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Qué suerte tenéis los sanitarios, que sabéis lo que hay que hacer

Cuando me toca atender a un niño que no está grave, pero al que es recomendable trasladar al hospital (por fortuna, la mayoría de las veces: convulsiones febriles, accidentes no demasiado serios…) tengo la oportunidad de ir charlando en la ambulancia con los padres/madres que acompañan al peque.

Voy dando consejos sobre qué hacer si la convulsión febril se repite, o sobre lo que deben vigilar en casa si a su hijo le dan el alta tras un golpe en la cabeza…

Y casi siempre escucho alguna de estas frases:

-Perdón por haber llamado, es que me asusté tanto…

-Perdón por estar llorando, pero es que estoy tan nerviosa que no puedo evitarlo…

-Te debo parecer un(a) ignorante, pero no tenía ni idea de nada de esto…

-Qué suerte tienes, tú que estás acostumbrada a estas cosas y sabes lo que hay que hacer...

 

Y yo me canso de decir que eso no es verdad, que los sanitarios (médicos, enfermeros, técnicos, auxiliares, socorristas, etc etc) perdemos los nervios, los conocimientos,  los papeles y el sentido común cuando se trata de nuestros propios hijos…

Que no es lo mismo dar el consejo “para el hijo de otro” que recibirlo cuando es “el tuyo” el que estaba hace 5 minutos inconsciente, convulsionando, sangrando…

Que en ocasiones ser sanitario es incluso peor, porque no solo ves “lo que hay”, sino que ves “el más allá”…Repasas el compendio de Medicina y recuerdas cada mínimo detalle de cada enfermedad que tiene UN síntoma lejanamente parecido a ese que tú ves… tienes en mente cada una de las mil complicaciones que pueden surgir…

Que, para poner un ejemplo, un día fui a casa de un médico ¡intensivista! que pidió la UVI alarmadísimo porque confundió una simple gastroenteritis de su hijo de 7 años con una meningitis bacteriana…

 

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Hace unos días tuve que trasladar a una chica embarazada. Y me dijo:

-Llevo todo el embarazo preocupada por mi bebé. Cómo me gustaría saber tanto como tú para haberlo podido vivir de manera más tranquila.

 

No tuve tiempo entonces, pero le prometí que un día le escribiría para contarle mi experiencia. Así que esto va por ti, Elena.

 

DESPUÉS DE TENER HIJOS YA NADA SERÁ IGUAL…

NI SIQUIERA LA MEDICINA.

Yo era una cría de 17 años que quería estudiar Veterinaria y terminó estudiando…bueno, algo bastante parecido.

Estudié Medicina, y empecé a darme cuenta de  ¡la de cosas que le pueden pasar a uno!

Terminé la carrera, hice la “residencia”, y aprendí algo de esto de curar. Descubrí que me atraía la emergencia, y así llegué al Servicio de Atención Médica Urgente (y me di cuenta de tooooodo lo que me faltaba por aprender).

a5xp8sSabía diagnosticar unas cuantas enfermedades, conocía los tratamientos y el modo indiscutible de aplicarlos. Tenía claro qué es un médico y cómo debe comportarse: con objetividad, imparcialidad, seguridad y tranquilidad. 

 

Así eran las cosas en mi época ADN :   Antes De Niños.

Pero la vida va pasando, las etapas se suceden…una va y se enamora, se casa, total-algún-día-tendrán-que-venir, una cosa lleva a la otra…y un buen día una se encuentra en la etapa 

DNI :   Después de Niños, ¡ Ilusa !

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Y es que la etapa DNI que una soñaba en la época ADN no tiene nada, pero nada que ver con la etapa DNI real. Y después de 3 niños, ni te cuento. Y en llegados a ese punto, he dejado de ser médico para convertirme en mádrico.

Porque se puede ser médico antes de ser padre; pero una vez que se es padre nada permanece, todo se transforma…nuestra relación de pareja, nuestros hobbies,  nuestro tiempo libre, nuestras amistades, nuestros principios e ideas inamovibles…y, desde luego, nuestro trabajo.

Es inevitable: a partir del DNI siempre veremos la vida (y el trabajo) con los ojos de la paternidad. Y nos convertimos en pádricos, padrenfermeros, padrarmacéuticos, padrarquitectos, padrabogados, padruncionarios, padreluqueros, padrependientes, o padramos de casa.

Y como yo soy mujer, pues voy a contar mi experiencia desde el punto de vista de una mádrico.

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 LA TRANSFORMACIÓN COMIENZA EN EL EMBARAZO

O antes, si me apuran. Porque una buena mádrico que se precie ya comienza desde que está intentando quedarse embarazada a repasar la lista de causas de por qué este mes tampoco. Lo más socorrido: los espermatozoides vagos (que claro, decimos todas, de tal dueño…); pero también pasan por nuestra mente el síndrome antifosfolipídico, la depleción folicular precoz, el prolactinoma subclínico o si nos habremos pasado esnifando gasolina cada vez que repostamos. Y esto desde la segunda regla tras dejar los anticonceptivos.

A veces hasta nos lo hacemos mirar al tercer mes, con lo que ello conlleva de sufrimiento personal y marital, de gasto innecesario y de hartazgo de los compañeros.

(¡Ay, los compañeros! ¡Ese maravilloso regalo que nos da la Sanidad! Porque los sanitarios en el pecado llevamos la penitencia. Y, si bien es cierto que tenemos mayor facilidad para contactar con el “especialista” a la primera de cambio, no lo es menos que tenemos que “aguantarnos” frecuentemente unos a otros. ¡Y algunas veces los sanitarios somos especialitos, dificilitos y pesaditos!)

 

Una vez que la bHCG se eleva (en cristiano: que el test de embarazo da positivo) aparece un imagenes-de-embarazoextraño efecto secundario: la hipermnesia o memoria de elefante. La futura mádrico comienza a acordarse de enfermedades cuyo nombre no fue capaz jamás de escribir correctamente durante la carrera, ni de recordar durante el examen MIR (perdiendo unas decimillas valiosísimas para su expediente).

Asimismo es consciente de todas y cada una de las cien mil enfermedades gravísimas que podrían cursar con náuseas, vómitos, cefalea, mareo, hormigueos, alteraciones del estado emocional, del hábito intestinal, del hábito de sueño, del hábito sin habitar en mí. ¡Nunca supimos tanta medicina, ni la sabremos en la vida!

(Efecto secundario este que revierte, y a veces hasta se invierte, después del parto: la memoria y la objetividad escapan por el canal del parto pegadas a la placenta, y olvidamos absolutamente todo sobre cómo cuidar un bebé).

 
Una ventaja que tiene esto de ser sanitario es que podemos practicar la “medicina de pasillo”: en vez de esperar la cita correspondiente, asaltamos al sufrido compañero (en este trance le toca al ginecólogo) por los pasillos del hospital, le contamos nuestro caso y le pedimos diagnóstico, exploración, sexo del bebé y fecha prevista de parto en el descansillo de la segunda planta.

gifs-animados-embarazada-787721El inconveniente es que de este modo hay pruebas que se piden antes de lo que toca, o después, o dos veces, o no se piden nunca; los resultados se pierden o se traspapelan; incluso puede ser harto difícil coincidir de nuevo con “tu” ginecólogo, a no ser que le llames a su casa para ver qué días tiene “hueco de pasillo”. Por no hablar del “pasa, que te miro ahora”, que te pilla sin preparar, sin depilar y sin . Conclusión: un desastre.

 

A la que suscribe le hicieron la primera ecografía antes siquiera de que apareciese el huevo (que si no llega a manifestarse en la ECO previa al legrado se va por el desagüe), se le fue de picos pardos la analítica de la toxoplasmosis (y la enfermera me llamó en pleno viaje de vacaciones nerviosísima para que tomara mis precauciones), le hicieron solamente “algún” análisis de orina en tres embarazos (porque así por los rellanos como que no encontraba el momento) y le hicieron la prueba de la glucosa con dos semanas de retraso (porque yo ya ni sabía por qué semana andaba). No conozco a la matrona de mi centro de salud. Ah, un día de estos tengo que ir a ver si soy portadora del estafilococo vaginil. Y de paso, a ver si aún estoy a tiempo de que me hagan las revisiones post-parto.

(¿Pensábais que el embarazo de las sanitarias era más seguro, más controlado, más rutinario, más reposado? ¡JA JA JA JUA JUA JUAAAA!)

En el transcurso de tan apasionante viaje, cuando las madres no sanitarias acuden al médico ante los síntomas de alarma, las sanitarias acudimos ante los pensamientos de alarma. Por ejemplo: que una pequeña subida de tensión sea el aviso de una grave preeclampsia (mi marido me llevó a urgencias por ese motivo, y el diagnóstico resultó ser que el manguito de tomar la tensión que teníamos en casa, y que no habíamos usado en los últimos 20 años, estaba estropeado). O que ese dolor pélvico sea un aviso de infección de orina que se pudiera terminar complicando con un desprendimiento prematuro de placenta (que fue lo que le pasó a la hija de la hermana de la prima de la cuñada de una señora que atendí un día en urgencias por una fuerte otitis, y a saber cómo derivó la conversación por estos derroteros).

