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El último regalo

Tuve la ocasión de acompañar, en los días previos a su muerte,  a un paciente muy especial. Un coronel de Infantería duro y gruñón; cuya enfermedad pulmonar, insidiosa y silenciosa durante años, le atacó con fuerza de forma brusca e inesperada.

Fui testigo de su pelea por demostrar que se encontraba mejor de lo que estaba. De la creciente preocupación de los suyos al darse cuenta de que las cosas no iban bien.

De la valentía con la que se enfrentó al dolor y al miedo, a la llegada de la UVI móvil, al aluvión de mascarillas y tratamientos que intentaban mejorar su fatiga, al ingreso en Urgencias y después en la planta del hospital.

De la historia clínica detallada, con todo tipo de datos, fechas y explicaciones, que facilitó su mujer; pendiente del menor detalle que concernía a su marido.

Del empeoramiento progresivo en solo tres días; y de los informes médicos que destruyeron, implacables, las esperanzas de la familia.

De cómo fueron llegando los hijos, los nietos, el hermano,  algunos familiares desde diferentes puntos de España. Poco a poco. Discretamente. Sin darle motivo de sospecha. “Con la sola intención de acompañarle un rato”. “Ya que en Madrid es puente…”. “Ya que mañana no trabajo…”. “Ya que hace tanto que no nos vemos, qué mejor momento para visitarte que ahora, que estás aburrido en el hospital…”.

De que él, en el fondo, sabía.

De cómo la mujer repetía en el pasillo, entre lágrimas: “Fuimos tan felices estos 50 años…Me hizo tan feliz…Me quiso tanto…Le quiero tanto…Es toda mi vida…”.

De las crisis respiratorias. De la angustia del paciente por no querer que los suyos le vieran sufrir. De la angustia de los suyos por no poder soportar verle sufrir.

De las risas en los momentos de tregua. De los recuerdos compartidos. De los abrazos y besos. De los apretones de manos. De los agradecimientos. De tantas cosas que se dijeron y se adivinaron, se entendieron y se sintieron en esos tres escasos y eternos días.

De los difíciles últimos momentos, y de la dura decisión final que tomaron todos a una: “que no sufra ni un solo minuto más”.

De la espera interminable, en continua compañía. Siempre una mano sujetando la suya. Siempre un brazo tratando de confortar a la compañera que le despedía.

De tanto amor en aquella habitación.

De cómo su hermano pequeño sintió por un momento que su otro hermano ya difunto estaba allí; que había venido para acompañarle al otro lado.

Se llamaba Eugenio. Y me hizo uno de los mayores regalos que un médico de Familia como yo puede recibir. Compartir con su familia íntima el momento más trascendente de la vida de una persona. Su muerte.

“La buena muerte”, tal y como yo la entiendo. Una buena muerte que, por desgracia, no suelo tener el privilegio de presenciar en mi trabajo en la emergencia.

De todas las muertes de las que he sido testigo en estos quince años, la de Eugenio me quedará en el corazón como modelo de la muerte que yo desearía para mi y para los míos. Como ejemplo de valor y dignidad. Y como un inesperado y maravilloso regalo de amor que, en solo tres días, me ha valido por toda una vida.

Buen viaje, Coronel. Gracias.

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Desmayos SIN traumatismo: ¡¡¡TODOS AL SUELO!!!

(Este blog está dirigido a personas NO sanitarias. Pido disculpas si ciertas expresiones, descripciones o definiciones no son técnica o médicamente exactas. Pero la intención es facilitar a estas personas no sanitarias la comprensión de los conceptos).

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Cuando una persona se desmaya delante de nosotros, todos nos ponemos nerviosos. ¿Qué debemos hacer?

Hemos oído tantas indicaciones de todo tipo, (“¡¡¡No lo toquéis!!!  ¡¡¡Dejadlo como está, que podéis lesionarlo más!!!”. “¡No, hay que tumbarle en el suelo!”. “¡Hay que levantarle las piernas!”. “¡No, hay que ponerle de lado!”. “¡Echadle agua por la cara, a ver si se recupera!”), que cuando llega el momento real, nos bloqueamos.

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¿Le movemos o no le movemos? ¿Le dejamos sentado o le tumbamos? ¿Le dejamos boca abajo, le damos la vuelta o le ponemos de lado? ¿Le levantamos las piernas o mejor no?  ¿Le estaremos ayudando o le estaremos perjudicando?

Las instrucciones que nos dan desde el 112 a veces parecen liar más la cosa: unas veces nos dicen que no le toquemos, otras que le tumbemos, otras que le giremos…Y si hay varios testigos, cada uno explica su experiencia y las instrucciones que recibió. Y si son contradictorias, nos quedamos todavía más confusos.

Así que la mayoría de las veces optamos por dejar a la persona como está. Llamamos al 112 y pedimos ayuda. “Y cuando lleguen los sanitarios, que lo movilicen ellos, que son los que saben lo que deben hacer”.

Esta decisión, en principio, parece la más sensata. Y la mayoría de las veces, afortunadamente, no pasará nada por dejar a la persona como está.

Pero con solo tener claras 4 cosas básicas, la actuación de los testigos en los primeros minutos, mientras los servicios sanitarios están de camino, puede suponer la diferencia entre solucionar el desmayo rápidamente o dejar que dure mucho más tiempo.

Y, a veces, puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte del paciente. O, al menos, puede suponer minimizar los riesgos para ese paciente durante la espera.

Así que en este blog voy a intentar simplificar al máximo lo que hay que hacer ante un “desmayo” o “síncope”o “paciente inconsciente”. Para que, si presenciáis un desmayo, tengáis claros los conceptos más importantes y perdáis el miedo a actuar.

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TRAUMATISMO DE ALTO IMPACTO:  ¡¡¡ NO MOVER AL PACIENTE !!!

Da igual si la persona ha sufrido el accidente y como consecuencia del mismo se ha quedado inconsciente, o si la persona primero se ha desmayado y ese desmayo ha provocado el accidente.

Da igual si la persona ha sufrido un síncope breve y ya se está despertando o si, pasados varios minutos, continúa inconsciente.

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Si existe riesgo de lesión del cuello o de la espalda, desde el Centro Coordinador os dirán que los testigos NO DEBEN MOVER AL PACIENTE si no son expertos en movilización / inmovilización.

Y, en caso de ser necesario moverlo (por riesgo vital), el Centro Cordinador os dará instrucciones de cómo hacerlo con los mínimos riesgos posibles.

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SI NO HAY TRAUMATISMO DE ALTO IMPACTO…  SE PUEDE Y SE DEBE MOVER AL PACIENTE

Cuando una persona se desmaya y CAE AL SUELO DESDE SU PROPIA ALTURA O DESDE UNA SILLA O CAMA (es decir, NO sufre un traumatismo de alto impacto), el riesgo de que haya sufrido una LESIÓN MEDULAR es mínimo. Tiene que tratarse de un paciente con enfermedades previas que predispongan a ello.

Puede que se dé un fuerte golpe en la cabeza. Puede que se haga un buen moratón, o una herida que sangre. En infrecuentes pero desafortunados casos extremos (pacientes que están tomando Sintrom, por ejemplo), hasta puede sufrir una hemorragia cerebral.

Pero nada de esto supone un riesgo para su columna vertebral. Y el miedo a mover a un paciente traumatizado no es por su cerebro, sino por su COLUMNA VERTEBRAL Y SU MÉDULA. Como en los desmayos SIN traumatismo de alto impacto este riesgo es casi nulo, SE PUEDE Y SE DEBE MOVER AL PACIENTE.

Se le puede tumbar, se le puede girar boca arriba, se le puede poner en Posición Lateral de Seguridad, y todo aquello que nos indiquen desde el 112 que debemos hacer.

(Esta entrada habla de los desmayos “simples”, no relacionados ni previa ni posteriormente con UN TRAUMATISMO DE ALTO IMPACTO (accidentes de coche, moto, bicicleta, etc; caídas por las escaleras; caídas de altura). La inconsciencia relacionada con un traumatismo de alto impacto se explicará en otro post).

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HAY QUE ENTENDER QUÉ ESTÁ PASANDO  PARA SABER CÓMO PODEMOS AYUDAR

La mayoría de los “desmayos” que presenciaremos no son graves. Son “síncopes” o “lipotimias” de corta duración.

Pero no todas las pérdidas de conocimiento son simples “síncopes”. Cuando una persona se queda inconsciente delante de nosotros, puede estar sufriendo sólo un “desmayo”… o algo más serio. Y esto último es lo que tenemos que saber distinguir.

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Una forma sencilla de clasificar los desmayos es la siguiente:

A- Desmayos de corta duración

B- Desmayos de larga duración

C- Parada cardiorrespiratoria

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A- DESMAYOS DE CORTA DURACIÓN:                           SÍNCOPES PROPIAMENTE DICHOS

Técnicamente, un SÍNCOPE es una pérdida del nivel de conciencia y del tono postural BRUSCA, BREVE y de RECUPERACIÓN ESPONTÁNEA COMPLETA.

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El cerebro se “desconecta” de golpe, los músculos se quedan sin fuerza, y la persona se caerá al suelo si nada ni nadie (testigos, pared o mobiliario) lo evita.

Puede ser muy alarmante y angustioso para quien lo presencia. Pero en cuestión de segundos, o en un par de minutos, la persona RECUPERARÁ EL CONOCIMIENTO Y NO LE QUEDARÁ NINGUNA SECUELA.

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Afortunadamente SON LOS DESMAYOS MÁS FRECUENTES. A todos nos suenan la mayoría de las causas de un síncope: el dolor, el calor excesivo, una comida demasiado abundante, la fiebre, la menstruación, estar demasiado tiempo de pie, hacer ejercicio después de comer, ver sangre, recibir una fuerte impresión…

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La mayoría de estos síncopes son debidos a una bajada brusca de tensión o de la frecuencia cardíaca.

Cuando estamos de pie o sentados, nuestra cabeza queda más alta que nuestro corazón. Para que la sangre pueda “subir” desde el corazón al cerebro, el corazón necesita “empujarla” con una presión suficiente y a una velocidad suficiente.

que-es-un-accidente-cerebrovascular-ictus-o-ataque-cerebral-56a299d85f9b58b7d0cc8f73Cuando sufrimos bruscamente una bajada de tensión o de frecuencia cardíaca, la sangre no puede llegar desde el corazón al cerebro tan fácilmente.

Y en cuanto el cerebro, que es muy sensible, nota que “no le llega bien la sangre”, no puede funcionar bien. “Se apaga”. Y la persona se desmaya.

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Si la persona estaba de pie, seguramente caerá al suelo. Y, salvo que en la caída se lesione, esta suele ser la solución más rápida para el problema (¡el cuerpo es sabio!).

que-es-un-accidente-cerebrovascular-ictus-o-ataque-cerebral-56a299d85f9b58b7d0cc8f73.jpgPorque en cuanto la persona cae al suelo “todo lo larga que es”, la cabeza y el corazón quedan a la misma altura. Entonces a la sangre no le cuesta tanto llegar desde el corazón a la cabeza, a pesar de la tensión o de la frecuencia cardíaca bajas. Y cuando el cerebro “se rellena” de sangre de nuevo, “se enciende” de nuevo. Se pone de nuevo a funcionar. Y, entre otras cosas, se pone a regular rápidamente ese “desajuste” de tensión y frecuencia que ha llevado al desmayo.

