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Muerte súbita (2). Fibrilación ventricular. Desfibrilación.

 

En una entrada anterior describí por encima la anatomía y la función de bombeo del corazón. Expliqué la diferencia entre angina e infarto. Y hablé de la posibilidad de sufrir una muerte súbita relacionada con un infarto.

(Podéis leerlo AQUÍ:   Angina. Infarto. Arritmia maligna. Muerte súbita.  )

En resumen: el corazón es un músculo hueco, también llamado MIOCARDIO; que se contrae y se relaja continuamente de forma automática, mandando sangre al resto del cuerpo ( contracción o sístole) y recibiéndola de vuelta (relajación o diástole).

El miocardio tiene una pequeña “batería”, el nodo sinusal, que genera automáticamente impulsos eléctricos. Y está recorrido por un entramado de “cables” (haz de Hiss y fibras de Purkinje) que forman el sistema de conducción eléctrico.

anacircu4En el nodo sinusal se forma un impulso eléctrico y se transmite a través de los “cables” por todo el tejido cardíaco. A medida que la “corriente” va pasando por las fibras musculares cardíacas, estas se contraen, y “exprimen” las aurículas y ventrículos (sístole), lanzando la sangre al resto del cuerpo. Cuando pasa el efecto del “calambrazo”, las fibras musculares se van relajando (diástole), permitiendo a las aurículas y ventrículos volver a llenarse de sangre hasta que llegue el siguiente impulso eléctrico.

Entre 60 y 100 impulsos eléctricos por minuto. Entre 60 y 100 latidos (sístole – diástole) por minuto.

El corazón se “recarga” automáticamente. Las células cardíacas recuperan toda la energía que han gastado en el latido, y se preparan para un nuevo latido. La “batería” que posibilita estas recargas durará lo que “el fabricante” haya estipulado. Entonces se descargará, y no podrá recargarse de nuevo. Y el corazón se parará.  Será una muerte por causas naturales, a consecuencia de la edad.

MUERTE SÚBITA

Con este nombre no nos referimos a la muerte natural que sobreviene tras una larga enfermedad o a una edad avanzada, como consecuencia del fin esperado de la vida.

Nos referimos a una persona que, estando PREVIAMENTE SANA (o al menos sin sufrir una enfermedad severa conocida), y mientras realiza una  ACTIVIDAD COTIDIANA de su vida (caminar, hacer deporte, trabajar, disfrutar de una actividad de ocio), súbita e inesperadamente pierde el conocimiento, se desploma y muere.

primos

La muerte súbita es EL CESE BRUSCO DE LA ACTIVIDAD EFICAZ DEL CORAZÓN. Un corazón que hasta ese momento estaba latiendo, bombeando sangre al resto del cuerpo, repentinamente deja de hacerlo.

En cuanto los músculos dejan de recibir sangre, pierden toda su fuerza. La persona se desploma súbitamente en el suelo.

En cuanto el cerebro deja de recibir sangre, se “apaga”. Deja de enviar órdenes al resto del cuerpo. El paciente deja de moverse. Deja de hablar. Deja de respirar. Los ojos dejan de mirar. Cesan los signos de vida. Una persona que un segundo antes estaba viva, hablando con nosotros, repentinamente pierde todos sus signos vitales ante nuestros ojos.

¿QUÉ LE PUEDE HABER PASADO AL CORAZÓN  PARA SUFRIR UNA MUERTE SÚBITA?

Hay dos razones principales para que un corazón, que minutos antes latía sin problemas, deje de latir de repente. La ASISTOLIA, o parada cardíaca completa. Y la FIBRILACIÓN VENTRICULAR, o ritmo eléctrico caótico.

1. ASISTOLIA

La causa MENOS frecuente de muerte súbita es la parada cardíaca completa.

De pronto el músculo cardíaco deja de moverse. Ni un mínimo latido. Se para por completo. Como un coche al que de repente se le acaba la gasolina. Como el corazón que se “descarga” al final de la vida. Solo que todavía no debería de haber llegado ese momento.

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La falta total de movimiento se traduce en el monitor electrocardiográfico como una LÍNEA PLANA.

corazon-roto-630x300Esta “parada cardíaca completa” suele ocurrir por un daño importante o masivo del músculo cardíaco (tras un golpe brutal, por culpa de un objeto que penetra en el tórax y perfora el corazón, por una falta completa de oxígeno, por un infarto muy extenso que “estropea” o incluso “rompe” las paredes del corazón…)

Es difícil, muy difícil, revertir una asistolia. La única posibilidad es tratar de “recargar” el corazón, de “reactivar” los latidos cardíacos con medicación y oxígeno, de arreglar el corazón con cirugía…según la causa. Si el corazón no está “roto del todo”, tal vez se pueda conseguir. Pero las posibilidades son, realmente, muy escasas.

2. FIBRILACIÓN VENTRICULAR

Hay una causa mucho, muchísimo más frecuente de muerte súbita en una persona que segundos antes estaba llena de vida, y que de repente se desploma sin una causa clara que lo justifique. Una causa que es, en sus primeros minutos, REVERSIBLE.

Es la MUERTE SÚBITA DE ORIGEN “ELÉCTRICO”.

Cuando el “sistema eléctrico” se daña bruscamente, sufre un “cortocircuito”. Los impulsos eléctricos, en vez de recorrer ordenadamente el tejido cardíaco, lo recorren sin control.

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Las fibras musculares, en vez de contraerse  y relajarse ordenada y rítmicamente, comienzan a contraerse de forma caótica, sin orden, sin ritmo, sin sentido. No logran latidos eficaces. No generan sístole ni diástole.

El corazón “tiembla”, incapaz de enviar sangre al resto del cuerpo. Está sufriendo una “tormenta eléctrica”.

El nombre técnico de este caos eléctrico es FIBRILACIÓN VENTRICULAR (también conocida por sus siglas: FV).

 

Si el corazón no bombea sangre de un modo eficaz, el resto del cuerpo no la recibe. A la vista de los testigos, la consecuencia de esta “tormenta eléctrica” es la misma que la de la parada cardíaca completa.  Los músculos pierden tono, el cerebro se “apaga”. La persona se desploma de forma brusca, sin tono muscular, sin respiración, sin signos de vida. SUFRE UNA MUERTE SÚBITA.  Las manifestaciones son indistinguibles de aquellas de la asistolia.

Pero dentro del cuerpo de ese paciente la situación es muy diferente.

Un electrocardiograma no muestra una asistolia, una línea plana. Lo que muestra es un TRAZADO IRREGULAR, que sube y baja, en forma de onda con diferentes longitudes. Detecta un “ritmo caótico”, un “funcionamiento arrítmico”. ¡Pero detecta movimiento!

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Las células cardíacas todavía no están inutilizadas. Todavía están llenas de energía, todavía funcionan, todavía se contraen. El problema es que no lo hacen de forma eficaz. Están gastando su energía de forma inútil. Y no pueden deshacerse del estímulo eléctrico que corre descontrolado entre ellas. No pueden “descansar” para recargarse de nuevo.

Con el paso de los minutos, la energía de las células cardíacas se agotará. Y cuando eso ocurre, se pararán por completo. La FV se terminará convirtiendo en ASISTOLIA.

¿A QUÉ PERSONAS LES PUEDE OCURRIR UNA FV?

Para resumir, básicamente hay 3 tipos de problemas cardíacos que pueden causar una FV en algún momento.

1.  FIBRILACIÓN VENTRICULAR DEBIDA A UN INFARTO

(Lo explico con más detalle  AQUÍ:   Angina. Infarto. Arritmia maligna. Muerte súbita.)

Cuando una arteria coronaria se obstruye de repente por un coágulo o por un espasmo, la parte del músculo cardíaco que esa coronaria debía irrigar se queda sin recibir sangre. Y si esta situación de ISQUEMIA se prolonga demasiado, esa parte del corazón empieza a morir. Esto es el infarto: la NECROSIS, la muerte, de parte del tejido cardíaco por falta de riego sanguíneo.

Cuanto más tiempo pase la coronaria obstruida, más se extiende la necrosis por el músculo cardíaco.

Si “pasa un cable” por el punto exacto del miocardio que se está quedando sin sangre, esa necrosis puede provocar un “cortocircuito” y hacer que el corazón entre bruscamente en FV.

Esto puede pasar en cualquier momento del proceso de infarto:

     -Puede ocurrir al principio (y la primera señal de que el paciente está sufriendo un  infarto será la muerte súbita).

    -Puede ocurrir a los pocos minutos del inicio del dolor (y un paciente que hasta entonces estaba con dolor en el pecho y en el brazo, dificultad para respirar, pálido, sudoroso, afectado…de repente se desploma sin respiración ni signos de vida).

 -Puede ocurrir incluso pasada más de una hora.

Hasta que esa coronaria no se libere, con medicación o con cateterismo, existe riesgo de FV.

   -Si el infarto ha sido extenso y ha afectado a gran parte del músculo cardíaco, puede existir un riesgo de FV  indefinido por “mal funcionamiento” de la red de cables.

EL 80% DE PACIENTES ADULTOS QUE SUFREN UNA FV LA SUFREN EN EL CONTEXTO DE UN PROBLEMA CORONARIO. Especialmente si la persona es mayor de 35-40 años.

EL 80% DE LOS PACIENTES ADULTOS QUE SUFREN UNA MUERTE SÚBITA EN EL CONTEXTO DE UN INFARTO ESTÁN SUFRIENDO UNA FV.

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2.  FIBRILACIÓN VENTRICULAR DEBIDA A UNA CARDIOPATÍA NO CORONARIA  

EL 20% DE LOS EPISODIOS DE FV, especialmente los que ocurren en pacientes menores de 35 años, SON DEBIDOS A UNA ALTERACIÓN DEL MÚSCULO CARDÍACO Y / O DEL SISTEMA DE CONDUCCIÓN DEL CORAZÓN que NO SON CONSECUENCIA DE UN INFARTO.

Las coronarias están bien. La FV no tiene nada que ver con un posible infarto. El problema es que el músculo cardíaco o el “cableado eléctrico” del corazón vienen con un defecto de fábrica. Muchas veces son problemas de causa GENÉTICA (un defecto de “programación” de la instalación eléctrica ya desde la concepción). El caso es que pueden provocar que el circuito eléctrico del corazón tenga un punto débil, una conexión defectuosa.

Estos defectos han podido no dar la cara en años. Ni siquiera en las revisiones o los electrocardiogramas. Pueden no haber dado un síntoma jamás.

Y de repente, en medio de un esfuerzo, de un partido, de una situación estresante, tras un susto por la bocina de un camión, tras un despertar brusco con la alarma del despertador…el sistema eléctrico sufre un “cortocircuito” y se desencadena la FV.

Son la causa más frecuente de muerte súbita en deportistas de élite. Y la causa más frecuente de muerte súbita de nadadores en piscinas, de runners, de deportistas en general, de niños que jugaban en el patio del colegio. Y se cree que pueden tener mucho que ver en algunas muertes súbitas del lactante.

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¿Y no es posible ver que existe este riesgo con una ecocardiografía, una prueba de esfuerzo, una resonancia, un scanner, etc etc?

Pues a veces sí. Pero a veces no.

Hay problemas de corazón que sí se podrían ver si son suficientemente llamativos, como los “corazones grandes” (miocardiopatía dilatada o hipertrófica), o como las paredes cardíacas defectuosas (displasia arritmogénica). También hay problemas “eléctricos” que se pueden adivinar en un electrocardiograma (algunos síndromes de Brugada, algunos síndromes de Qt largo o QT corto).

Pero muchas veces en las revisiones y pruebas varias no aparece rastro del problema. Es el caso de algunos síndromes de QT largo, corto, Brugada, taquicardia ventricular polimórfica…Los electrocardiogramas pueden no mostrar alteraciones. El resto de pruebas suelen ser, por definición, normales. Son corazones sanos desde cualquier “punto de vista”. Pero esconden una bomba de relojería.

La única pista que tal vez se tiene es la existencia de familiares que murieron de muerte súbita sin causa aparente a edades tempranas. Y, con “suerte”, una historia de desmayos frecuentes relacionados con el ejercicio, el esfuerzo, los ruidos o el despertar, sin causa ninguna que los justifique. De ahí las insistentes preguntas: “¿ha sufrido usted desmayos continuados a lo largo de su vida? ¿Ha sufrido desmayos extraños en la infancia y nunca le encontraron la causa? ¿Tiene usted padres, abuelos, tíos, primos, que hayan sufrido desmayos con frecuencia o hayan muerto jóvenes de muerte súbita sin que la causa esté clara del todo?”.

(Podéis leer un ejemplo del comportamiento de una de estas patologías en este enlace:  http://www.elmundo.es/elmundo/2009/06/27/espana/1246138949.html   )

En estos casos de alta sospecha, cuando todas las pruebas médicas son normales, las pruebas genéticas suelen tener la respuesta. Se busca el gen alterado, el fallo de programación que llevó a colocar un “cable en mal estado”.

Pero otras veces ni siquiera las pruebas genéticas son concluyentes.

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Así que, si a veces estamos seguros de que un paciente puede padecer una alteración que le predisponga a una muerte súbita eléctrica (por sus antecedentes personales o familiares); pero ni buscando con ahínco se encuentra esa alteración… cuántas personas podrían ser portadoras de una condición de riesgo sin siquiera sospecharlo,  porque nunca han tenido síntomas, nunca se les ha hecho una prueba que salga alterada, y nunca se ha tenido que indagar más allá.

Afortunadamente la mayoría de los portadores de estas patologías nunca sufrirán una muerte súbita. Pero el riesgo siempre será un poco más elevado que en personas no portadoras.

3. PERSONAS QUE SE ELECTROCUTAN

Una potente corriente eléctrica (por un rayo, por una descarga de alta tensión…) que de pronto atraviese el tórax del paciente puede provocar un cortocircuito y desencadenar esta tormenta eléctrica.electrocutado

Si una persona, TRAS RECIBIR UNA DESCARGA ELÉCTRICA, cae al suelo y pierde los signos vitales, LAS PROBABILIDADES DE QUE SU CORAZÓN ESTÉ SUFRIENDO UNA FIBRILACIÓN VENTRICULAR SON MAYORES DEL 90%.

