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“Murió por mi culpa, porque no supe qué hacer…”

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Por desgracia son varias las personas que me han hecho este comentario en los años que llevo dando cursos de RCP básica y desfibrilación, y talleres de emergencias por los coles.

La mayoría de estas personas han recibido el curso o taller muy nerviosas ante la descripción de la muerte súbita; atentísimas pero sin atreverse casi a realizar las prácticas. Y al terminar, cuando el resto de alumnos se iban marchando, se me han acercado y con lágrimas en los ojos me han dicho esa angustiada frase.

 

-Mi madre se desplomó delante de mi. Si hubiera sabido que le estaba pasando eso, si hubiera sabido qué hacer, tal vez no habría muerto. Pero no supe qué hacer, no hice nada, y cuando llegaron los médicos ya no hubo nada que hacer…

-Estábamos durmiendo y mi marido empezó a hacer ruidos muy extraños con la garganta. Le miré y vi que algo pasaba. Llamé al 112 y me dijeron que empezara RCP mientras llegaba la ayuda, pero yo no sabía. Hice lo que pude, pero no sabía hacerlo. Siempre me quedará la duda de si se habría salvado de haber sabido qué hacer…

-Yo era el entrenador del chaval que murió en el partido de fútbol. Se desmayó, vi que parecía tener convulsiones, que respiraba de una forma extraña. Pero no supe identificar que se le estaba parando el corazón. Si hubiera sabido lo que es el gasping, si hubiera empezado antes la RCP…tal vez…

-Yo fui quien llamé al 112 porque un hombre se estaba atragantado, con los nervios sólo les dije que mandaran ya la ambulancia, y colgué…si hubiera sabido para qué eran las preguntas, si hubiese esperado a que me dieran instrucciones…a lo mejor…

 

“A lo mejor”. “Tal vez”. Son frases que nunca dejarán curar la herida.

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Cuando ocurre esto, siento que los cursos y talleres, en lugar de enseñar unas maniobras que pueden salvar vidas, se convierten en una acusación velada, en la prueba que confirma que “murió porque yo no supe actuar”.

Esta sensación es horrible. Es la emoción más destructiva que se puede sufrir y que, como sanitario o “profesor”, se puede percibir.

 

Es una situación muy dura para esa persona. El sentimiento de culpa que arrastra, a veces desde hace muchos años, es atroz.

Es tremendamente injusto que una persona, que tuvo la mala suerte de ser el testigo de una muerte súbita, y que trató de sobreponerse al terror y hacer lo que buenamente pudo, encima tenga que vivir ahogado por este sentimiento de culpa.

Y además de injusto, no es verdad.

 

culpables“Culpable”, según la RAE, es “aquella persona que, sabiendo que con su acto u omisión va a causar sin género de dudas daño o perjuicio a otra persona, y estando en su mano el evitarlo, lo causa de todos modos con premeditación y deseo de dañar”.

 

Nada más lejos de lo que desea el testigo de una emergencia.

 

TODAS las personas que presencian un accidente, un desmayo, una crisis, una muerte súbita, y se acercan al paciente con intención de ayudar, tienen un mérito enorme. Tienen el valor de vencer sus reparos, sus temores, sus bloqueos, y tratar de hacer algo para ayudar.

TODOS sin excepción tratan de hacer lo que creen de buena fe que puede ayudar más. Sea llamar al 112, o llamar primero a un familiar en cuyos consejos confía; sea intentar sacar del lugar a la persona como pueda; sea intentar que respire, que no se trague la lengua o que no se la muerda; sea un intento de RCP “como Dios le da a entender”; sea esperar a los sanitarios para no empeorar más la situación…

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Personalmente, yo nunca, jamás, tendré para esos testigos otro sentimiento que gratitud y admiración.

Gratitud porque quien hizo algo así por un desconocido, seguramente lo habría hecho por mí o por mis hijos en la misma situación.

Admiración porque la mayoría de las veces dichos testigos son padres, hijos, hermanos, novios, amigos del paciente. Y no todo el mundo podría romper el bloqueo que el terror provoca. Ni siquiera los sanitarios.

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A cuántos sanitarios he visto perder los papeles y el sentido común cuando era su familiar quien sufría la emergencia.

He visto a un intensivista aterrado al confundir la gastroenteritis de su hijo con una meningitis. A una médico de urgencias que no sabía distinguir si su hermano había sufrido un simple desmayo o “algo grave”. A una pediatra preguntarme la dosis de Dalsy que debía dar a su hijo, porque con su hijo dudaba de todo. A un enfermero que no podía coger la vía a su padre porque las manos no dejaban de temblarle. A otra enfermera llorando ante su tío fallecido, incapaz de colaborar en la RCP. A un médico negarse a comprar un desfibrilador porque “sería incapaz de usarlo con su hija cardiópata”. Y podría llenar hojas…

Cuando mi hija, entonces bebé, se pilló un dedo con la puerta, corrí al hospital sin biberón, sin pañales, sin cartilla y creo que hasta sin abrocharme el cinturón. Cuando entré corriendo en urgencias, el celador tuvo que hacerme entrar en razón. “¡Pero que sólo es un dedo! ¡ Vaya médico de UVI móvil de mis narices!” . “¡Ya, pero es mi hija! ¡MI HIJA!”.

Y ese “MI” lo cambia todo.

 

¿Cómo podría nadie juzgar? Me apuesto todo el dinero que pueda ganar en mi vida a que el mayor especialista en muerte súbita del mundo, puesto en esa tesitura, se quedaría completamente en blanco.

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En los cursos y talleres enseñamos a distinguir un simple desmayo de una muerte súbita. A distinguir el gasping o respiración agónica de una respiración efectiva. A hacer la llamada más precisa y colaboradora posible al 112. A hacer PLS, RCP o Heimlich de la forma más correcta. Tratamos de convencer de que un desfibrilador salva vidas; de enseñar a usarlo y de quitar el miedo a poder hacer aún más daño al paciente.

Estos conocimientos pueden salvar vidas. Cuanto mejor los conozcamos, más correctamente podremos ayudar. Por eso deben aprenderse. Y deben aprenderse “en frío”. No en el momento de la emergencia. Esto es indiscutible; no puedo evitar remarcarlo en cada curso.

 

Pero quien no supo hacerlo en su momento no es culpable de nada.

Y se me ocurren al menos 4 argumentos para defender esta sentencia.

 

El primero y principal: CUANDO UNA PERSONA MUERE, LA CULPA LA TIENE LA ENFERMEDAD QUE LO HA MATADO O LA FATALIDAD QUE HA CAUSADO EL ACCIDENTE.

No la tienen los testigos que tratan de ayudar, lo hagan mejor o lo hagan peor. No la tiene el 112 que debe gestionar escasísimos recursos. No la tienen los sanitarios que llegan “tarde”.

Y, ateniéndonos a la verdadera definición de “culpa”, no la tienen los padres que “pasan” una alteración genética o una enfermedad a su hijo sin ser conscientes de ello ni haber podido evitarlo de ningún modo. No la tienen los familiares del paciente que se suicida vencido por una terrible enfermedad llamada depresión. Ni los familiares del paciente que fallece debido a otra terrible enfermedad llamada “adicción” o “dependencia”. No la tiene el conductor que no pudo evitar el accidente o el atropello.

 

El segundo: CUANDO ALGUIEN HACE LO MEJOR QUE SABE Y PUEDE HACER EN ESE MOMENTO SEGÚN LAS CIRCUNSTANCIAS, NADIE PUEDE CULPARLE POR EL RESULTADO. Sólo se le pueden dar las gracias.

No es culpa de un sanitario bloquearse cuando quien sufre la emergencia es un ser querido.

No es culpa de una persona no sanitaria no saber nada sobre RCP. Si hay algún culpable es la sociedad, cargo, administración, empresa, entidad…que debería haber sido capaz de formar a todos los ciudadanos en los mínimos conocimientos vitales. Y que, por motivos varios, no lo ha hecho. O no lo quiere hacer. O pone impedimentos y trabas para hacerlo.

Pero no es de quien nunca tuvo oportunidad de recibir esta formación. Faltaría más.

Si estas personas tienen esa oportunidad, si se les ofrece un curso o taller de primeros auxilios y RCP, no deberían desaprovecharla. Si lo reciben y aprenden algo, y más aún si lo repiten cada cierto tiempo y refuerzan sus conocimientos, encontrarán que tienen cada vez más recursos para responder ante una emergencia. Y que cada vez tienen más seguridad y menos dudas. Esa es la finalidad de los cursos y talleres. No el culpar, o hacer sentir aún más culpable, a quien cree que “ha fallado”.

 

El tercero: a pesar de recibir un curso o taller, o 2, o 3, o 4, PROBABLEMENTE LA ACTUACIÓN TAMPOCO SERÁ 100% CORRECTA LLEGADO EL CASO. Porque  NADIE logra una actuación 100% correcta cuando se entrena en escenarios hipotéticos, pero la primera vez que presencia un caso real es, precisamente, la emergencia ante la cual debe actuar.

Los trabajadores de emergencias extrahospitalarias realizamos  con cierta frecuencia (mucho menor de la que desearíamos) simulacros de accidentes con múltiples víctimas.

Los realizamos porque, afortunadamente, son muy escasas las ocasiones reales en las que nos tenemos que enfrentar a muchos heridos graves. Pero sería el peor de los escenarios: demasiados pacientes para recursos escasos y lejanos, necesidad de identificar rápidamente a los más graves, necesidad de trasladar a distintos hospitales  separando al paciente de sus familiares…

Cada vez que hacemos un simulacro cometemos numerosos fallos. Si se remarcan dichos fallos y un segundo equipo realiza un segundo simulacro, se corrigen algunos de esos errores, pero aparecen otros nuevos. Si cambian el escenario a los pocos meses, se cometen diferentes errores. Y por más que lo practiquemos, cuando llega el momento de la verdad, NINGÚN EQUIPO INTERVINIENTE ha sentido JAMÁS la seguridad plena de que todo se hizo bien. Hay mil dudas. Se llora de impotencia porque se sabe que seguramente alguien que tal vez pudo salvarse en otras circunstancias, ese día murió. Y a todos nos queda la horrible duda de si pudimos hacer algo para que el desenlace hubiera sido diferente.

Si nos ocurre a los “expertos entrenados”, ¿cómo no va a ocurrirle a los testigos legos?

 

El cuarto: INCLUSO CUANDO TODO SE HACE BIEN, TODO TODO TODO, comprobado y anotado según el protocolo más exquisito, los pacientes mueren.

La RCP básica y la desfibrilación, incluso empezadas en el minuto cero, incluso llevadas a cabo por personal sanitario, incluso hechas dentro de la UVI móvil o en la sala de críticos del hospital, con todos los medios y medicinas habidos y por haber, solo logra resultados en menos del 50% de los casos.

Todos los que trabajamos en esto, incluso los ateos recalcitrantes, se rinden a la percepción de que hay un “destino”, una serie de “casualidades inexplicables” que se las apañan para que ciertos pacientes se salven con todas las probabilidades en contra. Y que ciertos pacientes que a priori contaban con todas las oportunidades de cara, terminen falleciendo.

 

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No: la culpa de que esa persona haya fallecido no es TUYA.  Su enfermedad, su condición genética, la fatalidad de ese día y de ese lugar “alejado”, el destino que mueve sus hilos de forma incomprensible, son los “culpables”.

Si no supiste qué hacer, no fue culpa tuya. No todos llegamos a la edad adulta sabiendo salir de un coche que cae al mar, reaccionar correctamente en caso de incendio, rodar  como Bruce Lee tras un accidente de moto, conducir si entramos por sorpresa en una carretera helada, dominar las artes marciales en caso de atraco o violación, hacer una RCP en caso de presenciar una muerte súbita.