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A veces la persona nota que se está mareando, que “está a punto de desmayarse”, pero lipotimia2no llega a perder el conocimiento. A esta situación se la conoce como “PRE-SÍNCOPE“.  Si esa persona logra poner la cabeza más baja que el corazón, bien tumbándose o bien sentándose y bajando la cabeza entre las piernas, la sangre llegará más fácilmente al cerebro y seguramente no llegará a perder el conocimiento.

Pero a veces no da tiempo a hacer esto, y la persona se desmaya. O esta maniobra no es eficaz, y la persona termina desmayándose.

Entonces lo más efectivo es TUMBAR A ESA PERSONA.

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Una vez tumbada la persona, el desmayo “corto” se soluciona en menos de 5 minutos.

La persona enseguida abrirá los ojos y comenzará a reaccionar poco a poco.

Puede que le duela la cabeza; puede que siga mareada y con la tensión baja; puede que necesite estar tumbada más tiempo, o beber agua. Puede que tenga que ser vista por un médico por precaución. Puede que hasta necesite ser trasladada a un centro sanitario. Pero YA NO ESTARÁ INCONSCIENTE.

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Pero si la persona estaba sentada, o al desmayarse queda medio sentada, su cabeza seguirá estando más alta que su corazón. Su cerebro seguirá recibiendo “poca sangre”, y seguirá “apagado”. Y no podrá ponerse a trabajar para arreglar el “desajuste”, con lo que la persona seguirá desmayada durante mucho tiempo.

Un desmayo que se hubiera solucionado en pocos minutos al tumbar a la persona termina durando más de 10 minutos, con el susto, la angustia y el mal rato consiguientes para los testigos. Y con un despertar “mucho peor” para el paciente, ya que su cerebro estará más “enfadado” al haber pasado tanto tiempo recibiendo poca sangre.

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Por eso, lo más correcto ante una persona que pierde el conocimiento es TUMBARLA EN EL SUELO ENSEGUIDA.

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B- “DESMAYOS” DE LARGA DURACIÓN:                         ALGUNA RAZÓN IMPIDE A LA PERSONA DESPERTAR

Estos “desmayos” suelen durar más de 5 o 10 minutos. A veces aún más tiempo. Y en ocasiones el paciente no recuperará el conocimiento hasta que no reciba la ayuda sanitaria adecuada.

Aquí ya no hablamos de “síncope” o “desmayo”, sino de paciente INCONSCIENTE.

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Ejemplos de inconsciencias más prolongadas:

-las causadas por problemas en órganos importantes: corazón (arritmias, cardiopatías varias), cerebro (infartos, hemorragias, traumatismos importantes), hígado (“encefalopatía hepática”), riñón (pacientes en diálisis)…

-las causadas por la medicación que esté tomando la persona para alguna enfermedad.

-las secundarias a convulsiones (en pacientes epilépticos, en niños con convulsiones febriles o en pacientes con alguna lesión cerebral).

El cerebro, tras una convulsión, se queda “descargado”. El paciente puede estar inconsciente (“post-crítico”) entre 5 y 30 minutos, o incluso más tiempo.

-las causadas por problemas de “azúcar” en pacientes diabéticos (sobre todo con las bajadas o”hipoglucemias”; y alguna vez por las subidas o “hiperglucemias”).

Un cerebro que no recibe glucosa se queda “sin energía”. Un paciente con una hipoglucemia severa no despertará hasta que no reciba “azúcar” (glucosa) directamente por la vena.

-La inconsciencia debida a un sangrado abundante.

-Las relacionadas con infecciones severas (sepsis, meningitis…)

-las relacionadas con exceso de alcohol o drogas (la persona seguirá inconsciente hasta que su organismo pueda “depurarse”).

…etc.

La mayoría de estos desmayos “largos” precisarán asistencia sanitaria y/o traslado a un centro sanitario. Médico, ambulancia, UVI móvil…el recurso a enviar dependerá en gran  parte de la sospecha diagnóstica a la que el Centro Coordinador llegue a partir de las explicaciones de los alertantes. Es necesario llamar al 112.

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En estos casos, mientras se espera por la ayuda sanitaria,  lo más correcto también será TUMBAR AL PACIENTE, porque:

-Su cerebro no tiene suficiente energía; y en muchos casos (problemas de corazón, sangrados, infartos…) tampoco recibe suficiente sangre. Si la cabeza está más alta que el corazón, la sangre tendrá todavía más dificultad en llegar al cerebro. Esto será un problema para el cerebro añadido al problema de origen.

-El cuerpo del paciente estará más cómodo tumbado que medio sentado o “retorcido” con la cabeza caída de cualquier manera durante largo rato.

-Una persona inconsciente y sentada puede irse resbalando poco a poco hasta terminar cayendo al suelo. Y en la caída puede darse un golpe en la cabeza o hacerse daño en la espalda, brazos o piernas. 


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Y una vez tumbado, si no despierta enseguida, mientras llega la ayuda lo más correcto será colocar a esa persona en POSICIÓN LATERAL DE SEGURIDAD (PLS).

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Porque va a tardar mucho tiempo en despertar. Y si le dejamos boca arriba, por mucho que le levantemos las piernas, SU LENGUA CAERÁ HACIA ATRÁS antes o después, tapando su vía aérea y molestándole para respirar. Roncará cada vez más, o incluso dejará de respirar por culpa de su propia lengua.

Y puede VOMITAR (cosa que ocurre frecuentemente, por ejemplo, en los derrames cerebrales). Pero no podrá despertarse ni moverse; si está boca arriba “se tragará” su vómito y hasta puede atragantarse con él (broncoaspiración).

LA POSICIÓN LATERAL DE SEGURIDAD PROTEGE DE TODO ESTO.

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C- PARADA CARDIORRESPIRATORIA

La muerte súbita es el cese brusco de los latidos del corazón, por la causa que sea (una arritmia o un infarto son las causas más frecuentes).

En cuanto el corazón se detiene, deja de bombear sangre. El cerebro deja de recibir sangre. E inmediatamente “se apaga”. La persona se desploma en el suelo. Hasta aquí puede parecer que ha sufrido un simple “desmayo”.

Pero esa persona PIERDE TODOS LOS SIGNOS DE VIDA. DEJA DE REACCIONAR. DEJA DE RESPIRAR.

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Puede que enseguida nos demos cuenta de que CLARAMENTE no está respirando.

O puede que, de entrada, haga movimientos con el cuerpo parecidos a pequeñas convulsiones; o movimientos con la boca parecidos a “boqueadas de pez” (respiraciones agónicas). Estos movimientos agónicos, llamados GASPING, son los últimos intentos del cuerpo de respirar y de reaccionar cuando ya es imposible.  Anuncian una parada cardíaca inminente.

Y lo único que los testigos PUEDEN Y DEBEN HACER ante una parada cardíaca es SER SU CORAZÓN CON SUS PROPIAS MANOS hasta que llegue la ayuda: empezar inmediatamente a hacer REANIMACIÓN CARDIOPULMONAR (RCP), al menos con COMPRESIONES TORÁCICAS (“masaje al corazón”).

Y LA ÚNICA MANERA DE REALIZAR UNA RCP CORRECTA ES TUMBANDO AL PACIENTE BOCA ARRIBA SOBRE UNA SUPERFICIE DURA.

Así que, ante la sospecha de que la persona inconsciente pueda haber dejado de respirar, si no ha caído al suelo hay que TUMBARLA INMEDIATAMENTE. Y si continúa sin respirar, llamar al 112, avisar de que puede tratarse de una PARADA CARDIORRESPIRATORIA para que manden la ayuda cuanto antes, y comenzar RCP hasta que esa ayuda llegue.

 

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¡Y YO QUÉ SÉ LA CAUSA, NI CUÁNTO VA A DURAR!

¿YO QUÉ HAGO CON ESTA PERSONA QUE ACABA DE PERDER EL CONOCIMIENTO DELANTE DE MI?

Tranquilos. Ante la duda, llamar al 112 (o al 061, según la comunidad).

Desde el Centro Coordinador os iremos dando instrucciones para que juntos sigamos el PROTOCOLO INDICADO ANTE TODO PACIENTE INCONSCIENTE:

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1-Acercarse, llamarle, moverle.

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Si es capaz de responder y de obedecer órdenes, o sufrió un “pre-síncope” (un “casi-desmayo” sin llegar a perder el conocimiento por completo) o sufrió un síncope muy breve.

No tendréis que hacer gran cosa: preguntarle qué le ocurre, cómo se siente, colocarle en la postura más cómoda para él, tumbarle o bajarle la cabeza si aún siente que se va a desmayar, acompañarle a casa o avisar a un familiar, llamar al 112 y esperar junto a él a que una ambulancia lo traslade a un centro sanitario si no termina de recuperarse…

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Pero podéis esperar a que llegue la ayuda permitiendo al paciente moverse y ponerse cómodo,sin hacer nada más que vigilarle en todo momento, por si acaso.

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2-Si el paciente no responde, es que continúa inconsciente.

En este momento LLAMAD AL 112 (si no habíais llamado antes).

Y por favor, CONTESTAD A TODAS SUS PREGUNTAS y TRATAD DE CUMPLIR LAS INSTRUCCIONES QUE OS DEN.

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Porque esas preguntas irán orientadas a TRES cosas:

-saber si antes, durante o después del síncope, la persona ha sufrido un TRAUMATISMO DE ALTO IMPACTO (un accidente de coche, una caída de altura o por las escaleras, un fuerte impacto de un objeto).

SABER SI RESPIRA O NO RESPIRA

-tratar de deducir la CAUSA de la inconsciencia, para intentar predecir la DURACIÓN y la posible GRAVEDAD.

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Según la causa más probable, se activará uno u otro recurso: el equipo médico más próximo, la ambulancia más cercana, ambos, la UVI móvil, etc. Que el recurso enviado sea el más adecuado dependerá sobre todo de la colaboración de los alertantes ante las preguntas del Centro Coordinador.

Por eso, mientra llega la ayuda, os harán MIL PREGUNTAS sobre los antecedentes de la persona, la medicación que toma, los síntomas que notó antes de desmayarse, si continúa desmayado o ya empieza a recuperarse mientras habláis…

¡¡¡POR FAVOR, TRATAD DE RESPONDERLAS TODAS CON LA MAYOR PACIENCIA POSIBLE!!!

Y desde el Centro Coordinador van a insistir siempre en lo mismo:

“¿EL PACIENTE ESTÁ SENTADO O TUMBADO?  SI HA PERDIDO EL CONOCIMIENTO SIN TRAUMATISMO FUERTE, ¡¡¡AL SUELO CON ÉL !!!”

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a- ¿SI ES UN DESMAYO BREVE O SIN IMPORTANCIA?

En el momento en que tumbáis a la persona (o si “por fortuna” se cae), el cerebro se pone a la misma altura del corazón. El cerebro volverá a recibir sangre, “se volverá a encender”, hará los reajustes necesarios de tensión y de frecuencia cardíaca, y la persona despertará en menos de 5 minutos. Normalmente en menos de 1 minuto.

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¿Le levantamos las piernas? ¿Le ponemos de lado?