 

Y para qué hablar de las semanas peri-parto, que solo te falta ir al hospital y pedir el calendario de guardias de los ginecólogos, anestesistas, pediatras, matrones, enfermeros, auxiliares y celadores varios…Y si tienes la mala suerte de conocerlo, te las pasarás diciendo: “Uf, puedo ponerme de parto el lunes por la mañana, el miércoles por la noche y el jueves a partir de las 3. ¿Y el viernes quién está de guardia? ¡AY, NOOOOOOOO, por Dios, que no me ponga de parto el viernes! ¡Que ese gine tiene las manos muuuuuy grandes, y esa enfermera y yo no nos entendimos en la guardia que compartimos hace 7 años! Ni la semana que viene, que mi gine está de vacaciones. Ni el fin de semana, que a lo mejor hay menos personal, ¡y yo quiero los quirófanos, la UVI, la REA, neonatos y cardiología pendientes de mi! . Ni en luna llena, que no habrá camas libres. ¡Que me lo provoquen el día 25 a las 13.47 horas exactamente!”

 

Aunque el cuento también se puede leer al revés: “Hoy sale de cuentas esta compañera “de la casa”. Cielos. Yo me cojo la baja por lumbalgia, y si para el jueves no ha parido la encadeno con otra de orquitis aguda. Y si la semana que viene sigue sin parir, me la cojo por depresión y la cito para cesárea con el Dr Sanchezperezlópez, ¡que se la tengo jurada desde aquella guardia del parto de octillizos!”. Je, je, ¡que nos conocemos todos!

¿Y durante el parto? Pues durante el parto analizas cada onda que alcanzas a ver en los monitores, cada pitido de las máquinas que tan bien conoces, cada palabra, cada mirada, cada mínimo gesto de matronas, enfermeras y ginecólogos. Recuerdas cada caso que atendiste, viste atender, te contaron que atendieron o leíste en una revista médica que atendieron una vez en Ámsterdam. Te viene a la cabeza todo lo que puede salir mal, lo que puede salir peor y lo que puede ni salir. Notas por primera vez todo eso que tanto estudiaste pero que jamás viviste. Preguntas,  preguntas y preguntas. Sobre los parámetros del feto, sobre la tensión arterial, sobre la analítica, sobre la medicación que te ponen, sobre las opciones terapéuticas. Preguntas tanto que creo que más de una “de la casa” ha sido anestesiada solo para que dejara a sus compañeros tener su parto en paz.

 

 

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¿LA COSA MEJORA DESPUÉS DEL PARTO?

Pues no. En absoluto. No solo no mejora, sino que (por aquello de la simbiosis madre-hijo) va creciendo a la par que crece el individuo causante de semejante estropicio mental.

De entrada tuve que dar biberón, cosa que no me esperaba, que no viene (que yo recuerde) en los libros de Medicina, y para la que no me había preparado ni informado en absoluto (igual si hubiera ido a conocer a la matrona de mi centro de salud…). Y el primer día en casa, esta pareja de médicos se pasó casi una hora calculando la dosis de sodio, potasio y magnesio que le correspondería tomar al niño por cada kilo de peso y miligramo de leche en polvo según la fórmula del envase. Hasta tal punto nos pusimos histéricos que el padre corrió al hospital a pedir prestados unos cuantos biberones líquidos de los que nos daban en la planta.

Menos mal que una amiga NO sanitaria me soltó un “¡tía, si millones de madres dan biberón la cosa no será tan difícil!”, llamé a otra amiga NO sanitaria que había dado biberón en su día y por fin me enteré de aquello de “un cacito raso por cada 30 mililitros de agua”.

¿Os cuento el número de veces que le quitaba el pañal a mi hijo mirando cómo iba su cordón umbilical, porque “eso” no tenía la misma pinta que el de los libros, y yo en mi vida había visto un cordón umbilical de 4 días de evolución? “Cariño, está muy rojo, está muy negro, está muy caliente, está muy frío, igual está infectado, igual no cicatriza, ¡que se le caiga ya, por Diosssss!”.

¿Os cuento las veces que me acerqué a la cuna de mis hijos pensando en 350 causas de muerte súbita? ¿Las veces que miré un granito insignificante viendo ya un principio de sepsis meningocócica severa? ¿Las veces que vi los movimientos bruscos de sus manitas (completamente normales los primeros meses de vida) y repasé los síntomas de todas las epilepsias tónicas, clónicas, tonicoclónicas y de Carabanchel?

¿Me creéis si os cuento que yo, ¡médico de UVI móvil!, me mareé la primera vez que vi a mi hijo sangrar por una caída?  ¿Y que viví el corte del dedo meñique de mi hija mediana tan histérica como si se hubiera amputado la mano entera, que hasta el celador de la entrada del hospital me llamó al orden?  ¿Y que llevé a mi hija pequeña a urgencias convencida de que tenía apendicitis, y al final resultó ser estreñimiento?

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No, Elena. Como ves, en todos los embarazos se cuecen habas; y en los de los sanitarios, a calderadas. Así que no te avergüences de llorar. No tengas reparos en reconocer que tienes miedo. No te sientas mal por no haber sido capaz de disfrutar del embarazo “como Dios manda”, porque todos los embarazos duran larguísimos meses llenos de dudas, miedos y ansiedades. 

No, madres y padres “avergonzados”. Como veis, los hijos propios se viven “de otra manera”. Puede que los sanitarios tengamos más seguridad en algunas cosas. Pero os aseguro que tenemos muchos más miedos e inseguridades en otras que a vosotros os darían hasta risa.

Jamás penséis que nosotros, los sanitarios, os vamos a juzgar o no os vamos a entender. Os entendemos mucho mejor de lo que vosotros pensáis, porque muchos de nosotros, como madres o como padres, hemos pasado exactamente por lo mismo o parecido. Aunque os parezca mentira.

Si tenéis suerte y os tocan sanitarios tan majos como nosotros (y cientos de miles por toda España)…confiad en nosotros, preguntadnos lo que sea, desahogaos y llorad si es eso lo que necesitáis.

Porque entonces nos permitiréis practicar una de las medicinas que mejores resultados consigue: la medicina “comprensiva” y “empática”.

Y porque a veces os contaremos nuestra propia experiencia; os daréis cuenta de que todos estamos en el mismo barco, y seréis capaces de reíros un poquito más de vuestros miedos. Y de los nuestros.

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El bulo de “toser para salvarte de un ataque al corazón si estás solo”

Mucha gente me ha preguntado mi opinión sobre qué hay de cierto en un mensaje que circula por wassap: si una persona cree que está sufriendo un ataque al corazón y nota que va a perder el conocimiento, y se pone a toser enérgicamente antes de desmayarse, logrará mantenerse con vida hasta llegar al hospital o hasta que llegue la ayuda.

Por más que he preguntado, buscado y consultado, no encuentro ninguna referencia bibliográfica fiable y creíble que refrende semejante indicación (corregidme si me equivoco, compañeros, por favor)

Es más: este “mensaje” está firmado por un tal Dr N. Silva, cardiólogo (o así consta en los mensajes que me han mostrado). ¡No hay siquiera manera de rastrear su nombre y saber quién es exactamente!

Una recomendación médica real, aprobada, demostrada, no puede ir firmada solo por una persona, por muy cardiólogo que diga ser, sin más referencias. Las recomendaciones “reales” son demostradas a través de ensayos clínicos u otros estudios estadísticos, avaladas por sociedades competentes y registradas, publicadas en libros o revistas especializados o foros reconocidos, y puede llegarse a ellas (para leer el estudio completo, con su metodología, desarrollo y conclusiones) a través de enlaces que el “firmante” debería adjuntar para comprobar la veracidad de su afirmación.

*        *       *       *       *

Yendo al mensaje en sí: lo que parece ocurrir es que se mezclan los síntomas y los “tratamientos” de dos patologías diferentes; y el resultado es una recomendación sin base científica ni sentido ninguno.

Hay un tipo de arritmia EN PRINCIPIO BENIGNA, la “TAQUICARDIA SUPRAVENTRICULAR“, en la que el corazón se “dispara” y comienza a latir a más de 150 latidos por minuto; a veces incluso a más de 200. Tan rápido va el corazón que a veces la persona nota dolor en el pecho. Pero esta taquicardia, muy típica de gente joven, no tiene por qué derivar en un infarto para nada (y si ocurre será en corazones ya enfermos previamente, y será en casos muy poco frecuentes).

Hay maniobras que podrían “cortar de golpe” esta arritmia. Son las llamadas “maniobras de Valsalva“. Así se llama todo esfuerzo que se haga con la glotis cerrada (con boca y nariz cerradas) y que provoque un aumento de la presión dentro del tórax. Ejemplos: soplar fuerte y prolongadamente contra el puño cerrado, o a través de algo con un orificio estrecho (una jeringuilla, inflar un globo, una “prueba de alcoholemia”), o “cerrar la garganta” para que no escape el aire retenido y “hacer fuerza” como cuando queremos hacer de vientre. Toser enérgicamente también podría servir en ocasiones a ese efecto.

Algunas veces estas maniobras desencadenan una gran activación del nervio vago (el que hace frenar el corazón) y “cortan” la taquicardia. ¡Por eso hay veces que las personas se desmayan tras una prueba de alcoholemia, o por culpa del estreñimiento; porque el corazón les ha “frenado en seco”!! Pero otras veces no funcionan; y se necesitará medicación para cortarlas.

En cualquier caso (y salvo los casos excepcionales ya dichos), por muy incómoda, molesta y angustiosa que sea esta arritmia, NO ES UNA EMERGENCIA. Puede haber muchas horas de margen para lograr cortarla. Hay quien ha llegado a pasar días con esta taquicardia disparada. Da tiempo más que de sobra a llegar a un centro de salud, a un hospital, o a que llegue una ambulancia.

*        *        *       *       *

Pero otra cosa muy diferente es hablar de un INFARTO.

Un infarto consiste en la muerte de parte del músculo cardíaco por falta de riego, debido a que una arteria coronaria se ha obstruido por completo por un coágulo o un espasmo.