 

Si el destino de esa persona era fallecer, ni todos los caballos del rey…Ni todos los hombres del rey…Ni todas las UVIS móviles del país aparcadas a la puerta…

 

Pero si tienes la oportunidad de aprender, entonces no la desperdicies. Porque si el destino quiere a partir de entonces que la persona a la que se le para el corazón tenga una oportunidad, entonces te utilizará a ti. Tú serás el testigo, y en esa ocasión estarás capacitado. Y cada curso realizado, cada maniobra aprendida, cada repetición hasta lograr mecanizarla, os será de enorme utilidad a ti, al paciente y a ese destino que te ha colocado precisamente a ti en ese momento y lugar.

Si la intención del destino es utilizarte como instrumento salvador, que te pille lo mejor preparado posible. Si no lo es, a ti y a los familiares del paciente os quedará la certeza de que “se hizo todo lo posible lo mejor posible”. Y esa seguridad, esa “tranquilidad”, no salva vidas; pero salva almas.

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Profes, padres: por qué sería recomendable tener un desfibrilador en los coles

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La respuesta, aunque dura, es sencilla.

PORQUE HAY NIÑOS Y PROFESORES QUE SUFREN UNA MUERTE SÚBITA EN LOS COLEGIOS E INSTITUTOS.

 

De acuerdo: en los profesores es más entendible. Algunos ya pasan de los 50, fuman, son hipertensos, diabéticos, tienen el colesterol alto o tienen problemas de corazón. No están libres de sufrir un infarto, por ejemplo; aunque ya sería mala suerte que les ocurriera mientras dan clase…

 

Pero…¿niños?

SÍ. HAY NIÑOS QUE MUEREN SÚBITAMENTE EN LA GUARDERÍA, EN EL COLEGIO O EN EL INSTITUTO.

Con 2 años, con 5 años, con 9 años, con 15 años, con 22 años.

 

 

Pero…¡no pueden haber sufrido un infarto! ¡Es imposible! ¡No se sufre un infarto a esas edades!

Aquí está el primer error de concepto sobre la muerte súbita.

MUERTE SÚBITA significa que una persona DE CUALQUIER EDAD, y SIN TENER SÍNTOMAS DE ALARMA previos, mientras realiza una ACTIVIDAD COTIDIANA (correr, hacer deporte, comer, hacer un examen, bailar…) DE REPENTE pierde el conocimiento y se desploma. DEJA DE RESPIRAR, PIERDE TODOS LOS SIGNOS VITALES. SUFRE UNA PARADA CARDÍACA.

 

Pero LA MUERTE SÚBITA NO ES SIEMPRE SINÓNIMO DE INFARTO.

 

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El corazón es un músculo que late continuamente. Lo logra porque tiene una “batería anacircu4recargable” que genera impulsos eléctricos (el nodo sinusal) y un “sistema de cables” que transmite esos impulsos ORDENADAMENTE por todo el músculo cardíaco (el sistema de conducción cardíaco). 

A medida que la “electricidad” avanza por los “cables” del músculo cardíaco, este se va contrayendo y bombeando sangre (sístole). Cuando pasa el efecto de la “descarga eléctrica”, el músculo cardíaco se relaja y se vuelve a llenar de sangre (diástole). Así se consiguen los LATIDOS EFICACES. Y así debe funcionar el corazón desde que somos un pequeño embrión hasta el día en el que “nos caduque la batería recargable”.

(Podéis leer la explicación más detallada  AQUÍ:   Angina. Infarto. Arritmia maligna. Muerte súbita (1).  )

 

La muerte súbita ocurre porque hay un “cortocircuito” en los “cables” que recorren el corazón.

 

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Cuando uno de esos cables sufre un cortocircuito, el corazón sufre una “tormenta eléctrica”. La corriente eléctrica corre sin control, ocasionando contracciones DESORDENADAS del músculo cardíaco.  Esto causa LATIDOS INEFICACES, que NO LOGRAN BOMBEAR SANGRE al resto del cuerpo. El corazón “tiembla”, incapaz de recuperar el orden y el ritmo de los latidos.

 

Esta “tormenta eléctrica” se llama “FIBRILACIÓN VENTRICULAR (FV)“.  Y equivale a una PARADA CARDÍACA, porque el corazón es tan incapaz de funcionar como si estuviera parado del todo. Es una arritmia maligna, potencialmente letal. 

La persona sufrirá un desmayo brusco y caerá al suelo inconsciente. Y si en ese momento se mirara el pulso, no lo tendría. Y si en ese momento se hiciera un electrocardiograma o un ecocardiograma, se vería que su corazón está “temblando”.

 

En muchos casos esta FV  se corta sola en pocos segundos. La persona  recuperará el conocimiento, y el cuadro se confundirá con un síncope “normal”. Estas personas sufrirán seguramente varios episodios de “desmayos inexplicables” desde la infancia o juventud.

Pero en algunos casos esta arritmia maligna no se parará por sí sola. Sólo cesará si alguien “la corta desde fuera”.

(Podéis leer la explicación más detallada  AQUÍ:  Muerte súbita (2). Fibrilación ventricular. Desfibrilación. )

 

La mayoría de las personas mayores de 35-40 años que sufren una muerte súbita tenían infarto2algún problema en su corazón o en sus coronarias. Aunque también otras enfermedades cardíacas pueden también desencadenar una arritmia maligna (arritmias, “desgaste del corazón”…), la  causa más frecuente de muerte súbita a estas edades es un INFARTO que tiene la mala suerte de pillar en medio “un cable eléctrico”. Cierto.

(Podéis leer la explicación más detallada  AQUÍ:   Angina. Infarto. Arritmia maligna. Muerte súbita (1).  )

 

Pero las personas menores de 35 años también pueden sufrir una muerte súbita de origen eléctrico. No por culpa de un infarto que “pille un cable”. Tampoco porque su corazón se haya ido estropeando con la edad. Sino porque tienen una CARDIOPATÍA CONGÉNITA: su corazón trae algún defecto “de fábrica”.

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Algunas cardiopatías congénitas son fácilmente diagnosticables. “Se ven” en las pruebas diagnósticas: en las ecografías, en las resonancias, en los electrocardiogramas… Una parte del corazón tiene algún problema. El músculo cardíaco (hipertrofia, miocardiopatía). O una válvula cardíaca. O las aurículas; o los ventrículos. corazon_roto

Estas cardiopatías pueden traer complicaciones. Y entre las complicaciones también está el “fallo eléctrico”. Pero al verse, al conocerse, al diagnosticarse, pueden recibir tratamiento. Y puede prevenirse en gran medida ese “cortocircuito”, esa FV.

 

Pero otras cardiopatías congénitas son “invisibles” a las exploraciones y pruebas  habituales. Por ejemplo, si lo que viene “defectuoso de fábrica” es un “cable eléctrico”.electricidad


Auscultación, ecocardiograma, electrocardiograma, Holter… Puede que ninguna de las pruebas médicas detecte el problema en el cable. Pero está ahí. Está ahí desde que el niño está en el útero de la madre. Es un problema eléctrico del corazón invisible pero “potencialmente arritmogénico”.

 

1 de cada 1000 personas puede ser PORTADORA de un problema eléctrico “invisible” en el corazón.

 

Los más afortunados han sido diagnosticados porque han sufrido varios desmayos inexplicables, de los que nunca se ha sabido la causa. O porque algún familiar directo los ha sufrido, o  ha sufrido una muerte súbita siendo joven y sin enfermedad aparente. O porque, con suerte, un electrocardiograma ha mostrado una alteración extraña.

Y ante la sospecha de que pudieran tener un defecto eléctrico en el corazón, se ha buscado el origen del problema.  La MUTACIÓN, las “instrucciones equivocadas del plano” que han llevado a que ese cable del corazón se haya fabricado mal, con un trozo estropeado, ya en el vientre de la madre. A que esa persona HAYA NACIDO YA con un cable defectuoso. Las PRUEBAS GENÉTICAS.

Síndrome de Brugada, síndrome de QT largo, síndrome de QT corto, canalopatías arritmogénicas, Taquicardia Ventricular Polimórfica Catecolaminérgica, Displasia arritmogénica… Hay decenas de nombres extraños que engloban un problema similar: un cable defectuoso que podría fallar EN CUALQUIER MOMENTO. EN CUALQUIER LUGAR. EN CUALQUIER PERSONA DE CUALQUIER EDAD.

Y estas personas afortunadas pueden ser tratadas, medicadas, para que ese “fallo en los cables” no llegue a ocurrir.

 

El problema está en que la gran mayoría de las personas portadoras de una mutación peligrosa no saben que lo son. No saben que tienen un cable defectuoso que podría cortocircuitarse de repente.

Estas personas nunca han tenido síntomas que preocuparan a los médicos. Nunca se les vio nada raro en los electrocardiogramas o en las pruebas médicas. Sus padres tampoco sospechan que sus hijos tengan una mutación peligrosa.

 

Los DESENCADENANTES de arritmia maligna más conocidos en pacientes genéticamente predispuestos son los siguientes: el deporte, un esfuerzo intenso, los ruidos bruscos, el agua fría, los sustos, las actividades que implicaban un “subidón” de adrenalina (tales como montañas rusas), el estrés, las zambullidas bruscas, ciertos medicamentos, ciertas sustancias o bebidas energéticas, la deshidratación…

MUCHOS DE ESTOS FACTORES DESENCADENANTES SON HABITUALES EN LOS CENTROS ESCOLARES. Ejercicio, gimnasia, deportes varios, exámenes, estrés, nervios, discusiones…

 

Un corazón predispuesto, pero que nunca antes dio problemas, se enfrenta a uno de estos factores desencadenantes (a los que pudo ya haberse enfrentado cientos de veces en su vida). Y por motivos aún desconocidos, en un momento dado, de repente salta el cortocircuito. Y el corazón entra en una FV.

Si hay suerte, esa FV durará pocos segundos y el corazón recuperará el control por sí solo. El resultado será un síncope, o varios síncopes de repetición, que pueden ocurrir desde la infancia o la juventud, normalmente asociados a alguno de los factores desencadenantes. Pero la gente no cae en ello. Creen que se trata de síncopes “vulgares”. Y se pasa por alto el principal síntoma de alarma de que algo no va bien en los cables del corazón.

Pero en ocasiones LA PRIMERA Y ÚNICA MANIFESTACIÓN, SIN OTRO AVISO PREVIO, ES LA MUERTE SÚBITA. Un desmayo del que la persona no se recupera. Una FV prolongada, que el corazón no logra cortar por sí solo.

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1 de cada 2000 niños que están en el colegio tendrá, por probabilidades, una de estas mutaciones “potencialmente arritmógenas”. Y muy pocos, poquísimos, lo saben. Y muy pocos, por no decir ningún profesor, son conscientes de que alguno de sus niños pueden llevar dentro una pequeña “bomba de relojería”.

 

Afortunadamente, este “cortocircuito” letal no ocurre casi nunca. Miles y miles de personas andan por el mundo entero con un cable defectuoso, y jamás han sufrido ni sufrirán un cortocircuito. Jamás se enterarán siquiera de que tienen un cable “tocado”. Morirán de cualquier otra cosa cuando les llegue la hora.

 

Pero algunas personas sí sufrirán un “cortocircuito”.  Y pueden sufrirlo de niños, de adolescentes, en la juventud. Y pueden sufrirlo estando en el colegio o en el instituto. Y puede que su “cortocircuito” no se arregle solo. Y esas personas mueren.

La incidencia, afortunadamente, es muy baja. Solo 5 de cada 100000 niños.