Pues en el fondo da igual. Si se trata de un síncope benigno y breve, en cuanto le tumbéis en el suelo el paciente empezará a recuperarse. Entre que os acercáis, le preguntáis, valoráis la situación, decidís si llamamos al 112…casi no os dará tiempo para decidir si le levantáis las piernas o le ponéis de lado cuando ya estará abriendo los ojos.

Si os da tiempo a hacer algo, o si cuando despierta aún está mareado, o si se vuelve a desmayar en cuanto trata de levantarse, levantarle las piernas suele ser muy efectivo, y suficiente para ayudarle a recuperarse. Con ello la sangre baja rápidamente de las piernas al corazón, y de ahí al cerebro.

Pero si el paciente no termina de recuperarse, o tiene náuseas y existe el riesgo de que vomite, es más seguro ponerle de lado: en POSICIÓN LATERAL DE SEGURIDAD. Así lograremos que la lengua no termine cayendo hacia atrás (tapando la vía respiratoria) y que, si vomita, no se atragante con su vómito.

Así que si de entrada le colocáis en PLS, no os equivocaréis.

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¿Y si cayó boca abajo?

Si veis que respira claramente, podeis dejarlo como está. No es mala postura: su lengua no le impedirá respirar, si vomita no se atragantará con su vómito…

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Lo único malo que tiene esta postura es que os costará más saber si sigue o no respirando. Y si tenéis la mínima duda de que no esté respirando con normalidad, tenéis que ponerle boca arriba y valorarlo bien.

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¿Le echamos agua por la cara?

Aunque es un método “tradicional”  para hacer salir a una persona del desmayo, no se recomienda hacer esto. El agua brusca, y más si está fría, puede provocar sobresaltos e incluso arritmias. Y aunque no suele pasar nada, el disconfort, el frío, la ropa mojada…no ayudan a que el paciente se recupere de la mejor de las maneras. Es preferible tumbar a la persona y darle tiempo a que su cerebro se recupere poco a poco, sin más medidas “bruscas”.

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b- ¿SI SABEMOS QUE TIENE UNA ENFERMEDAD QUE PUEDE PROVOCAR UNA INCONSCIENCIA PROLONGADA?

Con más razón todavía lo tumbaréis. Porque quizá el paciente no va a despertarse durante muchos minutos; tal vez horas o incluso días.

Y si queda incorporado, el cerebro todavía recibirá menos riego. Y sufrirá más.

Y además puede terminar cayendo al suelo y haciéndose una lesión añadida.

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Además, al prever una inconsciencia larga, estará más indicado ponerle en POSICIÓN LATERAL DE SEGURIDAD (o la lengua, antes o despúes, le molestará para respirar).

Así que la orden telefónica será: “TÚMBENLO EN EL SUELO. ASEGÚRENSE DE QUE ESTÁ RESPIRANDO. Si no despierta en poco tiempo, o si ven que intenta vomitar, pónganlo en POSICIÓN LATERAL DE SEGURIDAD.

Y NO DEJEN DE VIGILAR SU RESPIRACIÓN EN NINGÚN MOMENTO HASTA QUE LLEGUE LA AYUDA”

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(Si cayó boca abajo, podemos hacer lo mismo que ya he dicho en el apartado anterior)

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c-¿SI NOS PARECE QUE NO RESPIRA, O TENEMOS DUDAS SOBRE SI RESPIRA O NO?

El orden más correcto será:

1º-poner a la persona EN EL SUELO BOCA ARRIBA  y buscar atentamente una respiración eficaz (VER, OÍR, SENTIR) durante unos 10 segundos.

“RESPIRAR EFICAZMENTE” significa elevar el pecho y el abdomen más o menos rítmica y continuamente al menos 10 veces por minuto.

Todo lo que no sea esto se interpretará como que ese paciente NO RESPIRA (por si lo que estamos presenciando es el GASPING).

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2º-si nos parece que NO respira, asegurarnos con la MANIOBRA FRENTE-MENTÓN.

Así abrimos su vía aérea y movemos su lengua. A veces los pacientes “arrancan” a respirar solo con esta maniobra. ¡¡Pero recordad que deberá ser una respiración claramente eficaz!!

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3º-si tras hacer la maniobra frente-mentón nos sigue pareciendo que NO respira claramente, actuaremos bajo la sospecha de que estamos ante una PARADA CARDIORRESPIRATORIA.

La orden del Centro Coordinador será: “SI LES PARECE QUE NO RESPIRA, O QUE NO RESPIRA DE UN MODO EFICAZ, TÚMBENLO EN EL SUELO BOCA ARRIBA Y COMIENCEN A REALIZAR COMPRESIONES TORÁCICAS EN EL CENTRO DE SU PECHO SIN PARAR HASTA QUE LLEGUE LA AYUDA.”

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(Hablaré con más detalle de la RCP en otros posts)


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Por eso la orden que, invariable e insistentemente recibirán desde el 112 será: “Sea cual sea la causa del desmayo, SI EL PACIENTE NO ESTÁ TUMBADO, TÚMBENLO INMEDIATAMENTE. En la cama, en un sofá, a lo largo del banco de la sidrería o de la iglesia, o ¡¡¡mejor todavía!!!, EN EL SUELO. Y COMPRUEBEN QUE SIGUE RESPIRANDO.

Y aquí vienen los peros y los problemas.

-Tenemos aquí a un hombre desmayado, blanco blanco, como muerto. No reacciona, si le soltamos se cae.

-Lo primero de todo y antes de seguir preguntando, por favor: túmbenlo en el suelo.

-¿¿¿En el suelo???

-Sí, en el suelo. Si está usted solo con él y no puede, pues nada, qué se le va a hacer; pero si hay más gente, que por favor le ayuden a tumbarle en el suelo.

-¿Cómo le vamos a tumbar en el suelo? ¡Si esto es una carnicería, una tienda, un bar, una iglesia! ¡Si el suelo está frío, es incómodo, está sucio! ¡Si la persona es muy mayor!

-Lo sé, señor, parece extraño, pero es que la persona no va a recuperar el conocimiento hasta que no le tumben…Y si le tumban verán cómo seguramente despierta enseguida.

-No, no, ustedes vengan cuanto antes, que aquí no le podemos tumbar…Que es mayor, que va a coger frío, que estará incómodo…

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Es así como, a pesar de la orden “llévenlo al suelo”, nos hemos encontrado cosas como las que siguen (DESCRIBO CASOS REALES):

-Un señor, que se desmayó comiendo, sentado a la mesa con la cabeza metida en el plato de sopa (con el consiguiente riesgo de asfixia).

-Una señora desmayada en el WC con 3 o 4 miembros de la familia sujetándola fuertemente para que permaneciera sentada y no cayera al suelo.

-Un hombre mayor que se desmayó en una sidrería. A pesar de los intentos de los comensales de mantenerlo sentado, se les acabó escurriendo y cayendo de la silla. Recuperó el conocimiento en pocos minutos; pero a consecuencia del golpe se rompió la cadera.

-Una señora desmayada en misa, sujeta por otras dos mujeres para que no se cayera del banco, y abanicada por el párroco. Estuvo desmayada los 10 minutos o así que tardamos en llegar.

-Un señor que se desmayaba continuamente, y entre desmayo y desmayo suplicaba que le dejasen en el suelo, porque cada vez que lo incorporaban se volvía a desmayar y se daba un golpe en la cabeza.

-Una señora en el cementerio desmayada sobre una tumba; que, al haber quedado semiincorporada, no recuperó el conocimiento hasta que llegamos (tardamos unos 15 minutos), con la consiguiente angustia del resto de familiares.

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Sé con certeza que en todos esos casos los alertantes recibieron la orden de tumbar a la persona en el suelo. No se vieron capaces de hacerlo, o no les pareció apropiado. En todos los casos estaban angustiadísimos por la falta de respuesta de su familiar. Y en todos los casos las personas recuperaron el conocimiento a los pocos segundos de tumbarlos; y fueron capaces de hablar y responder con normalidad antes de pasados 5 minutos. 

También me ocurre TODOS LOS DÍAS trabajando en el centro coordinador del 112. Siempre doy la misma orden telefónica: “lo primero, túmbenlo en el suelo”.  Y cuando llegan los sanitarios, solo el 30% de los alertantes han obedecido la orden.

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Evidentemente, si estamos solos con el paciente y no podemos con él, no lo “tiraremos” ni lo “dejaremos caer” de cualquier manera, porque le haríamos más daño. Si no logramos encontrar a nadie que nos ayude a llevarlo al suelo, lo dejaremos sentado; pero intentemos recordar que seguramente estará mucho tiempo desmayado, para que no perdamos los nervios.

Pero si hay más personas que nos puedan ayudar a tumbarlo, esa es sin duda ninguna la mejor opción. En un banco, en una cama, en un sofá o en el mismísimo suelo.

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Si la persona está sufriendo un problema serio, la angustia de los alertantes no será mayor ni menor tras tumbarle. Pero sí existe el riesgo de que, además, esa persona se caiga y se lesione. O de que respire con mucha más dificultad.

Si el síncope es benigno, la persona no va a ponerse más grave por estar incorporada. Simplemente el síncope durará mucho más tiempo, con la consiguiente angustia de los testigos. Y existe el riesgo de que la persona se termine cayendo, con el consiguiente riesgo de lesión. Además, cuanto más tarde en despertar más “machacada” se sentirá.

Y saber esto y no ser capaz de hacérselo entender a los alertantes es desesperante. Sabemos que están sufriendo, sabemos cómo puede terminar antes la angustia, pero no logramos que nos hagan caso.

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Así que, por favor, por el bien de todos (de paciente y de testigos), EN RESUMEN:  de entrada…

…¡¡¡¡¡AL SUELO CON TODO AQUEL QUE SE DESMAYE!!!!!

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Un abrazo en un difícil Día de la Madre

20170507_100732-1-1Hoy es el Día de la Madre. Y a mí, como a tantas otras madres, me toca pasarlo lejos de mis hijos. En mi caso, trabajando 24 largas horas en la UVI móvil.

Pero este Día de la Madre lo estoy pasando y lo pasaré junto a varias madres. Ninguna de ellas tendrá un día lo que se dice “muy feliz”. Así que quiero mandarles un fuerte abrazo a todas ellas.

A mi madre, que hoy está lejos, en otra ciudad, acordándose de su hija y de sus nietos.

A todas las madres trabajadoras con las que hoy compartiré guardia. Mi compañera enfermera. Las madres médicos, enfermeras, TES, operadoras telefónicas del 112 y del SAMU, farmacéuticas, auxiliares, celadoras, técnicas de hospital, personal de limpieza y tantas otras que pasarán este día trabajando en la sanidad para ayudar y cuidar a muchas otras madres y sus familias.

A todas las madres trabajadoras con las que me cruzaré al paso de mi ambulancia: las de las cafeterías, pastelerías y kioscos, las de las tiendas de 24 horas, las de las residencias y centros de acogida, las policías, las taxistas, las camareras…un sinfín de madres en un sinfín de lugares, en ninguno de los cuales sus hijos estarán a su lado.

A todas las madres que hoy tendrán que llamar al 112 con el corazón en un puño porque uno de los suyos acaba de sufrir una urgencia o emergencia.