Cuando esto ocurre, aparecen los síntomas conocidos (dolor en el pecho que se va al brazo izquierdo, espalda o mandíbula; sudoración, palidez, sensación de muerte inminente).

Toser NO libera el coágulo ni soluciona el infarto. Lo único que puede solucionar el infarto es ABRIR LA ARTERIA, ELIMINAR EL COÁGULO. Lo cual solo se consigue con medicación anticoagulante y antiagregante, y/o con un CATETERISMO.

Es más: toser enérgicamente aumenta el esfuerzo que hace la persona, y por tanto, el que hace el corazón. Y lo que debe hacer un corazón con un infarto es cansarse lo menos posible, latir lo menos posible.

Cuando se sospecha que se está sufriendo un infarto, lo que se debe hacer es LLAMAR INMEDIATAMENTE AL 112, Y QUEDARSE EN REPOSO ABSOLUTO HASTA QUE LLEGUE LA AYUDA. Y obedecer las indicaciones que nos den desde el Centro Coordinador de Emergencias.

El toser NO equivale a un “masaje cardíaco”. Y aunque lo hiciera, si la persona está viva, por grande que sea el infarto que pudiera tener, NO hay que hacerle ningún masaje al corazón. El corazón está latiendo, aunque lo haga con dolor; y los esfuerzos de toser pueden provocar que le cueste todavía más trabajar que lo que ya le cuesta.

Ni caminar, ni toser, ni nada de nada. Sentados y quietos. Y si estamos solos, teniendo la precaución de dejar la puerta de casa abierta antes de sentarnos.

 

Porque si el infarto “toca un cable” del corazón…si provoca un “cortocircuito” en el sistema eléctrico del corazón, y el corazón se pone a “temblar” sin control…si entra en esa arritmia MALIGNA llamada FIBRILACIÓN VENTRICULAR

…no habrá ni siquiera tiempo para toser.

La persona se desplomará de golpe, perderá la conciencia. Si no tiene la suerte de que esa fibrilación ventricular se corte sola, sufrirá una  MUERTE SÚBITA. Y si no hay nadie que pueda comenzar RCP, o utilizar un desfibrilador; y esa persona no llevaba colocado un DAI (desfibrilador interno) por problemas cardíacos previos, terminará falleciendo.

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Los cuatro jugadores de un juego llamado acoso

Queridos hijos:

Solo tenéis 4, 7 y 9 años. Todavía sois pequeños. Pero ya me habéis llegado a casa contando alguna vez que en vuestro cole se han reído de una niña porque llevaba coletas, o que hay un niño de otro país que siempre está triste porque se meten mucho con él. “Pero no pasa nada, mami, eso no es nada malo, no les hacen daño ni nada de eso. ¡Es que es muy divertido!”.

Claro que es muy “divertido”. Yo fui una de las que se lo pasó en grande entre los 11 y los 14 años a costa de 2 o 3 compañeros de clase. Es cierto, ¡era divertido! Cada día ideábamos nuevas bromas, nuevos cebos, frases y canciones cada vez más ingeniosas. ¡Cómo nos reíamos cuando caían otra vez en la trampa! Y cuando se enfadaban, cuando lloriqueaban, cuando se ponían rojos de rabia y de vergüenza. Y cuando el profesor les castigaba a ellos en vez de a nosotros.

Yo no sólo lo hacía por lo bien que lo pasaba. También porque cuanto más participaba en aquellas “bromas”, más me aplaudían mis compañeros. Más apreciada e importante me sentía. Más puestos ganaba en la lista de los “guays”. Y, sobre todo, más me alejaba de la lista de los “pringados”.

Porque  yo fui una vez una de las “pringadas”. Fui alguien de quien los demás se reían, que apenas tenía amigos. Y no molaba nada. Qué mal lo pasé. Cuántas veces lloré. Con qué rabia prometí que no dejaría que aquello continuara. Y así ocurrió: en cuanto pude, me pasé al otro lado. Toda una muestra de valor y de coherencia, ¿verdad?

¿Sabéis qué? Que en el fondo es cierto que los que se metían con “los pringados” lo hacían “sin maldad”. No éramos conscientes del daño que nos hacíamos unos a otros. No éramos malos. Si nos hubieran dicho que una de las “víctimas” estaba tan destrozada que quería cambiarse de colegio, o que había pensado en quitarse la vida, unos y otros nos habríamos sentido horrorizados y culpables.

Sólo éramos ignorantes.

Tuvieron que pasar muchos años para entender el daño que nos hicimos. El dolor, el miedo, la tristeza, la rabia, la soledad, la desesperación que provocamos. Y cómo esos sentimientos influyeron, y mucho, en el adulto que somos hoy.

Tenéis que empezar a saber que esas cosas que me contáis no son solo juegos, o solo bromas.  Tened cuidado, porque podéis hacer mucho daño. Y además un daño del peor tipo que existe. El más peligroso de todos. El daño que no se ve.


Pero hay algo mucho peor que esos “juegos y bromas. Algo que marca cicatrices a fuego. Que hace tanto daño que el resultado son niños destrozados por dentro. Incluso niños muertos por suicidio.

Lo llaman bullying. Es el ACOSO con mayúsculas, insistente, constante, despiadado, de niños o jóvenes que buscan hacer daño a otra persona. Que saben que lo están “logrando”: que le están hundiendo, apartando, convirtiendo en alguien asustado y desesperado. Y que aún y así continúan haciéndolo. Y obtienen verdadero placer y satisfacción con ello.

Esto ya son palabras mayores. Esto es un delito. Un atentado contra la dignidad de otra persona. Una vileza. El problema es que a veces comienza con “juegos y bromas”. Y lo confundimos con “cosas de niños”.

Parece lógico  pensar que el bullying tiene 2 protagonistas: el niño acosado y el niño o los niños acosadores. Pero no es exactamente así. Yo creo que, en realidad, en el bullying hay 4 protagonistas diferentes.


El primer protagonista es el niño acosado.

Un niño comienza a ser acosado porque es, tiene o hace algo “diferente”.

Pero…¿qué es “diferente”? ¿Lo que no es “normal”? ¿Y quién decide lo que es normal y lo que no lo es?

No hay una definición concreta de lo “normal”. “Normal” no significa bueno ni malo, mejor ni peor. Significa “aceptado por frecuente”.  “Normalidad” es, simplemente, aquello que la mayoría de personas piensan o hacen por rutina, por costumbre. Lo que tienen apuntado en sus cerebros que es lo correcto porque así lo aprendieron.

Cuando etiquetamos algo como “normal”, la mayoría de nosotros lo damos por bueno; y no miramos mucho más allá. Cualquier cosa que se salga de lo “normal”, de lo comúnmente aceptado, nos hace sentir incómodos, extraños, incluso amenazados. Y esto no suele gustarnos.

Pero lo que es “normal” para un grupo de gente puede no serlo para otro grupo distinto. O en otra cultura distinta.

 Y en vez de analizar estas diferencias,  ver si son mejores o peores que nuestra “normalidad”, ver si son importantes o no, si merece la pena ser amigos a pesar de ellas…pues decidimos dejar bien claro a esa persona cómo somos aquí la mayoría, qué pensamos, cuáles son nuestras normas.

Un niño puede comenzar a ser acosado porque su cuerpo, su manera de vestir o de pensar, sus gustos, su orientación sexual, su familia, su país, sus costumbres, sus circunstancias…¡cualquier cosa!… son diferentes a los del resto de compañeros.

Y algunos de esos compañeros confunden “diferencia” con “debilidad”. Y le atacan, riéndose de él, ridiculizándole, humillándole, aislándole.

Este es el primer gran error de concepto que tienen tanto el niño diferente como aquellos que lo acosan. Creerse, o creerle, débil, sin valor, inferior.

Pues quiero que sepáis que los niños diferentes, sea cual sea la diferencia, son mucho, mucho más especiales, interesantes, fuertes y valientes que los demás. Porque tienen que enfrentarse a veces  a circunstancias muy difíciles, que tal vez ninguno de los “valientes” seríamos capaces de enfrentar. Y encima también deben enfrentarse a un entorno hostil, a la incomprensión, a la ignorancia y a las burlas.

La autoestima de estos niños tendría que estar por las nubes. Deberían saberse y sentirse mucho más dignos, capaces y valientes de lo que nadie se imagina.  Son unos guerreros, unos luchadores, unos supervivientes. Deberían caminar por el mundo con la cabeza bien alta. Deberían estar orgullosos de sí mismos y de su fuerza.

Y cuando llegan a mayores, si el acoso no daña irremediablemente su alma,  se convierten en  personas excepcionales.

Quienes no aceptan a los diferentes no son más fuertes ni mejores. En realidad son asustadizos y cobardes. Tienen miedo de que aceptar “lo diferente” les haga moverse de su zona de comodidad, o ser a su vez objeto de burla. El rechazo a los diferentes, en el fondo, significa miedo.

Pero a veces los chavales viven en un mundo al revés. Confunden valentía con cobardía. Desprecian a quienes merecerían admiración. Y aplauden a quienes solo demuestran ignorancia.

Meteos bien esto en la cabeza: ser diferente NO es un motivo de vergüenza. Ser gordo, delgado, alto, bajo, guapo, feo, homosexual, transexual, gótico, hippy, bizco, diabético, epiléptico, usar gafas, tener la nariz grande, tener los dientes separados, ser extranjero, huérfano, discapacitado, tener una familia atípica…son simplemente características o circunstancias de cada persona.