 

*          *          *

 

La realidad es que en cualquier momento, en cualquier lugar, a cualquier persona de cualquier edad le podría sobrevenir una muerte súbita.

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Y si esta muerte súbita es de origen eléctrico, es una FV, PODRÍA SER REVERSIBLE.

Porque un corazón en FIBRILACIÓN VENTRICULAR tiene, durante varios minutos, sus células completamente cargadas de energía. Podrían volver a funcionar, a contraerse y relajarse, a generar latidos eficaces. No lo hacen porque un impulso eléctrico “desmadrado”, descontrolado, las activa “a lo loco” y se lo impide. Pero si esa electricidad caótica desapareciera antes de que las células cardíacas gasten toda su energía, el sistema eléctrico volvería a la normalidad.

El nodo sinusal, el marcapasos natural del corazón, está programado para generar impulsos automáticos continuamente. Pase lo que pase, hasta que la batería que la “casa comercial” (la genética) colocó se agote por completo.

Si el corazón lograra que sus células dejaran de recibir “calambrazos” aleatorios y se relajaran por completo durante solo unos segundos, si el sistema eléctrico pudiera disponer de unos escasísimos segundos para “resetearse”, el nodo sinusal podría generar otro impulso automático. Ese nuevo impulso volvería a recorrer de su forma habitual y por sus caminos habituales todo el músculo cardíaco. Y las células cardíacas volverían a lograr contraerse de forma eficaz. Volverían a lograr la sístole – diástole.

¡Hay que conseguir deshacerse de ese impulso eléctrico descontrolado!

Un mínimo porcentaje de corazones en fibrilación ventricular lo consiguen por sí mismos. Son los afortunados casos de “FV  AUTOLIMITADA”. El paciente sufre una pérdida de conocimiento brusca, deja de respirar y pierde los signos vitales; pero en pocos segundos, como mucho en uno o dos minutos, se despierta y se recupera.

Tal vez este episodio haya sido interpretado por los testigos como un “síncope”, un simple desmayo. Pero en realidad su corazón ha sufrido un “cortocircuito” y ha entrado en FV. Sólo que las células cardíacas, de alguna manera, han logrado deshacerse por sí mismas del impulso eléctrico caótico. Y tras unos segundos de relajación, de “reseteo”, el nodo sinusal ha vuelto a tomar el mando de la situación y a generar impulsos eléctricos ordenados y eficaces.

Sin embargo, por desgracia, este “reseteo” interno es excepcional. Lo más frecuente es que, una vez que aparece la “tormenta eléctrica”, el corazón no pueda deshacerse de ese caos eléctrico por sí solo.

Necesita que algo, o alguien, “resetee” el sistema eléctrico cardíaco desde fuera. Que alguien “apague” el sistema (como hacemos con nuestra televisión, nuestro móvil o nuestro ordenador cuando dan problemas o la pantalla se llena de “niebla”) y lo vuelva a encender segundos después. NECESITA UNA DESFIBRILACIÓN.

DESFIBRILACIÓN

¿Cómo se “resetea” un corazón? Aplicando, directamente sobre él, UNA CORRIENTE ELÉCTRICA de mayor intensidad que la del impulso eléctrico descontrolado que está recorriendo en ese momento el músculo cardíaco. La corriente eléctrica externa apagará, anulará, el sistema eléctrico del corazón. Hará que todas las células cardíacas descarguen toda su energía a la vez. Las DESPOLARIZARÁ. Hará que sean, de golpe y porrazo, incapaces de seguir contrayéndose a expensas del estímulo eléctrico caótico. Hará que el corazón entre en “asistolia”. Sólo unos segundos.

El acto de aplicar una descarga eléctrica externa directamente sobre el corazón se llama DESFIBRILACIÓN. Y el aparato que administra dicha descarga se llama DESFIBRILADOR.

El corazón desfibrilado se parará por completo unos segundos. Suficientes para que el estímulo caótico, sin sistema eléctrico que lo soporte y  retroalimente, termine por “disolverse” y desaparecer.

El nodo sinusal, pasados esos segundos, generará un nuevo impulso eléctrico. Y si las células cardíacas aún conservan energía suficiente, volverán a contraerse al paso del estímulo eléctrico. El corazón volverá a “arrancar”, volverá a latir.

 

LA FIBRILACIÓN VENTRICULAR ES UN RITMO ELÉCTRICO CAÓTICO POTENCIALMENTE REVERSIBLE. Pero solamente en los primeros 5-10 minutos.

 

¿Por qué? Porque en el proceso de “temblar” sin control, las células cardíacas gastan energía. Y no la reponen “descansando” durante la relajación, ni “recargándose” con el siguiente estímulo eléctrico. Sólo se contraen y se contraen sin orden, gastando más y más energía.

Si se hace un electrocardiograma al inicio de una FV, el trazado será caótico pero enérgico, con líneas curvas que suben y bajan mucho, en forma de ondas o espigas marcadas. Es la llamada “fibrilación gruesa”.

Si se hace un electrocardiograma cuando el corazón lleva más de 5 minutos en FV, el trazado será mucho más aplanado, con espigas y ondas mucho menos pronunciadas, mucho menos “vibrado”. Se le conoce como “fibrilación fina”.

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Si se hace un electrocardiograma cuando el corazón lleva más de 10 minutos en FV, tal vez el trazado sea prácticamente una línea recta, con muy pocas “vibraciones”. Y llegará un momento en el que observemos una asistolia completa. Las células cardíacas habrán gastado toda su energía en el inútil proceso de la FV. Habrán quedado descargadas, inutilizadas por completo.

La desfibrilación consigue parar por completo las células cardíacas. Puede provocar una asistolia. Pero las células cardíacas sólo serán capaces de “reactivarse”, de volver a latir, si aún conservan energía en su interior. Si no es así, la asistolia será definitiva, irreversible.

Si se aplica una desfibrilación sobre un corazón ya en asistolia, sobre unas células cardíacas ya agotadas, estas no podrán reactivarse de nuevo. La desfibrilación es ineficaz en la asistolia.

 

LA DESFIBRILACIÓN SOLO ES EFICAZ EN LOS PRIMEROS MINUTOS DE UNA FIBRILACIÓN VENTRICULAR.

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Si aplicamos una desfibrilación en el primer minuto de una FV, más del 90% de los corazones lograrán “resetearse” y volver a latir automáticamente. Pero por cada minuto que tardemos en aplicar la desfibrilación, el corazón perderá u 10% más de probabilidades de lograr “reactivarse”.

Si aplicamos una desfibrilación a los 5 minutos de una FV, menos del 50% de los corazones lograrán “reactivarse”. Si la aplicamos a los 8 minutos, lo lograrán menos del 20%. Si la aplicamos a los 10 minutos, sólo entre el 2 y el 5% de los corazones lograrán recuperar latido espontáneo.

 

SI UN PACIENTE SUFRE UNA MUERTE SÚBITA DE ORIGEN ELÉCTRICO, LA ÚNICA MANERA DE CONSEGUIR QUE SU CORAZÓN VUELVA A LATIR  ES LOGRAR APLICAR UNA DESFIBRILACIÓN EN MENOS DE 5-10 MINUTOS.

 

Pero, como hemos dicho en posts anteriores, la inmensa mayoría de muertes súbitas no ocurren en entornos sanitarios, sino en domicilios y lugares de trabajo u ocio. No son presenciadas por personal sanitario, sino por ciudadanos “de a pie”: familiares, amigos, compañeros de trabajo o de equipo, taxistas, conductores, tenderos, profesores, entrenadores.

Y los servicios sanitarios tardarán en llegar mucho más de 5 minutos. Los tiempos medios de una UVI móvil en entorno urbano son de 7-8 minutos. Más de 10 minutos en entorno rural. 20 minutos al punto más alejado al que pueden llegan según las isocronas. Y este tiempo se duplica si la UVI móvil está ocupada y hay que recurrir a equipos de atención primaria de un centro de salud que no esté realmente próximo al paciente.

 

¿Qué se puede hacer entonces? Dos cosas fundamentales.

En primer lugar, tratar de “dar más tiempo a los sanitarios” para que estos lleguen con un desfibrilador, medicación y material especializados. LOS TESTIGOS DEBEN REALIZAR REANIMACIÓN CARDIOPULMONAR BÁSICA (RCPB) HASTA QUE LLEGUE LA AYUDA SANITARIA.

En segundo lugar, multiplicar el número de DESFIBRILADORES EXTERNOS AUTOMÁTICOS (DEA) colocados en lugares no sanitarios, al alcance del máximo número posible de ciudadanos. Y concienciar a estos ciudadanos de su importancia, y formarlos en su uso.

De ambas cosas hablaré con más detalle en una entrada posterior.

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Para aquellos alumnos a los que no les supe explicar…

2016-11-08-13-20-43Cuando vienen residentes de Medicina o de Enfermería a rotar en la UVI móvil, creo que todos tratamos de enseñarles, de explicarles, de permitirles historiar y explorar a los pacientes. Cada cual según su carácter y sus habilidades docentes, creo que todos lo intentamos. Igual que nuestros adjuntos hicieron con nosotros en su día.

Pero hay algo que yo no sé explicarles. Y es cómo enfrentarse a la muerte súbita, repentina, inesperada de una persona. Y cómo decirles a sus seres queridos que su familiar, que poco antes estaba lleno de vida, acaba de morir.

Porque no hay manera correcta, ni apropiada, ni sencilla, de asumir semejante final. Y tampoco de prepararse para dar semejante noticia.

Nadie está ni estará preparado para decirle a una abuela que su compañero de toda la vida acaba de fallecer. O a una madre que su bebé acaba de sufrir una muerte súbita mientras dormía en su cuna. O a un hijo que su padre parece haber tenido un infarto masivo y que no hemos logrado reanimarlo. O a una familia que su mujer, su hija, su madre, acaba de desplomarse de repente por un posible derrame cerebral y que ha dejado de respirar. O a un chaval que su novia acaba de quitarse la vida y no podemos hacer nada. O a unos padres que su hijo no ha podido superar las lesiones del terrible accidente que acaba de sufrir.

Quince años después de mi primera vez, aún no sé cuál es la manera correcta de hacerlo. Quince años después se me sigue encogiendo el corazón cuando doy la orden de suspender las maniobras de reanimación porque entiendo que ya son inútiles, que si seguimos adelante haríamos más daño que bien.

Una y otra vez trato de prepararme para dar la noticia a los familiares. Busco las palabras más exactas y menos dañinas. Busco las frases de consuelo que podrían ayudar a afrontar mejor la situación.

Odio tener que hacerlo. Quisiera estar en cualquier lugar del planeta, menos allí. Cojo aire, me levanto. Busco al familiar y lo llevo a un lugar un poco apartado.

Y una y otra vez, las únicas palabras que puedo pronunciar son: “Lo hemos intentado todo, pero no hemos podido hacer nada, su corazón se paró y no respondió a los intentos de reanimación… Lo siento muchísimo, pero acaba de fallecer”.

Y una y otra vez me atraviesan todos los sentimientos descontrolados de incredulidad, de negación, de rabia, de dolor, de los familiares. Incluso de odio hacia nosotros. Sus gritos, sus lloros, su desesperación, son imposibles de evitar y de esquivar. Por más que trate de consolarles, de razonar, de hacerles entender, en esos momentos simplemente no hay nada que hacer.

Me siento absolutamente impotente, inútil, de sobra.

Todavía hay que rellenar informes y certificados, hacer llamadas, activar protocolos. Todavía hay que permanecer en el lugar, sabiendo que no sólo no podemos ayudar, sino que nuestra presencia impide que los familiares se abandonen por completo al dolor y a las lágrimas. Tal vez por un cierto pudor, tal vez porque nuestra presencia todavía podría significar que hay una mínima esperanza, que “los médicos aún podrían intentar hacer algo”.

Sólo quiero salir de allí cuanto antes. Y sé que todos mis compañeros, médicos, enfermeros, técnicos, piensan y sienten lo mismo que yo. Pero todos nos quedamos, y tratamos de ayudar en lo poco que podemos. Con una mano en el hombro, con un abrazo, con un tranquilizante, con una llamada que los desesperados familiares no son capaces de hacer.

Y si nosotros nos sentimos impotentes, qué decir de los rotantes. Que participan de la escena, que tratan de ayudar en las maniobras, que reciben todos los sentimientos desbordados de sanitarios y de familiares. Pero que no saben qué deben hacer, qué deben decir. Ni siquiera saben muy bien qué deben sentir.

¿Y cómo se le explica todo esto a un residente, a un rotante de veintipocos años?

Yo no se lo puedo explicar. Y cuando los veo hundidos, aterrados, angustiados, derrotados después de haber vivido una experiencia semejante, tampoco me siento preparada para ayudarles mucho más.

No puedo decirles así, de repente: “Aprende ya cuándo dejar marchar a un paciente. Aprende ahora mismo cómo dar la noticia. Aprende cómo afrontar la avalancha de sentimientos que se te van a venir encima. El dolor, el horror, la pena, la compasión, el alivio porque no te ha ocurrido a ti ni a ninguno de los tuyos, la angustia de darte cuenta de que podría ocurrirte a ti o a alguno de los tuyos, los pensamientos obsesivos, los recuerdos indelebles”.  

Porque todo esto no se puede enseñar. Porque es algo que se va “aprendiendo” , si es que se llega a aprender, de la vida misma y a lo largo de las situaciones que esta preciosa y dura profesión que es la emergencia nos pone delante. Porque yo nunca aprendí del todo.

Así que muchas veces no digo nada. No explico nada. Me pongo la máscara de “bueno, es lo que hay, así es la vida, ya lo aprenderás”. O la de “tía dura”, a la que nada de esto le afecta ya.

Perdón, porque sé que aquel día no te pude explicar lo que tú necesitabas aprender.

Pero sí que te puedo enseñar una cosa. Una que yo sí que he aprendido a lo largo de estos 15 años.