A todas las madres que hoy estarán en una UVI móvil, en Urgencias o en una planta de hospital acompañando a un ser querido. Y especialmente a las que estarán junto a sus hijos enfermos, dándoles la mano con una sonrisa, tragándose las lágrimas y el miedo para que ellos no sean conscientes de su angustia. Ellas representan hoy la esencia de la MADRE. Espero que termine siendo un Día de la Madre suficientemente feliz para ellas.

A todas las pacientes madres que hoy serán, además, pacientes sanitarias. Ojalá que puedan tener a su lado a sus hijos, o al menos, una mano amiga y cariñosa cerca. A mis pacientes de la edad de mi madre les prometo que les daré un abrazo con cariño de hija que espero que les alegre un poquito el día.

A todas la madres que hoy tendrán a sus hijos lejos por cualquier motivo. 

A todas la madres que tienen a sus hijos esperándolas al otro lado. La abuela de una de mis amigas, que había perdido un hijo, nos contaba de pequeñas que las almas que vivían en el Cielo tenían tres días de permiso al año para volver a la tierra. Y que las almas de los hijos solían elegir la Navidad, el día de su cumpleaños y el Día de la Madre para regresar y fundirse con ellas en su corazón. Ojalá estas madres sientan hoy a sus hijos muy, muy cerca de ellas y se sepan amadas, acompañadas y reconfortadas.

En mis ratitos libres voy a aprovechar para leer mi nuevo libro, regalo del Día de la Madre: “Eres una madre maravillosa”, de la pediatra Lucía Galán, @Luciamipediatra. 

Un abrazo para todas esas madres maravillosas que hoy me acompañarán en un difícil Día de la Madre, para mí azul de ambulancia y de añoranza.

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“Murió por mi culpa, porque no supe qué hacer…”

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Por desgracia son varias las personas que me han hecho este comentario en los años que llevo dando cursos de RCP básica y desfibrilación, y talleres de emergencias por los coles.

La mayoría de estas personas han recibido el curso o taller muy nerviosas ante la descripción de la muerte súbita; atentísimas pero sin atreverse casi a realizar las prácticas. Y al terminar, cuando el resto de alumnos se iban marchando, se me han acercado y con lágrimas en los ojos me han dicho esa angustiada frase.

 

-Mi madre se desplomó delante de mi. Si hubiera sabido que le estaba pasando eso, si hubiera sabido qué hacer, tal vez no habría muerto. Pero no supe qué hacer, no hice nada, y cuando llegaron los médicos ya no hubo nada que hacer…

-Estábamos durmiendo y mi marido empezó a hacer ruidos muy extraños con la garganta. Le miré y vi que algo pasaba. Llamé al 112 y me dijeron que empezara RCP mientras llegaba la ayuda, pero yo no sabía. Hice lo que pude, pero no sabía hacerlo. Siempre me quedará la duda de si se habría salvado de haber sabido qué hacer…

-Yo era el entrenador del chaval que murió en el partido de fútbol. Se desmayó, vi que parecía tener convulsiones, que respiraba de una forma extraña. Pero no supe identificar que se le estaba parando el corazón. Si hubiera sabido lo que es el gasping, si hubiera empezado antes la RCP…tal vez…

-Yo fui quien llamé al 112 porque un hombre se estaba atragantado, con los nervios sólo les dije que mandaran ya la ambulancia, y colgué…si hubiera sabido para qué eran las preguntas, si hubiese esperado a que me dieran instrucciones…a lo mejor…

 

“A lo mejor”. “Tal vez”. Son frases que nunca dejarán curar la herida.

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Cuando ocurre esto, siento que los cursos y talleres, en lugar de enseñar unas maniobras que pueden salvar vidas, se convierten en una acusación velada, en la prueba que confirma que “murió porque yo no supe actuar”.

Esta sensación es horrible. Es la emoción más destructiva que se puede sufrir y que, como sanitario o “profesor”, se puede percibir.

 

Es una situación muy dura para esa persona. El sentimiento de culpa que arrastra, a veces desde hace muchos años, es atroz.

Es tremendamente injusto que una persona, que tuvo la mala suerte de ser el testigo de una muerte súbita, y que trató de sobreponerse al terror y hacer lo que buenamente pudo, encima tenga que vivir ahogado por este sentimiento de culpa.

Y además de injusto, no es verdad.

 

culpables“Culpable”, según la RAE, es “aquella persona que, sabiendo que con su acto u omisión va a causar sin género de dudas daño o perjuicio a otra persona, y estando en su mano el evitarlo, lo causa de todos modos con premeditación y deseo de dañar”.

 

Nada más lejos de lo que desea el testigo de una emergencia.

 

TODAS las personas que presencian un accidente, un desmayo, una crisis, una muerte súbita, y se acercan al paciente con intención de ayudar, tienen un mérito enorme. Tienen el valor de vencer sus reparos, sus temores, sus bloqueos, y tratar de hacer algo para ayudar.

TODOS sin excepción tratan de hacer lo que creen de buena fe que puede ayudar más. Sea llamar al 112, o llamar primero a un familiar en cuyos consejos confía; sea intentar sacar del lugar a la persona como pueda; sea intentar que respire, que no se trague la lengua o que no se la muerda; sea un intento de RCP “como Dios le da a entender”; sea esperar a los sanitarios para no empeorar más la situación…

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Personalmente, yo nunca, jamás, tendré para esos testigos otro sentimiento que gratitud y admiración.

Gratitud porque quien hizo algo así por un desconocido, seguramente lo habría hecho por mí o por mis hijos en la misma situación.

Admiración porque la mayoría de las veces dichos testigos son padres, hijos, hermanos, novios, amigos del paciente. Y no todo el mundo podría romper el bloqueo que el terror provoca. Ni siquiera los sanitarios.

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A cuántos sanitarios he visto perder los papeles y el sentido común cuando era su familiar quien sufría la emergencia.

He visto a un intensivista aterrado al confundir la gastroenteritis de su hijo con una meningitis. A una médico de urgencias que no sabía distinguir si su hermano había sufrido un simple desmayo o “algo grave”. A una pediatra preguntarme la dosis de Dalsy que debía dar a su hijo, porque con su hijo dudaba de todo. A un enfermero que no podía coger la vía a su padre porque las manos no dejaban de temblarle. A otra enfermera llorando ante su tío fallecido, incapaz de colaborar en la RCP. A un médico negarse a comprar un desfibrilador porque “sería incapaz de usarlo con su hija cardiópata”. Y podría llenar hojas…

Cuando mi hija, entonces bebé, se pilló un dedo con la puerta, corrí al hospital sin biberón, sin pañales, sin cartilla y creo que hasta sin abrocharme el cinturón. Cuando entré corriendo en urgencias, el celador tuvo que hacerme entrar en razón. “¡Pero que sólo es un dedo! ¡ Vaya médico de UVI móvil de mis narices!” . “¡Ya, pero es mi hija! ¡MI HIJA!”.

Y ese “MI” lo cambia todo.

 

¿Cómo podría nadie juzgar? Me apuesto todo el dinero que pueda ganar en mi vida a que el mayor especialista en muerte súbita del mundo, puesto en esa tesitura, se quedaría completamente en blanco.

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En los cursos y talleres enseñamos a distinguir un simple desmayo de una muerte súbita. A distinguir el gasping o respiración agónica de una respiración efectiva. A hacer la llamada más precisa y colaboradora posible al 112. A hacer PLS, RCP o Heimlich de la forma más correcta. Tratamos de convencer de que un desfibrilador salva vidas; de enseñar a usarlo y de quitar el miedo a poder hacer aún más daño al paciente.

Estos conocimientos pueden salvar vidas. Cuanto mejor los conozcamos, más correctamente podremos ayudar. Por eso deben aprenderse. Y deben aprenderse “en frío”. No en el momento de la emergencia. Esto es indiscutible; no puedo evitar remarcarlo en cada curso.

 

Pero quien no supo hacerlo en su momento no es culpable de nada.

Y se me ocurren al menos 4 argumentos para defender esta sentencia.

 

El primero y principal: CUANDO UNA PERSONA MUERE, LA CULPA LA TIENE LA ENFERMEDAD QUE LO HA MATADO O LA FATALIDAD QUE HA CAUSADO EL ACCIDENTE.

No la tienen los testigos que tratan de ayudar, lo hagan mejor o lo hagan peor. No la tiene el 112 que debe gestionar escasísimos recursos. No la tienen los sanitarios que llegan “tarde”.

Y, ateniéndonos a la verdadera definición de “culpa”, no la tienen los padres que “pasan” una alteración genética o una enfermedad a su hijo sin ser conscientes de ello ni haber podido evitarlo de ningún modo. No la tienen los familiares del paciente que se suicida vencido por una terrible enfermedad llamada depresión. Ni los familiares del paciente que fallece debido a otra terrible enfermedad llamada “adicción” o “dependencia”. No la tiene el conductor que no pudo evitar el accidente o el atropello.

 

El segundo: CUANDO ALGUIEN HACE LO MEJOR QUE SABE Y PUEDE HACER EN ESE MOMENTO SEGÚN LAS CIRCUNSTANCIAS, NADIE PUEDE CULPARLE POR EL RESULTADO. Sólo se le pueden dar las gracias.

No es culpa de un sanitario bloquearse cuando quien sufre la emergencia es un ser querido.

No es culpa de una persona no sanitaria no saber nada sobre RCP. Si hay algún culpable es la sociedad, cargo, administración, empresa, entidad…que debería haber sido capaz de formar a todos los ciudadanos en los mínimos conocimientos vitales. Y que, por motivos varios, no lo ha hecho. O no lo quiere hacer. O pone impedimentos y trabas para hacerlo.

Pero no es de quien nunca tuvo oportunidad de recibir esta formación. Faltaría más.

Si estas personas tienen esa oportunidad, si se les ofrece un curso o taller de primeros auxilios y RCP, no deberían desaprovecharla. Si lo reciben y aprenden algo, y más aún si lo repiten cada cierto tiempo y refuerzan sus conocimientos, encontrarán que tienen cada vez más recursos para responder ante una emergencia. Y que cada vez tienen más seguridad y menos dudas. Esa es la finalidad de los cursos y talleres. No el culpar, o hacer sentir aún más culpable, a quien cree que “ha fallado”.

 

El tercero: a pesar de recibir un curso o taller, o 2, o 3, o 4, PROBABLEMENTE LA ACTUACIÓN TAMPOCO SERÁ 100% CORRECTA LLEGADO EL CASO. Porque  NADIE logra una actuación 100% correcta cuando se entrena en escenarios hipotéticos, pero la primera vez que presencia un caso real es, precisamente, la emergencia ante la cual debe actuar.

Los trabajadores de emergencias extrahospitalarias realizamos  con cierta frecuencia (mucho menor de la que desearíamos) simulacros de accidentes con múltiples víctimas.

Los realizamos porque, afortunadamente, son muy escasas las ocasiones reales en las que nos tenemos que enfrentar a muchos heridos graves. Pero sería el peor de los escenarios: demasiados pacientes para recursos escasos y lejanos, necesidad de identificar rápidamente a los más graves, necesidad de trasladar a distintos hospitales  separando al paciente de sus familiares…

Cada vez que hacemos un simulacro cometemos numerosos fallos. Si se remarcan dichos fallos y un segundo equipo realiza un segundo simulacro, se corrigen algunos de esos errores, pero aparecen otros nuevos. Si cambian el escenario a los pocos meses, se cometen diferentes errores. Y por más que lo practiquemos, cuando llega el momento de la verdad, NINGÚN EQUIPO INTERVINIENTE ha sentido JAMÁS la seguridad plena de que todo se hizo bien. Hay mil dudas. Se llora de impotencia porque se sabe que seguramente alguien que tal vez pudo salvarse en otras circunstancias, ese día murió. Y a todos nos queda la horrible duda de si pudimos hacer algo para que el desenlace hubiera sido diferente.