Pero…SI LE TOCASE A MI HIJO, PARA MÍ LA INCIDENCIA SERÍA DEL 100%.

 

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En Avilés un niño de 9 años sufrió una muerte súbita mientras jugaba al fútbol en el recreo. Pudo ser reanimado porque ese colegio está justo enfrente de un centro de salud, y la ayuda sanitaria llegó a tiempo. Se le descubrió un síndrome de QT largo.

En Gijón un joven de 17 años sufrió una muerte súbita jugando al baloncesto en el patio de un colegio. Pudo ser reanimado porque su padre tenía nociones de RCP básica y porque la base de la UVI móvil estaba por detrás del colegio. Se le descubrió un síndrome de Brugada. Su hermano de 21 años, asintomático hasta la fecha, resultó ser portador del mismo síndrome.

Ninguno de ellos había tenido ni un solo síntoma previo.

En Gijón, un joven de 27 años cuyo padre había muerto joven “de no sabían muy bien qué”, sufrió una muerte súbita en la parada del autobús. Y no tuvo tanta suerte.

 

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PERO ES POSIBLE MINIMIZAR EL RIESGO DE MUERTE.

La FV debida a una cardiopatía visible o “invisible” puede tener solución. Sobre todo si se actúa en los primeros minutos.

¿Cómo arreglamos la mayoría de los fallos de la televisión, del ordenador o del móvil? Apagando el trasto y volviéndolo a encender. Reseteándolo.

¿Cómo podemos arreglar el cortocircuito del sistema eléctrico del corazón, la FV? “Reseteándolo”. Aplicando sobre el corazón una descarga eléctrica suficiente para “apagar el corazón y volverlo a encender”. DESFIBRILÁNDOLO.

Aplicándole, con un aparato llamado DESFIBRILADOR, una descarga eléctrica más potente que aquella energía eléctrica que lo recorre sin control y que lo hace temblar.

 

 

El problema es que esta descarga, esta DESFIBRILACIÓN, hay que aplicarla EN LOS PRIMEROS 5 MINUTOS DE LA FV.

Porque la “batería recargable”del corazón no se puede recargar automáticamente cuando el corazón entra en FV. La energía se gasta inútilmente. De manera que, pasados 10 minutos del inicio de la FV, el corazón ha gastado toda su energía en latidos y temblores inútiles. Los temblores son cada vez más débiles. Hasta que finalmente la energía se agota por completo y el corazón se para. Entra en ASISTOLIA.

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Y llegados a ese punto, la DESFIBRILACIÓN ya no será eficaz. Ya no habrá cortocircuito que solucionar, ni caos eléctrico que ordenar. 

El móvil se habrá quedado sin batería. Ya no podremos apagarlo y encenderlo. Se habrá apagado por completo. Y, por más que le demos al ON, no volverá a encenderse.

Los desfibriladores automáticos (DEA), que sólo funcionan cuando detectan un “temblor” en el corazón, una FV, no detectarán nada. Y ni siquiera intentarán la desfibrilación.

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Es cierto que la incidencia de muerte súbita en niños y jóvenes por cardiopatía es muy baja. Y por cardiopatía “invisible”, por culpa de un cortocircuito provocado por un cable defectuoso, más baja todavía. Por eso no parece rentable instalar desfibriladores obligatorios en guarderías, colegios e institutos.

Pero a la familia que le toca, le toca el 100%. Y su hijo puede morir. Y podría morir en el colegio.

POR UNA ARRITMIA MALIGNA QUE PODRÍA SOLUCIONARSE EN MUCHO MÁS DE LA MITAD DE LOS CASOS, SI SE INTENTA EN LOS PRIMEROS 5 MINUTOS.

 

DESFIBRILADOR AUTOMÁTICO (DEA) O SEMIAUTOMÁTICO (DESA)

Un DEA o DESA   (AED en inglés)  es un aparato tan sencillo de utilizar que hasta un niño de 7-8 años puede hacerlo. Lo único que hay que hacer es encenderlo. El aparato se pondrá a hablar, e irá dando órdenes claras y sencillas de qué se debe hacer.

Tiene 2 pegatinas que hay que saber colocar. Pero cada pegatina trae un dibujo que explica claramente dónde hay que pegarla. Solo hay que saber entender el dibujo y despegar el papel protector.

 

 Un DEA o DESA es un aparato tan inteligente, tan sensible, tan específico, que SOLO FUNCIONA SI DETECTA UNA FV. Sólo si analiza el ritmo cardíaco y detecta que el corazón está temblando, latiendo desordenadamente, SE CARGARÁ Y NOS PERMITIRÁ DESFIBRILAR, aplicar una fuerte descarga eléctrica a ese corazón. BOTÓN

Y solo si se carga comenzará a parpadear un botón que nosotros deberemos apretar para aplicar la desfibrilación. Si no se carga, si ese botón no parpadea, apretarlo no producirá una descarga.

 

 

PERO SI EL DESFIBRILADOR NO DETECTA UNA ARRITMIA MALIGNA, NO SE CARGARÁ. Y NO DESCARGARÁ ENERGÍA, POR MÁS QUE APRETEMOS EL BOTÓN DE DESCARGA.

 

fig5_7Si detecta un LATIDO NORMAL, NO SE CARGARÁ. Así que, por más que apretemos el botón de descarga, NO DESCARGARÁ ENERGÍA. NO DESFIBRILARÁ. Por más que lo intentemos. 

 

what-is-asystole_1Si el DEA o DESA detecta una parada cardíaca completa, una ASISTOLIA, TAMPOCO SE CARGARÁ. Por más que apretemos el botón de descarga, TAMPOCO DESFIBRILARÁ. Es por eso que a veces hay un DEA en el lugar, y se utiliza correctamente; pero si la causa de la muerte súbita de esa persona no es una FV, sino una ASISTOLIA, el desfibrilador “no funcionará”. 

 

FV gruesa finaY si el corazón sufría una FV, pero han pasado más de 10 minutos, tal vez el corazón ya haya agotado toda su energía. La FV se habrá transformado en ASISTOLIA. Y el desfibrilador no detectará “temblor”. Y TAMPOCO SE CARGARÁ. TAMPOCO DESFIBRILARÁ.

 

 

JAMÁS HAREMOS DAÑO A UNA PERSONA POR COLOCARLE LOS PARCHES DE UN DESFIBRILADOR. 

 

UNA PERSONA CUYO CORAZÓN NO ESTÉ SUFRIENDO UNA ARRITMIA MALIGNA JAMÁS RECIBIRÁ UNA DESCARGA ELÉCTRICA DE UN DEA O DESA.

 

ES IMPOSIBLE “MATAR” A UNA PERSONA QUE EN REALIDAD ESTABA VIVA POR PONERLE UN DESFIBRILADOR. EL DEA O DESA NUNCA SE EQUIVOCA, NUNCA DISPARA CUANDO NO ESTÁ INDICADO.

 

EL ÚNICO DAÑO QUE PODEMOS HACERLE A UNA PERSONA VIVA CON UN DEA O DESA ES TIRÁRSELO A LA CABEZA.

 

 

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EL DESFIBRILADOR DEBE USARSE EN LOS PRIMEROS     5-10 MINUTOS DE TODA MUERTE SÚBITA.

Porque si lo que le está ocurriendo al corazón de la persona que se ha desplomado es que está sufriendo una FV, HAY QUE APLICAR UNA DESFIBRILACIÓN ANTES DE 10 MINUTOS. Preferiblemente antes de 5 minutos. Después podría ser inútil.

 

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En el entorno urbano los recursos sanitarios tardan una media de 8-10 minutos en llegar al lugar de la emergencia. Y eso si están libres. Muchas veces el recurso más cercano estará ocupado; y habrá que movilizar recursos que tardarán 15-20 minutos (o más) en llegar.

En el entorno rural el recurso sanitario más cercano puede tardar más de 15-20 minutos. Y eso si están libres…

SI HAY QUE APLICAR UNA DESFIBRILACIÓN EN MENOS DE 10 MINUTOS, NO SALEN LAS CUENTAS.

Si no hay un DEA o un DESA a menos de 5 minutos de distancia, no salen las cuentas.

 

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La RCP básica (las compresiones torácicas, el “masaje cardíaco”) mantiene el corazón latiendo “desde fuera”. Mantiene el cerebro recibiendo sangre. Es más: las compresiones continuas logran “recargar” en parte la “batería” del corazón. LA RCP BÁSICA PERMITE QUE EL DESFIBRILADOR PUEDA LLEGAR UN POCO MÁS TARDE Y AÚN Y ASÍ PUEDA APLICAR UNA DESCARGA EFICAZ QUE CORTE LA FV.

Pero no siempre. Y no demasiado tiempo.

 

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Si la causa de las muertes súbitas en niños, jóvenes y deportistas “sanos” es una arritmia maligna en más del 90% de los casos…

Si la desfibrilación es EL ÚNICO TRATAMIENTO EFICAZ PARA UNA ARRITMIA MALIGNA…

Si la desfibrilación debe aplicarse en los primeros 5-10 minutos…

Si los servicios sanitarios no llegan a tiempo…

Si un DEA o DESA son tan sencillos de utilizar que hasta un niño de 7-8 años puede usarlos…

Si son tan seguros que sólo se cargarán cuando detectan una arritmia maligna, y nunca jamás en ningún otro caso…

Si es imposible poder hacerle daño a una persona cuyo corazón esté latiendo normalmente, por muy inconsciente que esté…

Si en un colegio o instituto hay chavales haciendo deporte, enfrentándose a exámenes, emociones fuertes, momentos estresantes, todos ellos posibles desencadenantes de una muerte súbita en portadores de “bombas de relojería invisibles”… Si hay profesores con posibles factores de riesgo para un infarto, como son la hipertensión, la diabetes, el colesterol…Si entran y salen continuamente padres, tíos, abuelos, con todo tipo de condiciones físicas y patologías varias…

 

…¿CUÁLES SON LOS IMPEDIMENTOS PARA COLOCAR UN DESFIBRILADOR EN LOS CENTROS EDUCATIVOS?

 

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Un impedimento importante es económico.

Un DEA o DESA cuestan de media 1500 – 2000 euros (aunque cada vez son más baratos). Además hay que financiar los cursos de formación y de reciclaje cada 2 años que habrán de recibir las personas que quieran capacitarse en su uso. Y por último, hay que pagar el mantenimiento del aparato, las revisiones, la recarga de la batería y los parches de recambio. 

Esto, unido a la bajísima incidencia de muertes súbitas en chavales, lleva a las administraciones públicas a decidir que “de momento no compensa” poner un DEA o DESA en centros educativos. 

Tal vez tengan razón en términos económicos, en cálculos de coste-riesgo-beneficio. Pero las familias afectadas hubieran pagado 500 veces el valor de un DEA con tal de que sus hijos hubiesen tenido esa oportunidad de vivir.

Si un centro educativo tiene la oportunidad de financiarse un DEA o DESA, sea como sea…MI OPINIÓN es que debería valorarlo muy seriamente.

 

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Otro impedimento es el terror de los profesores a tener que usarlo. 

Muchos centros se niegan en rotundo a instalar un DEA o DESA, porque “si se forman para usarlo tendrán que usarlo si llega el caso. Y ellos no son médicos. No quieren asumir esa responsabilidad” (palabras textuales que la madre de dos alumnos con síndrome de QT largo, uno de esos “cables defectuosos” que pueden causar FV, escuchó de boca de la dirección del colegio. Palabras que hemos oído infinidad de veces en infinidad de centros educativos).

Es cierto que los profesores pueden (y en ciertos casos deben) negarse a administrar ciertas medicaciones crónicas o a hacerse cargo de ciertos problemas de salud.