Algunas son una opción personal (¡y un aplauso por aquellos que tienen el valor de ir contracorriente en un mundo conformista!). Pero otras no se pueden elegir. Es más: nadie está libre de poder tener, en algún momento de su vida, una de esas “características diferentes” de la que tanto nos reímos hoy. Una enfermedad, un accidente, una situación familiar complicada…

¿Cómo puede alguien ser tan corto de mente como para hacer de una diferencia un motivo de burla? ¿Cómo puede un niño llegar a pensar que el acoso que sufre es culpa suya? ¿Cómo podemos llegar a entender las cosas de una forma tan equivocada?


El segundo protagonista es el niño acosador. El acosador de verdad. El que quiere hacer daño o provocar miedo. El que necesita sentirse superior, o más fuerte. El que abusa de su fuerza física o de su situación de poder. El que necesita que los demás sepan quién es “el que manda”.

Estos niños acosadores tienen en realidad un gran problema. Por alguna razón necesitan desesperadamente sentir que valen, que influyen en los demás, que son “superiores”, que son respetados. Lo necesitan para sentirse bien. Pero sólo saben conseguirlo desde el terror, el abuso, la fuerza. No saben hacerlo de otro modo.

Estos niños acosadores son los que tienen el auténtico problema. Y muy serio. Estos niños son en realidad los que están limitados. No tienen suficientes recursos para convivir con otras personas, o para enfrentarse a las “amenazas”. No tienen una autoestima sana, ni una escala de valores correcta.  Porque su entorno no se los ha enseñado, o porque ellos mismos no han sido capaces de aprenderlos.

A ellos es a los que más hay que ayudar. Hay que hacerles ver  que algo no marcha bien. No debemos aplaudirles, animarles, imitarles. Debemos avisarles, explicarles que tienen un problema, tratar de ayudarles.

Y sin embargo la mayoría de nosotros lo hacemos justamente al revés.

¿Por qué los niños cuando ven la película de  Karate Kid admiran al protagonista por su integridad, su valor y su lucha en soledad contra un grupo de matones sin sentimientos, y en cambio en la vida real  desprecian a los que son como  él y  admiran a los “malos”?


El tercer protagonista es el niño que solo quiere divertirse. Que no se da cuenta del daño que hace a los demás con sus palabras. Que cree que sólo está siendo gracioso, que meterse con alguien diferente solo es un juego, una pequeña broma.

Así somos, en realidad, la mayoría de nosotros. Nuestro gran problema no es la maldad, sino la ignorancia. Pero esa misma ignorancia nos hace a veces creer que un niño acosador también está “jugando”. Y le seguimos el “juego”. Sin querer en el fondo hacer daño. Pero nuestros “juegos” se suman a las ganas reales de hacer daño del acosador. Y el resultado es destructivo para el niño acosado. Y nosotros ni siquiera nos hemos dado cuenta. Nos convertimos, sin siquiera ser conscientes, en cómplices del acosador.

Esto tiene fácil solución: debemos ENTENDER. Entender que las bromas hacen daño. Entender que otra persona puede sentirse dolida. Entender que un día podemos ser nosotros los objetos de la burla, y que entonces no nos hará ninguna gracia. Entender que debemos ponernos siempre en el lugar de la otra persona, y no hacer a nadie lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros.

La mayoría de nosotros somos buenas personas. Cuando entendemos, hacemos lo correcto. Sólo tenemos que abrir los ojos. Dejar que nos expliquen, y explicar a los demás, que las bromas y risas no son un juego, que pueden hacer mucho daño, que no están bien.


El cuarto protagonista, para mí, es el peor de todos. El más peligroso. El que más daño puede hacer.

Es el niño que entiende. Que se da cuenta de que otro lo está pasando mal porque está siendo objeto de burlas “inocentes”; o, infinitamente peor, está siendo acosado de verdad. Se da cuenta de que otro niño está sufriendo, está solo, está recibiendo insultos, golpes, violencia de cualquier tipo. SABE QUE ESO ESTÁ MAL. Y a pesar de ello, calla.

Estos niños que entienden deberían ser los que dan la voz de alarma. Los que se dan cuenta de lo que ese niño está viviendo son los que deberían avisar a padres, profesores y amigos, para que aquello deje de ocurrir. Son los que podrían salvar a ese niño de un daño irreparable. Son los que tienen en sus manos el poder de terminar con una situación injusta, dañina, peligrosa. Deberían ser ellos los héroes que ayudan a ponerle fin.

Pero no lo hacen. Por vergüenza, por la idea (de nuevo equivocada) de que dando la voz de alarma se convertirán en delatores, en chivatos. O por miedo a los demás, a terminar ellos mismos aislados del grupo por apoyar a un diferente. O por miedo a los acosadores, a terminar ellos mismos siendo acosados, maltratados, agredidos.

Son empáticos. Pueden ponerse en el lugar del niño acosado, y saben que sufre. Se dan perfecta cuenta de quién es quién en este “juego” de acosadores, acosados y cómplices. Pero no se atreven a denunciar la situación.

También son cómplices del acoso. Pero cómplices CONSCIENTES. Y esto es infinitamente peor que ser cómplices ignorantes.


Hijos míos: ojalá nunca, nunca, seáis acosados. Cuánto me dolería que os hicieran sufrir.

Pero si un día sufrís acoso, quiero que sepáis que quienes os queremos haremos todo, TODO, lo que esté en nuestras manos para acabar con esa situación.

Pero para poder ayudaros, los adultos necesitamos saber lo que está ocurriendo. Y puede que prefiráis ocultarlo. Por vergüenza, por miedo a que “ellos” se enteren, por no hacernos daño, porque sentís que la culpa es vuestra.

Jamás penséis que sois los culpables del acoso que sufrís. Nunca penséis que sois cobardes por contarlo. Que los adultos responsables de vosotros lo sepamos es la ÚNICA manera de poder ayudaros.

No podréis salir solos de este tsunami que  os ha atrapado. Es demasiado complicado. Os enfrentáis a personas que tienen problemas muy, muy severos. Problemas que a vosotros os superan.

Por favor: sed valientes, más valientes aún de lo que ya estáis siendo afrontando semejante situación. Denunciadla. A vuestros padres, a profesores, a amigos. No confundáis el valor de denunciar con la “cobardía” de delatar. Ni la fuerza de buscar apoyos para enfrentaros definitivamente a una situación que os supera con la “debilidad” de reconocer que estáis siendo acosados. Cambiad esa manera de pensar, de percibir la realidad; porque es falsa, destructiva y no os ayudará.

No siempre podremos encontrar una solución de inmediato. A veces el camino será largo. Puede que el entorno,  las alternativas, los protocolos, sean terriblemente lentos, e incluso equivocados. Pero podéis recibir ayuda durante el difícil trayecto. Podéis aprender a entender y apreciar vuestra propia fuerza, vuestro propio valor. Podéis aprender recursos para evitar que os hagan aún más daño. Podéis encontrar personas afines a vosotros, apoyos cuando os parecía imposible.

Pero necesitamos que os atreváis a pedir ayuda.

Y, sobre todo, no hagáis algo irreparable. Sabed que, aunque ahora mismo os parezca imposible, todo esto pasará. Y saldréis de esta pelea transformados. Todas las personas que han optado por no dejarse hundir, que han seguido peleando por lograr una vida feliz y plena, que han tenido fe en sí mismos y en la gente buena que siempre se encuentra, y que han logrado sobrevivir a esta durísima situación, se han convertido en personas verdaderamente excepcionales. Con una empatía, con una sensibilidad, con una fuerza interna fuera de lo normal. Con una capacidad impresionante de poder ayudar a otros.

Sois mucho más valiosos de lo que os imagináis. Sois ejemplos a seguir. No os rindáis nunca. Nunca. Por favor.


Si me avisan de que estáis acosando a otro niño, el disgusto que me llevaré será terrible.

Trataré con todas mis fuerzas de haceros ver vuestro tremendo error. Trataré de hacer que os pongáis en el lugar de la otra persona. Que intentéis imaginar cómo puede sentirse; cómo os sentiríais si fueseis vosotros los acosados. Que pidáis perdón por el daño que habéis causado y que de verdad toméis la decisión de no volver a hacerlo.

Si pensabais que aquello “solo era un juego”, espero ser capaz de explicaros bien las cosas. Y en cuanto las entendáis, sé que todo cambiará.

Si sois acosadores conscientes…

Trataré de comprender qué os ha llevado a hacer algo así. Qué pensáis, qué sentís, qué os ha ocurrido que ha metido tanta intransigencia y tanto odio en vuestras almas.

Analizaré mis propias emociones, mis propios actos y los de toda nuestra familia; buscando algo que pueda haberos inducido a pensar y actuar como lo habéis hecho.

Si no lo consigo, seré yo quien pida ayuda. Porque algo andará terriblemente mal. Entenderé que tenemos un problema muy, muy serio. Vosotros y nosotros necesitaremos muchísima ayuda.


Pero nada podría entristecerme más que saber que sois cómplices conscientes y callados.

Que podríais haber ayudado a ese niño. Dando la voz de alarma, denunciando la situación, apoyándole y animándole, creando un frente común con el resto de compañeros para enfrentaros a los acosadores o para protegerle. Que podríais habérselo contado a vuestros profesores, o a los padres del niño, o a nosotros.

Que una palabra vuestra podría haber cambiado el rumbo de las cosas. Y que no lo hicisteis. Por miedo, por vergüenza, por indiferencia, por comodidad. Por lo que sea.

Si ese niño tomase una decisión irreversible…

Qué remordimientos tienen que quedar. Qué durísima lección.

Confío en vuestro valor, en vuestra integridad, en vuestro coraje. Que nunca, nunca, nunca, lleguéis, lleguemos, a esto.