Si nos ocurre a los “expertos entrenados”, ¿cómo no va a ocurrirle a los testigos legos?

 

El cuarto: INCLUSO CUANDO TODO SE HACE BIEN, TODO TODO TODO, comprobado y anotado según el protocolo más exquisito, los pacientes mueren.

La RCP básica y la desfibrilación, incluso empezadas en el minuto cero, incluso llevadas a cabo por personal sanitario, incluso hechas dentro de la UVI móvil o en la sala de críticos del hospital, con todos los medios y medicinas habidos y por haber, solo logra resultados en menos del 50% de los casos.

Todos los que trabajamos en esto, incluso los ateos recalcitrantes, se rinden a la percepción de que hay un “destino”, una serie de “casualidades inexplicables” que se las apañan para que ciertos pacientes se salven con todas las probabilidades en contra. Y que ciertos pacientes que a priori contaban con todas las oportunidades de cara, terminen falleciendo.

 

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No: la culpa de que esa persona haya fallecido no es TUYA.  Su enfermedad, su condición genética, la fatalidad de ese día y de ese lugar “alejado”, el destino que mueve sus hilos de forma incomprensible, son los “culpables”.

Si no supiste qué hacer, no fue culpa tuya. No todos llegamos a la edad adulta sabiendo salir de un coche que cae al mar, reaccionar correctamente en caso de incendio, rodar  como Bruce Lee tras un accidente de moto, conducir si entramos por sorpresa en una carretera helada, dominar las artes marciales en caso de atraco o violación, hacer una RCP en caso de presenciar una muerte súbita.

 

Si el destino de esa persona era fallecer, ni todos los caballos del rey…Ni todos los hombres del rey…Ni todas las UVIS móviles del país aparcadas a la puerta…

 

Pero si tienes la oportunidad de aprender, entonces no la desperdicies. Porque si el destino quiere a partir de entonces que la persona a la que se le para el corazón tenga una oportunidad, entonces te utilizará a ti. Tú serás el testigo, y en esa ocasión estarás capacitado. Y cada curso realizado, cada maniobra aprendida, cada repetición hasta lograr mecanizarla, os será de enorme utilidad a ti, al paciente y a ese destino que te ha colocado precisamente a ti en ese momento y lugar.

Si la intención del destino es utilizarte como instrumento salvador, que te pille lo mejor preparado posible. Si no lo es, a ti y a los familiares del paciente os quedará la certeza de que “se hizo todo lo posible lo mejor posible”. Y esa seguridad, esa “tranquilidad”, no salva vidas; pero salva almas.

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Profes, padres: por qué sería recomendable tener un desfibrilador en los coles

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La respuesta, aunque dura, es sencilla.

PORQUE HAY NIÑOS Y PROFESORES QUE SUFREN UNA MUERTE SÚBITA EN LOS COLEGIOS E INSTITUTOS.

 

De acuerdo: en los profesores es más entendible. Algunos ya pasan de los 50, fuman, son hipertensos, diabéticos, tienen el colesterol alto o tienen problemas de corazón. No están libres de sufrir un infarto, por ejemplo; aunque ya sería mala suerte que les ocurriera mientras dan clase…

 

Pero…¿niños?

SÍ. HAY NIÑOS QUE MUEREN SÚBITAMENTE EN LA GUARDERÍA, EN EL COLEGIO O EN EL INSTITUTO.

Con 2 años, con 5 años, con 9 años, con 15 años, con 22 años.

 

 

Pero…¡no pueden haber sufrido un infarto! ¡Es imposible! ¡No se sufre un infarto a esas edades!

Aquí está el primer error de concepto sobre la muerte súbita.

MUERTE SÚBITA significa que una persona DE CUALQUIER EDAD, y SIN TENER SÍNTOMAS DE ALARMA previos, mientras realiza una ACTIVIDAD COTIDIANA (correr, hacer deporte, comer, hacer un examen, bailar…) DE REPENTE pierde el conocimiento y se desploma. DEJA DE RESPIRAR, PIERDE TODOS LOS SIGNOS VITALES. SUFRE UNA PARADA CARDÍACA.

 

Pero LA MUERTE SÚBITA NO ES SIEMPRE SINÓNIMO DE INFARTO.

 

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El corazón es un músculo que late continuamente. Lo logra porque tiene una “batería anacircu4recargable” que genera impulsos eléctricos (el nodo sinusal) y un “sistema de cables” que transmite esos impulsos ORDENADAMENTE por todo el músculo cardíaco (el sistema de conducción cardíaco). 

A medida que la “electricidad” avanza por los “cables” del músculo cardíaco, este se va contrayendo y bombeando sangre (sístole). Cuando pasa el efecto de la “descarga eléctrica”, el músculo cardíaco se relaja y se vuelve a llenar de sangre (diástole). Así se consiguen los LATIDOS EFICACES. Y así debe funcionar el corazón desde que somos un pequeño embrión hasta el día en el que “nos caduque la batería recargable”.

(Podéis leer la explicación más detallada  AQUÍ:   Angina. Infarto. Arritmia maligna. Muerte súbita (1).  )

 

La muerte súbita ocurre porque hay un “cortocircuito” en los “cables” que recorren el corazón.

 

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Cuando uno de esos cables sufre un cortocircuito, el corazón sufre una “tormenta eléctrica”. La corriente eléctrica corre sin control, ocasionando contracciones DESORDENADAS del músculo cardíaco.  Esto causa LATIDOS INEFICACES, que NO LOGRAN BOMBEAR SANGRE al resto del cuerpo. El corazón “tiembla”, incapaz de recuperar el orden y el ritmo de los latidos.

 

Esta “tormenta eléctrica” se llama “FIBRILACIÓN VENTRICULAR (FV)“.  Y equivale a una PARADA CARDÍACA, porque el corazón es tan incapaz de funcionar como si estuviera parado del todo. Es una arritmia maligna, potencialmente letal. 

La persona sufrirá un desmayo brusco y caerá al suelo inconsciente. Y si en ese momento se mirara el pulso, no lo tendría. Y si en ese momento se hiciera un electrocardiograma o un ecocardiograma, se vería que su corazón está “temblando”.

 

En muchos casos esta FV  se corta sola en pocos segundos. La persona  recuperará el conocimiento, y el cuadro se confundirá con un síncope “normal”. Estas personas sufrirán seguramente varios episodios de “desmayos inexplicables” desde la infancia o juventud.

Pero en algunos casos esta arritmia maligna no se parará por sí sola. Sólo cesará si alguien “la corta desde fuera”.

(Podéis leer la explicación más detallada  AQUÍ:  Muerte súbita (2). Fibrilación ventricular. Desfibrilación. )

 

La mayoría de las personas mayores de 35-40 años que sufren una muerte súbita tenían infarto2algún problema en su corazón o en sus coronarias. Aunque también otras enfermedades cardíacas pueden también desencadenar una arritmia maligna (arritmias, “desgaste del corazón”…), la  causa más frecuente de muerte súbita a estas edades es un INFARTO que tiene la mala suerte de pillar en medio “un cable eléctrico”. Cierto.

(Podéis leer la explicación más detallada  AQUÍ:   Angina. Infarto. Arritmia maligna. Muerte súbita (1).  )

 

Pero las personas menores de 35 años también pueden sufrir una muerte súbita de origen eléctrico. No por culpa de un infarto que “pille un cable”. Tampoco porque su corazón se haya ido estropeando con la edad. Sino porque tienen una CARDIOPATÍA CONGÉNITA: su corazón trae algún defecto “de fábrica”.

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Algunas cardiopatías congénitas son fácilmente diagnosticables. “Se ven” en las pruebas diagnósticas: en las ecografías, en las resonancias, en los electrocardiogramas… Una parte del corazón tiene algún problema. El músculo cardíaco (hipertrofia, miocardiopatía). O una válvula cardíaca. O las aurículas; o los ventrículos. corazon_roto

Estas cardiopatías pueden traer complicaciones. Y entre las complicaciones también está el “fallo eléctrico”. Pero al verse, al conocerse, al diagnosticarse, pueden recibir tratamiento. Y puede prevenirse en gran medida ese “cortocircuito”, esa FV.

 

Pero otras cardiopatías congénitas son “invisibles” a las exploraciones y pruebas  habituales. Por ejemplo, si lo que viene “defectuoso de fábrica” es un “cable eléctrico”.electricidad


Auscultación, ecocardiograma, electrocardiograma, Holter… Puede que ninguna de las pruebas médicas detecte el problema en el cable. Pero está ahí. Está ahí desde que el niño está en el útero de la madre. Es un problema eléctrico del corazón invisible pero “potencialmente arritmogénico”.

 

1 de cada 1000 personas puede ser PORTADORA de un problema eléctrico “invisible” en el corazón.

 

Los más afortunados han sido diagnosticados porque han sufrido varios desmayos inexplicables, de los que nunca se ha sabido la causa. O porque algún familiar directo los ha sufrido, o  ha sufrido una muerte súbita siendo joven y sin enfermedad aparente. O porque, con suerte, un electrocardiograma ha mostrado una alteración extraña.

Y ante la sospecha de que pudieran tener un defecto eléctrico en el corazón, se ha buscado el origen del problema.  La MUTACIÓN, las “instrucciones equivocadas del plano” que han llevado a que ese cable del corazón se haya fabricado mal, con un trozo estropeado, ya en el vientre de la madre. A que esa persona HAYA NACIDO YA con un cable defectuoso. Las PRUEBAS GENÉTICAS.

Síndrome de Brugada, síndrome de QT largo, síndrome de QT corto, canalopatías arritmogénicas, Taquicardia Ventricular Polimórfica Catecolaminérgica, Displasia arritmogénica… Hay decenas de nombres extraños que engloban un problema similar: un cable defectuoso que podría fallar EN CUALQUIER MOMENTO. EN CUALQUIER LUGAR. EN CUALQUIER PERSONA DE CUALQUIER EDAD.

Y estas personas afortunadas pueden ser tratadas, medicadas, para que ese “fallo en los cables” no llegue a ocurrir.

 

El problema está en que la gran mayoría de las personas portadoras de una mutación peligrosa no saben que lo son. No saben que tienen un cable defectuoso que podría cortocircuitarse de repente.

Estas personas nunca han tenido síntomas que preocuparan a los médicos. Nunca se les vio nada raro en los electrocardiogramas o en las pruebas médicas. Sus padres tampoco sospechan que sus hijos tengan una mutación peligrosa.