Pero esto NO PUEDE APLICARSE EN EL CASO DE UNA EMERGENCIA VITAL. En el caso de una situación a vida o muerte. Una situación en la que, si el testigo más cercano no actúa, el niño se morirá. 

No puede aplicarse en una muerte súbita cuando un desfibrilador QUE NUNCA PUEDE CAUSAR DAÑO es el único medio que puede salvar la vida del niño. 

 

Que los profesores no se atrevan a asumir la responsabilidad que conllevaría instalar un DEA en el colegio NO EVITARÁ QUE UN NIÑO PREDISPUESTO PUEDA SUFRIR UNA MUERTE SÚBITA EN ESE COLEGIO. Lo único que ocurrirá es que NO DISPONDRÁN DEL ÚNICO DISPOSITIVO QUE PODRÍA SALVARLE LA VIDA.

Eso sí que les causará terror. Y angustia. E impotencia. Y rabia. Y un dolor insoportable.

¿No deberíamos entre todos revisar esos conceptos de “miedo”, de “responsabilidad”, de “obligación”?

 

Es más: las leyes van cambiando poco a poco. Hasta el punto de que, cada vez en más comunidades autónomas, ni siquiera es obligatorio tener el curso de RCP básica + DEA para poder usar un DEA. 

Ante una muerte súbita, utilizará el DEA un sanitario. Si no hay sanitarios presentes, lo utilizará una persona capacitada tras recibir cursos de RCP básica + DEA. Pero si tampoco hay personas capacitadas presentes, podrá usar el DEA cualquier testigo que llame al 112 y reciba las órdenes e instrucciones directas del médico del Centro Coordinador. 

Estoy segura de que esta ley “del buen samaritano” se extenderá poco a poco por todas las comunidades autónomas. Porque el DEA SALVA VIDAS. Porque el salvar una vida debe primar sobre cualquier formalidad. 

 

Los DEA o DESA son cada vez más asequibles. Y cada vez más sencillos. La ley protege a quien los use cada vez más. Cada vez hay menos motivos para tener miedo.

 

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Hace muy poco, una joven de 22 años sufrió una muerte súbita en una facultad de Málaga. El centro no disponía de desfibrilador. Para cuando llegaron los recursos sanitarios, ya era tarde para ese corazón.

Tal vez un DESA en el lugar tampoco le habría podido salvar la vida. Pero…¿y si…?

La incertidumbre se clava como un puñal de tal manera que el dolor es insufrible.

Los compañeros de la joven se están movilizando para exigir que se instalen desfibriladores en todos los centros educativos. Pero hasta entonces nadie se imaginaba que algo así pudiera ocurrir. Se concienciaron de golpe. De la peor de las maneras posibles.

EN CUALQUIER MOMENTO, EN CUALQUIER LUGAR, A CUALQUIER PERSONA DE CUALQUIER EDAD…

¿Por qué tenemos que esperar a que ocurra una desgracia para tomar conciencia de la magnitud de la muerte súbita? ¿De que también puede ocurrirles a niños, jóvenes, deportistas, alumnos y profesores?

Con toda la información al alcance de la mano, ahora sí: valoremos el balance coste-riesgo-beneficio…

 

 

 

 

 

 

 

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Los médicos también mueren

El martes por la mañana el 112-SAMU-Asturias se paralizó.

Una compañera moría de forma inesperada mientras dormía.

Nada se pudo hacer desde el Centro Coordinador. Sólo activar la UVI móvil y esperar noticias con el corazón encogido.

Nada pudo hacer la UVI móvil. Sólo llegar al lugar esperanzados para darse de bruces con la realidad. Sólo enfrentarse con angustia y dolor a la evidencia del monitor, a la familia, al informe clínico y al código 4 transmitido al Centro Coordinador. Sólo abrazarse unos a otros, impresionados e impotentes a ambos lados del teléfono.

La noticia circuló entre los compañeros a la velocidad de la luz. A las 10:40 horas mi UVI móvil, de camino a un aviso, recibió una llamada. Y se paró en seco entre Gijón y Oviedo. Todos atónitos, helados, horrorizados.

Nadie pudo hacer nada. Aunque fuera una compañera, y las normas del SAMU digan que los compañeros nunca mueren. Aunque fuera una médico de urgencias y emergencias, con tantísima experiencia que parecía saber cómo burlar la muerte. ¿Cómo pudo pasar esto? Ella, tan sumamente perfeccionista y rigurosa hasta la exageración, ¿cómo pudo saltarse así las reglas?

Nadie en el 112-SAMU se pregunta por qué. Nunca hay respuesta.

Trabajamos al lado de la Muerte. Actuamos mientras Ella calla, observa. Pero a quien quiere Ella se lleva. Y nadie cambiará su suerte. Podemos retrasar lo inevitable, pero Su decisión será inapelable.

Ya podemos luchar, suplicar clemencia, tratar de atrapar su alma en nuestras manos.  El último esfuerzo de la Ciencia será en vano. Las fechas de llegada y de partida ya las trae escritas el Libro de la Vida.

Y así ha sido. Y ya sólo nos queda llorar.

Con el llanto silencioso e incrédulo de un pequeño colectivo, de un grupo de compañeros, de un equipo, ante la súbita pérdida de uno de los suyos. Ante el vacío que deja en la UVI, en el Centro Coordinador, en las sesiones, en las comisiones, en los simulacros, en la calle, en el hospital.

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Se ha marchado la médico más inteligente, más brillante, del SAMU-Asturias.

Una  médico “de las de la UVI móvil de toda la vida”. Una “histórica” del SAMU. Un referente.

Se ha marchado quien fue mi tutora la primera vez que, siendo residente, me subí temblando a una UVI móvil, hace ya 15 años. Aquella que me transmitió tal pasión, tal ilusión por su trabajo, que hizo que me enamorase de él. La que me dijo: “si deseas trabajar aquí ¡fórmate y lánzate!”; y con esas palabras cambió el rumbo de mi vagar desorientado por la Medicina y marcó mi destino.

Se ha marchado alguien con un carácter fuerte que nos enseñó “a los nuevos” a sacar el nuestro cuando la situación lo precisaba, y a discutir con el demonio si fuera necesario.

Alguien que estudiaba tanto, que sabía tanto, que se exigía tanto, que sus compañeros jamás abrimos un libro para consultar una duda cuando ella estaba cerca.

Alguien a quien la vida no le dio tregua; y que sin embargo se cayó y se levantó, se cayó y se levantó, una y otra vez; con una dignidad y una tenacidad admirables. Y que, aún en sus peores momentos, demostró tener una capacidad de trabajo, una responsabilidad y un amor a la Medicina desbordantes.

Una gran médico de urgencias. Una excelente médico de UVI móvil y médico reguladora del Centro Coordinador. Una buena compañera, apreciada por todos los que LA CONOCÍAN en todos los lados de la Emergencia.

El martes a las 10:40 horas me vinieron a la cabeza unos versos que aprendí en la Facultad y que se me quedaron grabados de forma más profunda que las pruebas diagnósticas o las dosis de medicación. 

                                             “Los médicos también lloran.
                                               Los médicos también sienten.
                                               Los médicos también gritan.
                                               Los médicos también temen.

                                               Los médicos también huyen.
                                               Los médicos también pierden.
                                               Los médicos también sufren.
                                               Los médicos también mueren.”

Sí…

Pero algunos médicos han salvado incontables vidas antes de morir. Y han enseñado a generaciones de residentes a salvar vidas. Y cada vida que estos, a su vez, logren salvar, también será gracias a ellos. Eso, colega, no lo pueden decir todos.

Gracias por todo. Por todo lo que diste, lo que hiciste, lo que enseñaste. Por las charlas, por las risas, por las horas de guardia compartidas. Gracias.

Ha sido un honor, un privilegio, una tremenda suerte, haberte conocido y haber compartido contigo estos años.

Descansa en paz, Esther. Hasta siempre, compañera.

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¡Que vuelvan los vecinos!

13-rue-01Yo crecí en un edificio de 11 plantas en el que nos conocíamos prácticamente todos.

Sabíamos los nombres de los “titulares” de las casas (aunque solo fuera de tanto leerlos en los buzones mientras esperábamos el ascensor; o por ayudar al cartero a repartir las cartas por los buzones varios; o por devolver las cartas que habían terminado en el nuestro por error). Había confianza para ir a casa de los vecinos a pedirles sal, el desatascador o el taladro. Los adultos se consultaban continuamente sobre “las cosas de la comunidad”. Se pedían prestadas las plazas de garaje para acomodar los coches de los familiares. Y los niños íbamos a jugar unos a casa de otros mientras nuestros padres “hacían recados”.

 

Aunque para comunitarios, mis veranos en el pueblo de mi padre. Aquel era un lugar sacado de los libros de historia. Los críos andábamos todo el día sueltos por la calle, entrando en las casas de unos y en las cuadras o fincas de otros. 

Cuando a alguien le pasaba algo, a la media hora (¡qué digo media hora!, ¡al medio minuto!) se había enterado todo el pueblo. Se preguntaba, se visitaba, se ayudaba. Igual daba que se tratara de quitar la nieve, de arreglar una cuadra, de mover un tractor averiado, de rescatar animales o de organizar la ayuda para un paisano enfermo. Era impensable que alguien necesitado de ayuda tuviera reparos en pedirla o pasara horas sin recibirla.

 

En aquel pueblo de alta montaña el médico, el veterinario, el practicante, el farmacéutico y el cura eran “la máxima autoridad sanitaria”. Entre los 5 atendían niños y adultos, personas y animales. Enfermedades, lesiones, operaciones, nacimientos y muertes. 

Siempre se sabía dónde estaban. Cualquiera podía ir a buscarles a sus casas, al bar, a la iglesia o a la plaza a cualquier hora del día o de la noche. Si uno de los cinco no estaba en el pueblo y  tenía que venir desde el quinto pino por la carretera nevada, los restantes iban “apañando la  cosa”. Y si ellos necesitaban de la ayuda de los paisanos, sobraban manos, pies, cuerdas, linternas, mantas, comida y bebida caliente, furgonetas de reparto, lo que hiciera falta.

La centralita de los teléfonos funcionaba con clavijas. No se había “inventado” el 112, ni había móviles; a los “5 magníficos” se les llamaba al teléfono de casa o alguien les iba a buscar corriendo.  No había (o no llegaban) ambulancias, y los traslados al hospital más cercano (a más de 130 km de distancia) se hacían en tractor, en furgonetas de reparto o en carros de vecinos voluntariosos, por unas carreteras retorcidas y estrechas donde hasta el GPS habría vomitado.

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                                                                     *      *     *     *     *

Echo muchísimo de menos todo eso. Sobre todo cuando trabajo en el Centro Coordinador de Emergencias del 112.

No dejan de sorprenderme las frecuentísimas llamadas (y no solo de madrugada, que sería más comprensible; sino a cualquier hora del día) de personas que solicitan ayuda sanitaria o de las fuerzas del orden público para levantar del suelo a un familiar  que, por estar enfermo o impedido, tiene movilidad reducida. Y que se ha caído de la cama o de la silla de ruedas, o se ha tropezado con la alfombra y se ha caído al suelo; y ellos solos no son capaces de ayudarle.

-¿Su familiar se queja de algo? ¿Puede haberse roto la cadera? ¿Se ha dado un fuerte golpe en la cabeza? ¿Está sangrando por algún lado?

-No, no, está bien, solo que estoy sola con él y no puedo levantarle. Solo necesito que alguien me ayude a meterle de nuevo en la cama.

Miro la dirección. Séptimo F. Octavo derecha. Décimo, portal B, puerta D.

-Pero ¿no hay nadie allí que le pueda ayudar? ¿Ningún conocido, ningún vecino? ¿En todo el edificio?