 

Echad un vistazo a este rap de El Langui. Se buscan valientes de verdad.

https://www.sebuscanvalientes.com/

 

 

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Muerte súbita (2). Fibrilación ventricular. Desfibrilación.

 

En una entrada anterior describí por encima la anatomía y la función de bombeo del corazón. Expliqué la diferencia entre angina e infarto. Y hablé de la posibilidad de sufrir una muerte súbita relacionada con un infarto.

(Podéis leerlo AQUÍ:   Angina. Infarto. Arritmia maligna. Muerte súbita.  )

En resumen: el corazón es un músculo hueco, también llamado MIOCARDIO; que se contrae y se relaja continuamente de forma automática, mandando sangre al resto del cuerpo ( contracción o sístole) y recibiéndola de vuelta (relajación o diástole).

El miocardio tiene una pequeña “batería”, el nodo sinusal, que genera automáticamente impulsos eléctricos. Y está recorrido por un entramado de “cables” (haz de Hiss y fibras de Purkinje) que forman el sistema de conducción eléctrico.

anacircu4En el nodo sinusal se forma un impulso eléctrico y se transmite a través de los “cables” por todo el tejido cardíaco. A medida que la “corriente” va pasando por las fibras musculares cardíacas, estas se contraen, y “exprimen” las aurículas y ventrículos (sístole), lanzando la sangre al resto del cuerpo. Cuando pasa el efecto del “calambrazo”, las fibras musculares se van relajando (diástole), permitiendo a las aurículas y ventrículos volver a llenarse de sangre hasta que llegue el siguiente impulso eléctrico.

Entre 60 y 100 impulsos eléctricos por minuto. Entre 60 y 100 latidos (sístole – diástole) por minuto.

El corazón se “recarga” automáticamente. Las células cardíacas recuperan toda la energía que han gastado en el latido, y se preparan para un nuevo latido. La “batería” que posibilita estas recargas durará lo que “el fabricante” haya estipulado. Entonces se descargará, y no podrá recargarse de nuevo. Y el corazón se parará.  Será una muerte por causas naturales, a consecuencia de la edad.

MUERTE SÚBITA

Con este nombre no nos referimos a la muerte natural que sobreviene tras una larga enfermedad o a una edad avanzada, como consecuencia del fin esperado de la vida.

Nos referimos a una persona que, estando PREVIAMENTE SANA (o al menos sin sufrir una enfermedad severa conocida), y mientras realiza una  ACTIVIDAD COTIDIANA de su vida (caminar, hacer deporte, trabajar, disfrutar de una actividad de ocio), súbita e inesperadamente pierde el conocimiento, se desploma y muere.

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La muerte súbita es EL CESE BRUSCO DE LA ACTIVIDAD EFICAZ DEL CORAZÓN. Un corazón que hasta ese momento estaba latiendo, bombeando sangre al resto del cuerpo, repentinamente deja de hacerlo.

En cuanto los músculos dejan de recibir sangre, pierden toda su fuerza. La persona se desploma súbitamente en el suelo.

En cuanto el cerebro deja de recibir sangre, se “apaga”. Deja de enviar órdenes al resto del cuerpo. El paciente deja de moverse. Deja de hablar. Deja de respirar. Los ojos dejan de mirar. Cesan los signos de vida. Una persona que un segundo antes estaba viva, hablando con nosotros, repentinamente pierde todos sus signos vitales ante nuestros ojos.

¿QUÉ LE PUEDE HABER PASADO AL CORAZÓN  PARA SUFRIR UNA MUERTE SÚBITA?

Hay dos razones principales para que un corazón, que minutos antes latía sin problemas, deje de latir de repente. La ASISTOLIA, o parada cardíaca completa. Y la FIBRILACIÓN VENTRICULAR, o ritmo eléctrico caótico.

1. ASISTOLIA

La causa MENOS frecuente de muerte súbita es la parada cardíaca completa.

De pronto el músculo cardíaco deja de moverse. Ni un mínimo latido. Se para por completo. Como un coche al que de repente se le acaba la gasolina. Como el corazón que se “descarga” al final de la vida. Solo que todavía no debería de haber llegado ese momento.

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La falta total de movimiento se traduce en el monitor electrocardiográfico como una LÍNEA PLANA.

corazon-roto-630x300Esta “parada cardíaca completa” suele ocurrir por un daño importante o masivo del músculo cardíaco (tras un golpe brutal, por culpa de un objeto que penetra en el tórax y perfora el corazón, por una falta completa de oxígeno, por un infarto muy extenso que “estropea” o incluso “rompe” las paredes del corazón…)

Es difícil, muy difícil, revertir una asistolia. La única posibilidad es tratar de “recargar” el corazón, de “reactivar” los latidos cardíacos con medicación y oxígeno, de arreglar el corazón con cirugía…según la causa. Si el corazón no está “roto del todo”, tal vez se pueda conseguir. Pero las posibilidades son, realmente, muy escasas.

2. FIBRILACIÓN VENTRICULAR

Hay una causa mucho, muchísimo más frecuente de muerte súbita en una persona que segundos antes estaba llena de vida, y que de repente se desploma sin una causa clara que lo justifique. Una causa que es, en sus primeros minutos, REVERSIBLE.

Es la MUERTE SÚBITA DE ORIGEN “ELÉCTRICO”.

Cuando el “sistema eléctrico” se daña bruscamente, sufre un “cortocircuito”. Los impulsos eléctricos, en vez de recorrer ordenadamente el tejido cardíaco, lo recorren sin control.

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Las fibras musculares, en vez de contraerse  y relajarse ordenada y rítmicamente, comienzan a contraerse de forma caótica, sin orden, sin ritmo, sin sentido. No logran latidos eficaces. No generan sístole ni diástole.

El corazón “tiembla”, incapaz de enviar sangre al resto del cuerpo. Está sufriendo una “tormenta eléctrica”.

El nombre técnico de este caos eléctrico es FIBRILACIÓN VENTRICULAR (también conocida por sus siglas: FV).

 

Si el corazón no bombea sangre de un modo eficaz, el resto del cuerpo no la recibe. A la vista de los testigos, la consecuencia de esta “tormenta eléctrica” es la misma que la de la parada cardíaca completa.  Los músculos pierden tono, el cerebro se “apaga”. La persona se desploma de forma brusca, sin tono muscular, sin respiración, sin signos de vida. SUFRE UNA MUERTE SÚBITA.  Las manifestaciones son indistinguibles de aquellas de la asistolia.

Pero dentro del cuerpo de ese paciente la situación es muy diferente.

Un electrocardiograma no muestra una asistolia, una línea plana. Lo que muestra es un TRAZADO IRREGULAR, que sube y baja, en forma de onda con diferentes longitudes. Detecta un “ritmo caótico”, un “funcionamiento arrítmico”. ¡Pero detecta movimiento!

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Las células cardíacas todavía no están inutilizadas. Todavía están llenas de energía, todavía funcionan, todavía se contraen. El problema es que no lo hacen de forma eficaz. Están gastando su energía de forma inútil. Y no pueden deshacerse del estímulo eléctrico que corre descontrolado entre ellas. No pueden “descansar” para recargarse de nuevo.

Con el paso de los minutos, la energía de las células cardíacas se agotará. Y cuando eso ocurre, se pararán por completo. La FV se terminará convirtiendo en ASISTOLIA.

¿A QUÉ PERSONAS LES PUEDE OCURRIR UNA FV?

Para resumir, básicamente hay 3 tipos de problemas cardíacos que pueden causar una FV en algún momento.

1.  FIBRILACIÓN VENTRICULAR DEBIDA A UN INFARTO

(Lo explico con más detalle  AQUÍ:   Angina. Infarto. Arritmia maligna. Muerte súbita.)

Cuando una arteria coronaria se obstruye de repente por un coágulo o por un espasmo, la parte del músculo cardíaco que esa coronaria debía irrigar se queda sin recibir sangre. Y si esta situación de ISQUEMIA se prolonga demasiado, esa parte del corazón empieza a morir. Esto es el infarto: la NECROSIS, la muerte, de parte del tejido cardíaco por falta de riego sanguíneo.

Cuanto más tiempo pase la coronaria obstruida, más se extiende la necrosis por el músculo cardíaco.

Si “pasa un cable” por el punto exacto del miocardio que se está quedando sin sangre, esa necrosis puede provocar un “cortocircuito” y hacer que el corazón entre bruscamente en FV.

Esto puede pasar en cualquier momento del proceso de infarto:

     -Puede ocurrir al principio (y la primera señal de que el paciente está sufriendo un  infarto será la muerte súbita).

    -Puede ocurrir a los pocos minutos del inicio del dolor (y un paciente que hasta entonces estaba con dolor en el pecho y en el brazo, dificultad para respirar, pálido, sudoroso, afectado…de repente se desploma sin respiración ni signos de vida).

 -Puede ocurrir incluso pasada más de una hora.

Hasta que esa coronaria no se libere, con medicación o con cateterismo, existe riesgo de FV.

   -Si el infarto ha sido extenso y ha afectado a gran parte del músculo cardíaco, puede existir un riesgo de FV  indefinido por “mal funcionamiento” de la red de cables.

EL 80% DE PACIENTES ADULTOS QUE SUFREN UNA FV LA SUFREN EN EL CONTEXTO DE UN PROBLEMA CORONARIO. Especialmente si la persona es mayor de 35-40 años.

EL 80% DE LOS PACIENTES ADULTOS QUE SUFREN UNA MUERTE SÚBITA EN EL CONTEXTO DE UN INFARTO ESTÁN SUFRIENDO UNA FV.