¡Aprende a vivir! ¡Aprende a disfrutar de la vida! ¡Aprende a cambiar tus prioridades!

Porque cuando llegue este momento (y a todos nos llegará antes o después) te darás cuenta de repente de lo que malgastaste tu tiempo junto a tus seres queridos, de lo poco importantes que eran todas aquellas importantísimas cosas que te impidieron disfrutar más de la vida.

Porque en cualquier momento, en cualquier lugar, a cualquier persona de cualquier edad le puede ocurrir esto que acabas de ver.

Prepara tu mente, tu alma y tu corazón para que entiendan que la muerte es ley de vida, que antes o después seremos los que despiden, los despedidos o los testigos de una despedida. Que la muerte no sea una desconocida para ti.

Pero hasta que la muerte se acerque a saludar, recuerda esta frase de la película de “El club de los poetas muertos”, los impactantes versos de Thoreau:

“Me fui a los bosques porque quería vivir sin prisas. Quería vivir plenamente y extraerle todo el jugo a la vida. Dejar de lado todo lo que no fuera la vida. Para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido”.

Para no descubrir, en el momento de la muerte de los seres queridos, que no habíamos vivido.

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Enfermedades que todavía avergüenzan

2016-11-24-09-39-54Ayer me tocó atender un caso que, por triste, me hizo pensar.

Avisaron por un chaval que estaba teniendo alucinaciones. Cuando llegamos al domicilio, efectivamente, nos encontramos al chico agresivo, agitado, sin reconocer a su madre ni a sus hermanos, tratando de quitarse de delante “bichos” y “cosas” que sólo él veía.

A nuestras preguntas de “¿Tiene alguna enfermedad? ¿Le ha ocurrido esto más veces? ¿Toma alguna medicación? ¿Toma algún tipo de drogas??”, las respuestas fueron “no, no, no, no…”.

Dormimos al chico para quitarle su angustia y poder trasladarle. Informé a la familia: “si todo es negativo, puede tratarse de un brote psicótico que debuta ahora. Hay que trasladarlo al hospital para que sea valorado por Psiquiatría”.

Los hermanos acompañaron al resto de sanitarios y la madre me hizo una señal para que esperase. Quería hablar conmigo en privado.

Y entre lágrimas me dijo: “No quería contarlo, fue un episodio en su adolescencia y ya está cerrado…Lo creíamos cerrado, nadie sabe nada…Él tuvo problemas mentales en su adolescencia, fue visto por Psiquiatría por ataques de agresividad. Tardó mucho en salir de aquello, pero estaba muy bien. Y hace unos meses tuvo problemas sentimentales, empezó a deprimirse, empezó a descompensarse…Hoy lleva todo el día tomando pastillas porque quiere dormir y olvidarse de todo…No quiso ir al médico y yo no le obligué, no quería volver a pasar por todo aquello, ni que nadie se enterase…Y de repente ha empezado a decir cosas raras, a ver cosas raras…Esto jamás le había pasado, estoy muy asustada”.

Busqué los blisters de lo que se había tomado. Entre ellos había una pastilla concreta que me llamó la atención. Consulté el Vademécum.

“Efectos secundarios extremadamente raros: delirios, taquicardia, temblores, espasmos, piel caliente y seca…”

El diagnóstico inicial de “brote psicótico primario” pasó a ser “intoxicación aguda por XXX con brote psicótico secundario”. Algo que tiene un tratamiento concreto. Que se hubiera tardado mucho en poner, o que nunca se hubiese puesto, de no conocer su verdadera causa.

La vergüenza que sentía aquella madre porque su hijo hubiera tenido una enfermedad mental le llevó a pasar por alto los síntomas de que un nuevo episodio se estaba gestando. Y a no pedir ayuda a pesar de los obvios intentos del chico de controlar su alterado estado emocional automedicándose. Y a retrasar un diagnóstico y un tratamiento sin los cuales, tal vez, la vida de su hijo hubiese estado en serio peligro.

Tener una enfermedad mental no debería suponer ningún estigma. No debería causar vergüenza. No debería llevar a nadie a tratar de ocultarla.

Los problemas psicológicos o psiquiátricos son enfermedades igual que la diabetes, que la epilepsia, que el cáncer, que los infartos. Igual de reales, igual de “dignas”, igual de difíciles, igual de respetables. Y necesitan el mismo apoyo de los familiares y del entorno que cualquier enfermedad. A veces muchísimo más.

Pero algo seguimos haciendo mal como sociedad cuando pasan estas cosas. Cuando tener una enfermedad mental sigue suponiendo un estigma para el paciente y la familia. Cuando la vergüenza supera a la razón, y la razón no se atreve a hablar hasta que una vida corre peligro.

Toda la sociedad, empezando por los sanitarios, siguiendo por los ciudadanos y terminando por los pacientes y los familiares, deberíamos educar y educarnos mucho más en este tema.

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La impotencia de no saber, o no poder, ayudar a tener una buena muerte

Hace unos días nos avisaron por una señora de unos 75 años que se había puesto muy grave en la residencia de ancianos en la que vivía.
 
Cuando llegamos nos encontramos a una mujer tan sumamente delgada, gastada, sin color, sin movilidad, que desde la puerta nos pareció que había fallecido. Tuvimos que acercarnos a su cama para reconocer signos de vida.
 
Mientras yo leía el historial, la enfermera de la residencia nos explicó que la hija de la señora, que también vivía en la misma residencia y compartía habitación junto a su madre, había fallecido hacía unos meses. Y que desde aquel día la mujer ya no quería vivir.
 
Las fotos sobre la mesita atestiguaban que había sido una mujer feliz, con una vida feliz, rodeada del cariño de un marido, una hija, unos nietos.
 
Pero los informes médicos y las últimas analíticas evidenciaban un estado general muy precario. Los ingresos por infecciones y descompensaciones habían sido continuos en los 2 últimos meses. El cuerpo de la señora estaba diciendo “basta”. De alguna manera parecía que su voluntad de no querer vivir estaba ganando la partida.
 
El electrocardiograma que le hicimos mostró que estaba sufriendo un infarto. El corazón de la señora tampoco quería seguir adelante.
 
Si en España tuviéramos un sistema, no solo sanitario, sino social y familiar, que permitiera que un paciente, llegada su hora, pasara por ese trance de forma confortable e íntima…
 
Pero no lo tenemos. No tenemos una cultura ni una educación que abarque y acepte la muerte, y que prepare al paciente, a la familia, a los cuidadores y a los sanitarios para ella.
 
Lo que tenemos es una lucha por lograr la inmortalidad, un rechazo frontal a la idea de la muerte en este nuestro “primer mundo”, nuestro “mundo evolucionado”, que trata de elevarse sobre la humilde resignación de las gentes “de pueblo”, “primitivas”, “subdesarrolladas”. Aquellas que saben (y no pueden permitirse olvidar) que la muerte se une a la vida en el momento de la concepción, y que camina siempre un pasito por detrás.
 
En nuestro mundo un paciente no se suele morir en casa. No se debe morir en una residencia, si se puede evitar. Hay que trasladarlo. Y no se debe morir en la ambulancia. Hay que pelear por él en el hospital. Y se peleará hasta que el corazón del paciente se apague.
 
No le puse los tratamientos del infarto. Su cuerpo no los habría soportado. Únicamente traté de aliviarle un poco su dolor. Pero yo tampoco pude dejarla en la residencia. La trasladé, con todas las molestias que un viaje en ambulancia conlleva (y mucho más en su estado) a ese hospital que iba a luchar por salvarle la vida, y que iba a perder. Y ella lo sabía.
 
Yo no intenté animarla. No tenía sentido. Habría sido mentirle. Así que le dije: “No se preocupe. Pase lo que pase, no estará sola. Aquí estamos nosotros. Y allí ella le estará esperando”.
 
Se echó a llorar y me agarró la mano fuertemente todo el camino. Los 15 minutos que duró el traslado. No me la soltó hasta que llegamos al hospital. Y entonces pronunció la única palabra que le escuchamos. “Gracias”.
 
Horas después volvimos al hospital con otro paciente. Pregunté por ella. Me dijeron que estaba ingresada en estado muy grave. La siguiente vez que volví a preguntar, ya había fallecido.
 
Creo que fui la última persona con la que pudo hablar. Creo, con orgullo, que fuimos las personas que le pudieron acompañar de una forma un poco más “íntima” en sus últimos momentos.  En la “habitación privada” de la ambulancia. Ser consciente de que se está siendo testigo de esta transición es uno de los sentimientos más fuertes que se viven en nuestro trabajo. Y ese “gracias” me lo llevo de recuerdo para toda la vida.
 
Pero no tenía que haber sido yo. No teníamos que haber sido nosotros. No tenía que haber sido en la UVI móvil.
                             ——————————-
 
El otro día vi el programa de #Salvados, #LaBuenaMuerte. E inmediatamente pensé en ella.
 
Si hubiera una ley que me hubiera permitido preguntarle: “¿Quiere que lo intentemos una vez más? ¿O quiere que le ayudemos a marchar en paz con su hija?”, a lo mejor las cosas hubieran sido diferentes…
.
Si hubiera una cultura, una partida económica suficiente, una infraestructura, un personal cualificado y accesible, una ayuda domiciliaria, hospitalaria o en residencias…
 
 
Pero la realidad es que los sanitarios, en el tema de los cuidados paliativos y la buena muerte, estamos legal, económica y estructuralmente limitados. Hacemos lo que podemos, lo que sabemos, lo que nos dejan, donde nos dejan. Y es claramente insuficiente.
 
No quiero discutir sobre la eutanasia, el suicidio asistido, el derecho de las personas a poder elegir sobre su propia muerte. Sólo sé que algo falla terriblemente en esta sociedad.
 
Por alguna razón quise llevarme un recuerdo suyo. Y le “robé” una foto de su mano.  Porque ella me dio una de las mayores lecciones sobre la vida y sobre la muerte que se pueden dar.
 
Ojalá ella lo haya sabido.
foto
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Emergencia sanitaria: con tus manos puedes salvar vidas

Angina. Infarto. Arritmia maligna. Muerte súbita (1).

Son conceptos que muchas personas confunden. Por eso voy a tratar de explicarlos en esta entrada; antes de centrarme, en una entrada próxima, en la muerte súbita de la gente joven y en la necesidad de multiplicar la presencia de los desfibriladores en los lugares públicos.

(Este blog está dirigido a personas no sanitarias. Ni los términos ni las explicaciones serán siempre “sanitariamente correctas”, pero espero que sean más comprensibles para ellos)

(Las fotografías que apoyan el texto están tomadas de Internet)

 

¿CUÁL ES LA FUNCIÓN DEL CORAZÓN?

Imaginad una bomba de agua eléctrica. La corriente hace funcionar el motor. Este motor aspira el agua por un tubo de entrada, y la impulsa con fuerza por otro tubo de salida, enviándola a donde ese agua se necesite.

Nuestro corazón funciona de forma parecida a una bomba de agua eléctrica. Solo que, en vez de bombear agua, nuestro corazón, nuestro motor, bombea sangre.

No voy a entrar con detalle en la anatomía del aparato cardiovascular. Simplemente voy a recordar, muy por encima, la función del corazón.

NUESTRO CUERPO NECESITA RIEGO SANGUÍNEO CONTINUO

El corazón debe bombear, por una parte, sangre “limpia”, llena de oxígeno, a todos los órganos, músculos, células del cuerpo.

Los órganos y músculos de nuestro cuerpo funcionan como pequeñas fábricas. Reciben la sangre y cogen el oxígeno que trae disuelta, para que sus “máquinas” puedan seguir trabajando a pleno rendimiento.

Cada “fábrica”, mientras trabaja,  genera unos productos de desecho (entre otros, el CO2, o dióxido de carbono), de los que se libra vertiéndolos a su vez en la sangre. Esta sangre “sucia” vuelve al corazón. Habrá que limpiarla y recargarla de nuevo de oxígeno. Y son los pulmones los  encargados de esta labor.

Así que, por otra parte, el corazón debe bombear esta “sangre sucia” hacia los pulmones. Con la respiración se elimina el CO2, y la sangre se “limpia”. Los pulmones atrapan el oxígeno que respiramos, y lo vierten en la sangre. Esta sangre ya “limpia” y recargada de oxígeno vuelve al corazón, que de nuevo la bombea hacia todos los órganos, músculos y células que necesitan ese oxígeno para seguir trabajando.

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Es decir: el corazón no es exactamente “una bomba”. En realidad consiste en 2 bombas independientes que funcionan a la vez.  

 

El corazón es un motor formado por un músculo “hueco por dentro” y un conjunto de cavidades, válvulas, tabiques, “cañerías” y “cables”.

El músculo cardíaco propiamente dicho, también llamado MIOCARDIO, encierra  4 espacios o cámaras cardíacas: por un lado, la aurícula y el ventrículo e39derechos; por el otro, la aurícula y el ventrículo izquierdos.

La bomba izquierda está formada por la aurícula izquierda, el ventrículo izquierdo, el músculo cardíaco que rodea a ambos y la válvula mitral que los comunica. Esta bomba izquierda  recibe “sangre limpia” desde los pulmones y la bombea al resto del cuerpo.

La bomba derecha está formada por la aurícula derecha, el ventrículo derecho, el músculo cardíaco que rodea a ambos y la válvula tricúspide que los comunica. Esta bomba derecha  recibe “sangre sucia” de vuelta de todo el cuerpo y la bombea a los pulmones para que estos la limpien.

Ambas bombas están separadas por tabiques que impiden que la sangre “limpia” y la “sucia” se mezclen.

Las aurículas y ventrículos, huecos, se llenan y se vacían de sangre gracias al músculo cardíaco (miocardio) que las rodea, que se contrae (SÍSTOLE) y se relaja (DIÁSTOLE) en cada latido cardíaco.

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¿CÓMO FUNCIONA EL SISTEMA DE BOMBEO?

La sangre llega al corazón a través de unas “cañerías” llamadas venas. Y abandona el corazón a través de otras “cañerías” llamadas arterias.