-Ay, no, señorita, ¿cómo voy yo a molestar a un vecino? Si casi no conozco a ninguno, solo nos vemos en el ascensor. No, no: mándeme un médico, o una ambulancia, o a la policía, que ese es su trabajo, ayudar al ciudadano…

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                                                              *      *     *     *     *

Tampoco puedo dejar de acordarme del pueblín cuando una persona cae al suelo en la vía pública y se hace un DAÑO NO DEMASIADO SEVERO QUE LE PERMITIRÍA CAMINAR CON AYUDA (una pequeña herida en la cabeza sin pérdida ninguna de conciencia, una torcedura de tobillo, una fractura de una mano o de un dedo, un sangrado por la nariz… ¡¡¡No me refiero en ningún caso a pacientes que se mareen, se desmayen o  no puedan caminar y precisen ambulancia!!!), con la mala suerte de no ser conocido por ningún transeúnte.

Hay varias llamadas al 112 avisando del percance (eso sí). Según la dirección facilitada por los alertantes, se hallan a escasos metros de un centro de salud. Y es excepcional que alguno de los viandantes se “atreva” a acompañar a la persona hasta el centro de salud.

-No, no, yo no me atrevo a moverle…Por mucho que usted, doctor, me diga que puedo moverle yo no le muevo hasta que no lleguen los médicos.

-No, no voy a acompañarle. No le conozco, y no es mi responsabilidad. Yo he llamado al 112, que es lo que tenía que hacer como buen ciudadano, y ahora la responsabilidad es suya de ustedes.

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Piden una ambulancia. Y al explicarles que tardará, porque aquello no parece tratarse de una urgencia o de una emergencia, los gritos e improperios, las críticas hacia la sanidad pública, etc etc, se pueden oír sin teléfono.

-¡Con lo que llueve! ¡Y este pobre hombre muerto de frío aquí en la calle! ¡Manden una ambulancia, que es lo que tienen que hacer! ¡Que para eso están! ¡Que no tienen vergüenza! ¡Que no tenéis corazón! 

Ay, cómo duelen esas frases.

A mucha gente le podrá parecer que esto es mentira, o una exageración; que estas cosas no ocurren en realidad. Pero todos los que trabajamos en un Centro Coordinador, en cualquier parte del país, escuchamos estas frases A DIARIO. Y varias veces en el mismo día.

                                                             *      *     *     *     *

Es cierto. Los sanitarios y las fuerzas del orden público están  (estamos) para ayudar. Y pasamos verdadera angustia pensando en que alguien puede estar pasando dolor o frío y somos incapaces de acudir en su ayuda o de mandarle la ayuda antes. Claro que tenemos corazón.

Lo que no tenemos son recursos. Ni capacidad para hacerlos aparecer de la nada.

Tal vez la gente no sepa que, al menos en mi comunidad, no existe un servicio específico para solucionar este tipo de problemas (afortunadísimas aquellas comunidades que sí lo tengan). Si la llamada se hace al teléfono 112, el SAMU tiene que movilizar sus recursos de urgencia. Es decir: médicos/enfermeros de centros de salud y/o técnicos con ambulancias pertenecientes a la red de Urgencias. Aquell@s destinad@s a accidentes, infartos, dificultades respiratorias, enfermedades o situaciones que  no permitan el traslado del paciente en vehículo particular o público, etc etc.

Y solo en contadas ocasiones y en casos muy determinados las fuerzas del orden público pueden acudir en lugar de los sanitarios  (ya que lo que se precisa en principio parece ser ayuda sanitaria).

Si los recursos fuesen ilimitados, o muy numerosos, los mandaríamos sin dilación a cualquiera que fuese la demanda. Pero no lo son. 

Tan escasísimo es el número de recursos y efectivos de los que dispone esta nuestra comunidad (y básicamente toda España), que hay que gestionarlos con lupa. Y tratar de reservarlos para los casos de absoluta necesidad, en los que no hay otra manera de atender / ayudar / trasladar a esa persona. Es decir: para las urgencias y emergencias. Sabiendo, además, que tardarán un mínimo de media hora (con mucha suerte) en quedar libres y poder ser utilizados en otro aviso.

Un infarto es una urgencia. Una parada cardiorrespiratoria es una emergencia. Un esguince de tobillo no es ni una cosa ni otra.

Un robo con violencia, una pelea con armas de por medio, un accidente de tráfico con numerosos vehículos y personas implicados, es una urgencia. Una caída de la cama sin mayores consecuencias que la imposibilidad de levantarse de nuevo no lo es.

A todos nos gustaría que las fuerzas del orden público y los recursos sanitarios llegasen volando a nuestro lado si sufrimos una urgencia o emergencia. No aceptaríamos complacientemente que nos dijeran que no pueden acudir porque están atendiendo un asunto de menor importancia…

Así que el Centro Coordinador de Urgencias y Emergencias debe restringir la activación de los recursos, medir muy bien a qué los envía, y hacerlo con absoluta prioridad de la emergencia-urgencia.

Lo cual significa que las cosas (a priori) menos graves tendrán que esperar. Y tal vez esperar aún más. Y si el día se tuerce, tendrán que seguir esperando…

                                                      *      *     *     *     *

Yo veo estas cosas muy claramente cuando estoy en el Centro Coordinador. Pero si me ocurrieran a mí,  o fuera testigo de algo similar “yendo vestida de persona”, seguro que otro gallo me cantaría a mí también…

Todavía quedan lugares (que seguramente ni salen en Google Maps) en los que perdura el espíritu de “comunidad” de antaño. Pero en las grandes ciudades va a ser que no. O, si lo hay, le cuesta salir del ascensor.

La vida moderna ha traído muchos adelantos, muchas comodidades. Pero también ha traído prisas, desconfianza, recelo. Yo creo que esta sociedad actual, tan avanzada en tantas cosas,  se tiene que hacer mirar esto del “TDAH + I”, este Déficit de Atención (al vecino o desconocido) e Hiperactividad + Impaciencia (no podemos esperar ni un minuto) que padece cada vez en mayor grado. Como dicen los mayores, “eso en mis tiempos no existía”…

Ya no conocemos a nuestros vecinos; se diría que vivimos en edificios llenos de “vecinos fantasmas”. Ya no nos atrevemos fácilmente a acercarnos a un desconocido en la calle.

Ojalá “volvieran los vecinos” de los bloques de 11 pisos y 4 puertas. Y perdiésemos la vergüenza de pedirles ayuda en un momento de apuro. Y asumiéramos como “normal”, “humano”, “correcto”, llámese como se quiera, el acudir en ayuda de cualquier vecino de cualquier puerta o casa. 

Ojalá volvieran los “paisanos de manta y carreta”, aquellos que llevaban a la persona herida o enferma hasta un hospital que estaba al otro lado del mundo a pesar de la lluvia, la nieve y los caminos de cabras.

Ojalá pudiésemos superar los reparos cuando se trata de acercar a un desconocido al centro sanitario que está al otro lado de la calle, o de tratar de buscar entre todos el mayor confort y la mejor ayuda posible para él, incluso cuando los recursos sanitarios o las fuerzas del orden público no están disponibles.

¿Cuánto tiempo de espera, de dolor, de angustia, de incomodidad, de frío, podríamos ahorrar a mucha gente?

Aunque solo fuera por egoísmo: porque un buen día podríamos ser nosotros, o nuestros padres, o nuestros cónyuges, los caídos en el suelo de la habitación o en la calle bajo la lluvia…

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Y si no, al menos,  ¡tengamos un poco de paciencia y de comprensión con esta lamentable carencia de recursos de que adolece nuestro país! ¡No carguemos contra el 112, mero gestor de las “4 ambulancias mal contadas” que le dan para gestionar! ¡Ni contra los trabajadores sanitarios, que ni tienen la culpa de lo que le ha ocurrido al paciente ni pueden multiplicarse ni dividirse para estar en varios sitios a la vez!

De verdad, muchas veces en el Centro Coordinador echo de menos poder disponer del recurso “vecinos” y poder activarlo inmediatamente ante algunas llamadas que no son urgencias, pero que demandan ayuda por soledad e impotencia. La mejor ayuda posible llegaría en menos que canta un gallo, y pondría fin a una desesperación que también vivimos con pena y angustia al otro lado del teléfono.

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Qué suerte tenéis los sanitarios, que sabéis lo que hay que hacer

Cuando me toca atender a un niño que no está grave, pero al que es recomendable trasladar al hospital (por fortuna, la mayoría de las veces: convulsiones febriles, accidentes no demasiado serios…) tengo la oportunidad de ir charlando en la ambulancia con los padres/madres que acompañan al peque.

Voy dando consejos sobre qué hacer si la convulsión febril se repite, o sobre lo que deben vigilar en casa si a su hijo le dan el alta tras un golpe en la cabeza…

Y casi siempre escucho alguna de estas frases:

-Perdón por haber llamado, es que me asusté tanto…

-Perdón por estar llorando, pero es que estoy tan nerviosa que no puedo evitarlo…

-Te debo parecer un(a) ignorante, pero no tenía ni idea de nada de esto…

-Qué suerte tienes, tú que estás acostumbrada a estas cosas y sabes lo que hay que hacer...

 

Y yo me canso de decir que eso no es verdad, que los sanitarios (médicos, enfermeros, técnicos, auxiliares, socorristas, etc etc) perdemos los nervios, los conocimientos,  los papeles y el sentido común cuando se trata de nuestros propios hijos…

Que no es lo mismo dar el consejo “para el hijo de otro” que recibirlo cuando es “el tuyo” el que estaba hace 5 minutos inconsciente, convulsionando, sangrando…

Que en ocasiones ser sanitario es incluso peor, porque no solo ves “lo que hay”, sino que ves “el más allá”…Repasas el compendio de Medicina y recuerdas cada mínimo detalle de cada enfermedad que tiene UN síntoma lejanamente parecido a ese que tú ves… tienes en mente cada una de las mil complicaciones que pueden surgir…

Que, para poner un ejemplo, un día fui a casa de un médico ¡intensivista! que pidió la UVI alarmadísimo porque confundió una simple gastroenteritis de su hijo de 7 años con una meningitis bacteriana…

 

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Hace unos días tuve que trasladar a una chica embarazada. Y me dijo:

-Llevo todo el embarazo preocupada por mi bebé. Cómo me gustaría saber tanto como tú para haberlo podido vivir de manera más tranquila.

 

No tuve tiempo entonces, pero le prometí que un día le escribiría para contarle mi experiencia. Así que esto va por ti, Elena.

 

DESPUÉS DE TENER HIJOS YA NADA SERÁ IGUAL…

NI SIQUIERA LA MEDICINA.

Yo era una cría de 17 años que quería estudiar Veterinaria y terminó estudiando…bueno, algo bastante parecido.

Estudié Medicina, y empecé a darme cuenta de  ¡la de cosas que le pueden pasar a uno!

Terminé la carrera, hice la “residencia”, y aprendí algo de esto de curar. Descubrí que me atraía la emergencia, y así llegué al Servicio de Atención Médica Urgente (y me di cuenta de tooooodo lo que me faltaba por aprender).

a5xp8sSabía diagnosticar unas cuantas enfermedades, conocía los tratamientos y el modo indiscutible de aplicarlos. Tenía claro qué es un médico y cómo debe comportarse: con objetividad, imparcialidad, seguridad y tranquilidad. 

 

Así eran las cosas en mi época ADN :   Antes De Niños.

Pero la vida va pasando, las etapas se suceden…una va y se enamora, se casa, total-algún-día-tendrán-que-venir, una cosa lleva a la otra…y un buen día una se encuentra en la etapa 

DNI :   Después de Niños, ¡ Ilusa !