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2.  FIBRILACIÓN VENTRICULAR DEBIDA A UNA CARDIOPATÍA NO CORONARIA  

EL 20% DE LOS EPISODIOS DE FV, especialmente los que ocurren en pacientes menores de 35 años, SON DEBIDOS A UNA ALTERACIÓN DEL MÚSCULO CARDÍACO Y / O DEL SISTEMA DE CONDUCCIÓN DEL CORAZÓN que NO SON CONSECUENCIA DE UN INFARTO.

Las coronarias están bien. La FV no tiene nada que ver con un posible infarto. El problema es que el músculo cardíaco o el “cableado eléctrico” del corazón vienen con un defecto de fábrica. Muchas veces son problemas de causa GENÉTICA (un defecto de “programación” de la instalación eléctrica ya desde la concepción). El caso es que pueden provocar que el circuito eléctrico del corazón tenga un punto débil, una conexión defectuosa.

Estos defectos han podido no dar la cara en años. Ni siquiera en las revisiones o los electrocardiogramas. Pueden no haber dado un síntoma jamás.

Y de repente, en medio de un esfuerzo, de un partido, de una situación estresante, tras un susto por la bocina de un camión, tras un despertar brusco con la alarma del despertador…el sistema eléctrico sufre un “cortocircuito” y se desencadena la FV.

Son la causa más frecuente de muerte súbita en deportistas de élite. Y la causa más frecuente de muerte súbita de nadadores en piscinas, de runners, de deportistas en general, de niños que jugaban en el patio del colegio. Y se cree que pueden tener mucho que ver en algunas muertes súbitas del lactante.

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¿Y no es posible ver que existe este riesgo con una ecocardiografía, una prueba de esfuerzo, una resonancia, un scanner, etc etc?

Pues a veces sí. Pero a veces no.

Hay problemas de corazón que sí se podrían ver si son suficientemente llamativos, como los “corazones grandes” (miocardiopatía dilatada o hipertrófica), o como las paredes cardíacas defectuosas (displasia arritmogénica). También hay problemas “eléctricos” que se pueden adivinar en un electrocardiograma (algunos síndromes de Brugada, algunos síndromes de Qt largo o QT corto).

Pero muchas veces en las revisiones y pruebas varias no aparece rastro del problema. Es el caso de algunos síndromes de QT largo, corto, Brugada, taquicardia ventricular polimórfica…Los electrocardiogramas pueden no mostrar alteraciones. El resto de pruebas suelen ser, por definición, normales. Son corazones sanos desde cualquier “punto de vista”. Pero esconden una bomba de relojería.

La única pista que tal vez se tiene es la existencia de familiares que murieron de muerte súbita sin causa aparente a edades tempranas. Y, con “suerte”, una historia de desmayos frecuentes relacionados con el ejercicio, el esfuerzo, los ruidos o el despertar, sin causa ninguna que los justifique. De ahí las insistentes preguntas: “¿ha sufrido usted desmayos continuados a lo largo de su vida? ¿Ha sufrido desmayos extraños en la infancia y nunca le encontraron la causa? ¿Tiene usted padres, abuelos, tíos, primos, que hayan sufrido desmayos con frecuencia o hayan muerto jóvenes de muerte súbita sin que la causa esté clara del todo?”.

(Podéis leer un ejemplo del comportamiento de una de estas patologías en este enlace:  http://www.elmundo.es/elmundo/2009/06/27/espana/1246138949.html   )

En estos casos de alta sospecha, cuando todas las pruebas médicas son normales, las pruebas genéticas suelen tener la respuesta. Se busca el gen alterado, el fallo de programación que llevó a colocar un “cable en mal estado”.

Pero otras veces ni siquiera las pruebas genéticas son concluyentes.

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Así que, si a veces estamos seguros de que un paciente puede padecer una alteración que le predisponga a una muerte súbita eléctrica (por sus antecedentes personales o familiares); pero ni buscando con ahínco se encuentra esa alteración… cuántas personas podrían ser portadoras de una condición de riesgo sin siquiera sospecharlo,  porque nunca han tenido síntomas, nunca se les ha hecho una prueba que salga alterada, y nunca se ha tenido que indagar más allá.

Afortunadamente la mayoría de los portadores de estas patologías nunca sufrirán una muerte súbita. Pero el riesgo siempre será un poco más elevado que en personas no portadoras.

3. PERSONAS QUE SE ELECTROCUTAN

Una potente corriente eléctrica (por un rayo, por una descarga de alta tensión…) que de pronto atraviese el tórax del paciente puede provocar un cortocircuito y desencadenar esta tormenta eléctrica.electrocutado

Si una persona, TRAS RECIBIR UNA DESCARGA ELÉCTRICA, cae al suelo y pierde los signos vitales, LAS PROBABILIDADES DE QUE SU CORAZÓN ESTÉ SUFRIENDO UNA FIBRILACIÓN VENTRICULAR SON MAYORES DEL 90%.

 

*          *          *

 

La realidad es que en cualquier momento, en cualquier lugar, a cualquier persona de cualquier edad le podría sobrevenir una muerte súbita.

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Y si esta muerte súbita es de origen eléctrico, es una FV, PODRÍA SER REVERSIBLE.

Porque un corazón en FIBRILACIÓN VENTRICULAR tiene, durante varios minutos, sus células completamente cargadas de energía. Podrían volver a funcionar, a contraerse y relajarse, a generar latidos eficaces. No lo hacen porque un impulso eléctrico “desmadrado”, descontrolado, las activa “a lo loco” y se lo impide. Pero si esa electricidad caótica desapareciera antes de que las células cardíacas gasten toda su energía, el sistema eléctrico volvería a la normalidad.

El nodo sinusal, el marcapasos natural del corazón, está programado para generar impulsos automáticos continuamente. Pase lo que pase, hasta que la batería que la “casa comercial” (la genética) colocó se agote por completo.

Si el corazón lograra que sus células dejaran de recibir “calambrazos” aleatorios y se relajaran por completo durante solo unos segundos, si el sistema eléctrico pudiera disponer de unos escasísimos segundos para “resetearse”, el nodo sinusal podría generar otro impulso automático. Ese nuevo impulso volvería a recorrer de su forma habitual y por sus caminos habituales todo el músculo cardíaco. Y las células cardíacas volverían a lograr contraerse de forma eficaz. Volverían a lograr la sístole – diástole.

¡Hay que conseguir deshacerse de ese impulso eléctrico descontrolado!

Un mínimo porcentaje de corazones en fibrilación ventricular lo consiguen por sí mismos. Son los afortunados casos de “FV  AUTOLIMITADA”. El paciente sufre una pérdida de conocimiento brusca, deja de respirar y pierde los signos vitales; pero en pocos segundos, como mucho en uno o dos minutos, se despierta y se recupera.

Tal vez este episodio haya sido interpretado por los testigos como un “síncope”, un simple desmayo. Pero en realidad su corazón ha sufrido un “cortocircuito” y ha entrado en FV. Sólo que las células cardíacas, de alguna manera, han logrado deshacerse por sí mismas del impulso eléctrico caótico. Y tras unos segundos de relajación, de “reseteo”, el nodo sinusal ha vuelto a tomar el mando de la situación y a generar impulsos eléctricos ordenados y eficaces.

Sin embargo, por desgracia, este “reseteo” interno es excepcional. Lo más frecuente es que, una vez que aparece la “tormenta eléctrica”, el corazón no pueda deshacerse de ese caos eléctrico por sí solo.

Necesita que algo, o alguien, “resetee” el sistema eléctrico cardíaco desde fuera. Que alguien “apague” el sistema (como hacemos con nuestra televisión, nuestro móvil o nuestro ordenador cuando dan problemas o la pantalla se llena de “niebla”) y lo vuelva a encender segundos después. NECESITA UNA DESFIBRILACIÓN.

DESFIBRILACIÓN

¿Cómo se “resetea” un corazón? Aplicando, directamente sobre él, UNA CORRIENTE ELÉCTRICA de mayor intensidad que la del impulso eléctrico descontrolado que está recorriendo en ese momento el músculo cardíaco. La corriente eléctrica externa apagará, anulará, el sistema eléctrico del corazón. Hará que todas las células cardíacas descarguen toda su energía a la vez. Las DESPOLARIZARÁ. Hará que sean, de golpe y porrazo, incapaces de seguir contrayéndose a expensas del estímulo eléctrico caótico. Hará que el corazón entre en “asistolia”. Sólo unos segundos.

El acto de aplicar una descarga eléctrica externa directamente sobre el corazón se llama DESFIBRILACIÓN. Y el aparato que administra dicha descarga se llama DESFIBRILADOR.

El corazón desfibrilado se parará por completo unos segundos. Suficientes para que el estímulo caótico, sin sistema eléctrico que lo soporte y  retroalimente, termine por “disolverse” y desaparecer.

El nodo sinusal, pasados esos segundos, generará un nuevo impulso eléctrico. Y si las células cardíacas aún conservan energía suficiente, volverán a contraerse al paso del estímulo eléctrico. El corazón volverá a “arrancar”, volverá a latir.

 

LA FIBRILACIÓN VENTRICULAR ES UN RITMO ELÉCTRICO CAÓTICO POTENCIALMENTE REVERSIBLE. Pero solamente en los primeros 5-10 minutos.

 

¿Por qué? Porque en el proceso de “temblar” sin control, las células cardíacas gastan energía. Y no la reponen “descansando” durante la relajación, ni “recargándose” con el siguiente estímulo eléctrico. Sólo se contraen y se contraen sin orden, gastando más y más energía.