 

Los DESENCADENANTES de arritmia maligna más conocidos en pacientes genéticamente predispuestos son los siguientes: el deporte, un esfuerzo intenso, los ruidos bruscos, el agua fría, los sustos, las actividades que implicaban un “subidón” de adrenalina (tales como montañas rusas), el estrés, las zambullidas bruscas, ciertos medicamentos, ciertas sustancias o bebidas energéticas, la deshidratación…

MUCHOS DE ESTOS FACTORES DESENCADENANTES SON HABITUALES EN LOS CENTROS ESCOLARES. Ejercicio, gimnasia, deportes varios, exámenes, estrés, nervios, discusiones…

 

Un corazón predispuesto, pero que nunca antes dio problemas, se enfrenta a uno de estos factores desencadenantes (a los que pudo ya haberse enfrentado cientos de veces en su vida). Y por motivos aún desconocidos, en un momento dado, de repente salta el cortocircuito. Y el corazón entra en una FV.

Si hay suerte, esa FV durará pocos segundos y el corazón recuperará el control por sí solo. El resultado será un síncope, o varios síncopes de repetición, que pueden ocurrir desde la infancia o la juventud, normalmente asociados a alguno de los factores desencadenantes. Pero la gente no cae en ello. Creen que se trata de síncopes “vulgares”. Y se pasa por alto el principal síntoma de alarma de que algo no va bien en los cables del corazón.

Pero en ocasiones LA PRIMERA Y ÚNICA MANIFESTACIÓN, SIN OTRO AVISO PREVIO, ES LA MUERTE SÚBITA. Un desmayo del que la persona no se recupera. Una FV prolongada, que el corazón no logra cortar por sí solo.

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1 de cada 2000 niños que están en el colegio tendrá, por probabilidades, una de estas mutaciones “potencialmente arritmógenas”. Y muy pocos, poquísimos, lo saben. Y muy pocos, por no decir ningún profesor, son conscientes de que alguno de sus niños pueden llevar dentro una pequeña “bomba de relojería”.

 

Afortunadamente, este “cortocircuito” letal no ocurre casi nunca. Miles y miles de personas andan por el mundo entero con un cable defectuoso, y jamás han sufrido ni sufrirán un cortocircuito. Jamás se enterarán siquiera de que tienen un cable “tocado”. Morirán de cualquier otra cosa cuando les llegue la hora.

 

Pero algunas personas sí sufrirán un “cortocircuito”.  Y pueden sufrirlo de niños, de adolescentes, en la juventud. Y pueden sufrirlo estando en el colegio o en el instituto. Y puede que su “cortocircuito” no se arregle solo. Y esas personas mueren.

La incidencia, afortunadamente, es muy baja. Solo 5 de cada 100000 niños.

Pero…SI LE TOCASE A MI HIJO, PARA MÍ LA INCIDENCIA SERÍA DEL 100%.

 

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En Avilés un niño de 9 años sufrió una muerte súbita mientras jugaba al fútbol en el recreo. Pudo ser reanimado porque ese colegio está justo enfrente de un centro de salud, y la ayuda sanitaria llegó a tiempo. Se le descubrió un síndrome de QT largo.

En Gijón un joven de 17 años sufrió una muerte súbita jugando al baloncesto en el patio de un colegio. Pudo ser reanimado porque su padre tenía nociones de RCP básica y porque la base de la UVI móvil estaba por detrás del colegio. Se le descubrió un síndrome de Brugada. Su hermano de 21 años, asintomático hasta la fecha, resultó ser portador del mismo síndrome.

Ninguno de ellos había tenido ni un solo síntoma previo.

En Gijón, un joven de 27 años cuyo padre había muerto joven “de no sabían muy bien qué”, sufrió una muerte súbita en la parada del autobús. Y no tuvo tanta suerte.

 

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PERO ES POSIBLE MINIMIZAR EL RIESGO DE MUERTE.

La FV debida a una cardiopatía visible o “invisible” puede tener solución. Sobre todo si se actúa en los primeros minutos.

¿Cómo arreglamos la mayoría de los fallos de la televisión, del ordenador o del móvil? Apagando el trasto y volviéndolo a encender. Reseteándolo.

¿Cómo podemos arreglar el cortocircuito del sistema eléctrico del corazón, la FV? “Reseteándolo”. Aplicando sobre el corazón una descarga eléctrica suficiente para “apagar el corazón y volverlo a encender”. DESFIBRILÁNDOLO.

Aplicándole, con un aparato llamado DESFIBRILADOR, una descarga eléctrica más potente que aquella energía eléctrica que lo recorre sin control y que lo hace temblar.

 

 

El problema es que esta descarga, esta DESFIBRILACIÓN, hay que aplicarla EN LOS PRIMEROS 5 MINUTOS DE LA FV.

Porque la “batería recargable”del corazón no se puede recargar automáticamente cuando el corazón entra en FV. La energía se gasta inútilmente. De manera que, pasados 10 minutos del inicio de la FV, el corazón ha gastado toda su energía en latidos y temblores inútiles. Los temblores son cada vez más débiles. Hasta que finalmente la energía se agota por completo y el corazón se para. Entra en ASISTOLIA.

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Y llegados a ese punto, la DESFIBRILACIÓN ya no será eficaz. Ya no habrá cortocircuito que solucionar, ni caos eléctrico que ordenar. 

El móvil se habrá quedado sin batería. Ya no podremos apagarlo y encenderlo. Se habrá apagado por completo. Y, por más que le demos al ON, no volverá a encenderse.

Los desfibriladores automáticos (DEA), que sólo funcionan cuando detectan un “temblor” en el corazón, una FV, no detectarán nada. Y ni siquiera intentarán la desfibrilación.

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Es cierto que la incidencia de muerte súbita en niños y jóvenes por cardiopatía es muy baja. Y por cardiopatía “invisible”, por culpa de un cortocircuito provocado por un cable defectuoso, más baja todavía. Por eso no parece rentable instalar desfibriladores obligatorios en guarderías, colegios e institutos.

Pero a la familia que le toca, le toca el 100%. Y su hijo puede morir. Y podría morir en el colegio.

POR UNA ARRITMIA MALIGNA QUE PODRÍA SOLUCIONARSE EN MUCHO MÁS DE LA MITAD DE LOS CASOS, SI SE INTENTA EN LOS PRIMEROS 5 MINUTOS.

 

DESFIBRILADOR AUTOMÁTICO (DEA) O SEMIAUTOMÁTICO (DESA)

Un DEA o DESA   (AED en inglés)  es un aparato tan sencillo de utilizar que hasta un niño de 7-8 años puede hacerlo. Lo único que hay que hacer es encenderlo. El aparato se pondrá a hablar, e irá dando órdenes claras y sencillas de qué se debe hacer.

Tiene 2 pegatinas que hay que saber colocar. Pero cada pegatina trae un dibujo que explica claramente dónde hay que pegarla. Solo hay que saber entender el dibujo y despegar el papel protector.

 

 Un DEA o DESA es un aparato tan inteligente, tan sensible, tan específico, que SOLO FUNCIONA SI DETECTA UNA FV. Sólo si analiza el ritmo cardíaco y detecta que el corazón está temblando, latiendo desordenadamente, SE CARGARÁ Y NOS PERMITIRÁ DESFIBRILAR, aplicar una fuerte descarga eléctrica a ese corazón. BOTÓN

Y solo si se carga comenzará a parpadear un botón que nosotros deberemos apretar para aplicar la desfibrilación. Si no se carga, si ese botón no parpadea, apretarlo no producirá una descarga.

 

 

PERO SI EL DESFIBRILADOR NO DETECTA UNA ARRITMIA MALIGNA, NO SE CARGARÁ. Y NO DESCARGARÁ ENERGÍA, POR MÁS QUE APRETEMOS EL BOTÓN DE DESCARGA.

 

fig5_7Si detecta un LATIDO NORMAL, NO SE CARGARÁ. Así que, por más que apretemos el botón de descarga, NO DESCARGARÁ ENERGÍA. NO DESFIBRILARÁ. Por más que lo intentemos. 

 

what-is-asystole_1Si el DEA o DESA detecta una parada cardíaca completa, una ASISTOLIA, TAMPOCO SE CARGARÁ. Por más que apretemos el botón de descarga, TAMPOCO DESFIBRILARÁ. Es por eso que a veces hay un DEA en el lugar, y se utiliza correctamente; pero si la causa de la muerte súbita de esa persona no es una FV, sino una ASISTOLIA, el desfibrilador “no funcionará”. 

 

FV gruesa finaY si el corazón sufría una FV, pero han pasado más de 10 minutos, tal vez el corazón ya haya agotado toda su energía. La FV se habrá transformado en ASISTOLIA. Y el desfibrilador no detectará “temblor”. Y TAMPOCO SE CARGARÁ. TAMPOCO DESFIBRILARÁ.

 

 

JAMÁS HAREMOS DAÑO A UNA PERSONA POR COLOCARLE LOS PARCHES DE UN DESFIBRILADOR. 

 

UNA PERSONA CUYO CORAZÓN NO ESTÉ SUFRIENDO UNA ARRITMIA MALIGNA JAMÁS RECIBIRÁ UNA DESCARGA ELÉCTRICA DE UN DEA O DESA.

 

ES IMPOSIBLE “MATAR” A UNA PERSONA QUE EN REALIDAD ESTABA VIVA POR PONERLE UN DESFIBRILADOR. EL DEA O DESA NUNCA SE EQUIVOCA, NUNCA DISPARA CUANDO NO ESTÁ INDICADO.

 

EL ÚNICO DAÑO QUE PODEMOS HACERLE A UNA PERSONA VIVA CON UN DEA O DESA ES TIRÁRSELO A LA CABEZA.

 

 

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EL DESFIBRILADOR DEBE USARSE EN LOS PRIMEROS     5-10 MINUTOS DE TODA MUERTE SÚBITA.

Porque si lo que le está ocurriendo al corazón de la persona que se ha desplomado es que está sufriendo una FV, HAY QUE APLICAR UNA DESFIBRILACIÓN ANTES DE 10 MINUTOS. Preferiblemente antes de 5 minutos. Después podría ser inútil.

 

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En el entorno urbano los recursos sanitarios tardan una media de 8-10 minutos en llegar al lugar de la emergencia. Y eso si están libres. Muchas veces el recurso más cercano estará ocupado; y habrá que movilizar recursos que tardarán 15-20 minutos (o más) en llegar.

En el entorno rural el recurso sanitario más cercano puede tardar más de 15-20 minutos. Y eso si están libres…

SI HAY QUE APLICAR UNA DESFIBRILACIÓN EN MENOS DE 10 MINUTOS, NO SALEN LAS CUENTAS.

Si no hay un DEA o un DESA a menos de 5 minutos de distancia, no salen las cuentas.

 

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La RCP básica (las compresiones torácicas, el “masaje cardíaco”) mantiene el corazón latiendo “desde fuera”. Mantiene el cerebro recibiendo sangre. Es más: las compresiones continuas logran “recargar” en parte la “batería” del corazón. LA RCP BÁSICA PERMITE QUE EL DESFIBRILADOR PUEDA LLEGAR UN POCO MÁS TARDE Y AÚN Y ASÍ PUEDA APLICAR UNA DESCARGA EFICAZ QUE CORTE LA FV.

Pero no siempre. Y no demasiado tiempo.