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Y es que la etapa DNI que una soñaba en la época ADN no tiene nada, pero nada que ver con la etapa DNI real. Y después de 3 niños, ni te cuento. Y en llegados a ese punto, he dejado de ser médico para convertirme en mádrico.

Porque se puede ser médico antes de ser padre; pero una vez que se es padre nada permanece, todo se transforma…nuestra relación de pareja, nuestros hobbies,  nuestro tiempo libre, nuestras amistades, nuestros principios e ideas inamovibles…y, desde luego, nuestro trabajo.

Es inevitable: a partir del DNI siempre veremos la vida (y el trabajo) con los ojos de la paternidad. Y nos convertimos en pádricos, padrenfermeros, padrarmacéuticos, padrarquitectos, padrabogados, padruncionarios, padreluqueros, padrependientes, o padramos de casa.

Y como yo soy mujer, pues voy a contar mi experiencia desde el punto de vista de una mádrico.

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 LA TRANSFORMACIÓN COMIENZA EN EL EMBARAZO

O antes, si me apuran. Porque una buena mádrico que se precie ya comienza desde que está intentando quedarse embarazada a repasar la lista de causas de por qué este mes tampoco. Lo más socorrido: los espermatozoides vagos (que claro, decimos todas, de tal dueño…); pero también pasan por nuestra mente el síndrome antifosfolipídico, la depleción folicular precoz, el prolactinoma subclínico o si nos habremos pasado esnifando gasolina cada vez que repostamos. Y esto desde la segunda regla tras dejar los anticonceptivos.

A veces hasta nos lo hacemos mirar al tercer mes, con lo que ello conlleva de sufrimiento personal y marital, de gasto innecesario y de hartazgo de los compañeros.

(¡Ay, los compañeros! ¡Ese maravilloso regalo que nos da la Sanidad! Porque los sanitarios en el pecado llevamos la penitencia. Y, si bien es cierto que tenemos mayor facilidad para contactar con el “especialista” a la primera de cambio, no lo es menos que tenemos que “aguantarnos” frecuentemente unos a otros. ¡Y algunas veces los sanitarios somos especialitos, dificilitos y pesaditos!)

 

Una vez que la bHCG se eleva (en cristiano: que el test de embarazo da positivo) aparece un imagenes-de-embarazoextraño efecto secundario: la hipermnesia o memoria de elefante. La futura mádrico comienza a acordarse de enfermedades cuyo nombre no fue capaz jamás de escribir correctamente durante la carrera, ni de recordar durante el examen MIR (perdiendo unas decimillas valiosísimas para su expediente).

Asimismo es consciente de todas y cada una de las cien mil enfermedades gravísimas que podrían cursar con náuseas, vómitos, cefalea, mareo, hormigueos, alteraciones del estado emocional, del hábito intestinal, del hábito de sueño, del hábito sin habitar en mí. ¡Nunca supimos tanta medicina, ni la sabremos en la vida!

(Efecto secundario este que revierte, y a veces hasta se invierte, después del parto: la memoria y la objetividad escapan por el canal del parto pegadas a la placenta, y olvidamos absolutamente todo sobre cómo cuidar un bebé).

 
Una ventaja que tiene esto de ser sanitario es que podemos practicar la “medicina de pasillo”: en vez de esperar la cita correspondiente, asaltamos al sufrido compañero (en este trance le toca al ginecólogo) por los pasillos del hospital, le contamos nuestro caso y le pedimos diagnóstico, exploración, sexo del bebé y fecha prevista de parto en el descansillo de la segunda planta.

gifs-animados-embarazada-787721El inconveniente es que de este modo hay pruebas que se piden antes de lo que toca, o después, o dos veces, o no se piden nunca; los resultados se pierden o se traspapelan; incluso puede ser harto difícil coincidir de nuevo con “tu” ginecólogo, a no ser que le llames a su casa para ver qué días tiene “hueco de pasillo”. Por no hablar del “pasa, que te miro ahora”, que te pilla sin preparar, sin depilar y sin . Conclusión: un desastre.

 

A la que suscribe le hicieron la primera ecografía antes siquiera de que apareciese el huevo (que si no llega a manifestarse en la ECO previa al legrado se va por el desagüe), se le fue de picos pardos la analítica de la toxoplasmosis (y la enfermera me llamó en pleno viaje de vacaciones nerviosísima para que tomara mis precauciones), le hicieron solamente “algún” análisis de orina en tres embarazos (porque así por los rellanos como que no encontraba el momento) y le hicieron la prueba de la glucosa con dos semanas de retraso (porque yo ya ni sabía por qué semana andaba). No conozco a la matrona de mi centro de salud. Ah, un día de estos tengo que ir a ver si soy portadora del estafilococo vaginil. Y de paso, a ver si aún estoy a tiempo de que me hagan las revisiones post-parto.

(¿Pensábais que el embarazo de las sanitarias era más seguro, más controlado, más rutinario, más reposado? ¡JA JA JA JUA JUA JUAAAA!)

En el transcurso de tan apasionante viaje, cuando las madres no sanitarias acuden al médico ante los síntomas de alarma, las sanitarias acudimos ante los pensamientos de alarma. Por ejemplo: que una pequeña subida de tensión sea el aviso de una grave preeclampsia (mi marido me llevó a urgencias por ese motivo, y el diagnóstico resultó ser que el manguito de tomar la tensión que teníamos en casa, y que no habíamos usado en los últimos 20 años, estaba estropeado). O que ese dolor pélvico sea un aviso de infección de orina que se pudiera terminar complicando con un desprendimiento prematuro de placenta (que fue lo que le pasó a la hija de la hermana de la prima de la cuñada de una señora que atendí un día en urgencias por una fuerte otitis, y a saber cómo derivó la conversación por estos derroteros).

 

Y para qué hablar de las semanas peri-parto, que solo te falta ir al hospital y pedir el calendario de guardias de los ginecólogos, anestesistas, pediatras, matrones, enfermeros, auxiliares y celadores varios…Y si tienes la mala suerte de conocerlo, te las pasarás diciendo: “Uf, puedo ponerme de parto el lunes por la mañana, el miércoles por la noche y el jueves a partir de las 3. ¿Y el viernes quién está de guardia? ¡AY, NOOOOOOOO, por Dios, que no me ponga de parto el viernes! ¡Que ese gine tiene las manos muuuuuy grandes, y esa enfermera y yo no nos entendimos en la guardia que compartimos hace 7 años! Ni la semana que viene, que mi gine está de vacaciones. Ni el fin de semana, que a lo mejor hay menos personal, ¡y yo quiero los quirófanos, la UVI, la REA, neonatos y cardiología pendientes de mi! . Ni en luna llena, que no habrá camas libres. ¡Que me lo provoquen el día 25 a las 13.47 horas exactamente!”

 

Aunque el cuento también se puede leer al revés: “Hoy sale de cuentas esta compañera “de la casa”. Cielos. Yo me cojo la baja por lumbalgia, y si para el jueves no ha parido la encadeno con otra de orquitis aguda. Y si la semana que viene sigue sin parir, me la cojo por depresión y la cito para cesárea con el Dr Sanchezperezlópez, ¡que se la tengo jurada desde aquella guardia del parto de octillizos!”. Je, je, ¡que nos conocemos todos!

¿Y durante el parto? Pues durante el parto analizas cada onda que alcanzas a ver en los monitores, cada pitido de las máquinas que tan bien conoces, cada palabra, cada mirada, cada mínimo gesto de matronas, enfermeras y ginecólogos. Recuerdas cada caso que atendiste, viste atender, te contaron que atendieron o leíste en una revista médica que atendieron una vez en Ámsterdam. Te viene a la cabeza todo lo que puede salir mal, lo que puede salir peor y lo que puede ni salir. Notas por primera vez todo eso que tanto estudiaste pero que jamás viviste. Preguntas,  preguntas y preguntas. Sobre los parámetros del feto, sobre la tensión arterial, sobre la analítica, sobre la medicación que te ponen, sobre las opciones terapéuticas. Preguntas tanto que creo que más de una “de la casa” ha sido anestesiada solo para que dejara a sus compañeros tener su parto en paz.

 

 

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¿LA COSA MEJORA DESPUÉS DEL PARTO?

Pues no. En absoluto. No solo no mejora, sino que (por aquello de la simbiosis madre-hijo) va creciendo a la par que crece el individuo causante de semejante estropicio mental.

De entrada tuve que dar biberón, cosa que no me esperaba, que no viene (que yo recuerde) en los libros de Medicina, y para la que no me había preparado ni informado en absoluto (igual si hubiera ido a conocer a la matrona de mi centro de salud…). Y el primer día en casa, esta pareja de médicos se pasó casi una hora calculando la dosis de sodio, potasio y magnesio que le correspondería tomar al niño por cada kilo de peso y miligramo de leche en polvo según la fórmula del envase. Hasta tal punto nos pusimos histéricos que el padre corrió al hospital a pedir prestados unos cuantos biberones líquidos de los que nos daban en la planta.

Menos mal que una amiga NO sanitaria me soltó un “¡tía, si millones de madres dan biberón la cosa no será tan difícil!”, llamé a otra amiga NO sanitaria que había dado biberón en su día y por fin me enteré de aquello de “un cacito raso por cada 30 mililitros de agua”.

¿Os cuento el número de veces que le quitaba el pañal a mi hijo mirando cómo iba su cordón umbilical, porque “eso” no tenía la misma pinta que el de los libros, y yo en mi vida había visto un cordón umbilical de 4 días de evolución? “Cariño, está muy rojo, está muy negro, está muy caliente, está muy frío, igual está infectado, igual no cicatriza, ¡que se le caiga ya, por Diosssss!”.

¿Os cuento las veces que me acerqué a la cuna de mis hijos pensando en 350 causas de muerte súbita? ¿Las veces que miré un granito insignificante viendo ya un principio de sepsis meningocócica severa? ¿Las veces que vi los movimientos bruscos de sus manitas (completamente normales los primeros meses de vida) y repasé los síntomas de todas las epilepsias tónicas, clónicas, tonicoclónicas y de Carabanchel?

¿Me creéis si os cuento que yo, ¡médico de UVI móvil!, me mareé la primera vez que vi a mi hijo sangrar por una caída?  ¿Y que viví el corte del dedo meñique de mi hija mediana tan histérica como si se hubiera amputado la mano entera, que hasta el celador de la entrada del hospital me llamó al orden?  ¿Y que llevé a mi hija pequeña a urgencias convencida de que tenía apendicitis, y al final resultó ser estreñimiento?

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No, Elena. Como ves, en todos los embarazos se cuecen habas; y en los de los sanitarios, a calderadas. Así que no te avergüences de llorar. No tengas reparos en reconocer que tienes miedo. No te sientas mal por no haber sido capaz de disfrutar del embarazo “como Dios manda”, porque todos los embarazos duran larguísimos meses llenos de dudas, miedos y ansiedades. 

No, madres y padres “avergonzados”. Como veis, los hijos propios se viven “de otra manera”. Puede que los sanitarios tengamos más seguridad en algunas cosas. Pero os aseguro que tenemos muchos más miedos e inseguridades en otras que a vosotros os darían hasta risa.

Jamás penséis que nosotros, los sanitarios, os vamos a juzgar o no os vamos a entender. Os entendemos mucho mejor de lo que vosotros pensáis, porque muchos de nosotros, como madres o como padres, hemos pasado exactamente por lo mismo o parecido. Aunque os parezca mentira.

Si tenéis suerte y os tocan sanitarios tan majos como nosotros (y cientos de miles por toda España)…confiad en nosotros, preguntadnos lo que sea, desahogaos y llorad si es eso lo que necesitáis.