Desde las venas la sangre entra a las aurículas. Para que las aurículas puedan llenarse de sangre, el músculo cardíaco que las rodea debe estar relajado (diástole de las aurículas).

A la aurícula izquierda le llegará sangre “limpia” desde los pulmones, a través de las venas pulmonares. A la aurícula derecha le llegará sangre “sucia” desde el resto del cuerpo, a través de las venas cavas.

Ahora cada aurícula debe mandar la sangre que contiene a su ventrículo correspondiente. Para ello el músculo cardíaco que rodea las aurículas se contrae  (sístole de las aurículas),latidos “exprimiéndolas” y empujando la sangre que contienen a los ventrículos. Mientras tanto, para poder ensancharse y llenarse mejor de sangre, la pared muscular de los ventrículos debe estar relajada  (diástole de los ventrículos).

Una vez que los ventrículos están completamente llenos de sangre, es su turno de “exprimirse” gracias a la contracción del músculo cardíaco que los rodea  (sístole de los ventrículos). El ventrículo izquierdo lanzará toda su sangre “limpia” al resto del cuerpo a través de la arteria aorta. El ventrículo derecho mandará su sangre “sucia” a través de la arteria pulmonar, para que los pulmones la limpien de CO2 y la recarguen de oxígeno.

 Cuando el músculo cardíaco que rodea las aurículas se relaja de nuevo, las aurículas vuelven a “aspirar” la sangre que viene de vuelta. Vuelven a llenarse de sangre. Y con la siguiente contracción de las aurículas, el ciclo vuelve a empezar.

 

¡EL CORAZÓN TAMBIÉN NECESITA RECIBIR SANGRE!        LAS ARTERIAS CORONARIAS

El corazón es un órgano más, que debe realizar su trabajo (que es, precisamente, bombear sangre). Y para ello necesita recibir continuamente sangre “limpia”, llena de oxígeno. La sangre tiene que regar todo el músculo cardíaco, llevando oxígeno a esas células cardíacas que se contraen y se relajan sin parar.

Así que el corazón, además de bombear sangre para el resto de los órganos, se la tiene que mandar también a sí mismo.

fig10_a¿Y cómo se manda oxígeno a sí mismo? A través de las arterias coronarias, que salen de la arteria aorta cargadas de sangre “limpia”.

¿Y cómo se deshace de la sangre venosa, “sucia”,  llena de productos de desecho que el músculo cardíaco produce tras su trabajo de bombeo? A través de las venas coronarias, que desembocan en la aurícula derecha (la que recoge la sangre “sucia” de todo el cuerpo).

 

ESTE BOMBEO NO SE PARA NUNCA:    EL SISTEMA ELÉCTRICO DEL CORAZÓN 

Pero ¿cómo logra el corazón estar latiendo rítmicamente, sístole-diástole, sístole-diástole, sin parar ni un solo instante, hasta que la persona muere?

El corazón, además de las “cañerías” (arterias y venas) que llevan la sangre por todo el cuerpo, y también al propio corazón, tiene un complejo sistema eléctrico encargado de “arrancar” ese bombeo cardíaco de sangre.

Este sistema eléctrico está formado por un pequeño generador llamado nodo sinusal (NS) , que está en la pared de la aurícula derecha;  y por un entramado de “cables” (el haz de Hiss y las fibras de Purkinje) que se distribuyen por todo el músculo cardíaco, y que harán llegar la corriente eléctrica a todas y cada una de las células musculares del corazón.

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Este pequeño generador, este NS, es un marcapasos automático. La fábrica genética, el ADN, le colocó una batería de larguísima duración, que se supone que debe durar entre 75 y 100 años, según la “casa comercial” (genética familiar) que la fabrique. Y lo programó para que vaya formando impulsos eléctricos automáticos sin parar, y los vaya lanzando continuamente.

Debe lanzar más o menos uno cada segundo. Entre 60 y 100 por minuto. Más rápido si el cuerpo está trabajando, corriendo o en tensión (porque necesita más sangre oxigenada, y el corazón tendrá que latir más rápidamente). Más despacio si el cuerpo está relajado, descansando o durmiendo (porque ni los órganos ni el corazón necesitan trabajar tan deprisa). 

Y deberá hacerlo desde el día que el ADN lo encendió (el día 21 de gestación del embrión) hasta el día en que la batería que lleva se le “agote” y el corazón se pare definitivamente en la muerte natural.

El NS “se enciende” y genera un impulso eléctrico. Esta electricidad se extiende por todo el sistema de cables, recorriendo todas las células cardíacas que rodean las aurículas y los ventrículos.

Cuando nosotros recibimos un “calambrazo”, nuestros músculos se contraen.

Cuando el anacircu4NS “enciende el interruptor” y genera un impulso eléctrico, lo lanza por el sistema de cables que recorren el corazón.  Cuando el impulso eléctrico va llegando a las células cardíacas, estas reciben el “calambrazo” y se contraen, “exprimiendo” primero las aurículas y más tarde los ventrículos, vaciándolos de sangre y lanzándola por las arterias (aorta, pulmonar, coronarias).  Así se origina la SÍSTOLE: la contracción del músculo cardíaco.

Cuando la corriente ya ha pasado por todo el músculo cardíaco, cuando ya se ha logrado una contracción completa que ha vaciado los huecos de sangre, el NS se “apaga”. Cesa el estímulo eléctrico. Y las células cardíacas se relajan, en el mismo orden en el que antes se contrajeron. Descansan, se estiran. Permiten que, primero las aurículas y más tarde los ventrículos, agranden sus cavidades, para que se puedan volver a llenar de la sangre que ahora vuelve por las venas (cavas, pulmonares, coronarias). Es la DIÁSTOLE: la relajación del músculo cardíaco.

El NS está programado para volver a “encenderse automáticamente” y generar otro impulso eléctrico pasados uno o dos segundos. Y vuelta a empezar.

Click-click.    Encendido-apagado.  Impulso eléctrico-cese del impulso.    Contracción del músculo cardíaco – relajación.    Sístole-diástole.    Aurículas-ventrículos.   

Más rápido o más despacio, según las necesidades del cuerpo.

La sístole de las aurículas coincide con la diástole de los ventrículos. La diástole de las aurículas coincide con la sístole de los ventrículos. Tiene que haber un orden y una coordinación estrictos en el ciclo cardíaco para lograr que la sangre “limpia” y la sangre “sucia” circulen sin cesar por todo el cuerpo.

Si algo falla, si esta coordinación se pierde, el ciclo cardíaco se alterará ,      y el bombeo del corazón será ineficaz.

 

¿QUÉ ES UNA ANGINA?

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Hemos dicho que las arterias coronarias son las encargadas de llevar sangre “limpia” al músculo cardíaco del propio corazón, para que éste pueda utilizar ese oxígeno para seguir ejerciendo su función de bombeo.

Hay 2 arterias coronarias principales: la derecha y la izquierda (una para cada “bomba” del corazón). Cada arteria coronaria se va subdividiendo en ramas menores. Cada rama de las arterias coronarias es una pequeña “manguera”, bastante blanda y flexible, que lleva sangre oxigenada a una parte diferente del músculo cardíaco.

 

A veces una de estas ramas coronarias se obstruye parcialmente, por alguna de las siguientes razones:

-Por culpa de un coágulo de sangre, que haría un efecto similar al de “una piedra que ocluyera la manguera” e impidiera el paso de la sangre.

-O por placas de colesterol, o “ateroma“, que se han ido acumulando por dentro de las paredes de las arterias coronarias tras años de comer con exceso de grasa. Son arterias con “aterosclerosis

Aún peor tienen las coronarias los pacientes que fuman o tienen la tensión alta, porque además de tener placas de ateroma pegadas, sus coronarias serán duras, rígidas, poco flexibles, con más dificultad para acomodar su diámetro al paso de la sangre. Son arterias con “arterioesclerosis“.

-O por un espasmo violento de la propia arteria (como si alguien “pisara la manguera de repente, impidiendo que fluya el agua”).

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Cuando el paciente no hace grandes esfuerzos, la sangre fluye “a ritmo normal” sin excesivos problemas, a pesar de que estas coronarias estén algo rígidas y estrechas. 

Pero cuando el paciente realiza un esfuerzo del tipo que sea, su corazón late más rápido. Y el mismo corazón necesita recibir sangre oxigenada a mayor velocidad. Pero las coronarias afectadas no lo permiten.

La parte del músculo cardíaco que depende de esa coronaria deteriorada para recibir sangre oxigenada no recibe toda la que necesita en ese momento. Sufre ISQUEMIA (falta de riego sanguíneo).

infarto2Esa parte del miocardio comienza a quejarse fuertemente: “¡Eh, que no me llega sangre, que me estoy poniendo malo!“. El paciente comienza a notar un fuerte dolor opresivo en el pecho. Este dolor puede quedarse en la zona torácica, o puede ir también al brazo izquierdo, a la espalda, a la mandíbula. Es el dolor típico de la conocida como “ANGINA DE PECHO“.

“ANGINA” significa literalmente “DOLOR de características isquémicas, debido a falta de riego sanguíneo”.

“Angina” no es sinónimo de “infarto”

(“Angina” sólo significa “dolor”. El dolor puede deberse a un infarto o simplemente a una dificultad temporal en el paso de sangre por las arterias coronarias)

                                       —————————————–

La mayoría de las veces, esa obstrucción de la arteria coronaria se arregla sola en pocos minutos, y el miocardio deja de “protestar”.

-Tal vez un pequeño coágulo haya taponado parte de la arteria, pero la fuerza de bombeo de la sangre que empuja por detrás termina por “desprenderlo” enseguida.

-Tal vez durante la taquicardia del esfuerzo una coronaria muy estrecha no haya dejado pasar toda la sangre que el miocardio acelerado necesita. Pero cuando el paciente se queda en REPOSO ABSOLUTO, el corazón frena su ritmo. Y a velocidad normal, la sangre ya no tiene problemas en pasar.

-Tal vez la arteria sufra un espasmo de corta duración, y se abra de nuevo en pocos minutos, por sí misma o ayudada por la CAFINITRINA o nitroglicerina  (una pastilla cuya misión es precisamente esa: “dilatar las arterias“, ayudar a las arterias coronarias que han sufrido un espasmo a relajarse y abrirse de nuevo).

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Sea cual sea el motivo de la ISQUEMIA (y, por tanto, de la ANGINA, o “dolor de protesta del músculo cardíaco”), si ese dolor anginoso dura menos de 10-15 minutos y cede por completo con estas medidas de reposo y 1 o 2 cafinitrinas, encontrándose el paciente “como si no hubiera pasado nada”, es poco probable que el corazón haya llegado a dañarse seriamente. 

Si la parte “dolorida” del miocardio ha vuelto a recibir sangre oxigenada en pocos minutos, el episodio se llamará  “angina leve”, “isquemia miocárdica limitada”, “aviso del corazón”. Pero NO se tratará de un infarto.

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Si es la primera vez que esto le ocurre a una persona, aunque el dolor haya cedido y ya se encuentre bien, debe consultarlo con su médico para realizar un electrocardiograma e iniciar estudios cardiológicos. Puede tratarse del primer aviso de que alguna coronaria anda mal. Y, de estar indicado, empezará a tomar tratamientos para evitar que las coronarias sigan deteriorándose.

Pero muchos pacientes “ya se conocen” estos síntomas. Han sufrido este tipo de dolores al someter a su corazón a algún esfuerzo (caminar deprisa, correr, subir escaleras, comer demasiado, levantar pesos). Tal vez un cateterismo les ha alertado de que sus arterias coronarias están bastante estropeadas, rígidas, estrechadas debido a placas de colesterol acumulado. Y seguramente ya están tomando varios medicamentos para el corazón. A algunos hasta les habrán puesto un muelle (stent) en una coronaria demasiado estrecha, para impedir que se cierre del todo.

Han recibido la orden de “quedarse en absoluto reposo” en cuanto comiencen con su dolor característico, para lograr frenar los latidos demasiado rápidos de su corazón. Y de tomar una o dos cafinitrinas, para intentar que las coronarias se relajen, se “abran” para dejar pasar mejor la sangre.

Un electrocardiograma realizado en el centro de salud más cercano puede descartar que el corazón haya sufrido daños, y ayudar a tranquilizar al paciente.

Pero muchos pacientes que ya han tenido varios episodios similares y que “conocen sus anginas”, cuando se recuperan por completo en pocos minutos ni siquiera acuden al médico. Sólo consultan cuando “algo en el dolor de siempre” ha cambiado: la localización, la duración, los síntomas…

 

¿QUÉ ES UN INFARTO?

Si una arteria coronaria, o una de sus ramas, se obstruye POR COMPLETO, y esta obstrucción dura más de 15 minutos, la parte del miocardio que se está quedando sin sangre puede quedar seriamente dañada. Puede sufrir una necrosis. Y si la obstrucción no se libera enseguida, esas células cardíacas pueden terminar muriendo.

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Si la rama coronaria obstruida es muy pequeña, la parte del miocardio que se verá afectada será mínima.  Pero cuanto mayor sea la coronaria obstruida, o más numerosas las ramas afectadas, más extensión de miocardio estará “en peligro de muerte”.

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El paciente notará el dolor torácico característico de la angina, del corazón que se está quejando por falta de oxígeno.

Pero este dolor será muy intenso, opresivo, “como si un puño le apretara fuertemente el corazón”, “como si tuviese un gran peso aplastándole el corazón”.

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Ese dolor se puede quedar en el centro del pecho, o “en la boca del estómago”; o puede irradiarse a los hombros, la mandíbula, la espalda, el brazo izquierdo o los antebrazos.

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Y no cederá con el reposo, ni con las cafinitrinas. La coronaria está completamente obstruida, cerrada, y esas medidas no son suficientes para abrirla.

El paciente se pondrá pálido, muy sudoroso, agitado, desasosegado. Tendrá náuseas o vómitos. Le costará respirar. Notará una sensación de “muerte inminente”.

Esto es lo que se suele llamar un “ataque al corazón“.

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Si en ese momento se hace un electrocardiograma, se verán alteraciones claras en comparación con un trazado normal. El músculo cardíaco no funciona bien. La parte afectada del miocardio no se está moviendo correctamente.