Si se hace un electrocardiograma al inicio de una FV, el trazado será caótico pero enérgico, con líneas curvas que suben y bajan mucho, en forma de ondas o espigas marcadas. Es la llamada “fibrilación gruesa”.

Si se hace un electrocardiograma cuando el corazón lleva más de 5 minutos en FV, el trazado será mucho más aplanado, con espigas y ondas mucho menos pronunciadas, mucho menos “vibrado”. Se le conoce como “fibrilación fina”.

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Si se hace un electrocardiograma cuando el corazón lleva más de 10 minutos en FV, tal vez el trazado sea prácticamente una línea recta, con muy pocas “vibraciones”. Y llegará un momento en el que observemos una asistolia completa. Las células cardíacas habrán gastado toda su energía en el inútil proceso de la FV. Habrán quedado descargadas, inutilizadas por completo.

La desfibrilación consigue parar por completo las células cardíacas. Puede provocar una asistolia. Pero las células cardíacas sólo serán capaces de “reactivarse”, de volver a latir, si aún conservan energía en su interior. Si no es así, la asistolia será definitiva, irreversible.

Si se aplica una desfibrilación sobre un corazón ya en asistolia, sobre unas células cardíacas ya agotadas, estas no podrán reactivarse de nuevo. La desfibrilación es ineficaz en la asistolia.

 

LA DESFIBRILACIÓN SOLO ES EFICAZ EN LOS PRIMEROS MINUTOS DE UNA FIBRILACIÓN VENTRICULAR.

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Si aplicamos una desfibrilación en el primer minuto de una FV, más del 90% de los corazones lograrán “resetearse” y volver a latir automáticamente. Pero por cada minuto que tardemos en aplicar la desfibrilación, el corazón perderá u 10% más de probabilidades de lograr “reactivarse”.

Si aplicamos una desfibrilación a los 5 minutos de una FV, menos del 50% de los corazones lograrán “reactivarse”. Si la aplicamos a los 8 minutos, lo lograrán menos del 20%. Si la aplicamos a los 10 minutos, sólo entre el 2 y el 5% de los corazones lograrán recuperar latido espontáneo.

 

SI UN PACIENTE SUFRE UNA MUERTE SÚBITA DE ORIGEN ELÉCTRICO, LA ÚNICA MANERA DE CONSEGUIR QUE SU CORAZÓN VUELVA A LATIR  ES LOGRAR APLICAR UNA DESFIBRILACIÓN EN MENOS DE 5-10 MINUTOS.

 

Pero, como hemos dicho en posts anteriores, la inmensa mayoría de muertes súbitas no ocurren en entornos sanitarios, sino en domicilios y lugares de trabajo u ocio. No son presenciadas por personal sanitario, sino por ciudadanos “de a pie”: familiares, amigos, compañeros de trabajo o de equipo, taxistas, conductores, tenderos, profesores, entrenadores.

Y los servicios sanitarios tardarán en llegar mucho más de 5 minutos. Los tiempos medios de una UVI móvil en entorno urbano son de 7-8 minutos. Más de 10 minutos en entorno rural. 20 minutos al punto más alejado al que pueden llegan según las isocronas. Y este tiempo se duplica si la UVI móvil está ocupada y hay que recurrir a equipos de atención primaria de un centro de salud que no esté realmente próximo al paciente.

 

¿Qué se puede hacer entonces? Dos cosas fundamentales.

En primer lugar, tratar de “dar más tiempo a los sanitarios” para que estos lleguen con un desfibrilador, medicación y material especializados. LOS TESTIGOS DEBEN REALIZAR REANIMACIÓN CARDIOPULMONAR BÁSICA (RCPB) HASTA QUE LLEGUE LA AYUDA SANITARIA.

En segundo lugar, multiplicar el número de DESFIBRILADORES EXTERNOS AUTOMÁTICOS (DEA) colocados en lugares no sanitarios, al alcance del máximo número posible de ciudadanos. Y concienciar a estos ciudadanos de su importancia, y formarlos en su uso.

De ambas cosas hablaré con más detalle en una entrada posterior.

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Para aquellos alumnos a los que no les supe explicar…

2016-11-08-13-20-43Cuando vienen residentes de Medicina o de Enfermería a rotar en la UVI móvil, creo que todos tratamos de enseñarles, de explicarles, de permitirles historiar y explorar a los pacientes. Cada cual según su carácter y sus habilidades docentes, creo que todos lo intentamos. Igual que nuestros adjuntos hicieron con nosotros en su día.

Pero hay algo que yo no sé explicarles. Y es cómo enfrentarse a la muerte súbita, repentina, inesperada de una persona. Y cómo decirles a sus seres queridos que su familiar, que poco antes estaba lleno de vida, acaba de morir.

Porque no hay manera correcta, ni apropiada, ni sencilla, de asumir semejante final. Y tampoco de prepararse para dar semejante noticia.

Nadie está ni estará preparado para decirle a una abuela que su compañero de toda la vida acaba de fallecer. O a una madre que su bebé acaba de sufrir una muerte súbita mientras dormía en su cuna. O a un hijo que su padre parece haber tenido un infarto masivo y que no hemos logrado reanimarlo. O a una familia que su mujer, su hija, su madre, acaba de desplomarse de repente por un posible derrame cerebral y que ha dejado de respirar. O a un chaval que su novia acaba de quitarse la vida y no podemos hacer nada. O a unos padres que su hijo no ha podido superar las lesiones del terrible accidente que acaba de sufrir.

Quince años después de mi primera vez, aún no sé cuál es la manera correcta de hacerlo. Quince años después se me sigue encogiendo el corazón cuando doy la orden de suspender las maniobras de reanimación porque entiendo que ya son inútiles, que si seguimos adelante haríamos más daño que bien.

Una y otra vez trato de prepararme para dar la noticia a los familiares. Busco las palabras más exactas y menos dañinas. Busco las frases de consuelo que podrían ayudar a afrontar mejor la situación.

Odio tener que hacerlo. Quisiera estar en cualquier lugar del planeta, menos allí. Cojo aire, me levanto. Busco al familiar y lo llevo a un lugar un poco apartado.

Y una y otra vez, las únicas palabras que puedo pronunciar son: “Lo hemos intentado todo, pero no hemos podido hacer nada, su corazón se paró y no respondió a los intentos de reanimación… Lo siento muchísimo, pero acaba de fallecer”.

Y una y otra vez me atraviesan todos los sentimientos descontrolados de incredulidad, de negación, de rabia, de dolor, de los familiares. Incluso de odio hacia nosotros. Sus gritos, sus lloros, su desesperación, son imposibles de evitar y de esquivar. Por más que trate de consolarles, de razonar, de hacerles entender, en esos momentos simplemente no hay nada que hacer.

Me siento absolutamente impotente, inútil, de sobra.

Todavía hay que rellenar informes y certificados, hacer llamadas, activar protocolos. Todavía hay que permanecer en el lugar, sabiendo que no sólo no podemos ayudar, sino que nuestra presencia impide que los familiares se abandonen por completo al dolor y a las lágrimas. Tal vez por un cierto pudor, tal vez porque nuestra presencia todavía podría significar que hay una mínima esperanza, que “los médicos aún podrían intentar hacer algo”.

Sólo quiero salir de allí cuanto antes. Y sé que todos mis compañeros, médicos, enfermeros, técnicos, piensan y sienten lo mismo que yo. Pero todos nos quedamos, y tratamos de ayudar en lo poco que podemos. Con una mano en el hombro, con un abrazo, con un tranquilizante, con una llamada que los desesperados familiares no son capaces de hacer.

Y si nosotros nos sentimos impotentes, qué decir de los rotantes. Que participan de la escena, que tratan de ayudar en las maniobras, que reciben todos los sentimientos desbordados de sanitarios y de familiares. Pero que no saben qué deben hacer, qué deben decir. Ni siquiera saben muy bien qué deben sentir.

¿Y cómo se le explica todo esto a un residente, a un rotante de veintipocos años?

Yo no se lo puedo explicar. Y cuando los veo hundidos, aterrados, angustiados, derrotados después de haber vivido una experiencia semejante, tampoco me siento preparada para ayudarles mucho más.

No puedo decirles así, de repente: “Aprende ya cuándo dejar marchar a un paciente. Aprende ahora mismo cómo dar la noticia. Aprende cómo afrontar la avalancha de sentimientos que se te van a venir encima. El dolor, el horror, la pena, la compasión, el alivio porque no te ha ocurrido a ti ni a ninguno de los tuyos, la angustia de darte cuenta de que podría ocurrirte a ti o a alguno de los tuyos, los pensamientos obsesivos, los recuerdos indelebles”.  

Porque todo esto no se puede enseñar. Porque es algo que se va “aprendiendo” , si es que se llega a aprender, de la vida misma y a lo largo de las situaciones que esta preciosa y dura profesión que es la emergencia nos pone delante. Porque yo nunca aprendí del todo.

Así que muchas veces no digo nada. No explico nada. Me pongo la máscara de “bueno, es lo que hay, así es la vida, ya lo aprenderás”. O la de “tía dura”, a la que nada de esto le afecta ya.

Perdón, porque sé que aquel día no te pude explicar lo que tú necesitabas aprender.

Pero sí que te puedo enseñar una cosa. Una que yo sí que he aprendido a lo largo de estos 15 años.

¡Aprende a vivir! ¡Aprende a disfrutar de la vida! ¡Aprende a cambiar tus prioridades!

Porque cuando llegue este momento (y a todos nos llegará antes o después) te darás cuenta de repente de lo que malgastaste tu tiempo junto a tus seres queridos, de lo poco importantes que eran todas aquellas importantísimas cosas que te impidieron disfrutar más de la vida.