Porque entonces nos permitiréis practicar una de las medicinas que mejores resultados consigue: la medicina “comprensiva” y “empática”.

Y porque a veces os contaremos nuestra propia experiencia; os daréis cuenta de que todos estamos en el mismo barco, y seréis capaces de reíros un poquito más de vuestros miedos. Y de los nuestros.

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El bulo de “toser para salvarte de un ataque al corazón si estás solo”

Mucha gente me ha preguntado mi opinión sobre qué hay de cierto en un mensaje que circula por wassap: si una persona cree que está sufriendo un ataque al corazón y nota que va a perder el conocimiento, y se pone a toser enérgicamente antes de desmayarse, logrará mantenerse con vida hasta llegar al hospital o hasta que llegue la ayuda.

Por más que he preguntado, buscado y consultado, no encuentro ninguna referencia bibliográfica fiable y creíble que refrende semejante indicación (corregidme si me equivoco, compañeros, por favor)

Es más: este “mensaje” está firmado por un tal Dr N. Silva, cardiólogo (o así consta en los mensajes que me han mostrado). ¡No hay siquiera manera de rastrear su nombre y saber quién es exactamente!

Una recomendación médica real, aprobada, demostrada, no puede ir firmada solo por una persona, por muy cardiólogo que diga ser, sin más referencias. Las recomendaciones “reales” son demostradas a través de ensayos clínicos u otros estudios estadísticos, avaladas por sociedades competentes y registradas, publicadas en libros o revistas especializados o foros reconocidos, y puede llegarse a ellas (para leer el estudio completo, con su metodología, desarrollo y conclusiones) a través de enlaces que el “firmante” debería adjuntar para comprobar la veracidad de su afirmación.

*        *       *       *       *

Yendo al mensaje en sí: lo que parece ocurrir es que se mezclan los síntomas y los “tratamientos” de dos patologías diferentes; y el resultado es una recomendación sin base científica ni sentido ninguno.

Hay un tipo de arritmia EN PRINCIPIO BENIGNA, la “TAQUICARDIA SUPRAVENTRICULAR“, en la que el corazón se “dispara” y comienza a latir a más de 150 latidos por minuto; a veces incluso a más de 200. Tan rápido va el corazón que a veces la persona nota dolor en el pecho. Pero esta taquicardia, muy típica de gente joven, no tiene por qué derivar en un infarto para nada (y si ocurre será en corazones ya enfermos previamente, y será en casos muy poco frecuentes).

Hay maniobras que podrían “cortar de golpe” esta arritmia. Son las llamadas “maniobras de Valsalva“. Así se llama todo esfuerzo que se haga con la glotis cerrada (con boca y nariz cerradas) y que provoque un aumento de la presión dentro del tórax. Ejemplos: soplar fuerte y prolongadamente contra el puño cerrado, o a través de algo con un orificio estrecho (una jeringuilla, inflar un globo, una “prueba de alcoholemia”), o “cerrar la garganta” para que no escape el aire retenido y “hacer fuerza” como cuando queremos hacer de vientre. Toser enérgicamente también podría servir en ocasiones a ese efecto.

Algunas veces estas maniobras desencadenan una gran activación del nervio vago (el que hace frenar el corazón) y “cortan” la taquicardia. ¡Por eso hay veces que las personas se desmayan tras una prueba de alcoholemia, o por culpa del estreñimiento; porque el corazón les ha “frenado en seco”!! Pero otras veces no funcionan; y se necesitará medicación para cortarlas.

En cualquier caso (y salvo los casos excepcionales ya dichos), por muy incómoda, molesta y angustiosa que sea esta arritmia, NO ES UNA EMERGENCIA. Puede haber muchas horas de margen para lograr cortarla. Hay quien ha llegado a pasar días con esta taquicardia disparada. Da tiempo más que de sobra a llegar a un centro de salud, a un hospital, o a que llegue una ambulancia.

*        *        *       *       *

Pero otra cosa muy diferente es hablar de un INFARTO.

Un infarto consiste en la muerte de parte del músculo cardíaco por falta de riego, debido a que una arteria coronaria se ha obstruido por completo por un coágulo o un espasmo.

Cuando esto ocurre, aparecen los síntomas conocidos (dolor en el pecho que se va al brazo izquierdo, espalda o mandíbula; sudoración, palidez, sensación de muerte inminente).

Toser NO libera el coágulo ni soluciona el infarto. Lo único que puede solucionar el infarto es ABRIR LA ARTERIA, ELIMINAR EL COÁGULO. Lo cual solo se consigue con medicación anticoagulante y antiagregante, y/o con un CATETERISMO.

Es más: toser enérgicamente aumenta el esfuerzo que hace la persona, y por tanto, el que hace el corazón. Y lo que debe hacer un corazón con un infarto es cansarse lo menos posible, latir lo menos posible.

Cuando se sospecha que se está sufriendo un infarto, lo que se debe hacer es LLAMAR INMEDIATAMENTE AL 112, Y QUEDARSE EN REPOSO ABSOLUTO HASTA QUE LLEGUE LA AYUDA. Y obedecer las indicaciones que nos den desde el Centro Coordinador de Emergencias.

El toser NO equivale a un “masaje cardíaco”. Y aunque lo hiciera, si la persona está viva, por grande que sea el infarto que pudiera tener, NO hay que hacerle ningún masaje al corazón. El corazón está latiendo, aunque lo haga con dolor; y los esfuerzos de toser pueden provocar que le cueste todavía más trabajar que lo que ya le cuesta.

Ni caminar, ni toser, ni nada de nada. Sentados y quietos. Y si estamos solos, teniendo la precaución de dejar la puerta de casa abierta antes de sentarnos.

 

Porque si el infarto “toca un cable” del corazón…si provoca un “cortocircuito” en el sistema eléctrico del corazón, y el corazón se pone a “temblar” sin control…si entra en esa arritmia MALIGNA llamada FIBRILACIÓN VENTRICULAR

…no habrá ni siquiera tiempo para toser.

La persona se desplomará de golpe, perderá la conciencia. Si no tiene la suerte de que esa fibrilación ventricular se corte sola, sufrirá una  MUERTE SÚBITA. Y si no hay nadie que pueda comenzar RCP, o utilizar un desfibrilador; y esa persona no llevaba colocado un DAI (desfibrilador interno) por problemas cardíacos previos, terminará falleciendo.

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Los cuatro jugadores de un juego llamado acoso

Queridos hijos:

Solo tenéis 4, 7 y 9 años. Todavía sois pequeños. Pero ya me habéis llegado a casa contando alguna vez que en vuestro cole se han reído de una niña porque llevaba coletas, o que hay un niño de otro país que siempre está triste porque se meten mucho con él. “Pero no pasa nada, mami, eso no es nada malo, no les hacen daño ni nada de eso. ¡Es que es muy divertido!”.

Claro que es muy “divertido”. Yo fui una de las que se lo pasó en grande entre los 11 y los 14 años a costa de 2 o 3 compañeros de clase. Es cierto, ¡era divertido! Cada día ideábamos nuevas bromas, nuevos cebos, frases y canciones cada vez más ingeniosas. ¡Cómo nos reíamos cuando caían otra vez en la trampa! Y cuando se enfadaban, cuando lloriqueaban, cuando se ponían rojos de rabia y de vergüenza. Y cuando el profesor les castigaba a ellos en vez de a nosotros.

Yo no sólo lo hacía por lo bien que lo pasaba. También porque cuanto más participaba en aquellas “bromas”, más me aplaudían mis compañeros. Más apreciada e importante me sentía. Más puestos ganaba en la lista de los “guays”. Y, sobre todo, más me alejaba de la lista de los “pringados”.

Porque  yo fui una vez una de las “pringadas”. Fui alguien de quien los demás se reían, que apenas tenía amigos. Y no molaba nada. Qué mal lo pasé. Cuántas veces lloré. Con qué rabia prometí que no dejaría que aquello continuara. Y así ocurrió: en cuanto pude, me pasé al otro lado. Toda una muestra de valor y de coherencia, ¿verdad?

¿Sabéis qué? Que en el fondo es cierto que los que se metían con “los pringados” lo hacían “sin maldad”. No éramos conscientes del daño que nos hacíamos unos a otros. No éramos malos. Si nos hubieran dicho que una de las “víctimas” estaba tan destrozada que quería cambiarse de colegio, o que había pensado en quitarse la vida, unos y otros nos habríamos sentido horrorizados y culpables.

Sólo éramos ignorantes.

Tuvieron que pasar muchos años para entender el daño que nos hicimos. El dolor, el miedo, la tristeza, la rabia, la soledad, la desesperación que provocamos. Y cómo esos sentimientos influyeron, y mucho, en el adulto que somos hoy.

Tenéis que empezar a saber que esas cosas que me contáis no son solo juegos, o solo bromas.  Tened cuidado, porque podéis hacer mucho daño. Y además un daño del peor tipo que existe. El más peligroso de todos. El daño que no se ve.


Pero hay algo mucho peor que esos “juegos y bromas. Algo que marca cicatrices a fuego. Que hace tanto daño que el resultado son niños destrozados por dentro. Incluso niños muertos por suicidio.

Lo llaman bullying. Es el ACOSO con mayúsculas, insistente, constante, despiadado, de niños o jóvenes que buscan hacer daño a otra persona. Que saben que lo están “logrando”: que le están hundiendo, apartando, convirtiendo en alguien asustado y desesperado. Y que aún y así continúan haciéndolo. Y obtienen verdadero placer y satisfacción con ello.

Esto ya son palabras mayores. Esto es un delito. Un atentado contra la dignidad de otra persona. Una vileza. El problema es que a veces comienza con “juegos y bromas”. Y lo confundimos con “cosas de niños”.

Parece lógico  pensar que el bullying tiene 2 protagonistas: el niño acosado y el niño o los niños acosadores. Pero no es exactamente así. Yo creo que, en realidad, en el bullying hay 4 protagonistas diferentes.


El primer protagonista es el niño acosado.

Un niño comienza a ser acosado porque es, tiene o hace algo “diferente”.

Pero…¿qué es “diferente”? ¿Lo que no es “normal”? ¿Y quién decide lo que es normal y lo que no lo es?

No hay una definición concreta de lo “normal”. “Normal” no significa bueno ni malo, mejor ni peor. Significa “aceptado por frecuente”.  “Normalidad” es, simplemente, aquello que la mayoría de personas piensan o hacen por rutina, por costumbre. Lo que tienen apuntado en sus cerebros que es lo correcto porque así lo aprendieron.

Cuando etiquetamos algo como “normal”, la mayoría de nosotros lo damos por bueno; y no miramos mucho más allá. Cualquier cosa que se salga de lo “normal”, de lo comúnmente aceptado, nos hace sentir incómodos, extraños, incluso amenazados. Y esto no suele gustarnos.

Pero lo que es “normal” para un grupo de gente puede no serlo para otro grupo distinto. O en otra cultura distinta.

 Y en vez de analizar estas diferencias,  ver si son mejores o peores que nuestra “normalidad”, ver si son importantes o no, si merece la pena ser amigos a pesar de ellas…pues decidimos dejar bien claro a esa persona cómo somos aquí la mayoría, qué pensamos, cuáles son nuestras normas.

Un niño puede comenzar a ser acosado porque su cuerpo, su manera de vestir o de pensar, sus gustos, su orientación sexual, su familia, su país, sus costumbres, sus circunstancias…¡cualquier cosa!… son diferentes a los del resto de compañeros.

Y algunos de esos compañeros confunden “diferencia” con “debilidad”. Y le atacan, riéndose de él, ridiculizándole, humillándole, aislándole.