Si en ese momento se hace una analítica, las TROPONINAS (que son sustancias que el corazón dañado vierte en la sangre) estarán elevadas. El corazón está sufriendo un daño serio.

Esto es un INFARTO: el DAÑO SEVERO de una parte del miocardio. Este daño puede ser irreversible, ocasionando la muerte de las células cardíacas afectadas y un peor funcionamiento del músculo cardíaco.

Cuanto más tiempo permanezca la arteria coronaria obstruida, más y más células cardíacas se verán afectadas. La extensión del infarto irá creciendo poco a poco. Más tejido miocárdico se irá necrosando y muriendo por falta de riego.

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Una vez que el músculo cardíaco ha sufrido un INFARTO, las células cardíacas más afectadas por la falta de riego morirán sin remedio. Nunca podrán volver a recuperarse, a moverse y contraerse tan bien como antes. En realidad los infartos no se “curan”.

Pero SE PUEDE TRATAR DE FRENAR SU PROGRESIÓN Y DISMINUIR SUS SECUELAS.

Y SOLO TENEMOS UNAS POCAS HORAS DE MARGEN para tratar de liberar esa coronaria obstruida.

Si se consigue abrir enseguida, el miocardio afectado recibirá sangre de nuevo; y no seguirán muriendo células cardíacas. A veces, con el tiempo, el músculo cardíaco logrará recuperar gran parte de su movilidad. Las secuelas serán mínimas; incluso indetectables.

En cambio, si el paciente pasa más de 4-6 horas desde el inicio de los síntomas sin recibir ningún tipo de tratamiento, toda la parte del miocardio que debía ser irrigada por esa arteria obstruida quedará severamente dañada, necrosada; y sus células morirán sin remedio.

La parte de miocardio que se ha necrosado de modo irreversible no se moverá correctamente con los latidos cardíacos. No se contraerá en la sístole, no bombeará la sangre con la fuerza suficiente. El paciente se fatigará con los mínimos esfuerzos. La sangre no podrá ser lanzada por las arterias y se quedará estancada en las cámaras cardíacas o en las venas. El paciente sufrirá fallos cardíacos, “encharcamientos” pulmonares, anginas frecuentes. Tal vez le queden cicatrices en el miocardio, que le terminen provocando arritmias.

A MAYOR EXTENSIÓN DEL INFARTO, Y CUANTO MÁS TIEMPO SE TARDE EN RECIBIR LOS TRATAMIENTOS ADECUADOS, MAYOR SEVERIDAD DE LAS SECUELAS.

¡EN UN INFARTO,  EL TIEMPO ES CORAZÓN!

 

Así que es imprescindible saber reconocer los síntomas que tiene la persona que puede estar sufriendo un infarto: dolor intenso y opresivo en el pecho, que puede extenderse al brazo izquierdo, a los antebrazos, a la mandíbula o a la espalda; acompañado de palidez, sudoración, náuseas y dificultad respiratoria, con sensación de muerte inminente, que dura 15 minutos o más, Y QUE NO CEDE CON 2-3 CAFINITRINAS NI CON EL REPOSO ABSOLUTO.

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Por desgracia no todos los pacientes sufren estos síntomas tan claros. Los pacientes diabéticos, los ancianos, los que toman mucha medicación y las mujeres suelen tener síntomas más larvados, que se confunden con problemas gástricos o dolores musculares. Incluso existen los infartos “silentes”, que nunca ocasionaron dolor. Por suerte son los menos frecuentes.

Aún y así, cuando una persona comience con un malestar y un desasosiego intensos, como nunca antes había sufrido, hay que sospechar que algo “extraño” le pueda estar pasando. Y con más razón si esa persona fuma, es hipertensa, tiene el colesterol alto, es diabética, toma mucha medicación, es una mujer relativamente joven o toma anticonceptivos (que aumentan la tendencia a formar trombos).

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En cuanto un paciente comience a sufrir los síntomas característicos o sospechosos de un INFARTO, debe sentarse y permanecer en ABSOLUTO REPOSO (para que el corazón se someta al mínimo esfuerzo posible). Y SE DEBE AVISAR INMEDIATAMENTE AL 112. Un equipo médico y una ambulancia (si es posible, una UVI móvil) deben movilizarse y acudir junto al paciente sin demora (a no ser que no estén disponibles; en cuyo caso el Centro Coordinador pedirá a la familia que trasladen al paciente lo más rápidamente posible a un centro sanitario).

Se deben realizar cuanto antes un electrocardiograma y una analítica (en el mismo lugar, en el centro de salud o en el hospital, según la disponibilidad de los recursos sanitarios) que busquen los signos del daño del miocardio. Y si se confirma este daño, se deben iniciar de inmediato los tratamientos dirigidos a liberar la obstrucción de esa arteria coronaria.

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Los primeros tratamientos médicos se le darán al paciente en el mismo lugar (domicilio, centro de salud o lugar público) donde sea atendido. Su finalidad será disolver el coágulo de sangre que está taponando la coronaria (antiagregantes), relajar las arterias para que las paredes se dilaten y dejen pasar más sangre (vasodilatadores potentes), aumentar el oxígeno que transporta la sangre para que cada gota de sangre que el corazón dañado reciba esté cargada por completo de oxígeno (gafas o mascarilla de oxigenación), y quitar en lo posible el dolor y la sensación de angustia y de muerte inminente del paciente (analgésicos).

En muchos casos, estos tratamientos son suficientes para liberar la coronaria y terminar con la progresión del infarto.

Si el paciente lleva menos de 3 horas con síntomas de infarto, se activará el CÓDIGO CORAZÓN (el nombre varía en las diferentes comunidades): el paciente será trasladado a una sala hospitalaria de alta prioridad, donde los cardiólogos y hemodinamistas valorarán la posibilidad de realizar un CATETERISMO para desobstruir la arteria coronaria “desde dentro” (esto no siempre está indicado ni siempre es posible; pero si lo es, se hará de inmediato).

Y tal vez se deba colocar un pequeño muelle (stent) dentro de la arteria deteriorada. Este muelle mantiene abierto el canal de la arteria, impidiendo que las placas de ateroma la vuelvan a cerrar en poco tiempo.

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A pesar de las secuelas (anginas, fallos cardíacos, “encharcamientos pulmonares”, cicatrices en el miocardio…) que los infartos extensos pueden dejar al paciente, un paciente no tiene por qué morir por el infarto propiamente dicho.

Incluso con las coronarias obstruidas, con una parte importante del miocardio afectada, el sistema de conducción eléctrica sigue haciendo su trabajo. El NS sigue generando automáticamente impulsos eléctricos, que viajan por los “cables” y provocan la contracción y relajación ordenada del músculo cardíaco que no está dañado por el infarto.

Continúan los ciclos de sístole-diástole. Continúa el bombeo de sangre al resto del cuerpo y a los pulmones. El corazón está sufriendo, está haciendo un esfuerzo de bombeo a pesar de la isquemia y del dolor. Y sigue bombeando sangre, aunque una parte del miocardio no funcione bien, no se contraiga como debería.

Cuanto mayor sea el infarto, menos miocardio podrá seguir adelante con su trabajo de bombeo. A veces bombear sangre se convierte en una tarea titánica para el corazón. El miocardio está tan afectado que no tiene fuerza de bombeo. La tensión baja muchísimo: el cerebro recibe muy poca sangre, el paciente se marea; puede llegar a desmayarse. Los pulmones pierden energía: cada respiración cuesta un tremendo esfuerzo. La palidez va en aumento: no hay ni siquiera fuelle para que la sangre llegue a la piel.

Pero, salvo que el infarto sea masivo y el miocardio quede prácticamente imposibilitado, o que se rompa un tabique o el propio miocardio y la sangre “se escape” del corazón (sucesos afortunadamente poco frecuentes, pero que causarían la muerte con rapidez), el corazón hará lo posible y lo imposible para seguir latiendo, para que el cuerpo que depende de él siga con vida.

 

INFARTO Y MUERTE SÚBITA

No todos los infartos producen una muerte súbita. Ni mucho menos.  Todos conocemos personas (¡en realidad la gran mayoría!) que han sufrido un  infarto y han llegado vivos al hospital. Les han puesto los tratamientos pertinentes (medicamentos, cateterismo, “stents”) y han salido adelante sin haber llegado siquiera a perder el conocimiento en ningún momento.

Incluso hay personas que han pasado un infarto “a pelo”, sin haber ido al hospital. Algunos hasta sin haberse enterado siquiera (no tuvieron los síntomas típicos;  por lo tanto, no consultaron. Y sólo descubren que han sufrido un infarto en algún momento de sus vidas en revisiones médicas por otros motivos).

 

Entonces ¿cuándo un infarto provoca una muerte súbita?

Por una parte, si la gravedad es extrema: si el infarto es tan grande que no queda suficiente tejido cardíaco sano para poder bombear sangre al resto del cuerpo. O si una de las paredes del corazón, o uno de sus tabiques, se rompe y provoca que el corazón se “vacíe” de sangre.

Estas situaciones, por fortuna, son muy poco frecuentes. Pero si ocurre cualquiera de ellas, el miocardio queda completamente inutilizado. Y si el corazón no late, no bombea sangre, el resto del cuerpo no recibe sangre. Los músculos pierden tono; la persona se desploma. El cerebro se “apaga”; cesan los movimientos, la respiración, la mirada, los signos de vida.

El paciente sufre una muerte súbita debido a que las células cardíacas quedan inutilizadas por completo. El corazón entra en ASISTOLIA: la temida línea plana que indica la muerte, poquísimas veces reversible. Solamente en algunos casos afortunados la medicación (adrenalina) logra “recargar” el corazón de energía y “reactivar” el sistema eléctrico.

Pero esta causa de muerte súbita, por fortuna, es muy poco frecuente.

La muerte súbita que a veces sucede durante el infarto suele tener otra explicación.

 

MUERTE SÚBITA POR ARRITMIA MALIGNA.

Hemos dicho que un infarto (a no ser en los casos muy severos de rotura del músculo cardíaco o de afectación miocárdica masiva) no suele provocar por sí mismo, por la pura isquemia o falta de riego, la muerte del paciente.

Excepto en los casos en los que la zona dañada, necrosada, del miocardio, “pilla un cable eléctrico”.

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El sistema de “cableado” del corazón (el haz de Hiss y las fibras de Purkinje) discurre entre las fibras musculares del corazón. Si la parte de miocardio que se queda sin riego sanguíneo contiene uno de los “cables principales”, el sistema eléctrico sufrirá un “cortocircuito“.

Cuando los aparatos eléctricos sufren un cortocircuito, comienzan a hacer cosas extrañas. Las pantallas se quedan en blanco, o parpadean,o aparece “niebla”… En cualquier caso no funcionan correctamente.

fibrilacion-ventricularCuando el sistema eléctrico del corazón sufre un cortocircuito, deja de funcionar correctamente.  El NS deja de generar impulsos eléctricos regulares y continuos. Y tampoco es capaz de “cortar la corriente”.

Aparece un caos eléctrico que se traduce en una falta absoluta de ritmo. Todo el músculo cardíaco tiembla, incapaz de deshacerse de ese estímulo eléctrico que lo recorre sin control. Se contrae y se relaja sin orden, sin fuerza, sin sentido.

Este “caos eléctrico” se conoce como FIBRILACIÓN VENTRICULAR. Es la más frecuente de las TAQUICARDIAS MALIGNAS que puede provocar un cortocircuito del sistema eléctrico cardíaco.

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La fibrilación ventricular se reconoce en un electrocardiograma como un trazado arrítmico, irregular, de ondas y puntas que suben y bajan sin ningún orden.

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Cuando el corazón de un paciente entra de repente en fibrilación ventricular, desaparecen la sístole y la diástole. Las continuas contracciones desordenadas del músculo cardíaco no son capaces de generar un latido eficaz. El corazón no puede bombear sangre. El cuerpo entero deja de recibir sangre de repente. Todos los órganos, todos los músculos.

La persona pierde de golpe toda la fuerza muscular y se desploma en el suelo.

Y el cerebro, que es el más sensible de los órganos, cuando deja de recibir riego sanguíneo por completo se apaga. Deja de transmitir órdenes al resto del cuerpo.

Cesan los movimientos. Cesa la respiración. Cesan la mirada y el habla. Cesan los signos de vida. El paciente acaba de sufrir una MUERTE SÚBITA.

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Una fibrilación ventricular equivale para el paciente a una parada cardíaca brusca y completa, que provoca la MUERTE SÚBITA.

EL ÚNICO TRATAMIENTO EFICAZ PARA LA FIBRILACIÓN VENTRICULAR ES LA DESFIBRILACIÓN PRECOZ.

Una persona que esté sufriendo los síntomas de un posible infarto no debe quedar nunca infarto-cardiaco1sola, si es posible. Porque nunca se sabe si, justo por la zona del corazón que está sufriendo la falta de riego debido a la obstrucción de una coronaria, pasa un cable. En cualquier momento esa persona puede sufrir una muerte súbita de origen “eléctrico”.

Y entonces los testigos deberán “convertirse en el corazón de esa persona”, comenzando RCP al menos con compresiones torácicas hasta que llegue la ayuda sanitaria.

                               

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AQUÍ  (Muerte súbita (2). Fibrilación ventricular. Desfibrilación. )  explico más detalladamente qué es la muerte súbita por fibrilación ventricular. Y que no todas las muertes súbitas ocurren en personas que están sufriendo un infarto. Ni mucho menos. También pueden ocurrir en gente joven y aparentemente sana. Incluso en niños.

En una siguiente entrada explicaré qué es y cómo funciona un DESFIBRILADOR. Y por qué es tan importante disponer de un desfibrilador en pocos minutos. Y por qué es tan importante la actuación inmediata de los testigos, que deben iniciar inmediatamente RCP hasta la llegada de los servicios sanitarios.

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“¿Cómo va a quererme nadie siendo así? Mi vida es una mierda”

Última guardia del mes. Sobre las 10 de la noche pita el busca; y casi al mismo tiempo suena el móvil. Mi compañera del Centro Coordinador me informa del aviso: “intento de suicidio de una chica de 18 años.”