 

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Si la causa de las muertes súbitas en niños, jóvenes y deportistas “sanos” es una arritmia maligna en más del 90% de los casos…

Si la desfibrilación es EL ÚNICO TRATAMIENTO EFICAZ PARA UNA ARRITMIA MALIGNA…

Si la desfibrilación debe aplicarse en los primeros 5-10 minutos…

Si los servicios sanitarios no llegan a tiempo…

Si un DEA o DESA son tan sencillos de utilizar que hasta un niño de 7-8 años puede usarlos…

Si son tan seguros que sólo se cargarán cuando detectan una arritmia maligna, y nunca jamás en ningún otro caso…

Si es imposible poder hacerle daño a una persona cuyo corazón esté latiendo normalmente, por muy inconsciente que esté…

Si en un colegio o instituto hay chavales haciendo deporte, enfrentándose a exámenes, emociones fuertes, momentos estresantes, todos ellos posibles desencadenantes de una muerte súbita en portadores de “bombas de relojería invisibles”… Si hay profesores con posibles factores de riesgo para un infarto, como son la hipertensión, la diabetes, el colesterol…Si entran y salen continuamente padres, tíos, abuelos, con todo tipo de condiciones físicas y patologías varias…

 

…¿CUÁLES SON LOS IMPEDIMENTOS PARA COLOCAR UN DESFIBRILADOR EN LOS CENTROS EDUCATIVOS?

 

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Un impedimento importante es económico.

Un DEA o DESA cuestan de media 1500 – 2000 euros (aunque cada vez son más baratos). Además hay que financiar los cursos de formación y de reciclaje cada 2 años que habrán de recibir las personas que quieran capacitarse en su uso. Y por último, hay que pagar el mantenimiento del aparato, las revisiones, la recarga de la batería y los parches de recambio. 

Esto, unido a la bajísima incidencia de muertes súbitas en chavales, lleva a las administraciones públicas a decidir que “de momento no compensa” poner un DEA o DESA en centros educativos. 

Tal vez tengan razón en términos económicos, en cálculos de coste-riesgo-beneficio. Pero las familias afectadas hubieran pagado 500 veces el valor de un DEA con tal de que sus hijos hubiesen tenido esa oportunidad de vivir.

Si un centro educativo tiene la oportunidad de financiarse un DEA o DESA, sea como sea…MI OPINIÓN es que debería valorarlo muy seriamente.

 

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Otro impedimento es el terror de los profesores a tener que usarlo. 

Muchos centros se niegan en rotundo a instalar un DEA o DESA, porque “si se forman para usarlo tendrán que usarlo si llega el caso. Y ellos no son médicos. No quieren asumir esa responsabilidad” (palabras textuales que la madre de dos alumnos con síndrome de QT largo, uno de esos “cables defectuosos” que pueden causar FV, escuchó de boca de la dirección del colegio. Palabras que hemos oído infinidad de veces en infinidad de centros educativos).

Es cierto que los profesores pueden (y en ciertos casos deben) negarse a administrar ciertas medicaciones crónicas o a hacerse cargo de ciertos problemas de salud.

Pero esto NO PUEDE APLICARSE EN EL CASO DE UNA EMERGENCIA VITAL. En el caso de una situación a vida o muerte. Una situación en la que, si el testigo más cercano no actúa, el niño se morirá. 

No puede aplicarse en una muerte súbita cuando un desfibrilador QUE NUNCA PUEDE CAUSAR DAÑO es el único medio que puede salvar la vida del niño. 

 

Que los profesores no se atrevan a asumir la responsabilidad que conllevaría instalar un DEA en el colegio NO EVITARÁ QUE UN NIÑO PREDISPUESTO PUEDA SUFRIR UNA MUERTE SÚBITA EN ESE COLEGIO. Lo único que ocurrirá es que NO DISPONDRÁN DEL ÚNICO DISPOSITIVO QUE PODRÍA SALVARLE LA VIDA.

Eso sí que les causará terror. Y angustia. E impotencia. Y rabia. Y un dolor insoportable.

¿No deberíamos entre todos revisar esos conceptos de “miedo”, de “responsabilidad”, de “obligación”?

 

Es más: las leyes van cambiando poco a poco. Hasta el punto de que, cada vez en más comunidades autónomas, ni siquiera es obligatorio tener el curso de RCP básica + DEA para poder usar un DEA. 

Ante una muerte súbita, utilizará el DEA un sanitario. Si no hay sanitarios presentes, lo utilizará una persona capacitada tras recibir cursos de RCP básica + DEA. Pero si tampoco hay personas capacitadas presentes, podrá usar el DEA cualquier testigo que llame al 112 y reciba las órdenes e instrucciones directas del médico del Centro Coordinador. 

Estoy segura de que esta ley “del buen samaritano” se extenderá poco a poco por todas las comunidades autónomas. Porque el DEA SALVA VIDAS. Porque el salvar una vida debe primar sobre cualquier formalidad. 

 

Los DEA o DESA son cada vez más asequibles. Y cada vez más sencillos. La ley protege a quien los use cada vez más. Cada vez hay menos motivos para tener miedo.

 

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Hace muy poco, una joven de 22 años sufrió una muerte súbita en una facultad de Málaga. El centro no disponía de desfibrilador. Para cuando llegaron los recursos sanitarios, ya era tarde para ese corazón.

Tal vez un DESA en el lugar tampoco le habría podido salvar la vida. Pero…¿y si…?

La incertidumbre se clava como un puñal de tal manera que el dolor es insufrible.

Los compañeros de la joven se están movilizando para exigir que se instalen desfibriladores en todos los centros educativos. Pero hasta entonces nadie se imaginaba que algo así pudiera ocurrir. Se concienciaron de golpe. De la peor de las maneras posibles.

EN CUALQUIER MOMENTO, EN CUALQUIER LUGAR, A CUALQUIER PERSONA DE CUALQUIER EDAD…

¿Por qué tenemos que esperar a que ocurra una desgracia para tomar conciencia de la magnitud de la muerte súbita? ¿De que también puede ocurrirles a niños, jóvenes, deportistas, alumnos y profesores?

Con toda la información al alcance de la mano, ahora sí: valoremos el balance coste-riesgo-beneficio…

 

 

 

 

 

 

 

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Los médicos también mueren

El martes por la mañana el 112-SAMU-Asturias se paralizó.

Una compañera moría de forma inesperada mientras dormía.

Nada se pudo hacer desde el Centro Coordinador. Sólo activar la UVI móvil y esperar noticias con el corazón encogido.

Nada pudo hacer la UVI móvil. Sólo llegar al lugar esperanzados para darse de bruces con la realidad. Sólo enfrentarse con angustia y dolor a la evidencia del monitor, a la familia, al informe clínico y al código 4 transmitido al Centro Coordinador. Sólo abrazarse unos a otros, impresionados e impotentes a ambos lados del teléfono.

La noticia circuló entre los compañeros a la velocidad de la luz. A las 10:40 horas mi UVI móvil, de camino a un aviso, recibió una llamada. Y se paró en seco entre Gijón y Oviedo. Todos atónitos, helados, horrorizados.

Nadie pudo hacer nada. Aunque fuera una compañera, y las normas del SAMU digan que los compañeros nunca mueren. Aunque fuera una médico de urgencias y emergencias, con tantísima experiencia que parecía saber cómo burlar la muerte. ¿Cómo pudo pasar esto? Ella, tan sumamente perfeccionista y rigurosa hasta la exageración, ¿cómo pudo saltarse así las reglas?

Nadie en el 112-SAMU se pregunta por qué. Nunca hay respuesta.

Trabajamos al lado de la Muerte. Actuamos mientras Ella calla, observa. Pero a quien quiere Ella se lleva. Y nadie cambiará su suerte. Podemos retrasar lo inevitable, pero Su decisión será inapelable.

Ya podemos luchar, suplicar clemencia, tratar de atrapar su alma en nuestras manos.  El último esfuerzo de la Ciencia será en vano. Las fechas de llegada y de partida ya las trae escritas el Libro de la Vida.

Y así ha sido. Y ya sólo nos queda llorar.

Con el llanto silencioso e incrédulo de un pequeño colectivo, de un grupo de compañeros, de un equipo, ante la súbita pérdida de uno de los suyos. Ante el vacío que deja en la UVI, en el Centro Coordinador, en las sesiones, en las comisiones, en los simulacros, en la calle, en el hospital.

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Se ha marchado la médico más inteligente, más brillante, del SAMU-Asturias.

Una  médico “de las de la UVI móvil de toda la vida”. Una “histórica” del SAMU. Un referente.

Se ha marchado quien fue mi tutora la primera vez que, siendo residente, me subí temblando a una UVI móvil, hace ya 15 años. Aquella que me transmitió tal pasión, tal ilusión por su trabajo, que hizo que me enamorase de él. La que me dijo: “si deseas trabajar aquí ¡fórmate y lánzate!”; y con esas palabras cambió el rumbo de mi vagar desorientado por la Medicina y marcó mi destino.

Se ha marchado alguien con un carácter fuerte que nos enseñó “a los nuevos” a sacar el nuestro cuando la situación lo precisaba, y a discutir con el demonio si fuera necesario.

Alguien que estudiaba tanto, que sabía tanto, que se exigía tanto, que sus compañeros jamás abrimos un libro para consultar una duda cuando ella estaba cerca.

Alguien a quien la vida no le dio tregua; y que sin embargo se cayó y se levantó, se cayó y se levantó, una y otra vez; con una dignidad y una tenacidad admirables. Y que, aún en sus peores momentos, demostró tener una capacidad de trabajo, una responsabilidad y un amor a la Medicina desbordantes.

Una gran médico de urgencias. Una excelente médico de UVI móvil y médico reguladora del Centro Coordinador. Una buena compañera, apreciada por todos los que LA CONOCÍAN en todos los lados de la Emergencia.

El martes a las 10:40 horas me vinieron a la cabeza unos versos que aprendí en la Facultad y que se me quedaron grabados de forma más profunda que las pruebas diagnósticas o las dosis de medicación. 

                                             “Los médicos también lloran.
                                               Los médicos también sienten.
                                               Los médicos también gritan.
                                               Los médicos también temen.

                                               Los médicos también huyen.
                                               Los médicos también pierden.
                                               Los médicos también sufren.
                                               Los médicos también mueren.”

Sí…

Pero algunos médicos han salvado incontables vidas antes de morir. Y han enseñado a generaciones de residentes a salvar vidas. Y cada vida que estos, a su vez, logren salvar, también será gracias a ellos. Eso, colega, no lo pueden decir todos.

Gracias por todo. Por todo lo que diste, lo que hiciste, lo que enseñaste. Por las charlas, por las risas, por las horas de guardia compartidas. Gracias.

Ha sido un honor, un privilegio, una tremenda suerte, haberte conocido y haber compartido contigo estos años.

Descansa en paz, Esther. Hasta siempre, compañera.

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¡Que vuelvan los vecinos!

13-rue-01Yo crecí en un edificio de 11 plantas en el que nos conocíamos prácticamente todos.

Sabíamos los nombres de los “titulares” de las casas (aunque solo fuera de tanto leerlos en los buzones mientras esperábamos el ascensor; o por ayudar al cartero a repartir las cartas por los buzones varios; o por devolver las cartas que habían terminado en el nuestro por error). Había confianza para ir a casa de los vecinos a pedirles sal, el desatascador o el taladro. Los adultos se consultaban continuamente sobre “las cosas de la comunidad”. Se pedían prestadas las plazas de garaje para acomodar los coches de los familiares. Y los niños íbamos a jugar unos a casa de otros mientras nuestros padres “hacían recados”.