Este es el primer gran error de concepto que tienen tanto el niño diferente como aquellos que lo acosan. Creerse, o creerle, débil, sin valor, inferior.

Pues quiero que sepáis que los niños diferentes, sea cual sea la diferencia, son mucho, mucho más especiales, interesantes, fuertes y valientes que los demás. Porque tienen que enfrentarse a veces  a circunstancias muy difíciles, que tal vez ninguno de los “valientes” seríamos capaces de enfrentar. Y encima también deben enfrentarse a un entorno hostil, a la incomprensión, a la ignorancia y a las burlas.

La autoestima de estos niños tendría que estar por las nubes. Deberían saberse y sentirse mucho más dignos, capaces y valientes de lo que nadie se imagina.  Son unos guerreros, unos luchadores, unos supervivientes. Deberían caminar por el mundo con la cabeza bien alta. Deberían estar orgullosos de sí mismos y de su fuerza.

Y cuando llegan a mayores, si el acoso no daña irremediablemente su alma,  se convierten en  personas excepcionales.

Quienes no aceptan a los diferentes no son más fuertes ni mejores. En realidad son asustadizos y cobardes. Tienen miedo de que aceptar “lo diferente” les haga moverse de su zona de comodidad, o ser a su vez objeto de burla. El rechazo a los diferentes, en el fondo, significa miedo.

Pero a veces los chavales viven en un mundo al revés. Confunden valentía con cobardía. Desprecian a quienes merecerían admiración. Y aplauden a quienes solo demuestran ignorancia.

Meteos bien esto en la cabeza: ser diferente NO es un motivo de vergüenza. Ser gordo, delgado, alto, bajo, guapo, feo, homosexual, transexual, gótico, hippy, bizco, diabético, epiléptico, usar gafas, tener la nariz grande, tener los dientes separados, ser extranjero, huérfano, discapacitado, tener una familia atípica…son simplemente características o circunstancias de cada persona.

Algunas son una opción personal (¡y un aplauso por aquellos que tienen el valor de ir contracorriente en un mundo conformista!). Pero otras no se pueden elegir. Es más: nadie está libre de poder tener, en algún momento de su vida, una de esas “características diferentes” de la que tanto nos reímos hoy. Una enfermedad, un accidente, una situación familiar complicada…

¿Cómo puede alguien ser tan corto de mente como para hacer de una diferencia un motivo de burla? ¿Cómo puede un niño llegar a pensar que el acoso que sufre es culpa suya? ¿Cómo podemos llegar a entender las cosas de una forma tan equivocada?


El segundo protagonista es el niño acosador. El acosador de verdad. El que quiere hacer daño o provocar miedo. El que necesita sentirse superior, o más fuerte. El que abusa de su fuerza física o de su situación de poder. El que necesita que los demás sepan quién es “el que manda”.

Estos niños acosadores tienen en realidad un gran problema. Por alguna razón necesitan desesperadamente sentir que valen, que influyen en los demás, que son “superiores”, que son respetados. Lo necesitan para sentirse bien. Pero sólo saben conseguirlo desde el terror, el abuso, la fuerza. No saben hacerlo de otro modo.

Estos niños acosadores son los que tienen el auténtico problema. Y muy serio. Estos niños son en realidad los que están limitados. No tienen suficientes recursos para convivir con otras personas, o para enfrentarse a las “amenazas”. No tienen una autoestima sana, ni una escala de valores correcta.  Porque su entorno no se los ha enseñado, o porque ellos mismos no han sido capaces de aprenderlos.

A ellos es a los que más hay que ayudar. Hay que hacerles ver  que algo no marcha bien. No debemos aplaudirles, animarles, imitarles. Debemos avisarles, explicarles que tienen un problema, tratar de ayudarles.

Y sin embargo la mayoría de nosotros lo hacemos justamente al revés.

¿Por qué los niños cuando ven la película de  Karate Kid admiran al protagonista por su integridad, su valor y su lucha en soledad contra un grupo de matones sin sentimientos, y en cambio en la vida real  desprecian a los que son como  él y  admiran a los “malos”?


El tercer protagonista es el niño que solo quiere divertirse. Que no se da cuenta del daño que hace a los demás con sus palabras. Que cree que sólo está siendo gracioso, que meterse con alguien diferente solo es un juego, una pequeña broma.

Así somos, en realidad, la mayoría de nosotros. Nuestro gran problema no es la maldad, sino la ignorancia. Pero esa misma ignorancia nos hace a veces creer que un niño acosador también está “jugando”. Y le seguimos el “juego”. Sin querer en el fondo hacer daño. Pero nuestros “juegos” se suman a las ganas reales de hacer daño del acosador. Y el resultado es destructivo para el niño acosado. Y nosotros ni siquiera nos hemos dado cuenta. Nos convertimos, sin siquiera ser conscientes, en cómplices del acosador.

Esto tiene fácil solución: debemos ENTENDER. Entender que las bromas hacen daño. Entender que otra persona puede sentirse dolida. Entender que un día podemos ser nosotros los objetos de la burla, y que entonces no nos hará ninguna gracia. Entender que debemos ponernos siempre en el lugar de la otra persona, y no hacer a nadie lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros.

La mayoría de nosotros somos buenas personas. Cuando entendemos, hacemos lo correcto. Sólo tenemos que abrir los ojos. Dejar que nos expliquen, y explicar a los demás, que las bromas y risas no son un juego, que pueden hacer mucho daño, que no están bien.


El cuarto protagonista, para mí, es el peor de todos. El más peligroso. El que más daño puede hacer.

Es el niño que entiende. Que se da cuenta de que otro lo está pasando mal porque está siendo objeto de burlas “inocentes”; o, infinitamente peor, está siendo acosado de verdad. Se da cuenta de que otro niño está sufriendo, está solo, está recibiendo insultos, golpes, violencia de cualquier tipo. SABE QUE ESO ESTÁ MAL. Y a pesar de ello, calla.

Estos niños que entienden deberían ser los que dan la voz de alarma. Los que se dan cuenta de lo que ese niño está viviendo son los que deberían avisar a padres, profesores y amigos, para que aquello deje de ocurrir. Son los que podrían salvar a ese niño de un daño irreparable. Son los que tienen en sus manos el poder de terminar con una situación injusta, dañina, peligrosa. Deberían ser ellos los héroes que ayudan a ponerle fin.

Pero no lo hacen. Por vergüenza, por la idea (de nuevo equivocada) de que dando la voz de alarma se convertirán en delatores, en chivatos. O por miedo a los demás, a terminar ellos mismos aislados del grupo por apoyar a un diferente. O por miedo a los acosadores, a terminar ellos mismos siendo acosados, maltratados, agredidos.

Son empáticos. Pueden ponerse en el lugar del niño acosado, y saben que sufre. Se dan perfecta cuenta de quién es quién en este “juego” de acosadores, acosados y cómplices. Pero no se atreven a denunciar la situación.

También son cómplices del acoso. Pero cómplices CONSCIENTES. Y esto es infinitamente peor que ser cómplices ignorantes.


Hijos míos: ojalá nunca, nunca, seáis acosados. Cuánto me dolería que os hicieran sufrir.

Pero si un día sufrís acoso, quiero que sepáis que quienes os queremos haremos todo, TODO, lo que esté en nuestras manos para acabar con esa situación.

Pero para poder ayudaros, los adultos necesitamos saber lo que está ocurriendo. Y puede que prefiráis ocultarlo. Por vergüenza, por miedo a que “ellos” se enteren, por no hacernos daño, porque sentís que la culpa es vuestra.

Jamás penséis que sois los culpables del acoso que sufrís. Nunca penséis que sois cobardes por contarlo. Que los adultos responsables de vosotros lo sepamos es la ÚNICA manera de poder ayudaros.

No podréis salir solos de este tsunami que  os ha atrapado. Es demasiado complicado. Os enfrentáis a personas que tienen problemas muy, muy severos. Problemas que a vosotros os superan.

Por favor: sed valientes, más valientes aún de lo que ya estáis siendo afrontando semejante situación. Denunciadla. A vuestros padres, a profesores, a amigos. No confundáis el valor de denunciar con la “cobardía” de delatar. Ni la fuerza de buscar apoyos para enfrentaros definitivamente a una situación que os supera con la “debilidad” de reconocer que estáis siendo acosados. Cambiad esa manera de pensar, de percibir la realidad; porque es falsa, destructiva y no os ayudará.

No siempre podremos encontrar una solución de inmediato. A veces el camino será largo. Puede que el entorno,  las alternativas, los protocolos, sean terriblemente lentos, e incluso equivocados. Pero podéis recibir ayuda durante el difícil trayecto. Podéis aprender a entender y apreciar vuestra propia fuerza, vuestro propio valor. Podéis aprender recursos para evitar que os hagan aún más daño. Podéis encontrar personas afines a vosotros, apoyos cuando os parecía imposible.

Pero necesitamos que os atreváis a pedir ayuda.

Y, sobre todo, no hagáis algo irreparable. Sabed que, aunque ahora mismo os parezca imposible, todo esto pasará. Y saldréis de esta pelea transformados. Todas las personas que han optado por no dejarse hundir, que han seguido peleando por lograr una vida feliz y plena, que han tenido fe en sí mismos y en la gente buena que siempre se encuentra, y que han logrado sobrevivir a esta durísima situación, se han convertido en personas verdaderamente excepcionales. Con una empatía, con una sensibilidad, con una fuerza interna fuera de lo normal. Con una capacidad impresionante de poder ayudar a otros.

Sois mucho más valiosos de lo que os imagináis. Sois ejemplos a seguir. No os rindáis nunca. Nunca. Por favor.


Si me avisan de que estáis acosando a otro niño, el disgusto que me llevaré será terrible.

Trataré con todas mis fuerzas de haceros ver vuestro tremendo error. Trataré de hacer que os pongáis en el lugar de la otra persona. Que intentéis imaginar cómo puede sentirse; cómo os sentiríais si fueseis vosotros los acosados. Que pidáis perdón por el daño que habéis causado y que de verdad toméis la decisión de no volver a hacerlo.

Si pensabais que aquello “solo era un juego”, espero ser capaz de explicaros bien las cosas. Y en cuanto las entendáis, sé que todo cambiará.

Si sois acosadores conscientes…

Trataré de comprender qué os ha llevado a hacer algo así. Qué pensáis, qué sentís, qué os ha ocurrido que ha metido tanta intransigencia y tanto odio en vuestras almas.

Analizaré mis propias emociones, mis propios actos y los de toda nuestra familia; buscando algo que pueda haberos inducido a pensar y actuar como lo habéis hecho.

Si no lo consigo, seré yo quien pida ayuda. Porque algo andará terriblemente mal. Entenderé que tenemos un problema muy, muy serio. Vosotros y nosotros necesitaremos muchísima ayuda.


Pero nada podría entristecerme más que saber que sois cómplices conscientes y callados.

Que podríais haber ayudado a ese niño. Dando la voz de alarma, denunciando la situación, apoyándole y animándole, creando un frente común con el resto de compañeros para enfrentaros a los acosadores o para protegerle. Que podríais habérselo contado a vuestros profesores, o a los padres del niño, o a nosotros.

Que una palabra vuestra podría haber cambiado el rumbo de las cosas. Y que no lo hicisteis. Por miedo, por vergüenza, por indiferencia, por comodidad. Por lo que sea.

Si ese niño tomase una decisión irreversible…

Qué remordimientos tienen que quedar. Qué durísima lección.

Confío en vuestro valor, en vuestra integridad, en vuestro coraje. Que nunca, nunca, nunca, lleguéis, lleguemos, a esto.

 

Echad un vistazo a este rap de El Langui. Se buscan valientes de verdad.

https://www.sebuscanvalientes.com/

 

 

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