Cuando en este tipo de avisos la cifra de las decenas de la edad del paciente ni siquiera llega al 2, a todo el equipo sanitario se nos encoge el corazón un poquito más de lo normal. Cruzamos la ciudad  preparándonos para enfrentarnos a una situación que siempre es muy dura. Y no solo por la posible gravedad del cuadro (las explicaciones recibidas por el Centro Coordinador hacen pensar que la vida de la chica no parece correr peligro).

Sobre todo por las implicaciones emocionales que, inevitablemente, conlleva para toda la familia. Y más en el caso de una paciente tan joven. Seguramente estén presentes sus padres, algún hermano, tal vez los abuelos…Sentimientos al rojo vivo (nervios, preocupación, angustia, incomprensión, miedo, tristeza, y sobre todo una tremenda sensación de culpa) suelen salir disparados como dardos que se cruzan entre paciente y familiares. E, inevitablemente, nos pillan en el medio.

Llegamos al domicilio. Por fortuna la situación no reviste gravedad. La chica se ha tomado varios tranquilizantes, pero está consciente, aunque adormilada. Pero debe ser trasladada a un centro hospitalario. Y hay que hacer una historia clínica que refleje enfermedades previas, medicación habitual, intentos previos de suicidio (si los hay), hora del intento, número y tipo de pastillas…porque los tratamientos y actuaciones pueden ser diferentes en cada caso.

A nosotros, como equipo de emergencias, no nos importa el motivo que le ha llevado a intentar un acto tan límite. Nuestra misión es tratar de estabilizarla y evitar o minimizar las posibles complicaciones. Tendrá que ser valorada por un especialista en Salud Mental; será a él a quien deba explicárselo, para poder recibir la mejor ayuda posible.

Pero es necesario hacer unas mínimas preguntas delicadas. Debemos distinguir si estamos ante un brote de una enfermedad psiquiátrica, una depresión mayor crónica o un acto irreflexivo fruto de un problema que se está viviendo como irresoluble. Y es la madre quien responde de forma explosiva, sacando toda la rabia contenida hasta entonces:

-¡Que la acaba de dejar su novio! ¡Eso es lo que ha pasado! ¡Un tío que no le ha dado más que problemas, que la criticaba e insultaba, que ha amenazado con dejarla no sé cuántas veces, que le ha comido la cabeza, que la tenía obsesionada, y que por fin la ha dejado! ¡Y no sabe usted cuánto me alegro!

La chica no abre la boca. Se deja llevar a la ambulancia con la mirada perdida. Sólo durante el traslado, cuando estamos solas en el “cajón” ella, la enfermera y yo, se echa a llorar, derrotada.

-¿Quieres contarnos qué ha pasado? No tienes por qué, pero si te hace sentir mejor puedes decirnos lo que quieras – le anima la enfermera, cogiéndole de la mano.

Ella duda, y finalmente murmura:

-Es lógico que me haya dejado. Mírame. Estoy gorda, soy fea y deforme. ¿Cómo va a quererme nadie siendo así? Mi vida es una mierda.

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La enfermera va durante todo el trayecto susurrándole palabras de apoyo y comprensión, que parecen tranquilizarla en parte. Yo me limito a observarla durante los 10 minutos que dura el viaje.

Veo a una niña con unos preciosos ojos rasgados y un pelo largo y liso, con mechas doradas que le dan un aire muy dulce. Tiene 2 hoyuelos en las mejillas que se le marcan al llorar, así que seguramente tendrá una sonrisa preciosa. Tiene la cara llena de pecas (cosa que yo, secretamente, siempre había deseado tener en mi infancia, porque así dibujaban a los protagonistas en mis libros de cuentos).

Tiene unas piernas fuertes, con unos gemelos marcados; seguro que es una chica deportista (lo que, a mis ojos, le da muchos puntos positivos). Y tiene lo que yo supongo que es “el principal problema”: un ojo que bizquea y un poco de sobrepeso.

Diez minutos de traslado no dan para entender los verdaderos motivos que llevan a una persona a intentar una acción tan desesperada. Ni para conocer la historia completa de su vida y de su alma. Ni para decirle todo lo que me hubiera gustado decirle desde la perspectiva de “mujer” y “madre” (porque no estoy capacitada para tratar de ayudar desde el punto de vista psicológico-psiquiátrico). Así que no digo nada. Sólo tras dejarla en el hospital, en manos de los compañeros, me despido con un tímido “espero que todo te vaya lo mejor posible”. Sincero y sentido, pero incompleto.

Aquellas palabras, “Mírame, ¿cómo va a quererme nadie siendo así? Mi vida es una mierda”, se me han quedado grabadas. Qué tremendo dolor para unos padres ser testigos del intento de suicidio de un hijo. Y qué desesperación y frustración tan inmensas saber que el motivo ha sido éste.

¿Cómo es posible que nuestros jóvenes hayan llegado a interiorizar este tipo de ideas? ¿Qué errores estamos cometiendo los padres y la sociedad?

A ella no pude decirle nada más. Pero sí puedo decírselo a mis hijos. Al de 8 años, que cada vez que hace deporte me pregunta: “mami, ¿a que ya tengo más músculos?”. A la de 7 años, que ya me ha preguntado alguna vez, para mi espanto: “mami, ¿no tengo la barriga demasiado gorda?”. Y a la de 3 años, que sale del cole diciendo “mami, tengo novio y se llama Martín”.

A ellos sí puedo decirles lo que he ido aprendiendo y entendiendo en mis años de niñez, de juventud llena de complejos, de mujer y de madre; y en mis años de médico de emergencias que, testigo de los tremendos reveses que a veces da la vida, ha ido cambiando las prioridades y tantas “certezas” que han resultado equivocadas.

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“Mírame”.

Mi trabajo consiste, precisamente, en eso. En observar y explorar el cuerpo de los pacientes. En tratar de identificar qué problema está teniendo, comenzar a tratarlo para estabilizar al paciente o reducir su dolor, y trasladar al enfermo para que los especialistas hagan el resto y devuelvan a ese cuerpo el equilibrio y la salud perdidos.

Entiendo a la perfección lo importante que es el cuerpo. Pero el cuerpo no es la persona. Es sólo una parte. La persona es mucho más.

El cuerpo es el envoltorio que contiene al ser único y especial que somos cada uno. Es el vehículo que se nos entrega a nuestra llegada a la vida, para que podamos viajar por ella desde su inicio hasta su final.

Recibimos nuestro cuerpo en la concepción, junto con la misión de cuidarlo, protegerlo y respetarlo lo más posible hasta que la muerte nos separe. Esta es la única relación que nos durará toda nuestra vida. En la salud y en la enfermedad, en la fortuna y en la adversidad.

El cuerpo está a nuestra disposición cada segundo. Nos permite movernos, desplazarnos.  Nos permite ver, oír, oler, sentir sensaciones maravillosas. Nos permite relacionarnos, expresarnos, darnos a conocer y conocer a quien tenemos enfrente. Nos permite abrazar, besar, acariciar, y ser correspondidos.

Tengamos el cuerpo que tengamos, cuanto más lo cuidemos, más nos permitirá disfrutar de las experiencias de la vida. Y en mejores condiciones llegaremos juntos al final de nuestro viaje, dure lo que dure.

Pero no somos sólo nuestro cuerpo.

Somos lo que pensamos, lo que sentimos, lo que amamos, lo que odiamos, lo que tememos, lo que disfrutamos, lo que despreciamos. Somos lo que nos hace reír, lo que nos emociona, lo que nos duele, lo que nos enfada, lo que nos parece justo o injusto. Somos lo que deseamos, lo que soñamos, lo que nos hace vibrar, lo que “llevamos dentro”.

No es sólo nuestro cuerpo quien nos define. Nos definen nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestro modo de entender la vida. Todo aquello que no se puede ver. Aquello que nadie puede conocer, salvo que nosotros lo queramos mostrar. El cuerpo es el medio que tenemos para mostrarlo.

Ni siquiera hemos podido elegir el cuerpo que nos han entregado. Pero le damos una importancia desmesurada. Lo convertimos en el centro de nuestro ser, el motivo de nuestra felicidad o de nuestra desdicha. Pero nuestra esencia y nuestra felicidad no dependen solo de nuestro cuerpo.

No dependen de su forma. Ni siquiera dependen de su correcto funcionamiento. ¿Por qué a cada uno nos gustan personas diferentes?  ¿Por qué dos personas con cuerpos parecidos son tan distintas? ¿Por qué dos personas con el mismo problema físico reaccionan y lo afrontan de manera diferente?

He conocido a muchas personas con problemas corporales y de salud de todo tipo, que son razonablemente felices.  Que exprimen al máximo las posibilidades que su cuerpo les ofrece.  Que aceptan sus dolores o limitaciones, y a pesar de ellos siguen adelante. Que se sienten completas y en paz con ellas mismas.  Que aman, que se aman, y que son amadas. Y algunas de ellas han logrado llegar mucho más lejos de lo que otras personas, con sus cuerpos “sanos y completos”, han podido siquiera imaginar.

He conocido personas con cuerpos teóricamente “perfectos” que no son felices. Su salud corporal no se corresponde con su salud mental. Sus obsesiones, sus miedos, sus complejos, sus problemas emocionales, sus dificultades de relación, son limitaciones de muchísimo más lastre que las puramente físicas.

Así que no. La felicidad no puede depender exclusivamente de nuestro cuerpo.

Y muchísimo menos puede depender sólo del aspecto externo de nuestro cuerpo.

Y debería estar prohibido que dependiera de cómo lo miden, valoran o juzgan otras personas. Aunque sean nuestros padres. Aunque sean nuestros novios.

¿Que un ojo bizco nos impide ver con claridad? Tratemos de arreglarlo. ¿Que el exceso de peso nos impide correr más, ir de monte, echar un partido, o nos terminará trayendo problemas de salud? Tratemos de ponerle remedio. Pero porque NOSOTROS queremos que nuestro cuerpo nos responda mejor. Porque NOSOTROS queremos tener mejor salud para poder disfrutar mejor de la vida. No porque  OTROS juzgan que nuestro cuerpo sería más o menos bello o aceptable si cambiáramos algo. No porque creamos que así gustaremos más a los demás.

¿Por qué llegamos a creer que otras personas tienen el poder de hacernos sentir felices o infelices con sus opiniones respecto a nuestro cuerpo?


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“Estoy gorda, soy fea y deforme”.

Cuántas personas darían todo por tener unos muslos fuertes que les permitan correr, o simplemente caminar. Un pecho grande que les permita beberse el aire a bocanadas. Una buena barriga que les permita comer lo que desean sin dolor. Unos ojos bizcos que les permitan ver algo más que sombras y borrones. Tantas y tantas partes de nuestro cuerpo que a nosotros nos parecen “defectuosas” pero que nos dan la posibilidad de vivir y de disfrutar de tantas experiencias maravillosas que sólo valoramos cuando perdemos.

¿En qué momento hemos perdido la perspectiva, la conciencia de la verdadera importancia de nuestro cuerpo?

¿Cómo nos atrevemos a utilizar nuestro cuerpo y el de los demás como simples objetos merecedores de aprobación o de desprecio?

 

“¿Cómo va a quererme nadie siendo así? Mi vida es una mierda.”

Qué tremendo error nos han transmitido y estamos transmitiendo inconscientemente de generación en generación.

No es necesario encontrar pareja o formar una familia para llegar a ser feliz. Lo demuestran los miles de personas que son felices y plenas sin pareja. Y los miles de personas que son sumamente infelices con pareja, con cónyuge, con hijos.

Tener pareja debería formar parte de la elección consciente de un modo de vida determinado. Uno más, de todos los que hay. Pero “tener pareja” no puede ser un fin en sí mismo. Y la vida no puede ser “una mierda” sólo porque no hemos encontrado pareja, o parece que no hemos encontrado “la adecuada”.

Yo creo que el problema es que equivocamos los conceptos.

No se trata de que una persona incompleta encuentre a otra persona incompleta y ambas se completen una a la otra. Se trata de que una persona ya completa, que decide que prefiere compartir su vida con alguien, encuentre a otra persona también completa; y ambas elijan continuar el viaje de la vida juntas.

Identificamos “adulto” con “madurez”. Pero la madurez no llega de la nada, simplemente con la edad. Una persona realmente “madura”, “completa”, es el resultado del duro y consciente trabajo de toda una vida.

Una persona adulta debería ser perfecta conocedora y dueña de sí misma. Y se necesita toda una infancia, toda una adolescencia y toda una juventud para ello. Muchísimos años de formación en los que, como los atletas, se debe aprender, entrenar, esforzarse.

¿Tenemos claro los padres que esta es la meta más importante que debemos fijarnos para nuestros hijos, por encima de tantas otras? ¿Que nuestra misión es orientarles, guiarles, ayudarles, apoyarles para que lleguen a convertirse en adultos completos, maduros, independientes? ¿Y que sólo entonces estarán preparados para vivir en pareja, si así lo desean?

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Y en encontrar una pareja adecuada se puede, asimismo, tardar años.

Porque somos cuerpo, mente, corazón y alma. Físico, pensamientos, sentimientos y espiritualidad. Y debemos aprender a conectar con todos nuestros elementos, y mantenerlos en armonía. Y debemos encontrar a la persona que respete y aprecie esa armonía. Y esa persona, a su vez, deberá conocer y mantener en armonía sus propios elementos. Y deberá exigir que nosotros también los respetemos y apreciemos.

Nada menos.

Para esto es el noviazgo. Para descubrir quién es la otra persona, cómo somos y qué sentimos cuando estamos junto a ella. Para valorar si respeta y aprecia nuestra identidad y nuestros deseos. Para observar si estos sentimientos son recíprocos. Para que ambos analicemos todos y cada uno de los aspectos. Y para decidir, finalmente, si ambos queremos seguir el viaje juntos o no.

Pero no siempre tenemos claro qué es eso de “tener novi@”.

 

“Es lógico que mi novio me haya dejado”.