 

Aunque para comunitarios, mis veranos en el pueblo de mi padre. Aquel era un lugar sacado de los libros de historia. Los críos andábamos todo el día sueltos por la calle, entrando en las casas de unos y en las cuadras o fincas de otros. 

Cuando a alguien le pasaba algo, a la media hora (¡qué digo media hora!, ¡al medio minuto!) se había enterado todo el pueblo. Se preguntaba, se visitaba, se ayudaba. Igual daba que se tratara de quitar la nieve, de arreglar una cuadra, de mover un tractor averiado, de rescatar animales o de organizar la ayuda para un paisano enfermo. Era impensable que alguien necesitado de ayuda tuviera reparos en pedirla o pasara horas sin recibirla.

 

En aquel pueblo de alta montaña el médico, el veterinario, el practicante, el farmacéutico y el cura eran “la máxima autoridad sanitaria”. Entre los 5 atendían niños y adultos, personas y animales. Enfermedades, lesiones, operaciones, nacimientos y muertes. 

Siempre se sabía dónde estaban. Cualquiera podía ir a buscarles a sus casas, al bar, a la iglesia o a la plaza a cualquier hora del día o de la noche. Si uno de los cinco no estaba en el pueblo y  tenía que venir desde el quinto pino por la carretera nevada, los restantes iban “apañando la  cosa”. Y si ellos necesitaban de la ayuda de los paisanos, sobraban manos, pies, cuerdas, linternas, mantas, comida y bebida caliente, furgonetas de reparto, lo que hiciera falta.

La centralita de los teléfonos funcionaba con clavijas. No se había “inventado” el 112, ni había móviles; a los “5 magníficos” se les llamaba al teléfono de casa o alguien les iba a buscar corriendo.  No había (o no llegaban) ambulancias, y los traslados al hospital más cercano (a más de 130 km de distancia) se hacían en tractor, en furgonetas de reparto o en carros de vecinos voluntariosos, por unas carreteras retorcidas y estrechas donde hasta el GPS habría vomitado.

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                                                                     *      *     *     *     *

Echo muchísimo de menos todo eso. Sobre todo cuando trabajo en el Centro Coordinador de Emergencias del 112.

No dejan de sorprenderme las frecuentísimas llamadas (y no solo de madrugada, que sería más comprensible; sino a cualquier hora del día) de personas que solicitan ayuda sanitaria o de las fuerzas del orden público para levantar del suelo a un familiar  que, por estar enfermo o impedido, tiene movilidad reducida. Y que se ha caído de la cama o de la silla de ruedas, o se ha tropezado con la alfombra y se ha caído al suelo; y ellos solos no son capaces de ayudarle.

-¿Su familiar se queja de algo? ¿Puede haberse roto la cadera? ¿Se ha dado un fuerte golpe en la cabeza? ¿Está sangrando por algún lado?

-No, no, está bien, solo que estoy sola con él y no puedo levantarle. Solo necesito que alguien me ayude a meterle de nuevo en la cama.

Miro la dirección. Séptimo F. Octavo derecha. Décimo, portal B, puerta D.

-Pero ¿no hay nadie allí que le pueda ayudar? ¿Ningún conocido, ningún vecino? ¿En todo el edificio?

-Ay, no, señorita, ¿cómo voy yo a molestar a un vecino? Si casi no conozco a ninguno, solo nos vemos en el ascensor. No, no: mándeme un médico, o una ambulancia, o a la policía, que ese es su trabajo, ayudar al ciudadano…

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                                                              *      *     *     *     *

Tampoco puedo dejar de acordarme del pueblín cuando una persona cae al suelo en la vía pública y se hace un DAÑO NO DEMASIADO SEVERO QUE LE PERMITIRÍA CAMINAR CON AYUDA (una pequeña herida en la cabeza sin pérdida ninguna de conciencia, una torcedura de tobillo, una fractura de una mano o de un dedo, un sangrado por la nariz… ¡¡¡No me refiero en ningún caso a pacientes que se mareen, se desmayen o  no puedan caminar y precisen ambulancia!!!), con la mala suerte de no ser conocido por ningún transeúnte.

Hay varias llamadas al 112 avisando del percance (eso sí). Según la dirección facilitada por los alertantes, se hallan a escasos metros de un centro de salud. Y es excepcional que alguno de los viandantes se “atreva” a acompañar a la persona hasta el centro de salud.

-No, no, yo no me atrevo a moverle…Por mucho que usted, doctor, me diga que puedo moverle yo no le muevo hasta que no lleguen los médicos.

-No, no voy a acompañarle. No le conozco, y no es mi responsabilidad. Yo he llamado al 112, que es lo que tenía que hacer como buen ciudadano, y ahora la responsabilidad es suya de ustedes.

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Piden una ambulancia. Y al explicarles que tardará, porque aquello no parece tratarse de una urgencia o de una emergencia, los gritos e improperios, las críticas hacia la sanidad pública, etc etc, se pueden oír sin teléfono.

-¡Con lo que llueve! ¡Y este pobre hombre muerto de frío aquí en la calle! ¡Manden una ambulancia, que es lo que tienen que hacer! ¡Que para eso están! ¡Que no tienen vergüenza! ¡Que no tenéis corazón! 

Ay, cómo duelen esas frases.

A mucha gente le podrá parecer que esto es mentira, o una exageración; que estas cosas no ocurren en realidad. Pero todos los que trabajamos en un Centro Coordinador, en cualquier parte del país, escuchamos estas frases A DIARIO. Y varias veces en el mismo día.

                                                             *      *     *     *     *

Es cierto. Los sanitarios y las fuerzas del orden público están  (estamos) para ayudar. Y pasamos verdadera angustia pensando en que alguien puede estar pasando dolor o frío y somos incapaces de acudir en su ayuda o de mandarle la ayuda antes. Claro que tenemos corazón.

Lo que no tenemos son recursos. Ni capacidad para hacerlos aparecer de la nada.

Tal vez la gente no sepa que, al menos en mi comunidad, no existe un servicio específico para solucionar este tipo de problemas (afortunadísimas aquellas comunidades que sí lo tengan). Si la llamada se hace al teléfono 112, el SAMU tiene que movilizar sus recursos de urgencia. Es decir: médicos/enfermeros de centros de salud y/o técnicos con ambulancias pertenecientes a la red de Urgencias. Aquell@s destinad@s a accidentes, infartos, dificultades respiratorias, enfermedades o situaciones que  no permitan el traslado del paciente en vehículo particular o público, etc etc.

Y solo en contadas ocasiones y en casos muy determinados las fuerzas del orden público pueden acudir en lugar de los sanitarios  (ya que lo que se precisa en principio parece ser ayuda sanitaria).

Si los recursos fuesen ilimitados, o muy numerosos, los mandaríamos sin dilación a cualquiera que fuese la demanda. Pero no lo son. 

Tan escasísimo es el número de recursos y efectivos de los que dispone esta nuestra comunidad (y básicamente toda España), que hay que gestionarlos con lupa. Y tratar de reservarlos para los casos de absoluta necesidad, en los que no hay otra manera de atender / ayudar / trasladar a esa persona. Es decir: para las urgencias y emergencias. Sabiendo, además, que tardarán un mínimo de media hora (con mucha suerte) en quedar libres y poder ser utilizados en otro aviso.

Un infarto es una urgencia. Una parada cardiorrespiratoria es una emergencia. Un esguince de tobillo no es ni una cosa ni otra.

Un robo con violencia, una pelea con armas de por medio, un accidente de tráfico con numerosos vehículos y personas implicados, es una urgencia. Una caída de la cama sin mayores consecuencias que la imposibilidad de levantarse de nuevo no lo es.

A todos nos gustaría que las fuerzas del orden público y los recursos sanitarios llegasen volando a nuestro lado si sufrimos una urgencia o emergencia. No aceptaríamos complacientemente que nos dijeran que no pueden acudir porque están atendiendo un asunto de menor importancia…

Así que el Centro Coordinador de Urgencias y Emergencias debe restringir la activación de los recursos, medir muy bien a qué los envía, y hacerlo con absoluta prioridad de la emergencia-urgencia.

Lo cual significa que las cosas (a priori) menos graves tendrán que esperar. Y tal vez esperar aún más. Y si el día se tuerce, tendrán que seguir esperando…

                                                      *      *     *     *     *

Yo veo estas cosas muy claramente cuando estoy en el Centro Coordinador. Pero si me ocurrieran a mí,  o fuera testigo de algo similar “yendo vestida de persona”, seguro que otro gallo me cantaría a mí también…

Todavía quedan lugares (que seguramente ni salen en Google Maps) en los que perdura el espíritu de “comunidad” de antaño. Pero en las grandes ciudades va a ser que no. O, si lo hay, le cuesta salir del ascensor.

La vida moderna ha traído muchos adelantos, muchas comodidades. Pero también ha traído prisas, desconfianza, recelo. Yo creo que esta sociedad actual, tan avanzada en tantas cosas,  se tiene que hacer mirar esto del “TDAH + I”, este Déficit de Atención (al vecino o desconocido) e Hiperactividad + Impaciencia (no podemos esperar ni un minuto) que padece cada vez en mayor grado. Como dicen los mayores, “eso en mis tiempos no existía”…

Ya no conocemos a nuestros vecinos; se diría que vivimos en edificios llenos de “vecinos fantasmas”. Ya no nos atrevemos fácilmente a acercarnos a un desconocido en la calle.

Ojalá “volvieran los vecinos” de los bloques de 11 pisos y 4 puertas. Y perdiésemos la vergüenza de pedirles ayuda en un momento de apuro. Y asumiéramos como “normal”, “humano”, “correcto”, llámese como se quiera, el acudir en ayuda de cualquier vecino de cualquier puerta o casa. 

Ojalá volvieran los “paisanos de manta y carreta”, aquellos que llevaban a la persona herida o enferma hasta un hospital que estaba al otro lado del mundo a pesar de la lluvia, la nieve y los caminos de cabras.

Ojalá pudiésemos superar los reparos cuando se trata de acercar a un desconocido al centro sanitario que está al otro lado de la calle, o de tratar de buscar entre todos el mayor confort y la mejor ayuda posible para él, incluso cuando los recursos sanitarios o las fuerzas del orden público no están disponibles.

¿Cuánto tiempo de espera, de dolor, de angustia, de incomodidad, de frío, podríamos ahorrar a mucha gente?

Aunque solo fuera por egoísmo: porque un buen día podríamos ser nosotros, o nuestros padres, o nuestros cónyuges, los caídos en el suelo de la habitación o en la calle bajo la lluvia…

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Y si no, al menos,  ¡tengamos un poco de paciencia y de comprensión con esta lamentable carencia de recursos de que adolece nuestro país! ¡No carguemos contra el 112, mero gestor de las “4 ambulancias mal contadas” que le dan para gestionar! ¡Ni contra los trabajadores sanitarios, que ni tienen la culpa de lo que le ha ocurrido al paciente ni pueden multiplicarse ni dividirse para estar en varios sitios a la vez!

De verdad, muchas veces en el Centro Coordinador echo de menos poder disponer del recurso “vecinos” y poder activarlo inmediatamente ante algunas llamadas que no son urgencias, pero que demandan ayuda por soledad e impotencia. La mejor ayuda posible llegaría en menos que canta un gallo, y pondría fin a una desesperación que también vivimos con pena y angustia al otro lado del teléfono.

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