pasillos, los nervios de lo inesperado, la presión de la familia que espera noticias…

Y cuando en la historia clínica venía apuntado “embarazo de riesgo”, “se recomienda inducción o cesárea programada”…
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“Desde fuera” no lo vemos nada de esto. Solo vemos embarazos y partos ideales. 

Tampoco lo comentan demasiado en las clases de preparación al parto. Tal vez “por encima”… Y aunque lo comentasen, con nuestras hormonas de la felicidad hiperactivadas, tampoco lo “grabaríamos”.

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Pero cuando se ha vivido algo así “desde dentro”, se puede comprender mejor la insistencia en determinados casos: “lo indicado en tu caso es inducir el parto, o es una cesárea controlada, porque podría haber un riesgo para ti o para el bebé y pensamos que es mejor no correrlo”.

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¿Y si nos ponemos por un segundo en la piel de los equipos sanitarios sobre los que recae la responsabilidad de que nosotras y nuestros bebés completemos el proceso de parto sanos y salvos, en vez de pensar que actúan por egoísmo, cobardía, comodidad o ganas de instrumentalizar el parto?

Si aparecen complicaciones, si el bebé nace con algún problema, que sólo sea porque fueron  inevitables o impredecibles…

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Ningún equipo ginecológico de los que conozco desea meterse en un parto instrumental (con anestesia, fórceps, etc) si lo pueden evitar. Todos desean que el parto sea lo más natural y menos medicalizado posible. Por el bien de la madre, del niño y de ellos mismos. A menos medicalización, menos riesgo de efectos secundarios. Y suelen esperar, y esperar, y esperar a que el parto se produzca vía vaginal, hasta que creen que están sobrepasando los límites de un parto absolutamente seguro.

Puede que haya equipos que no actúen así. Pero la mayoría lo hacen. Son personas, con sentimientos, con miedos y con dudas. Y hacen su trabajo lo mejor que pueden y saben hacerlo según cada caso. Y desean que todo vaya lo mejor posible para todos. Pensar otra cosa a priori me parece (quizá salvo desgraciadas excepciones) terriblemente injusto.
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Cuando yo lloraba desesperada porque me estaban diciendo que tenían que provocarme el parto (primer sueño roto), que mi bebé podía estar sufriendo, mi ginecólogo me dijo: “Marta, puede que me esté equivocando y luego no haya sufrimiento fetal. Y no sabré cómo pedirte perdón. Pero si creo que algo puede salir mal en tu parto, no hago esto y a ti o a tu bebé os pasa algo, no podría perdonármelo jamás. Por favor, entiéndeme tú a mí”.

¿Y yo? Si el equipo médico me dice que “podría” haber un riesgo para mi bebé o para mí, aunque solo sea del 1%, aunque luego el médico se equivoque, ¿podría yo vivir con el sentimiento de culpa si resulta que no se equivocaba?

Me pareció infinitamente más sencillo “perdonar” a mi gine por su posible “error” que perdonarme a mí misma si ocurría lo peor.
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Cuando tras casi dos días de tratar que el parto fuese vaginal, de discutir y discutir entre ellos, conmigo y con mi marido, se tomó la decisión de que fuera cesárea (otro sueño roto), mi ginecólogo se enfrentó a mis lágrimas y me dijo: “Tener expectativas de un parto natural es maravilloso. Pero no olvides que una cosa son las expectativas y otra ser consciente (y como médico deberías serlo) de que deberías estar abierta a cualquier posibilidad, porque te toca la realidad que te toca. La meta de la maternidad es tener un hijo vivo y lo más sano posible. Salga por donde salga. La maternidad no se ciñe al momento del parto; durará el resto de vuestras vidas. Muchas mujeres con tu tipo de parto murieron al dar a luz tras días de sufrimiento. Tú vives en una época y en un lugar en el que tienes la posibilidad de tener un parto diferente, pero seguro. Agradécela y disfruta lo más posible, porque la meta final será la misma. Y el premio es demasiado grande como para que no lo disfrutes solo porque las cosas no fueron de la manera rosa que tú deseabas”.
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Y cuando la lactancia materna se demostró imposible, mi marido me dijo: “llevas dos meses haciendo de la hora de la comida una pesadilla para ti, para el niño y para mí. ¿Qué vínculo sano ni qué narices se puede forjar si tú y él os la pasáis llorando y peleando cada 3 horas? Tú desearás dar el pecho, pero yo deseo ver a mi mujer y a mi hijo sanos, felices y relajados. Con biberón, afortunadamente, se criará sanísimo; que en otros tiempos y en otros países no han tenido este lujo. Lo de felices y relajados está en tu cabeza y en tus prioridades, que las tienes al revés. Ya te lo dijo el ginecólogo, tía: cambia esa cabeza porque nos estás amargando a todos. A tí, al niño y a mí. Y eso no es justo. Es más: me parece hasta egoísta. La lactancia es el medio. No hagas del medio un fin.”
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Es otra manera de verlo.
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Mis dos maternidades siguientes, por circunstancias varias, fueron similares. Pero con una gran diferencia. Que mis expectativas habían cambiado.

Que ya sabía que no podía dar por sentados los partos ni la lactancia. Pero que lo más importante no era cómo iban a nacer mis hijos ni cómo iban a comer. Era que si todo iba bien volvería a ser madre.

Los recuerdo mil veces mejores que el primero. Disfruté cada momento de mis partos y de sus tomas. Con inducción, con césarea y con biberón. Fui feliz, feliz, feliz.
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A lo mejor es verdad que el peor enemigo del parto y lactancia felices son las expectativas que las madres traemos y nos empeñamos en defender a capa y espada.
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Que lo natural es lo mejor está fuera de toda duda.

Que hay que tratar de humanizar los partos y de dejar a la naturaleza seguir sus ritmos está fuera de toda duda.

Que los sanitarios podemos y debemos mejorar nuestras formas es indiscutible.

Pero si no olvidamos que el fin último del parto es tener con nosotras a nuestro bebé sano y de la manera más segura posible, y no tanto el cómo… Y que el fin último de la lactancia es alimentar a nuestro bebé para que crezca sano y fuerte, y no tanto el tipo de lactancia… Y que hay que pelear por nuestros sueños mientras podamos; pero que la madurez consiste a veces en saber despedirse de los sueños para enfrentar la realidad con las mejores armas a nuestro alcance…seguramente seremos más capaces de vivir nuestra maternidad relajadas, tranquilas, sin culpa y felices.

Natural. Epidural. Vaginal. Espontáneo. Inducido. Instrumental. Cesárea. In vitro. Adopción. Pecho. Biberón. Como sea.

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No le demos al tipo de parto más importancia de la que realmente tiene. No le demos al tipo de lactancia más importancia de la que realmente tiene.

No hagamos de nuestras expectativas un mundo inamovible, ni hagamos del medio un fin. No nos quitemos a nosotras mismas la posibilidad de ser felices al máximo.

Lo más bonito de la maternidad es ser madre.
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Gracias a esos equipos que me ayudaron a ser madre 3 veces. Con la mejor de sus intenciones, el mayor de sus esfuerzos y con mucho cariño. A ellos les dedico este Día de la Madre.

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