Porque en cualquier momento, en cualquier lugar, a cualquier persona de cualquier edad le puede ocurrir esto que acabas de ver.

Prepara tu mente, tu alma y tu corazón para que entiendan que la muerte es ley de vida, que antes o después seremos los que despiden, los despedidos o los testigos de una despedida. Que la muerte no sea una desconocida para ti.

Pero hasta que la muerte se acerque a saludar, recuerda esta frase de la película de “El club de los poetas muertos”, los impactantes versos de Thoreau:

“Me fui a los bosques porque quería vivir sin prisas. Quería vivir plenamente y extraerle todo el jugo a la vida. Dejar de lado todo lo que no fuera la vida. Para no descubrir, en el momento de mi muerte, que no había vivido”.

Para no descubrir, en el momento de la muerte de los seres queridos, que no habíamos vivido.

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Enfermedades que todavía avergüenzan

2016-11-24-09-39-54Ayer me tocó atender un caso que, por triste, me hizo pensar.

Avisaron por un chaval que estaba teniendo alucinaciones. Cuando llegamos al domicilio, efectivamente, nos encontramos al chico agresivo, agitado, sin reconocer a su madre ni a sus hermanos, tratando de quitarse de delante “bichos” y “cosas” que sólo él veía.

A nuestras preguntas de “¿Tiene alguna enfermedad? ¿Le ha ocurrido esto más veces? ¿Toma alguna medicación? ¿Toma algún tipo de drogas??”, las respuestas fueron “no, no, no, no…”.

Dormimos al chico para quitarle su angustia y poder trasladarle. Informé a la familia: “si todo es negativo, puede tratarse de un brote psicótico que debuta ahora. Hay que trasladarlo al hospital para que sea valorado por Psiquiatría”.

Los hermanos acompañaron al resto de sanitarios y la madre me hizo una señal para que esperase. Quería hablar conmigo en privado.

Y entre lágrimas me dijo: “No quería contarlo, fue un episodio en su adolescencia y ya está cerrado…Lo creíamos cerrado, nadie sabe nada…Él tuvo problemas mentales en su adolescencia, fue visto por Psiquiatría por ataques de agresividad. Tardó mucho en salir de aquello, pero estaba muy bien. Y hace unos meses tuvo problemas sentimentales, empezó a deprimirse, empezó a descompensarse…Hoy lleva todo el día tomando pastillas porque quiere dormir y olvidarse de todo…No quiso ir al médico y yo no le obligué, no quería volver a pasar por todo aquello, ni que nadie se enterase…Y de repente ha empezado a decir cosas raras, a ver cosas raras…Esto jamás le había pasado, estoy muy asustada”.

Busqué los blisters de lo que se había tomado. Entre ellos había una pastilla concreta que me llamó la atención. Consulté el Vademécum.

“Efectos secundarios extremadamente raros: delirios, taquicardia, temblores, espasmos, piel caliente y seca…”

El diagnóstico inicial de “brote psicótico primario” pasó a ser “intoxicación aguda por XXX con brote psicótico secundario”. Algo que tiene un tratamiento concreto. Que se hubiera tardado mucho en poner, o que nunca se hubiese puesto, de no conocer su verdadera causa.

La vergüenza que sentía aquella madre porque su hijo hubiera tenido una enfermedad mental le llevó a pasar por alto los síntomas de que un nuevo episodio se estaba gestando. Y a no pedir ayuda a pesar de los obvios intentos del chico de controlar su alterado estado emocional automedicándose. Y a retrasar un diagnóstico y un tratamiento sin los cuales, tal vez, la vida de su hijo hubiese estado en serio peligro.

Tener una enfermedad mental no debería suponer ningún estigma. No debería causar vergüenza. No debería llevar a nadie a tratar de ocultarla.

Los problemas psicológicos o psiquiátricos son enfermedades igual que la diabetes, que la epilepsia, que el cáncer, que los infartos. Igual de reales, igual de “dignas”, igual de difíciles, igual de respetables. Y necesitan el mismo apoyo de los familiares y del entorno que cualquier enfermedad. A veces muchísimo más.

Pero algo seguimos haciendo mal como sociedad cuando pasan estas cosas. Cuando tener una enfermedad mental sigue suponiendo un estigma para el paciente y la familia. Cuando la vergüenza supera a la razón, y la razón no se atreve a hablar hasta que una vida corre peligro.

Toda la sociedad, empezando por los sanitarios, siguiendo por los ciudadanos y terminando por los pacientes y los familiares, deberíamos educar y educarnos mucho más en este tema.

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La impotencia de no saber, o no poder, ayudar a tener una buena muerte

Hace unos días nos avisaron por una señora de unos 75 años que se había puesto muy grave en la residencia de ancianos en la que vivía.
 
Cuando llegamos nos encontramos a una mujer tan sumamente delgada, gastada, sin color, sin movilidad, que desde la puerta nos pareció que había fallecido. Tuvimos que acercarnos a su cama para reconocer signos de vida.
 
Mientras yo leía el historial, la enfermera de la residencia nos explicó que la hija de la señora, que también vivía en la misma residencia y compartía habitación junto a su madre, había fallecido hacía unos meses. Y que desde aquel día la mujer ya no quería vivir.
 
Las fotos sobre la mesita atestiguaban que había sido una mujer feliz, con una vida feliz, rodeada del cariño de un marido, una hija, unos nietos.
 
Pero los informes médicos y las últimas analíticas evidenciaban un estado general muy precario. Los ingresos por infecciones y descompensaciones habían sido continuos en los 2 últimos meses. El cuerpo de la señora estaba diciendo “basta”. De alguna manera parecía que su voluntad de no querer vivir estaba ganando la partida.
 
El electrocardiograma que le hicimos mostró que estaba sufriendo un infarto. El corazón de la señora tampoco quería seguir adelante.
 
Si en España tuviéramos un sistema, no solo sanitario, sino social y familiar, que permitiera que un paciente, llegada su hora, pasara por ese trance de forma confortable e íntima…
 
Pero no lo tenemos. No tenemos una cultura ni una educación que abarque y acepte la muerte, y que prepare al paciente, a la familia, a los cuidadores y a los sanitarios para ella.
 
Lo que tenemos es una lucha por lograr la inmortalidad, un rechazo frontal a la idea de la muerte en este nuestro “primer mundo”, nuestro “mundo evolucionado”, que trata de elevarse sobre la humilde resignación de las gentes “de pueblo”, “primitivas”, “subdesarrolladas”. Aquellas que saben (y no pueden permitirse olvidar) que la muerte se une a la vida en el momento de la concepción, y que camina siempre un pasito por detrás.
 
En nuestro mundo un paciente no se suele morir en casa. No se debe morir en una residencia, si se puede evitar. Hay que trasladarlo. Y no se debe morir en la ambulancia. Hay que pelear por él en el hospital. Y se peleará hasta que el corazón del paciente se apague.
 
No le puse los tratamientos del infarto. Su cuerpo no los habría soportado. Únicamente traté de aliviarle un poco su dolor. Pero yo tampoco pude dejarla en la residencia. La trasladé, con todas las molestias que un viaje en ambulancia conlleva (y mucho más en su estado) a ese hospital que iba a luchar por salvarle la vida, y que iba a perder. Y ella lo sabía.
 
Yo no intenté animarla. No tenía sentido. Habría sido mentirle. Así que le dije: “No se preocupe. Pase lo que pase, no estará sola. Aquí estamos nosotros. Y allí ella le estará esperando”.
 
Se echó a llorar y me agarró la mano fuertemente todo el camino. Los 15 minutos que duró el traslado. No me la soltó hasta que llegamos al hospital. Y entonces pronunció la única palabra que le escuchamos. “Gracias”.
 
Horas después volvimos al hospital con otro paciente. Pregunté por ella. Me dijeron que estaba ingresada en estado muy grave. La siguiente vez que volví a preguntar, ya había fallecido.
 
Creo que fui la última persona con la que pudo hablar. Creo, con orgullo, que fuimos las personas que le pudieron acompañar de una forma un poco más “íntima” en sus últimos momentos.  En la “habitación privada” de la ambulancia. Ser consciente de que se está siendo testigo de esta transición es uno de los sentimientos más fuertes que se viven en nuestro trabajo. Y ese “gracias” me lo llevo de recuerdo para toda la vida.
 
Pero no tenía que haber sido yo. No teníamos que haber sido nosotros. No tenía que haber sido en la UVI móvil.
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El otro día vi el programa de #Salvados, #LaBuenaMuerte. E inmediatamente pensé en ella.
 
Si hubiera una ley que me hubiera permitido preguntarle: “¿Quiere que lo intentemos una vez más? ¿O quiere que le ayudemos a marchar en paz con su hija?”, a lo mejor las cosas hubieran sido diferentes…
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Si hubiera una cultura, una partida económica suficiente, una infraestructura, un personal cualificado y accesible, una ayuda domiciliaria, hospitalaria o en residencias…
 
 
Pero la realidad es que los sanitarios, en el tema de los cuidados paliativos y la buena muerte, estamos legal, económica y estructuralmente limitados. Hacemos lo que podemos, lo que sabemos, lo que nos dejan, donde nos dejan. Y es claramente insuficiente.
 
No quiero discutir sobre la eutanasia, el suicidio asistido, el derecho de las personas a poder elegir sobre su propia muerte. Sólo sé que algo falla terriblemente en esta sociedad.
 
Por alguna razón quise llevarme un recuerdo suyo. Y le “robé” una foto de su mano.  Porque ella me dio una de las mayores lecciones sobre la vida y sobre la muerte que se pueden dar.
 
Ojalá ella lo haya sabido.
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