Claro que cada persona tiene unos gustos diferentes. Claro que cuando hablamos de gustar a una posible pareja, la parte física es importante. Pero suele ocurrir que, una vez que los adultos maduramos, apreciamos al resto de personas en su conjunto. No apreciamos solo el cuerpo. La forma de ser, el sentido del humor, los gustos y afinidades, atraen tanto o más que un físico determinado. Y si nos enamoramos, nos enamoramos de un todo. Del cuerpo, de la mente, del corazón y del alma del otro. De todo aquello que le convierte en quién es.

Y si el conjunto no gusta, si la relación no fluye sin tensión y sin dolor, debemos aceptarlo y dejarlo ir. No podemos forzar las piezas de un puzzle para que encajen. Se romperán, o el puzzle acabará mal hecho.

Nadie puede ni debe obligarnos a cambiar. No podemos ni debemos obligar a nadie a cambiar. Cada persona cambiará única y exclusivamente si ella así lo desea. Si se siente  criticada, despreciada, infravalorada, anulada, obligada a cambiar porque lo desea “el otro”, la relación jamás funcionará. Y se corre un riesgo aún mayor: perder la propia identidad, la propia autoestima, el propio valor.

 

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Mis peques: a vosotros todavía estoy a tiempo de deciros lo que me hubiera gustado decirle a ella, cuando lo único que le pude decir fue: “espero que todo te vaya lo mejor posible”.

Sois perfectos en cuerpo y alma. Tenéis una mente maravillosa y un corazón precioso. No dejéis que nadie, jamás, os haga dudar de esto. No os obsesionéis con mejorar solo una parte de vuestro ser, porque perderéis el equilibrio y dejaréis escapar la felicidad.

Tenéis toda vuestra infancia para descubrir quiénes sois y cómo sois. Elegid vuestra ropa, los colores de vuestra habitación, vuestros muñecos preferidos. Probad todo tipo de comidas y elegid cuáles os gustan más. Probad todo tipo de deportes y descubrid cuál os divierte más, y en cuál sois más hábiles. Probad todo tipo de juegos, de experiencias, de hobbies. Acariciad todo tipo de animales. Haced todo tipo de excursiones por todo tipo de escenarios. Escuchad todo tipo de músicas. Descubrid qué cosas os hacen vibrar, qué cosas os emocionan, os divierten, os aburren, os dan miedo, os dan asco. ¡CONOCEOS Y AMAOS TAL COMO SOIS!

Conoced y relacionaos con todo tipo de personas. Aprended quiénes os hacen sentir bien, cómodos, a gusto; y quiénes os hacen sentir incómodos, extraños, nerviosos. Seleccionad a vuestros amigos no por lo guapos, fuertes, listos o importantes que son, no por la familia que tienen o el lugar de donde vienen, sino por lo bien que os hagan sentir cuando estáis junto a ellos. Aprended a diferenciar qué personas quieren estar a vuestro lado por algún tipo de interés y quiénes, en cambio, son realmente felices en vuestra compañía.

No deis jamás el título de “amigo” a una persona junto a la cual no os sintáis cómodos, libres de ser como deseéis ser y de hacer lo que deseéis hacer.

Y tendréis toda vuestra juventud para explorar el complicado y aterrador mundo de las relaciones y del sexo. Estad muy atentos a las señales  que os mandan vuestro cuerpo, vuestra mente, vuestro corazón y vuestro espíritu. Son las 4 partes fundamentales de vuestro ser; son igualmente importantes, y ninguna puede ser ignorada.

No deis jamás el título de “pareja” a quien no os haga sentir que fluís en total libertad y armonía con vosotros mismos y con el mundo que os rodea.

Si deseáis tener pareja, debéis buscarla entre aquellas que logren que todos vuestros elementos aprueben lo que sienten y vibren al unísono. Si una de estas partes grita “¡no, no me siento bien, no me siento seguro, no me siento libre!”, esperad. Analizad vuestra elección con muchísimo cuidado antes de dar un paso definitivo.

Y si os dais cuenta de que algo va mal, tened la sinceridad de admitirlo, el valor de decirlo y el coraje de abandonar la relación. Y seguid adelante, con un inmenso amor a vosotros mismos, disfrutando de vuestra propia compañía y de las oportunidades y personas que la vida os vaya ofreciendo. Dueños por completo de vuestro destino.

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Los sentimientos correctos, las decisiones correctas, están en vuestro interior. Sois amos y señores de vosotros mismos. Nadie puede decidir qué es bueno para vosotros mejor que vosotros.

Pero para llegar a esta certeza debéis conoceros, aceptaros y amaros con todas vuestras fuerzas. Incondicionalmente. Y esto lleva muchísimos años de trabajo y atención. A veces toda una vida. Pero es imprescindible para alcanzar la felicidad.

 

Porque, si no sabéis con toda exactitud quiénes sois, ¿cómo se lo vais a mostrar a los demás?

Si no sabéis lo que deseáis, ¿cómo vais a encontrarlo ahí fuera?

Si no tenéis el valor de mostrarle al mundo vuestro verdadero ser, ¿cómo vais a atraer a vuestra vida a personas, amigos, parejas que os amen por quiénes sois en realidad?

Si no sabéis qué tipo de personas hacen saltar vuestras alarmas de disconfort, malestar o peligro, ¿cómo podréis protegeros o alejaros?

Si no aprendéis a respetaros y valoraros a vosotros mismos y a vuestros deseos, ¿cómo podréis exigir a otros que lo hagan?

Si no sabéis que nadie tiene el poder de haceros felices o infelices, ¿cómo vais a ser conscientes de que la llave de la felicidad la tenéis solo vosotros?

 

Una pareja no es la persona que os da lo que vosotros no tenéis. No es la que os valora más de lo que vosotros mismos os valoráis. No es quien da sentido a vuestra vida. Y no es quien destruye el sentido de vuestra vida si desaparece.

A vuestra vida solo le darán sentido las personas y las cosas que vosotros queráis que se lo den.

Sois los dueños exclusivos de vuestra felicidad. No le deis a nadie la posibilidad de arrebatárosla.  No dejéis que nadie os impida galopar.

 

 

Espero que todo te vaya lo mejor posible. De corazón.

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¿Cómo van a estar todas las ambulancias ocupadas?

 

La mayoría de los ciudadanos no conoce los recursos sanitarios con los que cuenta la emergencia extrahospitalaria de su comunidad. Poca gente sabe qué tipo de recursos existen, en qué consisten, en qué se diferencian y para qué situaciones está indicado cada uno.

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Y todo el mundo, sin excepción, cree que hay muchísimos más recursos de los que realmente hay. De ahí las quejas que (con razón) nos exponen varias veces al día. “¿Cómooooo? ¿Que todas las ambulancias están ocupadas?  ¡Eso es imposible!“.

 

Ni siquiera los propios sanitarios tienen un conocimiento exacto del número de UVIs móviles, ambulancias de Soporte Vital Básico o Intermedio, helicópteros, etc, de los que disponen en su área.

Lo saben bien los trabajadores de los servicios de urgencias hospitalarias y extrahospitalarias, que están continuamente utilizando, recibiendo o formando parte de dichos recursos. Lo saben los que, por un motivo u otro (formación MIR o EIR, Máster, próxima incorporación a un trabajo “de la calle”…) rotan por los Centros Coordinadores o los servicios de extrahospitalaria.

Pero quienes trabajan en otros ámbitos de la sanidad sólo tienen una idea aproximada. De ahí su extrañeza cuando solicitan un recurso al Centro Coordinador y se les informa de que está ocupado. “¿Cómooooooo? ¿Que la UVI móvil está ocupada? ¡Pues mándame otra! ¡Que este paciente necesita una UVI móvil!”.

 

Si los recursos fuesen ilimitados, trabajar en un Centro Coordinador sería sencillo. No haría falta hacer apenas preguntas. Podríamos activar siempre el recurso más completo, o el másboton y dedo cercano, o el que el alertante o el médico de Primaria nos solicitaran. La respuesta a la llamada sería veloz; la atención a la urgencia siempre adecuada; y el grado de satisfacción de los usuarios y de los sanitarios muy elevado.

 


smiley-sorprendido-37845151Pero, por desgracia, esto no es así. Los recursos son muy, muy limitados. Tan limitados que los propios sanitarios, cuando acuden a rotar a un Centro Coordinador, abren los ojos como platos ante la vista del mapa de recursos. “¿Cómoooooooo? ¿Me estás diciendo que sólo hay esto? ¿No hay más ambulancias? ¿No hay más UVIs? ¿A partir de las 20:00 horas y los fines de semana sólo quedan estos centros de salud de guardia? ¿Sólo tenemos estos pocos médicos y enfermeros para los domicilios urgentes? ¿ME ESTÁIS TOMANDO EL PELO?”.

Pues no. Ese mapa de recursos es la triste y limitada realidad. Los trabajadores del Centro Coordinador, cuando decimos que los recursos están ocupados, no mentimos. Y no somos quienes decidimos los recursos sanitarios que va a tener nuestra comunidad. Y no podemos fabricar, encontrar o contratar ni un solo médico, enfermero, técnico o ambulancia más que los que tenemos “en nuestras listas”. Que son los contratados de antemano por las gerencias varias.

Lo único que podemos hacer es gestionarlos. Tratar de afinar con lo que el paciente necesita, para poder mandarle el recurso más adecuado. Y tratar de reservar el resto para las posibles emergencias que puedan ocurrir minutos después. Aunque eso signifique tener que negar un recurso si consideramos que no es imprescindible. O desviar otro ya enviado a un nuevo aviso en apariencia más grave; y dejar al primer paciente en espera de nuevo.

 

1 hora

Porque (al menos en esta nuestra comunidad) cada recurso activado estará ocupado entre 30 y 90 minutos. Es decir: tardarán de media UNA HORA en quedar libres para poder usarse en la siguiente emergencia.

Esto quiere decir que el Centro Coordinador no sólo debe gestionar los recursos para ESE paciente concreto, sino pensando en los potenciales pacientes que pueden sufrir una urgencia o emergencia EN LA HORA SIGUIENTE. Y “mi Centro Coordinador” recibe más de MIL llamadas sanitarias al día.

 

Soy consciente de que, en el momento de la emergencia, no vais a estar para explicaciones. Ni os va a importar demasiado lo que les pase a los pacientes “de después”. Lo que querréis será lo mejor y más rápido para vuestro familiar. Por supuesto. Es exactamente lo que yo pensaré y gritaré si tengo la mala suerte de necesitar un día los “servicios” del 112: “¡¡¡yo lo necesito YA!!!“.

Pero debéis entender que nosotros, en nuestro trabajo diario como “gestores de recursos”, no podemos guiarnos por los sentimientos, sino por los algoritmos. No porque no entendamos lo que está sufriendo el paciente o la desesperación del alertante. No porque no deseemos con toda el alma enviar la ayuda cuanto antes. Sino porque nuestro trabajo no consiste en gestionar la ayuda sólo para VUESTRO familiar. Por mucho que os duela, por difícil que se os haga de entender, nuestra obligación es gestionar para TODA NUESTRA COMUNIDAD AUTÓNOMA. Para vuestro familiar, para el familiar de vuestro amigo, para el de vuestra novia, para el del señor del cuarto o el del tendero de la esquina, que pueden sufrir una emergencia en cualquier momento y en cualquier lugar. Y tenemos que tratar de acertar con el recurso adecuado. Y si el recurso necesario está ocupado, no se podrá enviar. Habrá que buscar otra alternativa, o dejar al paciente “en espera”.

Y esto es imposible de entender en medio de un momento de angustia. Esto sólo lo podréis entender si os lo explico fuera de una situación de urgencia, en frío, desde la lejanía de la teoría. Antes de que os veáis inmersos en una emergencia.

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En entradas anteriores he tratado de explicar el por qué y la importancia de las “112” preguntas que se hacen desde el Centro Coordinador para tratar de adivinar qué le está ocurriendo al paciente y qué recurso enviar (o no enviar). En esta entrada voy a describir los diferentes recursos sanitarios de los que disponemos en los servicios de urgencias extrahospitalarias. Tal vez si los conocéis y sabéis para qué está indicado cada uno, el día que los necesitéis entendáis un poco mejor por qué tras una llamada al 112 mandamos lo que mandamos, por qué negamos lo que negamos y por qué, mal que nos pese, nos vemos obligados a dejar “en lista de espera” a algunos pacientes.

 

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Estos son los recursos de los que el SAMU  dispone y que puede movilizar directamente para hacer frente a las urgencias o emergencias sanitarias (tal vez en otras comunidades sean un poco diferentes):

(Utilizo el  masculino genérico, ya que en todos los colectivos hay hombres y mujeres)

 

UVI

UVI MÓVIL: nuestro recurso más preciado. Es una ambulancia completamente equipada en personal, material y medicación para atender cualquier emergencia. En su interior viajan un médico, un enfermero y dos técnicos en emergencias sanitarias (TES), a los que la población conoce más coloquialmente como “conductor” y “camillero”.

 

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AMBULANCIAS DE SOPORTE VITAL BÁSICO (SVB): en ella van dos TES. Tienen todo el material necesario para la atención a los traumatismos. Llevan también oxígeno y mascarillas para las dificultades respiratorias, y parte del material y medicación de una UVI móvil. Y si recogen al equipo de Atención Primaria (médico y enfermero, que disponen de unos maletines con su propio material y medicación  preparados para atender las emergencias más habituales) se convierten en ambulancias “medicalizadas”, que pueden dar gran parte del servicio que daría una UVI móvil.
TES

Los TES no son “simples porteadores de pacientes”. Son, como su nombre indica, TÉCNICOS FORMADOS Y ENTRENADOS EN LA ATENCIÓN A LAS URGENCIAS Y EMERGENCIAS. Están perfectamente capacitados para realizar la primera atención al paciente. Saben cómo se debe movilizar a un paciente lesionado o enfermo; y en muchos casos movilizarán y trasladarán a la persona directamente (o bajo indicaciones médicas telefónicas). Y, lo que es más importante: saben cuándo y cómo NO se le debe mover para no empeorar sus lesiones. Si la gravedad del paciente es tal que necesita cuidados médicos en el mismo lugar para su manejo y estabilización, requerirán apoyo sanitario al 112; y mientras llega el apoyo vigilarán al paciente, informarán de los cambios en su estado y realizarán maniobras salvadoras si llega el caso. Comenzarán RCP básica; usarán el desfibrilador automático (DEA) que llevan en la ambulancia; y a veces, para cuando llegue la UVI móvil o el equipo sanitario de apoyo, habrán salvado la vida del paciente.

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AMBULANCIAS CONVENCIONALES: son básicamente de transporte y de apoyo. Llevan poco material, y en ellas sólo viaja el TES conductor.

(Algunas comunidades disponen de AMBULANCIAS DE SOPORTE VITAL INTERMEDIO, que llevan un TES conductor y un enfermero, y VEHÍCULOS DE INTERVENCIÓN RÁPIDA (VIR), con un TES conductor y un médico. Pero la nuestra, a día de hoy, no incluye estos recursos).

 

EQUIPOS DE ATENCIÓN PRIMARIA: médico y enfermero, que trabajan en un centro de salud, pero pueden salir juntos o por separado, por sus medios o utilizando una ambulancia de SVB, a atender urgencias que ocurran fuera del centro de salud.

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HELICÓPTEROS DE RESCATE: su principal utilidad es el rescate de personas o el traslado de pacientes que están en lugares inaccesibles para otros recursos. Excepcionalmente, nuestro helicóptero de rescate en montaña puede ser movilizado por el SAMU para traslados urgentes de pacientes que están en un hospital periférico y deben ir rápidamente al hospital de mayor nivel.

Su uso puede estar limitado por la meteorología y por la hora del día (nuestro helicóptero de rescate en montaña, por ejemplo, no vuela después del ocaso).helicóptero

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¿Y en qué situaciones debería moviliza el SAMU sus recursos?

 

a-Para las EMERGENCIAS y las URGENCIAS (que, aunque suenen parecido, no son lo mismo)

EMERGENCIA: situación CRÍTICA de peligro para la vida del paciente o la función de un órgano. Requiere una ATENCIÓN INMEDIATA o el paciente PODRÍA MORIR en pocas horas; y tal vez EN POCOS MINUTOS.

URGENCIA: situación clínica en la que una enfermedad de nueva aparición, un empeoramiento de una enfermedad existente o un agente externo suponen un RIESGO DE AGRAVAMIENTO O DETERIORO de la salud del paciente EN LAS PRÓXIMAS HORAS. Requiere una ATENCIÓN RÁPIDA en las horas siguientes para evitar complicaciones.

 

b-Para el traslado de pacientes que precisan atención sanitaria temprana pero NO PUEDEN TRASLADARSE A UN CENTRO SANITARIO POR SUS PROPIOS MEDIOS DEBIDO A UNA LESIÓN, ENFERMEDAD O ESTADO DE SALUD.

Este es un criterio puramente clínico. Y, lamentablemente, excluye razones como “no tener coche”,  “no tener dinero para un taxi”, “no tener quien le lleve a un centro sanitario”, “no tener con quién dejar a los niños”, “no querer molestar a nadie”, “no conocer la ciudad”, “no querer manchar el coche de sangre”, “tener derecho a una ambulancia porque paga sus impuestos”, “tener derecho a una ambulancia porque me está pagando a mí”, “aunque solo sea un esguince duele mucho”, etc.

Y las excluye no porque los trabajadores del Centro Coordinador lo deseen. Claro que entendemos ciertas situaciones personales, que a veces son durísimas o complicadas. No somos robots sin sentimientos: somos personas, y nos duele. Ojalá pudiéramos mandar siempre, a todos los pacientes, en todos los casos, el recurso que nos piden. Pero la escasez de recursos y la elevada demanda de la población lo impiden.

Lo mismo se debería aplicar a los equipos de Atención Primaria. Ellos deberían ser movilizados si son los más cercanos al lugar de la urgencia o emergencia. O si el paciente no puede trasladarse o ser trasladado por un familiar en un vehículo propio o público PORQUE SU ESTADO DE SALUD LO IMPIDE O DESACONSEJA. Pero hay muchos problemas de salud que sí permiten al paciente acudir “por sus medios” o con ayuda de familiares o amigos a un centro sanitario. Y así deberían hacerlo; para que los equipos sanitarios puedan ser más rápidos y eficaces atendiendo a todos los pacientes que acuden al centro de salud, y solo deban abandonarlo en casos realmente justificados.

 

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Pero la pregunta más importante es: ¿CUÁNTOS RECURSOS HAY EN TU COMUNIDAD?

 

Cuando vienen rotantes a nuestro Centro Coordinador (y sólo pueden ser médicos, enfermeros o estudiantes de un máster relacionado con la sanidad), antes de desplegar delante de ellos el mapa de recursos siempre les hacemos esta pregunta: “¿CUÁNTAS UVIS Y CUÁNTAS AMBULANCIAS DESTINADAS A URGENCIAS CREES QUE TIENE EL SAMU DISPONIBLES EN ESTA COMUNIDAD? ¿CUÁNTOS EQUIPOS DE ATENCIÓN PRIMARIA ESTÁN DISPONIBLES PARA LAS EMERGENCIAS Y URGENCIAS  EXTRAHOSPITALARIAS?”

Pues hasta la fecha, a no ser que ya conocieran el número previamente, ¿sabéis cuántos han acertado? Ninguno. ¿Sabéis cuántos han dicho un número inferior al que realmente hay? Ninguno. Todos, sin excepción, calculaban que contábamos con bastantes más recursos de los que hay en realidad.

Y si esta es la idea que está extendida entre los sanitarios, cómo no lo va a estar entre el resto de ciudadanos.

Cuando explicamos que los recursos están ocupados, la respuesta más frecuente del alertante suele ser: “¡Anda ya! ¿Cómo van a estar ocupadas todas las ambulancias? ¡Eso es imposible!”.

 

¿Conocéis el número de UVIs móviles, de ambulancias, de helicópteros y de equipos de personal sanitario para atención de urgencias de las que dispone vuestra comunidad?

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La Organización Mundial de la Salud recomienda la dotación de una UVI móvil por cada 120.000 habitantes. Además cada UVI móvil debe cubrir un “círculo” en el que el tiempo máximo en llegar a los puntos más lejanos sea de 20 minutos.

En mi comunidad tenemos UNA UVI móvil por área sanitaria, y no en todas las áreas. Echad cálculos del número de habitantes que tiene vuestra localidad. ¿Cuántas UVIs móviles puede haber en vuestra ciudad? ¿Dónde está su base, de dónde salen? ¿Y cuánto pueden tardar en llegar al lugar de la emergencia?

 

El número de ambulancias sin personal médico (Soporte Vital Básico, convencionales) o con solo un sanitario (Soporte Vital Intermedio, VIR) será el contratado y pactado entre las diferentes Gerencias y las empresas de transportes. Si tenéis curiosidad por saber de cuántas ambulancias dispone vuestra comunidad, os animo a que preguntéis o investiguéis un poco. ¿Una? ¿Dos? ¿Tres? ¿Sois de las escasísimas y afortunadas ciudades españolas que tienen alguna más? ¿O vivís en zonas periféricas que tienen la ambulancia más cercana en alguno de los pueblos próximos, a varios kilómetros de distancia?

 

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Una observación habitual que nos hacen los alertantes es: “Pues estoy cerca del lugar X, o de la base Y, o acabo de pasar por delante del hospital, y hay un montón de ambulancias paradas sin hacer nada”.

 Pues tenéis que saber que no todas las ambulancias que se ven pertenecen a la red de “transporte urgente”. Muchas son ambulancias para dar altas desde centros sanitarios, o para transportes colectivos (por ejemplo, de varios pacientes con movilidad reducida hacia el hospital para recibir algún tratamiento). Y estas ambulancias no están preparadas para el traslado de un paciente urgente. No tienen los medios adecuados o el material suficiente para atenderle “en ruta”. Otras ambulancias pertenecen a empresas diferentes a las contratadas por el servicio de salud, o al ámbito privado. Y algunas hasta puede que sean de otras comunidades. 

El SAMU (Servicio de Atención Médica Urgente) sólo puede movilizar las UVIs móviles y las ambulancias que la gerencia sanitaria haya pactado con la empresa de ambulancias como pertenecientes a la “red de urgencias y emergencias”. El resto de ambulancias no están preparadas para atender urgencias, y sólo podrán ser movilizadas en casos verdaderamente excepcionales o en accidentes de múltiples víctimas, casi como “medios de fortuna”.

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En cuanto a los equipos de atención Primaria, pueden tener pacientes graves en el centro de salud en ese momento. O pueden estar ocupados en un domicilio. O pueden estar disponibles, pero tener que desplazarse por sus medios al lugar porque no tienen ambulancia a su disposición (porque esté ocupada, o porque su base esté mucho más lejos del lugar de la emergencia que el centro de salud). Y entonces no pueden saltarse semáforos ni limites de velocidad.  Además, cuando se desplazan a un domicilio no pueden llevarse con ellos muchos de los aparatos o medios de los que disponen en el centro de salud. Y si todos los equipos se desplazan a “la calle”, no habrá nadie para atender a los pacientes que acudan al centro sanitario. Son un recurso tan necesario como difícil de gestionar.

Y, de nuevo, os animo a tratar de conocer el número de equipos de atención Primaria disponibles fuera de los horarios “de oficina” de los centros de salud (es decir, los equipos pertenecientes a los Servicios de Atención Continuada (SAC) o a los Servicios de Urgencias de Atención Primaria (SUAP) que atienden por las tardes, noches, fines de semana y festivos). Que será el pactado con la gerencia sanitaria de cada comunidad; y estarán localizados en los puntos que dicha gerencia determine. Ni un médico más, ni un enfermero más, ni un centro sanitario más.

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Y cuando salgáis del pasmo que os habrá supuesto conocer la pequeña cifra de UVIs, ambulancias y equipos de Atención Primaria de vuestra comunidad, os recuerdo que LOS TRABAJADORES DEL CENTRO COORDINADOR NO TIENEN LA CULPA DEL ESCASO NÚMERO DE RECURSOS DISPONIBLES.

Lo que intentan con tanta pregunta es, precisamente, reservarlos para los casos indispensables:

-Las UVIs móviles deberían activarse para atender posibles EMERGENCIAS. Queda a criterio del médico del Centro Coordinador el activarlas para posibles URGENCIAS; pero podrían ser desviadas en el caso de que surja una EMERGENCIA en los minutos siguientes.

-Las ambulancias con personal sanitario de Atención Primaria deberían activarse para atender posibles EMERGENCIAS en el caso de que la UVI móvil de la zona estuviese ocupada; o para atender posibles URGENCIAS que pudieran beneficiarse de una atención médica inicial en el lugar, previa al traslado o durante el mismo.

-Las ambulancias sin personal sanitario deberían activarse para atender posibles URGENCIAS que se beneficiaran sobre todo de un traslado rápido a un centro hospitalario, sin necesidad de atención médica en el lugar. Y también en ciertas EMERGENCIAS en las cuales es preferible un traslado rápido en la ambulancia más cercana que demorarse en esperar por el personal sanitario.

-El personal sanitario de Atención Primaria debería movilizarse cuando sean el recurso más cercano a la urgencia o emergencia. Y también cuando, a pesar de no tratarse de una urgencia o emergencia,  el estado de salud del paciente impida o desaconseje su traslado a un centro de salud. En este caso, el equipo sanitario se desplazará al lugar en el que se encuentre el paciente y valorará si puede ayudarle sin necesidad de traslado o si se requiere una ambulancia para llevar al paciente al hospital.

 

Salvo excepciones que quedan a criterio del médico del Centro Coordinador o de los propios equipos de Atención Primaria, en el resto de los casos los pacientes deberían trasladarse por sus medios o con la ayuda de familiares o amigos, en vehículos propios o públicos, al centro sanitario pertinente según su patología.

No por capricho del Centro Coordinador. No por comodidad de los equipos de Atención Primaria. No por vagancia de los conductores de ambulancias.

Por gestión de recursos. Para que las personas que realmente los necesitan tengan esos recursos libres y dispuestos a ir a atenderles con la menor demora posible.

Y esto no solo depende del Centro Coordinador. También depende, y mucho, de la colaboración ciudadana.

Depende de la sinceridad, generosidad, empatía y comprensión de las personas que, cuando ven posible trasladar al paciente al centro sanitario “por sus medios”, no activan recursos innecesarios.

Depende de la correcta llamada al 112 y de la capacidad de mantener la calma y contestar a todas las preguntas que el Centro Coordinador les hace para saber qué recurso necesita ese paciente y no movilizar otro erróneo.

Es cierto que a veces nos equivocamos. Por defecto o por exceso. No podemos ver al paciente a través del teléfono. Puede que en alguna ocasión no hayamos sido capaces de valorar correctamente la situación;  y no hayamos mandado un recurso necesario, o no hayamos enviado el más indicado. Cuando esto ocurre sólo podemos pedir disculpas por ello.

Pero si no hemos enviado un recurso será, o porque no estaba disponible, o porque sinceramente hemos interpretado que no estaba indicado hacerlo en esa situación. No es porque nos produzca satisfacción “no mandar una ambulancia”. No ganamos nada. No nos incentivan, ni nos suben el sueldo, ni nos ascienden, ni nos felicitan por no movilizar recursos. Pero, en cambio, movilizarlos para algo injustificado y no tenerlos disponibles para una urgencia o emergencia puede ser muy grave.

Por favor: si no se trata de una urgencia o emergencia, si vuestro conocido puede trasladarse o ser trasladado a un centro sanitario con vuestros propios recursos, intentadlo.

Porque, al fin y al cabo, cualquiera de nosotros o de nuestros familiares podríamos necesitar, en un momento dado, de ese recurso que el Centro Coordinador tanto se esfuerza en activar únicamente cuando se necesite de verdad. Porque hay muy, muy, muy pocos recursos. Muchos menos de los que imagináis.

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